viernes, 26 de octubre de 2018

Madrid, no es ciudad para viejos


Desde que se hizo pública la nueva normativa de circulación del Ayuntamiento de Madrid tengo la incómoda sensación de que no me gusta. Son asumibles sus planteamientos en cuanto a la reducción de la contaminación ambiental, y en aras de ello las medidas a tomar. Pero no me gusta.
No me gusta la reducción de la velocidad a treinta kilómetros por hora porque me parece una velocidad caprichosa, una velocidad que no se justifica ni sobre el argumento de la seguridad, ni sobre el de la contaminación. Con lo cual finalmente parece más recaudatoria que necesaria.
No me gustan los privilegios de espacio y normas que se le otorgan a los vehículos alternativos. Y no me gustan desde la experiencia diaria de ver como muchos de los usuarios de este tipo de vehículos convierten ya de por sí las ventajas de su uso en prebendas que no solo ponen en riesgo su vida si no la tranquilidad de peatones y conductores que tienen  que hacer frente a unos comportamientos inesperados y a unas actitudes en muchos casos agresivas.
No me gusta la solución de ceder un carril a uso preferente de la bicicleta, y ahora de los patinetes, en calles con dos carriles y en cuesta, porque el perjuicio a la fluidez de tránsito en las horas de máxima circulación se convierte en un caos. Si quiere un ejemplo práctico basta con que se pase por el tramo de la calle de Alcalá entre Ventas y Manuel Becerra y comprobará como de los tres carriles de que dispone cada sentido uno es para transporte público, otro para bicicletas, que al ser cuesta arriba van con gran lentitud, y solo uno para coches, que se ven entorpecidos por los vehículos que desesperados intentan abandonar el carril tapado por un ciclista que no alcanza una velocidad mínima con su pedaleo en cuesta, por los taxis que no usan el carril reservado para ellos y los autobuses, y por la misma afluencia que la vía sufre en ciertas horas.
No me gusta como el ayuntamiento ha ido tejiendo una trampa para los vehículos con motor de explosión con diferentes actuaciones urbanísticas, como por ejemplo el ensanchamiento de aceras, que ahora cierra con el lazo de la nueva normativa. Calles que siempre fueron de una amplitud suficiente se han ido estrechando con distintas actuaciones hasta convertirlas en calles escasas para la circulación a motor, a motor de explosión.
No, no me gusta la nueva normativa de circulación del Ayuntamiento de Madrid, y no me gusta no por lo que dice, no, no me gusta por lo que no dice. No me gusta por lo que implica ni por los objetivos no declarados que parecen derivarse de su aplicación y que vienen a sumarse a tantos otros que se llevan tomando por este equipo de gobierno desde que tomaron posesión.
Acuñó Esperanza Aguirre, personaje no reivindicable por ser de derechas, el término “cochofobia” como una actitud de rechazo sistemático del equipo responsable hacia este tipo de vehículos. Más allá de las simpatías o antipatías que la señora Aguirre pueda despertar su análisis predictivo fue correcto. Si, el Ayuntamiento de Madrid sufre de “cochofobia”. No importa que perjudique a sectores amplios de la sociedad, a los comerciantes, a los taxistas, a la gente mayor en general, o a aquellos que sufran algún tipo de minusvalías. Porque no veo yo a personas de setenta años o más, ni a personas aquejada de algunas discapacidades,  desplazándose por Madrid en patinete, en bicicleta, en segway, en hoverboard o en cualquiera de esos vehículos alternativos  que exigen unas condiciones físicas impecables para su uso, de forma habitual. No veo yo a los peatones esquivando a  los que impunemente ya circulan en esos transportes, antaño considerados alternativos y hoy protagonistas, con absoluto descaro entre ellos a conveniencia. A veces por la acera, a veces en contra dirección, sin respetar los pasos de cebra o usándolos, sin respetar los semáforos, ni las velocidades… actitudes que basta con moverse un poco por la ciudad para observar.
Parece ser, me temo, que el Ayuntamiento de Madrid, muchas de sus iniciativas así parecen indicarlo, ha decidido convertir la ciudad en una ciudad para élites de edad e ideología, en una ciudad en la que en el escudo, como antes en la película, se lea el lema “No es ciudad para viejos”. Tal vez, es una posibilidad, hayan decidido modificar el dicho y que ahora sea: “De Madrid al cielo, cuanto antes”.
Si no me mereciera tanto respeto el término casi me atrevería a calificar la normativa, su consecuencia no declarada, de filo fascista. Ese mundo idílico y deseado en el que no quepan más que los puros de edad y de ideología, en el que no haya “putos viejos, ni “putos comerciantes explotadores”, ni “putos de cualquier otra clase”.
Madrid ya no es ciudad para viejos, ni para pequeños comerciantes, ni para taxistas, ni para reparadores, ni para discapacitados, ni para cualquiera que no se ajuste a lo que cierta ideología no contemple en sus planteamientos que pueda existir y pueda ser necesaria para el diario desenvolvimiento de la vida en comunidad.
No, definitivamente, y ya a un solo paso, Madrid no es ciudad para muchos madrileños, para aquellos que no comparten ciertos estilos de vida, ciertas ideologías, cierta mínima salud para pedalear o moverse en patinete.
No, definitivamente no me gusta nada la nueva normativa para la circulación del Ayuntamiento de Madrid, en tanto en cuanto me parece que solo es un paso más en un objetivo indeseable. Madrid para los que la gobiernan.

sábado, 13 de octubre de 2018

El va y el ven


No es la primera vez que lo digo, no es la primera vez que lo escribo, la ley del péndulo es inexorable, y estamos en el ven del vaivén, del va y del ven. Y no, no es el del chucu chucu, no, es el del político.
Dice el PSOE, entre tantas cosas como dice de un tiempo a esta parte en la que parece más preocupado por decir que por hacer, que la culpa de la repentina revitalización de la derecha radical, del resurgir de opciones como Vox, son culpa directa de las actitudes del PP. Sí y no.
No porque el más perjudicado por la afluencia de descontentos a esa formación es el PP de donde proceden la mayoría de sus posibles votantes. Sí porque llegan a esa actitud por un descontento con la supuesta tibieza del PP ante ciertas situaciones.
Pero lo que no dice el PSOE es que gracias al PP nuestra derecha radical es menos influyente que en el resto del mundo, Francia, Inglaterra, USA, Italia, Brasil, Alemania… y ha tardado más en salir a la luz, salvo que consideremos que el PP también tiene la culpa de Donald Trump, Bolsonaro, el Brexit…
No, yo creo que el PP no es el culpable. No más culpable, al menos, que una izquierda incapaz de sintonizar con la ciudadanía y más empeñada en educar e imponer que en escuchar, avanzar y consolidar, que sería lo que debería de hacer una verdadera fuerza progresista.
Una izquierda cada vez más radical en sus posiciones extremas, y más radicalizada en sus formaciones más moderadas. Una izquierda que ha querido, para su propio beneficio, explicarles a los ciudadanos que no hay verdad fuera de su verdad, que no hay progreso fuera de su progresismo de salón, ni razón fuera de sus razones, creando gente insatisfecha y provocando un frentismo social que más temprano que tarde tenía que dar la cara. Y el problema del frentismo es que genera damnificados y esos damnificados tarde o temprano se organizan creando un movimiento de signo contrario de mayor virulencia que el daño percibido, y el movimiento pendular en vez de atemperarse se acelera.

Al resplandor de una izquierda radical relevante le corresponde lo mismo de signo contrario, es decir el fortalecimiento de una derecha radical.
Con cuidado infinito he evitado hablar de extrema derecha. Con infinito cuidado he evitado hablar de extrema izquierda. Porque entre lo radical y lo extremo aún hay un trecho que me gustaría pensar que no vamos a recorrer. No otra vez.
El auge de Vox es preocupante en tanto en cuanto pone de manifiesto la cantidad y virulencia de un creciente descontento con las formas y los fondos democráticos de los partidos de este país. La pertinaz sordera política, la lesiva administración, la inalcanzable justicia, la bochornosa fiscalidad y una ley electoral que amordaza la voluntad del ciudadano no son más que las puntas del iceberg de una cada vez mayor percepción de una democracia fallida que a los nostálgicos de sistemas más populistas les permite exhibir argumentos.
Ni las izquierdas ni las derechas institucionales españolas, trufadas por separatismos, independentismos, populismos de salón y totalitarismos ideológicos, parece importarles la deriva, el vaivén, que la historia debería de poner ante sus ojos. Ni sus políticas, ni sus aspiraciones parecen ir más lejos de cómo ganar las próximas elecciones, o, incluso, si es necesario, de cómo lograr el poder aunque las pierdan. Al pueblo, ese que teóricamente componen los ciudadanos y que deberían de representar, ya le dirán lo que debe que pensar llegado el momento.
No, Vox no es el problema, Vox es el síntoma que permite comprobar que existe un problema e identificarlo. Y si no al tiempo.
El vaivén, el va y el ven,  pendular ha cambiado el sentido de su balanceo, lo que queda por ver es cuál es la virulencia de su vuelta y hasta donde llegará antes de volver a cambiarlo. Las políticas irresponsables, el elitismo ético y la desfachatez política han acelerado un movimiento que la transición intentó moderar. Ahora todo depende de cuánto sentido común, de cuanta memoria histórica de la de verdad, de la que escarmienta, quede en todos los ciudadanos ignorados por los partidos políticos. Esperemos que sea mucho, esperemos que sea pronto.

sábado, 6 de octubre de 2018

Lo que contó Cantó


Leía con cierto pasmo, hace unos días, las declaraciones de Toni Cantó en el congreso denunciando la desaparición del castellano en Galicia. He tenido que dejar pasar unos días para revisar con una cierta perspectiva y algo de ecuanimidad si los hechos denunciados tienen visos de ser ciertos según mi propia experiencia.
Complicado.
Complicado, pero sin duda hay una cierta verdad, una verdad paralela y real, que se asemeja mucho a lo proclamado por el señor Cantó. El castellano, el español, está en peligro en Galicia. Y eso es verdad, tan cierto como está en peligro en Madrid, Aragón o Castilla La Mancha. Tan cierto como el español está en peligro en España entera y no por culpa de los otros idiomas y dialectos que pueden hablarse en el territorio nacional, no, si el español está en peligro habría que mirar con mucha atención a los sistemáticos ataques que recibe desde colectivos como los políticos o los informadores.
Nadie inutiliza tanto el idioma como los políticos cuando lo retuercen, fuerzan y vacían de significado en su afán de no decir nada con el máximo de palabras posibles, con el invento interesado y vacuo del idioma inclusivo que va contra todas la leyes de la evolución idiomática y que no aporta otra ventaja que la de lograr iniciativas dañinas sin calado real. El famoso, el tristemente famoso, lenguaje inclusivo varias veces desautorizado por la Academia y su uso persistente como reivindicación permanente de algo diferente a lo que dice reivindicar es un ejemplo claro. Las respuestas habituales en cualquier rueda de prensa, que una vez analizadas ni contestan la cuestión planteada ni significan absolutamente nada, son otro. La variación de significado de muchos términos utilizados para lograr decir algo diferente a lo que se dice sin dejar de decir lo que no se quiere decir, es otra. Las mismas declaraciones del señor Cantó mezclando dos realidades y sacando una conclusión que nada tiene que ver con la realidad, otra más y no la menos corriente.
Y no nos olvidemos de los comunicadores, de los informadores y esa bárbara costumbre de llenar sus palabras de barbarismos procedentes de otros idiomas para dar un toque de “glamour”, de “caché”, a una redacción de calidad ínfima y a un manejo lamentable del idioma común. Pero esta casi merecería una reflexión aparte.
No sé lo que sucede en Cataluña, Asturias, Valencia o Euskadi. No tengo un conocimiento de sus idiomas lo suficientemente profundo para saberlo, aunque sí puedo constatar que, exceptuando cerriles radicales que hay en todas partes, la mayor parte de la gente pasa de su idioma local al español común sin esfuerzo y sin ningún tipo de renuencia. Tal vez se observa un empobrecimiento del manejo del español, algunos errores de construcción y alguna carencia de conocimiento gramatical, pero, insisto, nada que pueda parecer una ignorancia sistemática del idioma común. Pero nada de esto es nuevo.
Durante mis vivencias es Cataluña observé que había tres tipos de personas que no utilizaban nunca el español: los que no lo hablaban porque vivían en zonas donde no se usaba habitualmente, núcleos rurales aislados y tradicionalistas. Los que usaban el idioma para reivindicar una pertenencia que no era de nacimiento y los que te hablaban en catalán como forma de afrenta. Mientras en los primeros la lengua fluía de una forma natural y existía una voluntad de entendimiento, los segundos y terceros la usaban como una forma de agresión y confrontación con el que no la hablara. Cuidado, esto último también funciona en el sentido inverso. No hay nada menos comunicativo que dos personas que pretenden no comunicarse.
Así que efectivamente el español está desapareciendo en Galicia, al mismo ritmo que en el resto de España. Al mismo ritmo que colectivos enteros se sirven del idioma común para fines para los que no fue pensado. Claro que esto no fue lo que contó Cantó.
Tampoco contó Cantó, y no hubiera estado mal que lo contara, que lo que realmente ha desaparecido en Galicia es el gallego, a pesar de que cada vez más gente dice hablarlo, a pesar de que cada vez más gente dice escribirlo, porque para los que hemos leído algo en Gallego antiguo, culto, los que hemos leído algo de Risco, de Celso Emilio, de Blanco Amor o de cualquiera de los muchos literatos galleguistas de los últimos siglos, lo que se habla y escribe hoy en Galicia no es gallego “nin can que lle ladre”.
Ese idioma inventado por los políticos, con la complicidad de intelectuales, que se llama gallego normativo, que es lo que se usa, no pasa de ser un híbrido entre el castrapo, castellano galleguizado, y el portugués que nada tiene que ver con el verdadero y olvidado gallego. Ni sus palabras, ni su gramática, respetan el idioma de nuestros antepasados.
Tal vez, siendo un poco retorcido, nunca se habló tanto español en Galicia, eso sí, sustituyendo las “j” por “x”, metiendo terminaciones “che” donde hay terminaciones “te” incluso cuando no corresponde, y mucho “iño” para que suene a gallego, como en la actualidad.
Claro que no es eso, tampoco eso, lo que contó Cantó.

martes, 25 de septiembre de 2018

Señora puta:


Sea lo que sea en lo único en lo que seguro que hay acuerdo es en que es el más antiguo del mundo. No cabe duda de que es un oficio y como tal lo desempeñan miles de mujeres y hombres, que sí, que de verdad, que hombres también, en todo el mundo. Sobre que sea un delito o un pecado solo corresponde a posiciones éticas y morales que pretendo que no me incumban, sobre todo porque tengo las mías y me siento impelido a evitar que me colonicen con otras, pacatas, mojigatas, victorianas sean bajo la excusa de una moral dictada por unas alturas tan altas que no alcanzo, o por unas posiciones ideológicas que solo conciben un mundo con pensamiento y comportamiento uniformes.
Si tuviera alguna duda  al respecto de mi posición sobre el tema me bastaría con ver como es atacado, con argumentos diferentes, con motivaciones diferentes, desde la izquierda y desde la derecha con igual saña y, hasta el momento, con igual falta de éxito.
La prostitución existe, perdón Teruel, y existe desde que existe la memoria del hombre. La prostitución existe y en ciertos momentos históricos ha alcanzado tal prestigio social que las concubinas tenían un mayor peso en el devenir de los estados que las reinas o los ministros.
Solemos pensar en la prostitución como en un antro de explotación, de miseria, de corrupción puramente masculina. Es una visión un tanto certera en lo que respecta a una mayoría de situaciones, pero si la analizamos globalmente, con una cierta frialdad y con perspectiva, comprobaremos sin demasiado trabajo que es una visión interesada, una visión que sirve a los fines de ciertas personas, instituciones, ideologías, poderes, preocupados en la estigmatización de la prostitución para su mayor manejo y lucro, o simplemente porque no conciben que exista un mundo diferente al que ellos consideran idóneo.
No voy a defender la explotación de ciertos seres humanos por parte de las mafias, pero no la voy a defender ni en la prostitución, ni en la emigración, ni en la donación de órganos, ni en tantas otras cuestiones y recovecos como las mafias aprovechan, valiéndose de la miseria ajena, para sacar partido de las necesidades ajenas. Pero por lo mismo que no voy a pedir la ilegalización de las donaciones porque las mafias se lucran de ellas, sí voy a pedir la legalización y la normalización, de norma, no de uso, de la prostitución, y voy a saludar con alborozo e interés la creación de ese sindicato que tanto parece horrorizar a la izquierda mojigata como escandalizar a una derecha pacata y victoriana
Algo tendrá el agua cuando la bendicen, algo tenga la prostitución cuando tantos tienen tanto interés en perseguirla.
Yo, afortunado de mí, nunca he requerido de sus servicios, pero no por ello puedo considerarme mejor ni peor, tal vez, incluso, el considerarme afortunado no sea más que un prejuicio que aún no he conseguido superar. Tal vez, pudiera ser, porque aún no haya superado el recuerdo de cierto amigo de mi adolescencia que debido a sus malformaciones no consiguió que ninguna mujer atendiera a sus requerimientos amorosos salvo que fueran acompañados de una contraprestación económica. A veces el amor, a pesar de ser ciego, encuentra algún resquicio por el que mirar y solo considera la normalidad física para lanzar sus flechas.
Prohibir la prostitución, ocultarla, estigmatizarla, no va a hacerla desaparecer, pero lo que si lograría una regulación moderna, acorde con la sociedad en libertad que pretendemos, es evitar la proliferación de las mafias, que viven cómodas en la ilegalidad, es el halo de delincuencia que genera todo lo proscrito, son las inevitables secuelas sanitarias que la falta de rigor normativo puede llevar aparejadas.
Una sociedad antigua menos libre que la nuestra, tenía unos usos, en cuestiones sexuales, que si no eran justos, ni deseables, si eran mucho más diáfanos y consecuentes con sus normas. Desde la injusticia, desde la desigualdad, desde la gazmoñería, desde la hipocresía. Sí, pero integrando en un papel, aunque fuera marginal y social y pretendidamente ignorado, esta práctica como algo inherente a la sociedad y a la convivencia.
Podríamos tirar de historia, y sería larguísima. Podríamos tirar de argumentos, y serían muchísimos. Tiremos simplemente de sentido práctico. Mientras el amor no sea totalmente ciego, mientras haya hombres y mujeres que tengan necesidades sexuales no cubiertas en relaciones estables, o sin relaciones estables, la prostitución, sin género, sin explotaciones inadmisibles, sin cargas éticas o morales ajenas al practicante y al demandante, será una necesidad social que cuanto más normalizada, de norma no de uso, esté menos cobijo dará a indeseables de todo pelo que la usen para lucrase a costa de la explotación ajena. Estoy convencido.
Recordemos, como guión orientativo, cuando cierta eminencia del furor ideológico pretendió prohibir que los enanos -ya me jode aclararlo pero lo aclaro-, dicho sea lo de enano sin ningún otro afán que el de la simplicidad descriptiva, participaran en espectáculos en su calidad de tales, y estuvo a punto de mandar a la miseria a tantos que viven de actividades que los requieren por su aspecto físico.
En resumen, y por mi parte, bienvenidas señoras putas sindicadas, mi solidaridad, mi apoyo y mi absoluto respeto a su iniciativa. Solo espero que no lleguen en el fututo a estar tan integradas que algún ideólogo de excesivo tiempo libre me intente obligar a llamarles señoritas de compañía retribuida. Yo, con su permiso, les seguiré llamando putas, sin cargas y en la seguridad de que ustedes y yo nos entendemos, léxicamente hablando.

jueves, 20 de septiembre de 2018

Con la Iglesia hemos topado

Hay una expresión de uso habitual que me viene al pelo: “con la iglesia hemos topado”, que viene a querer decir que nos hemos encontrado con un obstáculo insalvable. ¿Y cuándo las que topan son varias iglesias? Pues el estruendo suele ser tal que suele derivar en batalla, en guerra, a veces desarmada pero no por ello menos cruenta.

Pues con la iglesia han topado en embestida feroz ciertas posturas derivadas de ideologías que no le son excesivamente afectas y que aspiran a ser una iglesia más, la iglesia laicista que se ampara en el sentido laico del estado para su preponderancia. Y si la iglesia suele ser impenetrable ante los ataques exteriores estas ideologías son inasequibles al desaliento a la hora de confrontar a sus rivales, inasequibles al desaliento e incapaces de un filtro moral a la hora de escoger los medios para conseguir sus fines.

La aspiración de estas ideologías es desposeer a la iglesia, al parecer solo a la iglesia católica, de momento, de todo su patrimonio, o al menos a gravarlo impositivamente de una forma que sea inasumible su pago. La justificación parece ser devolver al pueblo, ese ente indeterminado y de fácil mención y apropiación, su patrimonio.

Si tiramos de historia las experiencias son aterradoras. La pérdida de patrimonio que ha supuesto cada una de ellas me parece inasumible. Ni el estado, ni los particulares, ni el pueblo, en su momento hicieron otra cosa que lucrarse o destruir en nombre propio o ajeno aquello que les pertenecía, al menos teóricamente, a todos. Eso sí, hay montones de coleccionistas privados y museos extranjeros encantados de las joyas españolas con las que han conseguido hacerse gracias a la famosa Desamortización, a los saqueos indiscriminados de ciertos periodos o al libre acceso a bienes no vigilados. Claro, que tampoco el clero es inocente de la disposición espúrea de tesoros que trataron como propios sin que realmente lo fueran.

Como en todo problema en el que las ideologías y los intereses superiores intervienen, ninguna parte tiene toda la razón y ninguna de ellas tiene la más mínima intención de razonar.

En España hay tal cantidad de patrimonio histórico y artístico que no hay fondos estatales suficientes para su conservación, solo hay que darse una vuelta por el país para encontrar ruinas que merecerían un mejor trato o para que te cuenten de lugares que no son accesibles por falta de medios para descubrirlos. Recuerdo, visitando el Monasterio de Piedra, a cierto individuo que arengaba a su grupo sobre la necesidad de que los bienes de la iglesia pasaran a manos del estado. Otro integrante del grupo le preguntó cómo se podría mantener esa propiedad, y el iluminado orador sentenció: con los impuestos, claro. Claro, y ahora vas y le cuentas a los contribuyentes cuanto más tienen que pagar al cabo del año para poder mantener lo que ahora no les cuesta casi nada.

Hay que reconocer, por más que a algunos les pique, que las iglesias y sus bienes fueron financiados por los seguidores de su culto, y que aún a día de hoy esas contribuciones son fundamentales para que su estado sea aún bastante aceptable, cosa que no se puede decir de muchos castillos o construcciones civiles. Pero una vez reconocida esa peculiar contribución, no todos los bienes de la iglesia son lugares de culto, y por tanto no todos pueden tener la misma consideración fiscal y patrimonial.

A mí me parece que el patrimonio cultural, artístico, histórico de un país debe de ser propiedad de ese país y no de ninguna institución, país extranjero o fortuna privada, pero siempre y cuando se pueda garantizar su mantenimiento, su conservación, su integridad. Y eso es complicado, muy complicado. Y caro, muy, muy, pero que muy caro.

El primer paso de una solución pasaría por hacer un inventario exhaustivo de los bienes de interés cultural e histórico sujetos a su control patrimonial por el estado, porque ni todos los templos son monumentales, ni todas las pinturas y esculturas obras de arte. Tal vez así evitaríamos que ciertas posiciones ideológicas pretendan privarnos de los Santiago Matamoros que pueblan nuestra geografía, del saqueo impune de los pequeños templos que sin protección de ningún tipo están diseminados por pueblos y campos de poco tránsito e incluso de adefesios restauradores sin criterio que ultimamente proliferan.

Tal vez la mejor solución pudiera ser que el estado detentara la propiedad efectiva de los bienes artísticos, tanto muebles como inmuebles, ya catalogados,  cediendo el usufructo de los lugares de culto, y sus elementos ornamentales, a las iglesias correspondientes a cambio de mantenimiento y conservación. Pero solo para los lugares de culto o práctica religiosa. Para los demás bienes el trato no tiene por qué ser diferente del de cualquier otro propietario ya que no lo es ni su uso ni su disfrute.

Claro que estoy hablando de todas las iglesias, no solo de la Católica, Apostólica y Romana. No olvidemos que hay mezquitas, iglesias ortodoxas y otros lugares de culto que pertenecen a capitales extranjeros, incluso a estados, y que no debieran tener un trato diferente.

Pensar con el filtro de la ideología suele llevar a posturas monocromáticas cuyas consecuencias posteriores a nadie parecen importarle ante la posibilidad inmediata de recolectar votantes, y a las iglesias, a sus seguidores, que le toquen el patrimonio les duele. Aunque he de reconocer que como  se dice en mi Galicia natal, los políticos que hagan lo que quieran “mientras no me toquen la vaquiña”. Y a la Iglesia Católica sin entrar en razones y sin encomendarse a la razón, se la están intentando tocar, la vaquiña, claro,aunque solo sea, al parecer y por parte de algunos, por el afán de tocarle otras cosas.

miércoles, 19 de septiembre de 2018

La justicia geográfica


Estaba el otro día leyendo periódicos, cuando mi cabeza, en uno de esos momentos en que la ensoñación sustituye a la consciencia, se puso recordar aquellas lecturas que llenaron mis primeros años de absorción literaria.
Aquellas denostadas, pero importantes para el inicio lector, novelas de vaqueros y de ciencia ficción que por una cantidad muy moderada te proporcionaban algo más de una hora de entretenimiento y que, casi sin querer, te abrían la puerta a lecturas de mayor calado.
No podría olvidar, ni quiero, a Marcial Lafuente Estefanía y aquellos vaqueros de siete pies de altura que siempre medían sus protagonistas buenos, los malos eran algo más bajos. A él se unían otro cuyos seudónimos saltan a mi mente: Keith Luger, cuyo tono irónico marcaba sus obras, Silver Kane, Lou Carrigan o Clark Carrados eran nombres habituales y deseados al ir al quiosco en busca de nuevas lecturas.
Recuerdo aquellas cien páginas, sus contenidos, sus aventuras perfectamente previsibles, con la añoranza de unos tiempos en los que una editorial, Bruguera, hacía más por la lectura que todos los planes educativos coetáneos y posteriores.
Y recordaba entre todos esos nombres e historias, algo que me causaba un profundo desconcierto, desconcierto que luego se confirmaba viendo algunas películas negras americanas.
En los Estados Unidos de América los delincuentes podían vivir tranquilamente entre los demás. Bastaba con que tras cometer la fechoría que fuera huyeran a otro estado, traspasaran una frontera imaginaria para que sus perseguidores no pudieran detenerlos. Inverosímil. Recuerdo incluso una novela en la que los malhechores tenían una casa que daba a dos estados, con lo que no tenían que huir, les bastaba con cambiar de estancia para ser intocables.
La imagen de los policías persiguiendo a un felón y viendo cómo se alejaba tras pasar por delante de un indicador que marcaba el cambio de estado era algo que mi mente infantil y juvenil, no llegaba a entender. O sea que se podía ser delincuente en un lugar y persona honrada en otro. O sea que haber delinquido en un lugar no significaba ser culpable en otro. O sea que la justicia no era un concepto homologable geográficamente, no era un concepto ético, si no físico.
Aún hoy, recordando aquellas historias, el concepto me parece poco consistente, resbaloso, indicativo de un mal funcionamiento que no acabo de definir. Tengo la íntima sensación de que si alguien burla a la justicia en un lugar sus hechos deben de ser juzgados, esté donde esté.
Pero bueno, eso sucedía en aquellos Estados Unidos de Norte América en los que la gente iba con armas por la calle y se liaban a tiros por una mirada de más, o de menos, o sin mirada. Otro gallo les cantaría a los delincuentes si vivieran de esta parte del océano.
Y a todo esto, cosas de la cabeza, ya no recuerdo sobre que trataba la noticia que estaba leyendo cuando se me fue la olla.

martes, 11 de septiembre de 2018

Hacerse los suecos


Lo decía el otro día en el artículo “Vivir en el extrarradio”. Lo decía y el incremento de votos de la extrema derecha en toda la Europa civilizada demuestra hasta qué punto la multiculturalidad como norma de convivencia es un erial imposible de repoblar. Como la ignorancia de la voluntad popular por sus teóricos representantes es un camino ya fatalmente recorrido.
El gran problema de Europa a día de hoy es eminentemente político, aunque los políticos quieran hacernos ver que es cultural, ideológico o ético. Y es político porque el sistema democrático utilizado como una herramienta para llegar al poder accesible y no como una vía para lograr una evolución de la sociedad, es parte del problema. La democracia, como concepto vacío de representatividad, como instrumento de engaño semántico, como muleta que hurta al ciudadano su propio valor, como falacia utilizada contra su propia esencia, es la primera víctima del complot.
El sistema de bloques izquierda derecha  ha caducado hace tanto que sus estertores nos están sumiendo en los miasmas de su putrefacción. Solo esa división en bloques de la sociedad, y los desesperados esfuerzos fiscales y educativos para evitar que puedan superarse, justifican la existencia de determinadas organizaciones que lo único que aportan es gasto de los presupuestos y permitir el medraje habitual de los mediocres. Solo esa justificación de enfrentamiento de clases mantenidas por los mismos que dicen combatirlas permite que una cierta élite de auto elegidos, aunque ratificados cada cuatro años por nosotros, sin valores éticos ni intelectuales apreciables, organice esta sociedad para que no progrese.
Los papeles asignados a estas izquierdas y estas derechas son tan semejantes, tan iguales, tan intercambiables, que es fácil ver los hilos que mueven a los muñecos. Basta con identificar al protagonista real de la democracia, el ciudadano, el individuo, el elector, que armado de su voto se dirige a la urna dispuesto a ejercer su responsabilidad: elegir a los representantes de su sentir público. ¿Qué resulta de su acción? Un fraude
Empieza por comprobar que no puede elegir a las personas que considera idóneas para configurar una cámara representativa, sí no que tiene que votar una lista de desconocidos a los que no confiaría ni siquiera la lista de la compra. Con los que puede cruzarse en la calle sin reconocer ni sus caras ni sus funciones, posiblemente las más conocidas de las cuales sean apretar el botón que le diga el responsable de turno en las votaciones y cobrar a final de mes.
Continúa por desconocer cuál es el valor real de su voto que varía según el lugar en el que ejerza la acción y que conculca el principio fundamental de la democracia en el que todos los ciudadanos son iguales: ante la ley y ante las urnas.
Si ha conseguido tragar con las dos consideraciones anteriores tendrá que votar según un programa electoral redactado con palabras equívocas, con recovecos insondables y con la clara vocación de ser incumplido, la experiencia lo avala, cada vez que al partido en el poder lo considere conveniente.
¿Y quién defiende las necesidades reales, de a pie, del día a día de los ciudadanos? Nadie, o todos. Todos dicen defenderlas, pero nadie, sean izquierdas o derechas, tienen el más mínimo interés en representar a esas personas que a diario se ven enredadas en un lenguaje ambiguamente desposeído de significado, en una administración agresiva y lesiva para el ciudadano común y corriente, con una justicia incomprensible y económicamente inalcanzable, con unas instituciones que funcionan de espaldas a quienes dicen representar, en una planificación del futuro ajena a sus expectativas: educativas, económicas, convivenciales.
Solo cambia el enfoque con el que el ciudadano es ignorado en sus expectativas una vez que su único valor, el voto, ha sido captado. Las derechas buscarán la ignorancia del individuo, del ciudadano, del votante, favoreciendo la preponderancia económica de las grandes fortunas, su cada vez mayor enriquecimiento. Y las izquierdas buscarán la preponderancia del estado sobre el individuo, sobre el votante, sobre el ciudadano, excusados en un reparto del que solo el estado se favorece empobreciendo a los que lo componen. En ningún caso existe la intención de proyectar un futuro en libertad, en formación libre y comprometida con los valores, en justicia transparente, o en una sociedad económicamente viable, libre del acaparamiento, libre del enriquecimiento por encima de las necesidades, o libre de la pobreza de un sistema impositivo feroz.
Así que el ciudadano acaba votando a aquel que dice lo que quiere oír, aunque sea consciente de que no lo va a cumplir. Al fin y al cabo tampoco lo van a cumplir los otros y al menos se regala el oído. Desgraciadamente lo que si van a cumplir los populismos es arrasar con la libertad en nombre de la libertad, es arruinar a la sociedad en nombre de una sociedad más económicamente igualitaria, es promover el pensamiento único en nombre de su razón y su verdad. Y el ciudadano, como antes, como ahora, será la víctima de unos poderes que ni controla ni sabe cómo enfrentar, pero que siempre parecen salir triunfantes.
Recuerdo un chiste de Hermano Lobo en el que alguien ofrecía al “pueblo” una disyuntiva: “Nosotros o el caos”, a lo que el pueblo contestaba: “El caos, el caos”, “da igual, también somos nosotros” reflexionaba el oferente.
Pues eso, de tanto hacerse los políticos del intercambio los suecos a cuenta de los ciudadanos han visto como los ciudadanos se hacían los suecos votando una opción populista, populista de extrema derecha esta vez. Bueno, en realidad esta vez no se hacían los suecos, ERAN SUECOS, y además se lo hacían.