domingo, 27 de enero de 2019

Guatebuena o guatemejor


Asombra cada vez más esa capacidad desarrollada por algunas personas para leer lo que ellos quieren leer sin pararse ni un ápice en leer lo que realmente dice un texto. Y además se permiten discutir con el autor en base a lo que dicen haber leído sin dar ninguna credibilidad a lo que evidentemente dice el texto en cuestión.
Es obligación de todo el que escribe hacerlo con las palabras correctas, con la precisión de un ingeniero y la claridad de una ventana sin cristal, para cerciorarse de que lo que dice se corresponde con lo que quiere decir. Pero aun así habrá quien lea algo diferente a lo escrito. Y no hablamos de las lecturas entre líneas que algunos escritores cultivan, cultivamos, con esmero, no, si no de la interpretación absolutamente errónea del texto principal.
Es verdad que casi siempre estas posturas se corresponden con querencias ideológicas, casi siempre, que llevan a interpretar todo con el simplismo de lo bueno y lo malo.
Sin comerlo ni beberlo, sin ni siquiera pretenderlo, un escritor puede pasar de fascista irredento a rojo de mierda en el tiempo en que ciertos lectores tarden en leer el título de artículos que defienden lo mismo con distinta argumentación. Basta con que la postura no sea totalmente coincidente con los patrones de pensamiento aceptados en ese momento por el movimiento ideológico, o partido, al que el lector esté adscrito.
Me ha pasado recientemente con un artículo sobre la situación venezolana, en el que pretendía comentar la falta de información veraz con la que nos movemos y el cuidado que hay que poner en dar por bueno algo que, desde la distancia, puede parecer coincidente con nuestra forma de pensar pero sin dominar el entorno en el que se produce, ni las circunstancias.
Soy un convencido que el personajillo que dice gobernar Venezuela en nombre de los intereses que sea, y que él y los de los intereses sabrán, es un cáncer totalitario de los que hacen todo el daño que pueden antes de ser extirpados, no tienen cura, y que por tanto mi postura es absolutamente reprobatoria.
Pero también recuerdo que antes de Chavez Venezuela no era un paraíso para el pueblo en general, aunque si para una oligarquía feroz y acaparadora. ¿Puedo desde aquí presuponer que el señor Guaidó, que en principio tiene mayores simpatías para mí que Maduro, no va a representar a otros intereses, de otro signo o nacionalidad, que no sean también perjudiciales para los pobladores de aquel país? Pues no, no lo puedo presuponer. Ni la historia ni lo poco que sé del nuevo presidente venezolano me invitan al optimismo de pensar en un país libre de las garras extranjeras y donde la sociedad sea igualitaria y se beneficie de sus riquezas. No puedo, imposible. ¿Quiere esto decir que prefiero que siga Maduro? Ni de broma. Sus bufonadas permanentes me llevan de la vergüenza ajena a la incredulidad, del bochorno a la conmiseración por los gobernados, y a la indignación. Solo un muñeco articulado puede ser tan nefasto y gobernar.
Cuando uno está en lo peor, y posiblemente Venezuela lo está o lo roza, cualquier otra cosa es mejor, pero a veces lo mejor es enemigo de lo bueno, y eso si me preocupa.
Como me preocupan, y mucho, los apoyos recibidos por el señor Guaidó. Pienso que si yo recibiera el apoyo a mis ideas de Trump o de Bolsonaro, abriría con carácter de urgencia una honda reflexión sobre mis ideas, con la esperanza de que ellos estuvieran equivocados al apoyarme.
En fin, que cada uno lee lo que quiere o lo que su mente le permite. Espero que esta vez mi reflexión se entienda un poco mejor que la anterior.  Al menos por parte de los que a la hora de leer, de charlar o de debatir, usan la plantilla ideológica para poder posicionarse, y de paso posicionar a los demás que es lo que más les divierte y satisface.
Venezolanos, mucha suerte, la vais a necesitar suceda lo que suceda, y, sobre todo, no cejéis en la lucha por conseguir un país libre, igualitario y justo.

La extrema decepción


Hemos construido un mundo, o nos han construido un mundo, que solo puede entenderse desde la posición ideológica. Un mundo de enfrentamientos por nada, de confrontaciones nimias, de declaraciones altisonantes y nulas realidades. Un mundo que solo puedes comprar como militante, término que califica a los forofos de una ideología, y que ignora de forma sistemática y contumaz a la mayoría de ciudadanos que ni comulgan con muchos de sus postulados, ni participan de las periódicas demostraciones de autosatisfacción partidaria, ni compran las repetidas mentiras usadas para intentar marcar una diferencia con la ideología colega y contraria.
Y ahora, cuando el ciudadano harto ya de estar harto ya se cansó y, como todos los que se cabrean para adentro y durante mucho tiempo, explota otorgando su voto, su grito, su cabreo, a partidos populistas y extremos, ya sé que esto es redundante pero conviene redundarlo, estos personajes instalados en su pretendida, y ampliamente vendida, superioridad ética vienen a decirnos lo equivocados que estamos y en que peligros incurrimos al votarlos.
Es cierto, los partidos extremos son peligrosos, su falta de rigor en el análisis, su absoluta falta de criterio en la adopción de medidas y su marcado carácter  marxista, de los Hermanos Marx no del otro, en cuanto a su desfachatez para adaptar sus criterios a lo que haga falta, los hace no solo extremos en sus ideologías y sus acciones, sino extremadamente peligrosos en su implantación social y su deriva inevitablemente totalitaria.
Tuvimos hace unos pocos años una explosión de izquierda radical que va remitiendo y ahora asistimos a una explosión de derecha radical que también espero que remita. Lo curioso es que la izquierda radical fue acogida con cierta simpatía y la derecha radical es acogida con grandes aspavientos. Cuando lo radical aún no es extremo, cuando la base es más populista que ideológica, ni la simpatía ni los aspavientos son de recibo. Son como la fiebre, un síntoma que debe de hacer que nos examinemos con rigor para localizar la dolencia y actuar en consecuencia. Y siempre tener en cuenta que, a pesar de miradas interesadas o deformadas históricamente, la extrema derecha en el mundo no tiene más muertos que la extrema izquierda ni sus métodos, totalitarismo y terror, son diferentes.
Como siempre la teoría deja sensación de poca concreción, así que intentemos hacer una proyección de la teoría sobre un problema concreto. Podríamos elegir: violencia de género, globalización, delincuencia callejera, ocupación mafiosa, educación, inmigración…
Creo que la inmigración nos puede dar una visión exacta del problema, de las posturas adoptadas y de una solución razonable, aceptable.
Dice la izquierda radical que hay que garantizar la libre circulación, la eliminación de fronteras. Y a mí me parece una posición loable, ideal intelectualmente hablando, pero irrealizable a corto plazo, imposible sin un trabajo previo y largo que permita la práctica real de ese ideal.
Dice la derecha radical que hay que cerrar las fronteras y expulsar a los inmigrantes porque la economía no soporta la avalancha continua de personas sin objetivo ni capacidad de integración en un sistema ya dañado. Y tiene una antipática, en el sentido literal de la palabra, razón. Un sistema incapaz de generar  ocupación y sin reglas para una integración eficaz solo puede crear bolsas de miseria, de marginación y guetos que al fin y a la postre acaban derivando en delincuencia.
Pero la razón de la derecha es torticera y oculta realidades sociales incuestionables, realidades de necesidad, de conveniencia, de humanidad, así como la razón de la izquierda es puramente estética y se desentiende de los problemas sociales generados a posteriori. Se desentiende y demoniza a aquellos que quieran ponerlos a la vista de todos.
La sociedad española actual necesita imperativamente la inmigración. Basta con pasar nuestra mirada por el día a día de nuestros ancianos o por nuestra variable demográfica. La casi totalidad de los cuidadores domésticos, municipales o residenciales, son inmigrantes, personas que han hecho de su necesidad paliativo de la nuestra y de la de nuestros mayores, que aportan su dedicación, y en muchos casos su cariño, a tareas que no son especialmente amables, ni están especialmente bien remuneradas, y que lo hacen a pesar de que las leyes y cierta parte de la sociedad les  ponen trabas y los señalan. Y quién habla de nuestros ancianos habla de la construcción, de la hostelería, de todos los empleos de baja cualificación que quedarían desiertos si no fuera por ellos.  Y cada vez más los niños nacidos son de progenitores inmigrantes.
Y es en este punto de necesidad donde primero se confrontan las peregrinas ideas ideológicas. Donde la realidad, el día a día, desmonta las peregrinas ideas de la izquierda y de la derecha que llevan a la sociedad a rebelarse contra posturas que ignoran los problemas del ciudadano de a pié.
Porque si bien es cierto que necesitamos la inmigración, que nuestra baja tasa de natalidad y nuestra decadencia laboral en la que todos aspiramos a lo máximo sin reparar en lo imprescindible y creamos leyes y condiciones que traban o imposibilitan la necesidad, también es cierto que un país no puede acoger indiscriminadamente a todo el que llame a su puerta, ni mucho menos al que la fuerce.
Hay casos de lesa humanidad en los que acoger al que lo pide es una obligación moral, casos en los que la huida de la guerra, del genocidio, de la barbarie violenta hacen irrenunciable la acogida, pero ni todos son estos, ni estos son todos.
Porque la inmigración ilegal e indiscriminada, parte de ella,  tiene consecuencias perversas para la economía, para la cultura y para la convivencia.
España tiene cuatro vías abiertas a la inmigración, pero sangra especialmente por una y se queja fundamentalmente de tres: la sudamericana, la africana, la china y la europea, siendo esta última de tres clases, la de los jubilados con países con mejor renta que la nuestra, menos sol y menos calidad de vida, la de la delincuencia internacional  y en este mismo grupo están también profesionales de Europa del este altamente cualificados en sus países y que en el nuestro desempeñan labores muy por debajo de su valía.
Curiosamente esta última que representa en su mayor parte una afrenta a nuestra cultura, hay jubilados ingleses y alemanes que después de años no saben decir buenos días en nuestro idioma y que se niegan a convivir con los españoles, y un foco de delincuencia de alto nivel mucho más peligrosa aunque menos molesta que la de los raterillos de poca monta o los extorsionadores de semáforos, que pertenecen al mismo grupo, es la que menos rechazo provoca en la población media, porque ni se le suponen ayudas oficiales, ni hacen ruido cuando entran.
Los chinos, esa multitud que no se sabe ni cuándo viene, ni en que cupos, ni cuándo se va, ni si se va, se han apoderado del antiguo comercio de barrio, de la típica tienda de ultramarinos, de la droguería, de la tienda de electricidad y de todo el comercio minorista, y ya no tan minorista, e incluso empieza a ser habitual verlos al frente de pequeños negocios de hostelería. La queja habitual es que tienen condiciones especiales en los impuestos, la explicación habitual es que el gobierno chino se hace cargo de los impuestos durante un tiempo. Mi principal preocupación con este colectivo es que estoy viendo que cualquier día pido unos callos y me ponen rollitos de primavera. También es cierto que últimamente se aprecia una cierta integración en la sociedad y empiezas a observar chinos de segunda generación perfectamente inmersos en la sociedad española. Hasta sus mafias son internas y no afectan a los ciudadanos que no sean de su etnia.
La sudamericana es tal vez la inmigración más aceptada. Abandonan a la familia y se vienen con lo puesto para empezar a trabajar al día siguiente. Ocupan los espacios más humildes de la bolsa de trabajo disponible y su acervo cultural y lingüístico les permite integrarse desde el primer momento con el resto de la población española. No suelen requerir ayudas de ninguna clase y su labor es apreciada, seguramente por tener el mismo idioma, en las tareas de hogar y cuidado de personas mayores. Preocupan sobre todo las estructuras mafiosas, casi siempre juveniles, que a veces intentan imponer su ley en los barrios que van colonizando. Pero salvo este problema, que es de carácter policial más que social, y su tendencia a crear guetos por nacionalidades, no existen conflictos graves abiertos entre nativos e inmigrantes de este grupo.
Y ahora llegamos a la inmigración por la que sangra el problema: la africana. La inmigración musulmana del norte de África y la subsahariana. A las que podemos añadir la de países árabes en conflicto bélico o religioso. Son realmente la primera plana de la inmigración. Las pateras, los barcos repletos, el trabajo de las mafias que les facilitan los lamentables medios para que alcancen Europa o mueran en el intento. El problema de esta inmigración, que es la que todos utilizan para sus falacias políticas, es que se hace visible desde el primer momento violentando las fronteras para lograr el acceso a una sociedad en la que posteriormente rara vez se integran, ni laboral ni socialmente. Es verdad que en algunos casos porque recalan en países que no les ofrecen ninguna salida, pero en otros casos por su mismo rechazo, ético y religioso, hacia la sociedad que los acoge. Esta inmigración, además, sí es sospechosa de ayudas oficiales, nunca clara y fehacientemente desmentidas, lo que unido a sus demandas de cambio en la sociedad de acogida, utilizadas torticeramente por algunas tendencias políticas para sus propios fines, los hacen padecer un rechazo casi visceral.
Cuando se habla políticamente de la inmigración, sea a favor o en contra, suele ser casi exclusivamente de este grupo en el que se integran los colectivos que mayor rechazo social producen: los manteros, los musulmanes radicales, los terroristas venidos de zonas en conflicto…
Es a este grupo al que la izquierda radical dedica sus afanes solidarios. Al que la izquierda radical utiliza para llevar adelante sus afanes contra el catolicismo, ya sea como base de fiestas y tradiciones o como religión predominante, aunque cada vez menos, en la cultura e historia del país. Y ni esa cultura ni esa historia, ni esas tradiciones, van a ser rechazadas por la inmensa mayoría del pueblo español, no hoy al menos, por mucho que se ataquen o denigren. Y son esas actitudes, esa ceguera interesada ante los hechos, esa forma de fomentar lo ajeno frente a lo propio, lo que agita los fantasmas xenófobos que llevamos dentro
Es a este grupo al que la derecha radical habla de expulsar, de acabar con el top manta, de acabar con el peligro de atentados en nuestras calles, de acabar con la intromisión en costumbres hondamente arraigadas en la sociedad española de origen, ya solo de origen, religioso como las Navidades o la Semana Santa. Es a este grupo al que señala la derecha radical cuando habla de peligros, de falta de integración y de conflictividad. Es a este grupo al que la derecha radical utiliza para agitar nuestros interiores fantasmas xenófobos.
La inmigración, toda, sin excepciones, es un problema, pero es un problema no porque vengan, que están en su derecho, no porque no se integren, que están en su derecho, no porque opinen y se manifiesten sobre nuestras costumbres, que están en su derecho, no. La inmigración es un problema porque tanto la derecha radical como la izquierda radical la utilizan para sus propósitos no declarados. Unos se exceden en su permisividad, los otros en su intolerancia, y ni los unos ni los otros se preocupan lo más mínimo por resolver el problema.
Tal como ya había dicho, esta posibilidad de análisis existe para cada uno de los problemas que integran los ideológicos idearios de los partidos radicales. Fantasmas que se mueven al albur de las necesidades de desacreditar al otro bando, que toman cuerpo de heridas sociales abiertas y que se alimentan con bulos nunca desmentidos, con hechos aislados presentados como norma y viejos rencores que la historia no ha cerrado.
Ni la derecha radical representa a una mayoría de la población española ni tampoco lo hace la izquierda radical. Lo único que representan, ambas, son la extrema, la radical, decepción de un pueblo que se siente cada vez menos interesado por un sistema político plagado de errores de representación en los que se persevera por interés de los partidos que administran la partidocracia.
Ante la extrema decepción, listas abiertas y circunscripción única ya.

jueves, 24 de enero de 2019

De Guatemala a guatepeor


Hay conflictos en los que tomar partido es de una imposibilidad manifiesta, en los que no hay forma de decantarse por ninguna de las vías abiertas por incompatibilidad moral y por falta de información.
O por ser más exactos por falta de información fiable, porque si algo sobra en esta sociedad es la información, o, para ser más exactos, la opinión, porque toda la información que recibimos es opinada, y eso nos lleva a una desconfianza sistemática de su veracidad.
Cuando los conflictos se observan desde lejos, la distancia en vez de aclarar la perspectiva difumina los hechos, incapacita la posibilidad de ver con independencia y claridad.
Un ejemplo claro lo tenemos en el lamentable, parcial y partidista comunicado del PEN sobre Cataluña que hemos sufrido los españoles esta semana. Lleno de inexactitudes, trufado de incoherencias y falto absolutamente de una segunda visión sus conclusiones no solo son en muchos casos falsas, si no ofensivas para todos los españoles.
Es lo malo de las ideologías, que miran con un solo ojo y son incapaces de ver la realidad en relieve.
Pero no era sobre nuestro país sobre lo que yo quería comentar, no, si no sobre la terrible situación que vive el pueblo venezolano. Sojuzgados por un régimen de teatrillo, donde el presidente es un actor lamentable, el guión está lleno de faltas de ortografía y el local se desmorona día a día en una lucha interna en la que un personaje de ópera bufa da unos discursos que serían abucheados en una guardería, cómicos, previsibles, grandilocuentes y en los que confunde sistemáticamente lo que quiere él con lo que necesita el pueblo.
Y hoy nos despertamos con la noticia de que un miembro de la oposición se ha nombrado presidente, diría se ha autonombrado pero parece ser que ha seguido una vía legal, incomprensible, pero legal. Y aquí empieza el problema. Si con uno la Venezuela oficial estaba contenta y la oposición oprimida, con el otro la oposición considera que hay una oportunidad mientras la oficial se queja.
Veamos, si con Maduro el país era un desastre y hablábamos de hambruna, de falta de abastecimiento hasta de lo más elemental. Teniendo en cuenta esto se tiende a pensar que por fin hay un rayo de esperanza para los que lo luchaban.
Y en plena euforia por la solución posible, al leer la prensa, te enteras que los primeros en reconocer al nuevo presidente son Trump y Bolsonaro, y se te caen los palos del sombrajo.
La frase te viene inevitablemente a la cabeza. ¿Y si salen de Guatemala para meterse en guatapeor? Porque, como ya he dicho varias veces en el tema catalán: “dime con quién andas y te diré quien eres”. Quién con populistas se acuesta inadecuado se levanta.

viernes, 11 de enero de 2019

Sin adiós definitivo


Llevo tanto despidiéndome de ti, papá, que se me hace difícil pensar en una despedida definitiva. Tanto tiempo de no estar poco a poco que no concibo que ya no estés nada. Tanto tiempo hablado a tu ausencia que la ausencia no me produce lejanía, alejamiento.
No hay barreras a la palabra, no hay fronteras al pensamiento y mis palabras y mis sentimientos te siguen acompañando, me siguen surgiendo como cuando sin estar estabas. No sé cuál es el franqueo al lugar en que te encuentras como no sabía que sello poner a donde te encontrabas.
Tampoco sé en qué se diferencia hablare a la ausencia de tu cuerpo cuando tantas cosas le he dicho a tu mente ausente.
No sé si ahora me escuchas con más fuerza, con otra claridad que el oído adquiere en la ausencia de un cuerpo que lo lastre. No lo sé, papá, no puedo saberlo.
Es difícil hablar a quién no parece escucharte, pero llevamos tanto tiempo sosteniendo este dialogo sin retorno que mi necesidad de hablarte trasciende ya la necesidad de que el interlocutor se manifieste, de que su presencia corpórea me acomode, de que las palabras tengan que ser pronunciadas, de que el destinatario sea consciente.
Son solo palabras, papá, son solo sentimientos, son solo retazos de una comunicación que nunca fue tan fluida como cuando te hiciste ausente. Son solo ideas compartidas que no necesitan de respuesta.
¿Qué me hablo a mí mismo? Como todos, todos nos hablamos y escuchamos con mucho interés lo que decimos, algunos por el mero hecho de escucharse, otros, no sé si más o menos, con la esperanza de encontrar algo en sus palabras que no pudo encontrar en sus silencios.
Los hay, papá, que se sienten mejores, allá ellos, otros buscamos con ahínco, con método de minero artesano, ese pensamiento que nos haga entendernos, vano intento, aunque sea hablando con alguien que, como tú, ya haya muerto.
Quería decirte, papá, desde el principio, que voy a seguirte escribiendo, que la memoria y el cariño no se acaban aunque ya no haya cuerpo. Que te hablado tanto tiempo sin respuesta que la falta de respuesta es solo eso, un canal discreto.
Mañana te enterramos, tus cenizas. Mañana tu ausencia corporal será definitiva, pero seguirás recibiendo estas cartas porque seguiré necesitando tu recuerdo para saber quién soy, que soy, que existo.
Un beso papá, aunque tu cuerpo no pueda ya recibirlo. Un beso.

domingo, 30 de diciembre de 2018

Adiós papá


Adiós papá, aunque seguramente esta no sea la última carta si lo es de una etapa, tu vida física, que ya ha acabado. La última de una enfermedad que nos ha dejado a todos lacerados y de la que tú ya, afortunadamente, descansas.
Adiós papá, hemos mandado tu cuerpo a reunirse con tu alma ya hace tanto tiempo ausente. Espero que se encuentren y que encuentren todo aquello que el mundo les había negado. Hoy el día ha amanecido claro, luminoso, no hay sombras que entorpezcan el reencuentro.
Desde la convicción más profunda de que una vez salvada la barrera, esa tan impenetrable que no deja ni hurtar una mirada, o se encuentra todo o no queda nada que encontrar, mi deseo es que vuelvas a tener todas las edades en las que fuiste feliz y la compensación a aquellas en las que no lo fuiste.
Decía Heriberto que ya estarías paseando por la Area Grande, donde te encontrarías con mamá, con la tía Natalia, con la tía Ketty, con Fidel, con el mudo, con José Luís Román plantando la primera sombrilla del día. Es verdad papá que estarás con todas las personas que son parte y memoria de esa playa tan entrañable para nosotros que trasciende el mero hecho de la arena, del mar, de su ubicación física o de la mera enumeración de las personas que le dieron alma a su evocación y que la hicieron referencia de nuestra generación, que la hicieron suya cuando aún no era de casi nadie más.
Pero también, solo la muerte o la imaginación lo permiten, estarás jugando con tus hermanos y tus amigos en Puente Sobreira, en ese Puente Sobreira de tu infancia que tanto anhelabas, que tanto lloraste mientras nos lo enseñabas la última vez que estuvimos allí y sospechando tú ya que tus recuerdo te estaban abandonando.
Y en las cabalgatas del Corpus con tu pandilla del Orense de los años 40, Marcial Feijoo, Alberto “Cus”, Paco Aranda, y en los que varios años ganasteis el concurso de carrozas representando al Liceo. Y charlando con todos aquellos que sin ser tan íntimos tanto mencionabas: Manaicas, los Barreiros, los Manzano, los Vilanova, los Quesada. Y en las fiestas, cercanas y no tanto, y en el Paseo y en todos esos lugares  en los que fuiste feliz con esa felicidad que la falta de responsabilidades hace inolvidable. Incluso en el colegio, rememorando aquella mítica galopada en el patio en la que recorriste el campo con el balón y cuando fuiste a chutar se te dobló la suela y te caíste sin poder culminar la jugada.
Esa jugada que, a toro pasado, parecería una suerte de constante en tu vida. En tu vida adulta marcada por el paso por el comercio en el que se te dobló la suela, o te hicieron falta, y enterraste tantas ilusiones, tantas esperanzas, tantos proyectos, y tantas posibilidades.
Pero también fuiste feliz en Madrid. Es fácil recordar aquellas reuniones en casa, las celebraciones con el tío Ramón y la tía Kety y todo aquel Orense de extrarradio,  aquel Orense madrileño o viajero de los años 50 y 60 con tantas personas conocidas entrando y saliendo de casa, compartiendo momentos felices, compartiendo mesa y mantel, compartiendo sobremesa y café. Siempre con el tío Julio como protagonista invitado permanente en nuestras vidas, como una suerte de segundo padre, de tutor transeúnte con mando en plaza.  
También hubo años duros. Nunca hay cielo sin infierno. Pero esos ya los sabemos los que los sabemos, no hay por qué recordarlos, no hoy, no ahora que es el momento en el que lo único que importa es que ya descansas, que ya descansamos. Todos.
Si papá, quiero pensar, y así lo expreso, que, rememorando a los antiguos egipcios que no podían alcanzar la otra vida sin que su cuerpo estuviera convenientemente preparado y puesto a salvo, al fin tu cuerpo ha seguido el rastro de tu alma y ya puedes viajar placenteramente hacia otros estados de la consciencia. De una consciencia que te había abandonado en un viaje a plazos.
No puedo escribir esto sin un nudo en la garganta. Tal vez porque a pesar de todas las ideas, de todas las palabras, esto es una despedida y todas las despedidas tienen lágrimas. Tal vez, papá. O tal vez porque además, y siguiendo el curso de la vida, despedirme de ti me obliga a empezar a pensar en mi Puente Sobreira, en mi Area Grande. Me obliga a empezar a pensar que también mis recuerdos son efímeros y que la última barrera entre mi vida y la muerte, la última etapa antes de mi etapa me acaba de dejar y soy consciente.
Aún recuerdo el primer poema que me regalaste, que pusiste en una carpetilla trasparente y colgaste en la cabecera de mi mesa de estudio, el “If” de Rudyard Kipling, que tanto he leído, que ha guido mi vida y que yo he traspasado a mis hijos.
“Si puedes llenar con tus actos los sesenta segundos del minuto que es tu vida, todo lo que hay en la tierra será tuyo, y lo que es más, serás un hombre, hijo mío”
Tú has llenado tus sesenta segundos, papá, aunque los últimos estén llenos de una luz nebulosa y extraña que asemeja el vacío. Tú, reitero papá, has rellenado los tuyos y yo empiezo a descontar los míos postreros. Adiós papá, adiós. Hasta nunca. Hasta siempre. Hasta pronto.

miércoles, 26 de diciembre de 2018

La pena máxima


El tema es realmente peliagudo. Tiene tantas aristas que uno acaba preguntándose si tiene alguna cara, alguna superficie suficiente para reposar la mirada y profundizar en ella, y si es así no lo es por cuestiones técnicas o éticas, sino por la aplicación colectiva de algo que debería de tener consideración individual. La profundidad del abismo que separa a la legalidad de la justicia se hace insuperable desde el mismo momento en que la ley se olvida del individuo y establece unas normas encaminadas a una igualdad inexistente, imposible. Es mentira que todos seamos iguales ante la ley porque es imposible, incluso injusto, que la ley sea igual para todos, o al menos su aplicación.
He sostenido en algún cuento que la oportunidad de equiparar ley y justicia se perdió con la ira de Moisés al romper las tablas recibidas, porque las leyes fueron reproducidas de nuevo, pero no su forma de ser aplicadas de forma justa. Ahí, en ese preciso momento, esa historia, sea real o ficticia, sea histórica o no, el hombre reconoce que nunca será capaz de aplicar la ley, la parte técnica y coercitiva, de forma justa, la parte ética y reparadora.
Hay tantas leyes, tantas, y tantas interpretaciones que es terriblemente improbable que un juez, ajeno a la historia y sus protagonistas como garantía de neutralidad, sea capaz de abarcar los matices individuales de los protagonistas, las características circunstanciales del hecho, y encontrar la justa aplicación de la ley precisa en su interpretación adecuada.
Para que la ley fuera justa precisaría obligatoriamente de unos elementos que son ficticios: unos hechos incuestionables, unos protagonistas éticamente, o anti éticamente, impecables,  un juez rigurosamente imparcial y unas leyes de imposible interpretación, absolutas. Ninguno de estos elementos se da en la vida real, ninguno  siquiera es previsible que exista.
Pero es que además, y no nos llamemos a engaño, la ley no es justa, para empezar, porque aquellos que la promulgan lo hacen desde una posición moral o intelectual en la que intentan imponer sus criterios a la sociedad, lo que ya de por sí la incapacita para ser justa para todos aquellos que no comparten las reglas del legislador. Cada día más la política interfiere en la legislación y lo hace intentando imponer a la sociedad unas normas de comportamiento y un pensamiento tan volátiles como su propio paso por la capacidad legislativa, creando un juego, y no me apeo del término, que sume al ciudadano en la indefensión, cuando no lo convierte en delincuente, sin que haya una quiebra ética de ningún tipo.
Leyes recaudatorias, leyes discriminatorias, leyes de igualdad desigual, leyes de comportamiento moral, leyes de predominio económico, leyes que regulan leyes, leyes civiles, leyes penales, leyes administrativas, leyes económicas, leyes de leyes, y todo abarcado por una afirmación que sanciona  a todas las leyes, “la ignorancia de la ley no exime de su cumplimiento”, que hace de todos y cada uno de nosotros unos delincuentes en potencia o, por ser más exactos, unos delincuentes inevitables.
Nadie puede conocer todas las leyes, sus interpretaciones, las sentencias que sientan jurisprudencia, ni vivir de forma consecuente sin infringir, en ocasiones directamente de forma consciente y a veces con rabia, tantas leyes existentes para alimentar egos, arcas o sueños de sociedades parciales. Porque una gran parte de estas leyes que nos rigen no son justas, ni puede serlo ninguna de sus interpretaciones, porque muchas de estas leyes que nos amenazan no son otra cosa que una visión personal del legislador. Entiéndase el término  personal como representativo de un colectivo preponderante en un momento determinado.
Tal vez, yo estoy seguro, el principal problema es que se pretende lograr con la ley lo que no se intenta con la educación, porque es más fácil prohibir que convencer, reprimir que formar. Más fácil y habitualmente más lucrativo.
Y si la ley es injusta, si la legalidad es de por sí un apaño humano, y por tanto imperfecto, de unas reglas de convivencia, la forma de aplicarlas y sancionarlas acaba por lograr un entramado económico, ético, político, administrativo, penal de difícil encaje en ningún acercamiento a una utopía social. Por agravio en unos casos, por  ineficacia en otros, por incapacidad en los más, pero sobre todo por la imposibilidad de cuadrar las técnicas penales con las realidades individuales en las circunstancias actuales.
La pena de privación de libertad, por muy confortable que sea el lugar en el que se produzca, es sin duda la más terrible, la de mayor violencia punitiva respecto al individuo. No hay nada más tremendo e irrecuperable que el tiempo en el que no puedes disponer de tu vida libremente. Tal vez los que hemos hecho el servicio militar conozcamos, levemente, la sensación de frustración y pérdida que esas situaciones producen.
Llevamos un tiempo a vueltas con la prisión permanente revisable, con su constitucionalidad, con su pertinencia, con su aplicación, con su encaje en los derechos humanos, con su conveniencia en definitiva. Es, seguramente, la mayor de las penas que se puede imponer. Que se puede imponer legalmente, porque sin duda la mayor pena es la muerte. Y no, que esos que ya se han llevado las manos a la cabeza las bajen, no estoy reclamando, jamás lo haría, la pena de muerte, pero tampoco puedo olvidar que hay individuos que se arrogan esa potestad sin que nadie se la haya otorgado.
No hay nada más definitivo que la muerte, incluso para los que crean en otras vidas, y es por ello que aquellos que matan por perversión, por inclinación, por casualidad, por vocación o por cualquier otro móvil que se nos pueda ocurrir, han infligido a otro la pena máxima e irreversible. La capacidad punitiva de la ley tiene dos finalidades que han de balancearse a la hora de aplicarse, la prevención de la repetición del delito y la re educación del delincuente como método para evitar esa repetición.
Pero esa re educación debe llevar aparejadas la capacidad de arrepentimiento, la asunción de la culpa y la inequívoca voluntad de no repetirla. Si en un individuo no se dan estas premisas, si un individuo se muestra impermeable al horror perpetrado, si muestra una, aunque sea leve, tendencia a la repetición de su crimen, ningún tiempo que transcurra privado de libertad garantizará que no vuelva a cometer la misma acción una vez devuelto a la sociedad, que no estará preparada, ni tendrá defensa contra su decisión. El tiempo es un castigo, no un bálsamo ni una solución a un problema.
La muerte, por única e irreversible, es excepcional, y yo estoy convencido que aquellos que matan deben de estar sujetos a una pena excepcional. Excepcional en su dureza y excepcional en la justeza y magnanimidad con la que debe de ser tratado su término “revisable”, que siempre deberá imponerse al de “permanente”.  Matar por accidente lleva implícita la culpa de lo acaecido y su pena está implícita en su recuerdo, pero aquellos que matan por inclinación, por deformación o por voluntad deben de ser apartados de la sociedad hasta que demuestren una capacidad de superar los motivos que los llevaron a privar definitivamente de la libertad de vivir a otros.
No a la venganza, sí a la justicia y sí, sobre todo, a la defensa de las posibles víctimas. Ningún discurso ético, ninguna posición moral o discurso político puede devolver la vida a quién se haya visto privado de ella, y la ley debe de proteger primero a la víctima potencial, y después, solo después, al verdugo si tiene recuperación social posible. No es justo, como de hecho ha sucedido, mirar para otro lado decidiendo la falta de idoneidad preventiva de una solución penal no aplicada a un verdugo como pirueta ética para justificar una posición respecto a esa solución penal. No es justo, no es ético, es innecesariamente cruel con el entorno afectivo de la víctima y por tanto reprobable para los que lo han usado tan inconvenientemente y con bastante falta de respeto. En un sentido y en otro.
Yo no soy Laura, ni soy Sandra, ni soy tantas víctimas de asesinos que en nuestra sociedad se producen. Pero tampoco soy un vengador, un iluminado, ni ninguna suerte de justiciero. Solo pretendo ser alguien que reflexiona y que tras hacerlo opina, con todos los peros y todos los pros sobre la mesa, sobre algo que la sociedad demanda, o condena.
En este caso sobre la pena de prisión revisable permanente. En este caso, y mientras haya asesinos no re insertables, por los motivos que sean y que no importan tanto como la vida de la posibles víctimas, sin frentismos ideológicos ni revanchismos emociónales a favor de su aplicación excepcional y magnánima cuando así la evolución del reo lo aconseje.

lunes, 17 de diciembre de 2018

A propósito de la Navidad


Llegan las fiestas navideñas, y del mismo modo llega la polémica en algunos lugares donde las acciones públicas llaman a eliminar los símbolos que la identifican, a convertir una fiesta muy arraigada en el ideario popular en otro tipo de fiesta que desencanta y causa reacciones contrarias a las pretendidas.
Paseaba el otro día por el mercadillo de la Plaza Mayor de Madrid, que tradicionalmente en estas fechas es navideño, lleno de figuras para montar belenes, adornos, luces y útiles para árboles, puertas, ventanas y cualquier otro lugar del hogar que se nos ocurra iluminar o decorar, todo ello trufado con los típicos y tópicos artículos de broma para usar el 28 de este mes de diciembre, los Santos Inocentes, cuando me encontré con un grupo de unas veinte musulmanas ataviadas de su forma habitual acompañadas de una nube de niños. Paseaban, insisto, al igual que yo por el mercadillo y lo hacían interesándose por el contenido de los puestos y comentando entre ellas. No puedo decir, porque mi conocimiento del idioma que hablaban es nulo, de que cariz eran los comentarios, pero por sus gestos y tonos de voz no parecían distintos de los de las demás personas circundantes. No pude evitarlo, la idea vino sola a mi cabeza: espero que alguna de estas no sea de las que después van al colegio de sus hijos y protestan porque hayan colocado un belén o algún otro símbolo propio de estas fiestas.
No, la actitud, el comportamiento de aquellas mujeres y niños no daba para que determinados anti navideños públicos, de esos que usan sus cargos para liberar sus frustraciones, los usasen como excusa de agresión cultural para prohibir lo que ellos siempre habían deseado prohibir y no sabían cómo lograrlo. Yo les llamaría los Grinch públicos, pero mi aversión a la utilización de tradiciones foráneas me impide hacerlo. Les llamaré simplemente tontos públicos pretendidamente útiles.
Y es que en estas fiestas todo el mundo se posiciona. Están, como ya hemos comentado antes, los anti navideños, que odian todo lo que suponga un reconocimiento de la fiesta, sea una actitud, un adorno o una canción. También existen los indiferentes, los que no aprecian ni desprecian, los que no festejan ni les importa que los demás sí lo hagan. Y finalmente estamos los que disfrutamos de la navidad. Aquellos a los que la navidad nos mueve algo en el interior.
Hay personas que son muy de Nochebuena, muy muy de la cena, y la consiguiente comida del día siguiente, en familia, de villancico, zambomba y pandereta. Muy de menú tradicional, ardor de estómago nocturno y jolgorio casero. Pero también los hay muy de Nochevieja, muy de cena desacostumbradamente temprana y abundante para luego tomar las uvas y la fiesta correspondiente, en la calle, en un teatro  o una discoteca, o en casas particulares entre amigos.
Y luego estamos los que somos muy de Reyes Magos, los que somos de la ilusión del día siguiente, de encontrarse los regalos, de abrirlos y celebrarlo, aunque en algunos casos sea con mala cara o con cierto desencanto, y estrenar si corresponde, y jugar si toca. En todo caso de sentir internamente la emoción de querer y ser querido y saber que en algún punto del lejano oriente, allí por donde sale la luz, alguien se acuerda de nosotros aunque sea una vez al año, bueno, dos porque también se acuerdan el día que reciben nuestra carta.
Y ¿Qué es lo que me hace sentir que la fiesta de los Reyes es la que más me gusta? Habrá quien piense que los regalos, y algo tiene de razón, a nadie le amarga un dulce, pero aun reconociendo que los regalos gustan hay algo que hace de los reyes una fiesta especial, distinta a las demás fiestas con regalos, cumpleaños, onomásticas, aniversarios, algo que hace que el entorno vibre de otra forma: la ilusión, el sentido mágico que acompaña al hecho de delegar el regalo en esos seres que una vez al año trabajan con denuedo para hacer nuestras vidas un poc más humanas, un poco más tiernas, un poco más inocentes y felices.
Recuerdo el día que mi hijo, después de varios comentarios predicitivos me comunicó que él ya sabía quiénes eran Sus Majestades. Mi reacción fue instintiva, no premeditada:
-          Espero que lo tengas muy claro, porque tus padres nunca te van a hacer un regalo en estas fechas.
Mi mensaje debió de ser claro, no hubo más comentarios. Mi hijo ya con veintinueve años,  y el resto de la familia, seguimos a día de hoy escribiendo nuestra carta a Sus Majestades los Reyes Magos de Oriente en las que plasmamos aquello que queremos, que necesitamos, cada vez menos, o que nos haría ilusión. Es verdad que los tiempos han cambiado, que hemos pasado de los buzones de correo a los correos electrónicos o, ya, a incluir a sus majestades en grupos de WhastsApp. Pero con independencia del medio, ¡!he ahí la magia¡¡ las reglas generales son las mismas, el día 6 por la mañana y en el lugar conveniente los regalos están prestos a que la familia los abra y los celebre. Todo debe de ser una sorpresa compartida y celebrada.
Bueno, hasta hace unos años, hasta que llegó Gallardón a la alcaldía de Madrid y se la cargó, también era muy de la cabalgata, y de las luces y de algunas otras cosas que en Madrid han dejado de tener ningún encanto. Antes, hace unos años. Ahora me tengo que conformar con ver en las noticias y en las películas como existen lugares en el mundo, casi todos, que sin complejos celebran estas fiestas como siempre. O eso o viajar a esos lugares para poder disfrutar de un genuino espíritu navideño callejero y expansivo.
No sería justo, olvidar en esta fiesta a algunos otros personajes locales que complementan la labor de los Reyes: El Olentzero, el Apalpador, el Caga Tío o el Anguleru. Y tampoco debo olvidar, por más que venga de lejos y su labor se algo intrusista, a Papá Noel. Todos ellos trabajan por la ilusión. Por la de los niños, añaden algunos, ja, y por la de los adultos.
En fin, que no quiero acabar esta pequeña reflexión sin cumplir con otra tradición propia de estas fechas, desear felices fiestas y próspero año nuevo a todos los hombres de buena voluntad, si, a las mujeres incluidas, por supuesto, tal como nos enseña el idioma.
Hasta aquí la parte fácil. Pero con ánimo claro, y con aviesas intenciones, me permito desearles lo mismo a los de mala voluntad y ánimo torvo, que se joroben.
Felices fiestas, magia y fantasía para todos, todos y todos.