martes, 26 de junio de 2018

Nosotros, vosotros y ellos


Hay episodios, como el de la inmigración, que desempolvan los viejos fantasmas arrinconados en el fondo del armario de la conciencia, pero nunca que nunca han sido superados ni olvidados. La habitual, y deleznable, corrección política va logrando que nadie se exprese libremente por temor a ser calificado como apestado social. Y curiosamente esto se hace en muchos casos en nombre de una libertad que solo entienden los que se consideran con derecho a dar certificados de libertad o corrección de pensamiento a los demás.
Pero no trataban mis palabras de hablar sobre la libertad, concepto escurridizo y excesivamente interpretable según el gusto de quién lo menciona, que también. Mi interés era hablar sobre los fantasmas que saca a la luz un episodio como el del barco llegado a Valencia con su, carga me parece deleznable, pasaje de personas en necesidad.
Partamos de que tan loable es la actitud del gobierno español como inhumana es la del italiano. Así, de entrada. Pero de entrada el cambio de luz entre el exterior y el interior suele producir una necesidad de adaptación para apreciar las formas correctamente. A veces eso sucede también con los hechos. Necesitan de análisis y perspectiva para apreciar todos los matices.
Eso no significa que justifique el comportamiento de los italianos, pero tampoco que aplauda ciegamente el español. El gobierno italiano tiró del populismo más rancio y deleznable para denunciar una situación por la que se ve superado. El gobierno español tiró, en unas circunstancias en la que su decisión le era popularmente favorable, del populismo más buenista para ofrecer una solución a pesar de que la presión inmigratoria, en muchos casos orquestada con fines políticos por nuestros vecinos, puede ser tan insoportable como la que soportan otros países limítrofes.
Pero una vez comentada la posición política, la calle comenta, se posiciona y quiere hacerse oír. Y quieren hacerse oír la parte de la calle que encuentra solo problemas y aquella otra parte a la que todo le parece bien. Y, como siempre sucede, ninguna de ambas partes es capaz de detentar la razón absoluta, y ambas partes tienen su cachito de razón. Nada nuevo.
Todas las posiciones tienen su parte de verdad y su parte de irracionalidad. Todas, excepto las que parten de un odio irracional, o de un irracional estado nirvánico, deben de ser tenidas en cuenta, escuchadas, contestadas y, en la medida de lo posible, satisfechas. Tal vez, como casi siempre, es la desinformación a la que se somete a la población la mayor causante de este prejuicio. Contra la mentira información veraz y contrastable.
Argumentario negativo: No hay dinero para acoger a tanta gente, quitan el trabajo y los recursos a los nacionales, son delincuentes, forman guetos, no se integran, intentan cambiar las costumbres e imponer las suyas, pueden ser terroristas, se les dan unos privilegios superiores a los que obtienen los nacionales.
Argumentario idílico: El mundo sería mejor sin fronteras, son personas que huyen del hambre y de la guerra, rechazarlos es una actitud xenófoba y todo lo que se diga en su contra es racismo, los países más ricos tienen la obligación absoluta de acogerlos.
Puede que me olvide alguna, en ambos grupos, aunque creo que están los principales argumentos. Pero empecemos a analizar.
No hay dinero para acoger a tanta gente. Es cierto. España es un país con una economía limitada, con una capacidad de generar trabajo poco flexible debido a su enfoque económico y a las leyes tremendamente lesivas con la iniciativa privada, sobre todo con la pequeña iniciativa privada. Pero siendo cierto también lo es que la mayoría de los inmigrantes solo están de paso, que la mayoría o son devueltos a sus países o buscan las economías más fuertes en el centro de Europa. Cierto, algunos se quedan, algunos reciben subvenciones y ayudas. También es verdad que esas subvenciones y ayudas son más visibles cuando son puestas en cuestión, pero, a falta de información veraz, creo que es injusto confundir visibilidad con privilegio.
Quitan el trabajo y los recursos a los nacionales. Si, esto es cierto, pero con matices. Ocupan puestos de trabajo. ¿Pero que sería de nuestros mayores y de nuestros hijos si no tuviéramos inmigrantes que desempeñaran esas labores que ya pocos españoles quieren desempeñar, y que los pocos que quieren ofertan a unos precios inasequibles? ¿De dónde obtendríamos esa mano de obra no cualificada que demanda nuestra sociedad llena de licenciados, doctorados y masters, reales o ficticios, que olvida las necesidades básicas? ¿Cuántos puestos de responsabilidad, cuantas empresas, chinos aparte, son de inmigrantes? De inmigrantes de necesidad, se entiende. Por no hablar de nuestro campo despoblado, de nuestra agricultura y nuestra ganadería ya casi inexistentes, de esa España rural que busca habitantes con desesperación e incentivos para no desaparecer. Y, ya puestos ¿Quién va a contribuir con el estado para que podamos cobrar nuestras pensiones en el futuro? ¿Los ya casi inexistentes nativos o los inmigrantes y sus hijos integrados en una sociedad  tan decadente que no se preocupa de su futuro?
Son delincuentes. Si, e ingenieros y literatos y padres de familia que se niegan a ver morir a sus hijos de hambre, reclutados por el señor de la guerra local o simplemente reos de faltas de oportunidad por nacer en un rincón del mundo despojado de sus bienes y derechos. Entre tanta gente, entre tantos hombres, mujeres y niños, ¿la proporción de delincuentes y personas normales es diferente a la de otros grupos humanos? No, otra cosa diferente es que muchos de ellos acaben delinquiendo por falta de integración, de oportunidades o por la presión del ambiente cerrado en el que acaban moviéndose. Desgraciadamente los inmigrantes delincuentes, al menos los más peligrosos, los más letales, no vienen en patera, vienen en avión y pertenecen a mafias internacionales. Pero a esos no los cuestionamos. A esos no les llamamos inmigrantes ni nos oponemos a que se queden con las grandes y lujosas casas de nuestras costas y ciudades o encarezcan y perviertan todo lo que está en su entorno.
Forman guetos. Claro. Como todos aquellos que llegan a un lugar en el que son extraños. Buscan a los iguales para que su vida sea un poco menos dura. Y más si los que los reciben tampoco están muy por la labor de integrarlos porque desconfían de sus intenciones, de sus motivos y de su presencia. Yo también lo haría. Yo también lo he hecho.
No se integran. Y este sí es un problema, porque los hay que no logran integrarse y otros que tienen a gala no intentarlo. La integración es difícil. Aceptar costumbres ajenas, idioma desconocido, leyes que son extrañas. Solemos ser poco tolerantes con lo que no son como nosotros. Solemos ser, incluso, agresivos, poco permisivos. Pero también es verdad que deberíamos ser inflexibles respecto a aquellos que llegan intentando imponer lo suyo sobre lo que ya existe. El equilibrio entre la tolerancia y la defensa de lo existente es uno de los frentes en los que más daño se hace. A veces, interesadamente, hay personajes públicos, cargos públicos, que utilizan la tolerancia hacia lo ajeno como argumento a sus personales cruzadas contra lo existente. Normalmente estas actitudes lo único que consiguen es un rechazo que acaba siendo utilizado por los populistas de signo contrario para promover la xenofobia entre personas que lo único que quieren es preservar lo que siempre han, hemos, vivido. El conflicto de promover conductas anti católicas con el argumento del estado laico, cayendo en posturas laicistas es bastante habitual entre una izquierda desnortada y que exaspera a una mayoría de la población.
Intentan cambiar las costumbres e imponer las suyas. Creo que en el punto anterior se podría integrar este. El problema, el daño, es comprobar que esta presión, partiendo de algunos inmigrantes, que son minoría, anclados en posiciones intolerantes respecto a las costumbres en sus países de acogida son utilizados, sin escrúpulo alguno, por políticos para sus propios y, no confesados, fines, provocando, sin reparar o sin importarles un ardite, un rechazo que promueve el racismo en personas hasta ese momento ajenas a tal sentimiento. Tal vez en estos casos, en una sociedad que funcionara correctamente, debería de invitarse al recalcitrante a volver a su país de origen y al sinvergüenza que lo utiliza al ostracismo político.
Son terroristas. Es difícil argumentar contra esta afirmación. Es complicado desmontar un argumento que no tiene ningún sustento aparente. Se refiere a inmigrantes musulmanes integristas, que los habrá, no digo que no, pero que viendo las cifras de atentados en Europa, el número de participantes en ellos, y comparada esa cifra con la de inmigrantes que entran en un día en uno de los países europeos ¿Dónde está el argumento? Viendo esas caras de esperanza de niños, de hombres y de mujeres ¿Dónde está el odio fanático necesario para matar? De los terroristas identificados ¿Cuántos eran inmigrantes directos y cuantos eran segunda o tercera generación? Efectivamente, los terroristas se forman en nuestros países, aprenden a odiarnos viviendo entre nosotros, abandonados a una educación en la que los estados se inhiben más interesados en la falsa tolerancia que en el futuro e integración real de esos ya ciudadanos, cuando no utilizados como amenaza que permite ciertas actitudes de control y recorte de derechos, que de todo hay. En todo caso es trabajo de los sistemas de seguridad llegado el momento separar la paja del heno, y precisamente por ello es mucho más conveniente rescatar y acoger, que permitir el acceso incontrolado.
Privilegios. Tal vez en este tema es donde más se eche en falta la absoluta falta de transparencia y la absoluta falta de credibilidad de nuestros políticos. ¿A que tiene derecho un inmigrante ilegal? ¿Durante cuánto tiempo? ¿Cuál es su destino final? ¿Cuántos eluden los controles? ¿Cuántos acaban trabajando ilegalmente por falta de oportunidades de regularización? Todo se difumina tras una postura que según la ideología del informante engaña en un sentido o en otro. Yo estoy convencido de que la mayoría de los casos se ajustan a límites razonables. Tan seguro como seguro estoy que hay abusos, aunque suponga que son menos. Este argumento, tan dañino, tan difundido, tan utilizado, solo puede desmontarse con números reales, con números al margen de ideologías.
En definitiva, a alguien que ha sido inmigrante, como es mi caso, aunque haya sido interior, le cuesta reconocer los argumentos xenófobos que, sin quitarles la parte de razón que puedan tener, se llevan a unos límites donde la injusticia y la sinrazón son evidentes. En este mundo en general, y en este país en particular, casi todos somos, directamente o por descendencia, de un lugar diferente al que inicialmente nos habría correspondido. Parece que olvidamos con cierta facilidad los barcos rebosantes camino de Sudamérica, los trenes de la vendimia hacia Francia o los de contratados hacia Alemania. El goteo incesante de familias hacia las grandes ciudades. Yo recuerdo aquella Galicia en la que los peones camineros eran mujeres, el campo lo trabajaban las mujeres y la industria más tradicional era empleo de mujeres porque los hombres estaban buscando el sustento en otros lugares. Yo también recuerdo vivir en un gueto cultural entre originarios de la misma zona. Yo también recuerdo ser recibido con mofa y tópicos por proceder de una región diferente. Yo también, y la mayoría de los que me leen, soy inmigrante.
Analicemos ahora los argumentos de signo y sentimiento contrarios. Los de aquellos a los que todo les vale con tal de demostrar su superioridad moral y su buenismo contumaz.
El mundo sería mejor sin fronteras. Claro, por supuesto, pero el problema es que existen y que obedecen a una realidad legal que hemos aceptado. Cambiemos las leyes y deroguemos esas líneas imaginarias, cuando no recalcadas por un muro o una alambrada, y permitamos la libre circulación de bienes y personas. Pero teniendo claro cuáles son las consecuencias, cual es el precio de un mundo idílico que no ha preparado a sus habitantes para disfrutarlo y sí para pelear por su dominio. No solo podrían entrar libremente las personas de bien, sería imposible la seguridad colectiva, sería complicada la cobertura social porque los estados, las naciones, las regiones se desvanecerían por falta de límites en los que aplicar su influencia, y por tanto volverían el predominio del que fuera capaz de ejercer más fuerza en detrimento de la sustentación de derechos por falta de garantes. A veces hablar es hablar por hablar.
Son personas que huyen del hambre y de la guerra. La mayoría, la inmensa mayoría, pero entre ellos habrá personas que buscan mejores lugares donde ejercer sus habilidades delicuenciales, incluso habrá personas que hayan venido con su mejor voluntad y a las que la falta de oportunidades para progresar, o su menor habilidad para integrarse, o la misma presión de su entorno y su necesidad acaben por empujarlos hacia la parte más oscura de la inmigración frustrante, a la marginación, a la necesidad y a la delincuencia. La falta de respuesta firme por parte de la sociedad, la incapacidad flagrante de reaccionar de forma rápida y contundente para erradicar el problema, la percepción por parte de algunos  de que ser inmigrante es una situación equivalente a estar dispensado de obligaciones y convertirse en una suerte de mártires sociales, lleva al resto de la sociedad a rearmarse contra ellos y a que se generen actitudes de rechazo.
Racismo y xenofobia. Estas palabras se han convertido en una especia de banderín de enganche, de latiguillo dialéctico, de muletilla argumental, para evitar entrar al fondo de los problemas que se denuncian. Si consideras que la inmigración crea problemas, que no puede acogerse ilimitadamente, que hay que ser tan inflexible en el cumplimiento de las leyes con los que vienen como con los que están, es que eres un racista, un xenófobo. Si consideras que antes de ayudar a los que vienen convendría asegurar un futuro a los que nacieron aquí es que eres un xenófobo. Si apuntas a que hay que ser intolerante con aquellos que aprovechan su acogimiento para difundir su intolerancia eres un xenófobo, o un facha. Si consideras que ciertos colectivos tienen un problema de comportamiento emanado de sus costumbres originales que es incompatible con la sociedad que los acoge, maras, integrismo, delincuencia organizada, mafias, y debe de ser prevenido y tratado con rigor y agilidad eres un racista. Si tienes cualquier discrepancia o postura crítica hacia cualquier comportamiento o actitud de los acogidos eres automáticamente tildado de racista, de xenófobo, de facha, por una parte instalada en la exquisitez moral, en la superioridad ética, en la por nadie otorgada potestad de otorgar títulos de lo que se puede, o no, decir, hacer o pensar. El gran problema es que son ellos los que hacen por la xenofobia, por el racismo, más que todos los inmigrantes de la historia. No hay nada que fortalezca más el racismo que la falta de rigor y de crítica. No hay nada más negativo que el exceso de positivismo.
Los países ricos tienen la obligación de acogerlos. Moralmente sí. Humanitariamente hablando, claro. Pero el gran problema es que todo continente tiene una capacidad máxima de contenido. Los recursos son limitados, las estructuras son limitadas, las capacidades son limitadas, y ante una respuesta limitada, no por la voluntad, sino por la realidad, la exigencia no puede ser ilimitada. En terminología popular existe la gota que hace rebosar el vaso, tal vez el gran problema sea despojar al problema de ideologías y tasar correctamente la capacidad real del vaso. Pero esta solución siempre será políticamente incorrecta mientras los inmigrantes sean, digan lo que digan, un arma arrojadiza que utilizar que utilizar ideológicamente sin tener en cuenta a los seres humanos que despojados de identidad por el fenómeno masivo al que pertenecen sufren y mueren cada día.
Me gustaría hacer ahora una reflexión que resumiera todo lo antedicho. No soy capaz.  Solo sé, con  tal firmeza que me produce rabia, que cada muerto es un muerto innecesario, una víctima del enriquecimiento inmoral de alguien, un reo de una partida mundial en la que los jugadores ignoran sistemáticamente las muertes que provocan, una excusa inexcusable para que los buenistas demuestren con descaro su inmoral superioridad moral.
Solo sé, y a veces me cuesta, que cada uno de ellos ha nacido, ha sufrido y, muchas veces, muere sin nada que me lo justifique. Que cada uno ha dado y recibido amor de su entorno, que cada uno de ellos tiene derecho a vivir dignamente. Cada uno de ellos, uno a uno, aunque sean tantos.

sábado, 16 de junio de 2018

El cáncer y las tiritas

Sucede muchas veces, tal vez demasiadas. Una idea, un concepto, una cuestión que es evidente en un enfoque diferente al original es imposible de percibir con claridad por las pasiones laterales que despierta y que impiden que el problema se trate adecuadamente en su contexto original. Si además interviene la política y su sistemática verborrea para confundir, desvirtuar y utilizar cualquier situación para su propio beneficio, estamos perdidos.
Hoy toca hablar de inmigrantes. De emigrantes que una vez abandonan su frontera se convierten en inmigrantes y que la nueva terminología, supongo que para ahorrarse tinta, tiempo de pensamiento y disgustos ha convertido en migrantes. Así nadie los podrá acusar de posicionarse en el problema.
Hay toca, como decía, hablar de inmigrantes, de los que llegan. Hoy, como ayer, como periódicamente, como demasiadas veces, todas las veces que pasan de cero son demasiadas veces para este tema, toca hablar de seres humanos despojados de su tierra, desgajados de su familia, desesperados, estafados maltratados y zarandeados. En cualquier frase bien pensante ahora tocaría mencionar, como causante último, al destino, pero yo me temo que el destino, en este caso, tiene nombre , apellidos, incluso siglas y cuenta de beneficios.
Tener fronteras es un sentimiento natural, de naturaleza, que se justifica por la necesidad que tiene todo grupo organizado de preservar su capacidad de mantenimiento. Todo animal social marca su territorio de influencia y lo defiende de otros grupos que puedan disputar su derecho sobre él. Los humanos, en esa necesidad que tenemos de reglarlo todo, hemos perfeccionado, en realidad complicado, el concepto y hemos creado esas fronteras difusas del territorio natural en férreas barreras definidas que separan, sin duda, a lo buenos, los de dentro, de los malos, los de fuera. Luego les hemos puesto bandera, música, leyes... y nos hemos aplicado a fomentar el orgullo territorial exclusivo como forma de pervivencia de los que mandan en el machito.
Tener fronteras es natural, animalmente natural y compulsivo. Se supone que la humanidad evoluciona para superar esa pulsiones animales y crear eso que pomposamente llamamos civilización, una de cuyas características debería de ser el humanitarismo. Se supone porque si echamos mano de la historia, o de los periódicos actuales, veremos como la política fomenta esos sentimientos territoriales para despertar la parte más animal, más irracional, más insolidaria de nosotros mismos.
¿Qué estoy hablando del “Aquarius”? Hasta yo me había dado cuenta. Pero no, en realidad el barco de la miseria moral en el que se ha convertido, no es más que una excusa, un episodio más de esos que hay varios todos los días pero que, por el motivo que sea, porque conviene a unos, porque interesa a otros, porque favorece a los de más allá, alcanza una difusión que lo hace más visible, significativo. Significativo para los intolerantes de costumbre, significativo para los buenistas de costumbre.
Un episodio más de esos que se utilizan para que nadie reflexione sobre el problema de fondo que ocasiona tantas muertes, tantos sufrimientos, tanto odio, tanto amor de salón, tanto beneficio a unos cuantos. Porque si no hubiera beneficio tampoco habría problema. Ese terrible problema que no son los inmigrantes, o los emigrantes, o los migrantes, ese inmoral problema del que ellos solo son el sítnoma.
Vale, acogemos el “Aquarius”, o lo rechazamos, según la posición en la que nos queramos poner, porque para el análisis final del problema da lo mismo en qué lado te coloques. Da lo mismo si eres de los que cuelgan un trapo hortera en un edificio emblemático redactado en inglés, que aún no he entendido por qué a unos señores que hablan un idioma y llegan a otro lugar con otro idioma se les saluda en un tercer idioma que no es el suyo ni el nuestro, misterios del “marketing” ese, o si eres de los que pondrían muros de acero, electrificados y erizados de armas automáticas para blindar y aislar su territorios de esos delincuentes que vienen a robarles lo “suyo”.
Como iba diciendo, tomamos una decisión sobre el barco de la miseria y… ¿Y? Habremos salvado, o condenado, a setecientas personas hacinadas y sufrientes mientras no se cuantos miles más ya lhan pasado por ello y otros no se cuentos miles se preparan para pasar experiencias semejantes. O sea, que hemos tomado una decisión sobre setecientas vidas sin reparar en que nuestra decisión está provocando una serie de efectos colaterales que solo benefician a los que originan el problema.
Porque el problema real no es decidir sobre esas vidas, que evidentemente provocada la situación es lo inmediato, el problema real es por qué han llegado esas personas a esa situación. Por qué familias enteras se lanzan a un viaje que hipoteca económicamente, socialmente, familiarmente sus vidas, a un viaje de altísimo riesgo, en vez de prosperar en la tierra que los vio nacer y hacia la que, naturalmente, sentirán un apego indiscutible. Qué lleva a miles y miles de personas a emprender una huida dejando atrás lo suyo, dejando atrás a los suyos, dejando atrás incluso su dignidad y su seguridad.
Tal vez porque las multinacionales que operan por encima de gobiernos y leyes han arruinado esas tierras y los han convertido en semi esclavos, tal vez porque los grandes señores del armamento han considerado esos territorios como idóneos para probar y vender sus armas, tal vez porque determinados fanáticos religiosos consideran esos lugares como herencia divina y lugar sagrado en el que aposentar sus fanatismos, tal vez porque hay potentados que gustan de jugar el ajedrez del poder y la riqueza con territorios y seres humanos. Tal vez, independientemente de cual sea el causante primero de la situación, porque estamos tan ocupados en vivir confortablemente que como mucho les podemos dedicar el tiempo de un tele diario, o la actitud buenista pero ineficaz salvo en distancias cortas de multitud de colectivos que dedican sus vidas y sus esfuerzos a paliar los síntomas, pero sin capacidad para abordar y atajar la raíz del mal.
Es posible que lo que estoy diciendo no quede muy claro, pero saquemos lo mismo a otro contexto. ¿Se puede curar el cáncer con tiritas? Pues el “Aquarius”, las pateras, los cayucos, las balsas, los muertos en el agua o en la playa, el sacrificio de tanta gente luchando por salvar vidas, por encontrar lugar a los que llegan, por acoger, incluso a esos que ponen un trapo pintado que pone:”welcome refugees” en un sitio por el que no pasan refugiados a los que se les pueda dar la bienvenida, y si pasaran ni hablarían inglés, ni siquiera español, no son más que tiritas. Mientras el cáncer sigue haciendo metástasis. Como diría cierto personaje : “¿Se me entiende ahora o explicito?”

Eso sí, por favor, en lo que alguien le pone solución al cáncer, no dejen de usar tiritas.



viernes, 1 de junio de 2018

El vaivén del chucu chucu

Como en la canción. “El vaivén del chucu chucu, chucu chucu te voy a dar”. Así se podría analizar hay la política española. En realidad así se podría analizar este baile de líderes que se ha producido hoy en el congreso ante la mirada entre incrédula e impotente de la ciudadanía de este país, o País S.A. que apostillaría el Forges – que gloriosas viñetas habrían salido de su mente y de sus manos en este momento-
Hoy la presidencia del gobierno por un acto administrativo legal ha pasado de las manos de un político que ha perdido la confianza de la calle a las manos de otro que nunca la ha tenido. El vaivén del chucu chucu.
Hoy, en una clara demostración de que si esto es una democracia no es representativa de sus votantes, se ha consumado un hecho que no cuenta con el beneplácito de la mayoría de los votantes del territorio nacional, y se ha consumado por la aberración de que la ley electoral respalda que el valor de los votos es diferente según donde se emitan.
Lo que hoy ha sucedido  es legal, es legítimo, pero no tiene nada que ver con lo que opinaría la calle si se les consultara. Y eso lo sabemos todos, incluso aquellos dispuestos a forzar esa voluntad con legítimos recursos.
Yo no soy muy partidario de Pedro Sánchez, y a lo mejor tengo que tragarme mis opiniones dentro de unos meses, o desgraciadamente no, pero en todo caso su apuesta por gobernar en vez de convocar unas elecciones en el más corto plazo posible me hace pensar que sabe perfectamente que las perdería más allá incluso de lo que las ha perdido en el pasado. Y me temo que las perderá en el futuro. Solo espero que su victoria no nos hipoteque a todos en la cuestión territorial y no nos avoque a un futuro lamentable.
Tampoco he sido nunca devoto de Mariano Rajoy, y si no lo he sido en el pasado hoy la verdad es que solo puedo hablar pestes de alguien incapaz de una actuación con un mínimo de dignidad y coherencia. Ha sido un buen presidente económico, aparte métodos y cuestiones sociales, y es uno de los mejores parlamentarios que se sientan en las bancadas, pero como gestor social y político ha sido entre mediocre en sus inicios a patético en sus finales.
No lamentaré la marcha de Don Mariano. No la lamentaré en la misma medida en que no me siento capaz de celebrar el advenimiento de Pedro Sánchez. Le veo al tema más de chucu chucu que de vaivén festivo. Y ya se sabe que el chucu chucu siempre estuvo lleno de carbonilla, de asientos atestados e incomodidades de tercera.
Tampoco me cabe la esperanza de que las gestiones de gobierno en ciernes vayan encaminadas a solucionar los temas de representatividad que los ciudadanos sufrimos pero ellos en breve disfrutarán. Nunca llueve a gusto de todos, pero ya es triste que nunca llueva a gusto de los ciudadanos que ya no solo se encuentran constreñidos a elegir entre guatemala y guatepeor, si no que ahora ni siquiera pueden hacer oír su voz en un momento en el que escucharnos sería crucial.
Pues eso, que al final hemos asistido como espectadores al vaivén del chucu chucu. Esperemos no asistir mudos y maniatados al chucu chucu que nos vayan a dar.

jueves, 31 de mayo de 2018

Don Tancredo, supongo


Cuando Stanley pronunció la mítica frase contaba con la ventaja de que no habría muchas otras posibilidades en el entorno en el que estaba. Pero no siempre las circunstancias son tan favorables.
Hoy, si alguien pronunciará la frase que da título al artículo pensando en mariano Rajoy, y viendo lo sucedido en el congreso, se encontraría con una respuesta sorprendente: No, Rompetechos.
Es cierto que el acreditado dontancredismo de nuestro, al parecer, hasta ahora presidente del gobierno nos ha acompañado durante varios años y más de una legislatura. Es verdad que nos hemos acostumbrado a la indiscutible pericia del presidente en la ejecución de tan complicada arte del toreo. Que sí. Pero el problema del Don Tancredo es que como por casualidad el toro tropiece con el pedestal en el que se sustenta y lo mueva, o derribe, solo quedan la carrera hacia barreras o la cogida que siempre resulta peligrosa.
A mí la postura del señor Rajoy, su pertinaz apuesta por la inmovilidad, su suicida decisión de sostenella y no enmendalla y no permitir a su partido una salida digna que le dé oportunidad de rearmarse para volver a la batalla es, cuando menos, de una miopía propia de un Rompetechos de la política.
Todos hemos oído como Pedro Sánchez le ofrecía la salida de la dimisión. Yo diría que incluso se la suplicaba, porque no creo que ni él se considere preparado para la tarea que inopinadamente, estoy seguro, se le viene encima. Todos lo hemos oído reiterar el ofrecimiento mientras el actual presidente encaramado en su barril seguía inmóvil y mirando al tendido. A un tendido que mañana, muy previsiblemente, le dará la espalda a la espera de no tener que ver la cogida que se augura, la debacle que va a permitir a Ciudadanos ganar, salvo sorpresa, las próximas, de siguientes y no necesariamente de cercanas, elecciones como única opción liberal votable, salvo para militantes, claro.
Y esa miopía política, ese empecinamiento irresponsable, esa terca decisión de no moverse un palmo, se lo va a llevar por delante. A él, y a su partido. A él y a un país que respiraría aliviado con otra salida que no fuera esta y comprueba como la falta de visión de un personaje incapaz de ver la verdad de lo que le rodea lo condena a un gobierno que no desea.
La sentencia de la Gürtel trasciende lo judicial. Trasciende los nombres y las inocencias, porque señala un comportamiento inaceptable. Y entre los señalados los ciudadanos de a pié, se nos den las explicaciones técnicas que se nos den, percibimos las siglas de un partido salpicado una y otra vez por el mismo mal, la corrupción institucional. ¿Qué no es el único? Claro que no ¿Y eso que soluciona? ¿De verdad el “y tú más” es una opción de defensa?
No sé si los planes del PP, con el señor Rajoy a su cabeza, es bloquear al gobierno que emane de esta moción. No sé cuál es la estrategia que creen tener, pero yo le haría una pregunta ¿Bloquear el funcionamiento de un país para salirte con la tuya no es lo que se le reprochaba a Pedro Sánchez? ¿Es patriótico secuestrar a todo un país para demostrar la razón propia? No. No lo era antes y no lo es ahora.
Yo creo que el PSOE no puede gobernar secuestrado por una necesidad permanente de cesión a las presiones de sus socios de votación. Este gobierno nace bajo la sospecha de tener que pactar con separatistas y nacionalistas y causar un daño irreparable. Y sin el apoyo de los ciudadanos. Sin el apoyo siquiera de todos los socialistas. El problema es lo que cree el PSOE, lo que se sienta obligado a hacer para permanecer en el machito porque las encuestas le auguren un abismo electoral insondable.
Debo decir que Pedro Sánchez ha estado en sus últimas intervenciones torero, gustándose, en hombre de estado. Ahora hay que esperar a sus hechos, que me temo que no nos gustarán tanto. Pero si alguien me pregunta yo solo puedo considerar que hay un culpable, Mariano Rajoy transmutado de DonTancredo en un Rompetechos de vía estrecha.
Dimita, señor Rajoy, dimita, aunque sea por España.

sábado, 26 de mayo de 2018

El ansia y la sinrazón


Hay ciertos  movimientos en los que prima el ansia sobre la razón, la poca reflexión de la oportunidad deseada sobre las consecuencias que la obtención de ese deseo puede suponer. Cuando eso sucede en política el primero que sufre las consecuencias es el ciudadano o, dicho según otra terminología, el pueblo. El primero pero no el único porque el que ha torcido la voluntad popular pagará con amplitud las consecuencias.
Posiblemente, y algunos así lo defienden, la moción de censura fuera al final inevitable. Tal vez, pero creo que el primer movimiento real hubiera sido ofrecer al señor Rajoy una salida con una cierta dignidad. Invitarle a la dimisión y ofrecerse para un pacto de estado junto con nuevas caras del PP y con Ciudadanos que diera salida institucional al problema creado, pero el señor Pedro Sánchez se ha lanzado incontinente a la moción de censura sin pensar en lo que quieren los ciudadanos, esos que votan, encelado en una oportunidad para alcanzar el gobierno que no solo es complicada, si no que, llegado el momento de unas nuevas elecciones, le pasará una factura inasumible para su partido.
Sin pensar en lo que quieren los ciudadanos y jugando con la consecuencia de asestar a Mariano Rajoy  y a su partido un golpe definitivo impidiéndole toda capacidad de maniobra, de salida digna, un puente de plata.
Si se hiciera una encuesta seria y global, si se hiciera un referéndum, tan de moda en este momento, se podría comprobar que el primer problema para los españoles es el territorial, es solucionar lo de Cataluña antes que la corrupción, si, incluso ahora, después de la sentencia de la Gürtel, lo que consideramos  la amenaza de una fractura a la integridad constitucional, y más si es por la vía de los malos modos y la mentira, como es el caso, tiene un rango de prioridad  popular más alto que un problema de gobierno, por muy engañados que nos sintamos, que nos sentimos.
Ya nos sentíamos engañados y estafados en las últimas elecciones y los resultados explicaron claramente que el votante anónimo prefería un gobierno bajo sospecha de corrupción que otro con una idea territorial poco consistente o diferente a la actual. Las urnas hablaron y los resultados fueron los que fueron. Y seguramente lo seguirían siendo actualmente aunque cambiaran las siglas que encabezaran los votos.
Inicialmente es una aberración intentar un gobierno que necesita más votos externos de los que tiene el mismo proponente, pero, si además se examina con un mínimo rigor la lista de apoyos necesarios, ese primer inconveniente hasta parece una mera anécdota.
Así que el primer problema del señor Sánchez será encontrar los apoyos suficientes para su moción de censura. El segundo y ya es mayor, es encontrar los apoyos dentro del bloque que defiende la constitución. Bueno, vamos a ser buenos y permisivos, dentro del bloque que no ataca directamente a la constitución para que pueda entrar Podemos. Pero si finalmente, y como es previsible, tiene que recurrir a los votos de los partidos independentistas vascos y catalanes las explicaciones nunca serán aceptadas por la mayoría de los votantes españoles y la debacle del PSOE en unas próximas elecciones puede llevar a los socialistas a la marginalidad representativa.
Ningún voto independentista es gratis, nunca. La historia reciente nos lo demuestra y  la situación actual lo hace palmario. Hagámonos una simple pregunta, ¿Puede  Pedro Sánchez negociar unas reformas, unas concesiones, territoriales que cuando fueron llevadas a las urnas salieron derrotadas con el peor resultado histórico en votos del PSOE? Y si no es con promesas en ese aspecto ¿con que pretenden negociar los socialistas?
Es más, supongamos, que ya es suponer, que el PdeCat y Bildu, le dieran los votos gratis, que el PNV y ERC le otorgaran graciosamente su confianza a cambio de nada ¿se lo creerían los españoles? Ya aviso, yo no.
No entremos ya en la jaula de grillos que sería ver gobernar al PSOE con un partido actualmente inmerso en una deriva imparable hacia el antieuropeismo de extrema derecha como es el PdeCat. Un partido además tan corrupto como el PP, posiblemente más, y que ha hecho del 3% su norma económica más clara. De un partido que ha declarado la guerra política a España y, xenófobo y supremacista, a los españoles.
O con un partido como Bildu, de extrema izquierda, heredero de las prácticas coercitivas de ETA. Sus cachorros derrotados pero no vencidos, ni mucho menos convencidos.
¿Son esos los pilares en los que pretende basar su asalto al poder? ¿Se atrevería a preguntárselo a los españoles?
No, y él lo sabe. Como sabe que si convoca inmediatamente unas elecciones las perdería irremisiblemente y con un resultado aún peor que en las últimas. Por eso habla de un margen de tiempo en el que pergeñar una agenda social con la que comprar posibles votos en caladeros de descontentos. Pero puede, estoy casi seguro, de que incluso esos descontentos antepondrán el problema nacional al personal, y si no al tiempo.
Queda la opción de convencer a Ciudadanos, que ya ha dicho que no salvo si se convocan elecciones inmediatas. Pero ciudadanos sabe que esa moción es un terreno en el que tienen mucho que perder y nada que ganar. Un terreno en el que pueden reforzar a un contrario empeñado en separarse por sí mismo del sentimiento mayoritario de los votantes y encontrase inmerso en un maremágnum de siglas con las que siempre han mostrado un rechazo firme, contundente.
La trampa en la que se ha metido Pedro Sánchez, y en la que ha metido a su partido, es que ya perdió una investidura y ahora no puede permitirse perder una moción de censura que lo abocaría directamente a la profundidad de los infiernos, y eso hará que esté dispuesto a aliarse hasta con el diablo. Aunque el diablo se vista de Prada, o de Puigdemont, o de Otegui.

jueves, 24 de mayo de 2018

La Vergüenza Torera


Es fácil calificar de desvergüenza lo que la sentencia de la Gürtel describe, tan fácil como calificar de sinvergüenzas a los condenados y a los señalados. Tal vez, casi seguro, lo más difícil es concretar quienes son los señalados, entre otras cosas porque entre los señalados están las siglas de un partido y por tanto todos y cada uno de sus dirigentes.
Y entre tanta desvergüenza y tanto sinvergüenza es la hora de la vergüenza, pero no de la vergüenza que deben de sentir los que se sientan señalados por esa sentencia, no, si no la hora de eso que en este país llamamos vergüenza torera. Es la hora en la que los dirigentes actuales del PP, se sientan o no señalados por los jueces, tiren de ese resto de dignidad que todo ser humano, incluso si es político, debe de conservar en las más negras circunstancias y presenten la dimisión de sus cargos en bloque. De sus cargos de partido y de sus cargos institucionales.
Mañana a más tardar, preferiblemente hoy mismo, el Sr. Rajoy, todos sus ministros, todos los diputados y todos los representantes autonómicos deberían de presentar su dimisión en un gesto que intente compensar la falta de integridad con la que su partido ha castigado a los ciudadanos que confiaron en ellos.
No me vale una moción de censura. No me vale que otros intenten ganar lo que no consiguieron de los ciudadanos en las urnas, su confianza, aprovechando unas circunstancias que pueden considerar favorables. No, dimisión colectiva, instantánea, y convocatoria de elecciones por parte de los nuevos responsables del partido.
Hay muchas otras opciones, hay muchas formas de intentar salvar la cara, pero es la única salida que permitirá al PP, desde su más que previsible derrota en las urnas, empezar a expiar una trayectoria de escándalos sin precedentes y conservar para sus siglas algo de la dignidad, de la credibilidad, de la confianza perdidas que permita a sus militantes reagruparse en torno a nuevos nombres, nuevas figuras, que les abran el camino para refundar un partido ahora mismo fundido, abochornado, en proceso de descomposición.
Hay poco más que decir. En realidad hay mucho más que decir pero poco más que se pueda hacer para afrontar la situación desde una perspectiva constructiva y que permita al partido Popular salvar, si no los muebles, al menos sí un resquicio de esperanza hacia el futuro.
Es hora, por parte del PP, de hacer un servicio a España, a esa de la que tanto se han llenado la boca. Es hora, por parte de los ciudadanos, al menos a mí me lo parece, de agradecer los servicios, los honrados, que alguno quedará, prestados. Por ejemplo la contención de la extrema derecha tan activa en el resto de los países europeos. Es hora de coger la maleta, la de presidente del gobierno, la de diputado, la de ministro, la de representante autonómico o cargo del partido, y marcharse. Ninguna otra opción puede valer. Ninguna otra opción puede redimir un escándalo semejante.
Es previsible, y preocupante, que el dontancredismo de Mariano Rajoy intente demorar en el tiempo las  soluciones. Que como de costumbre espere a que el devenir vaya diluyendo y solucionando. No sé si la memoria de un votante es mayor o menor que la de un pez, pero sí sé que la memoria de la historia es inquebrantable.
Señor Rajoy, Señores ministros, diputados y demás cargos públicos y estructurales: Un poco de vergüenza torera, por ustedes, por su partido, pero sobre todo, sobre todo, por su país. El motorista ya está esperando con el decreto de cese junto a su ventana.

martes, 22 de mayo de 2018

Magistral Incoherencia

A menudo la prisa por dar una noticia, por ser el primero, evita que el cronista de turno le de unas vueltas a lo sucedido y a sus posibles consecuencias.
Independientemente de la afinidad, o de la falta de afinidad, con las ideas políticas de Pablo Iglesias, y por tanto de Podemos, hay que convenir en que es un fenómeno, tanto política como mediáticamente. Sus puestas en escena, su permanente ambigüedad rotunda respecto a muchos temas de los que se le plantean, o su rotundidad ambigua en otros, no están al alcance de cualquiera, es más, están al alcance de muy pocos.
Cesarista respecto a su partido, populista en sus planteamientos, canchero y maniobrero respecto a sus opositores internos, nada parece escapar de sus planteamientos, nada parece escapársele.
Y de repente, ¡¡¡zás!!! que diría la famosa historia de: “fly the mariposita in the garden”, metedura de pata “in the garden”, pero metedura de pata de esas que pueden marcar época.
Unos lo consideran traidor a la clase, otros un incoherente patológico, otros un señorito encubierto. Denuncia el acoso y la invasión de su vida privada quién antes defendió el acoso y la invasión de la vida privada de otros personajes de la política. Dice que se siente orgulloso de ser de Vallecas pero se traslada a una zona de clase “¿media alta?”, o algo más. Se filtra el motivo de llevar a sus hijos a un colegio determinado cuando la defensa de la calidad de la enseñanza pública sostiene que cada uno debe de acudir al que le corresponde por zona, usa los recursos de partido para un asunto, inicialmente, privado… Y a cada momento que pasa crece el número de incoherencias que provocan las críticas a las que se suman de forma abundante los líderes secundarios.
Tal vez es que yo soy muy cínico, tal vez, pero creo firmemente que nadie convoca un referéndum sin antes tener unas ciertas garantías de ganarlo, o por ser más exactos, de ganar. Nadie con un sentido mediático tan desarrollado en la colaboración con los medios de comunicación como el suyo puede pensar que lo que haga va a pasar desapercibido. ¿Y entonces?
Yo pienso, y en breve tiempo sabremos si tengo razón, que todo está perfectamente medido, planeado, magistralmente ejecutado por Pablo Iglesias y su pareja. Salga lo que salga Pablo Iglesias y Podemos han ganado una cierta, para mí falsa, aura de transparencia. En un momento en que reina Ciudadanos y en el que la actitud ante el problema catalán acapara los medios y los pensamientos de los votantes, Podemos, su líder Pablo Iglesias, introduce una cuña que acapara al menos tanto tiempo, para ellos solos y sin significarse en el tema principal del momento, como es su táctica habitual, en el día a día de la sociedad.
Imaginemos que Pablo Iglesias gana el referéndum, que no hace falta mucha imaginación. Pablo Iglesias triunfante ha logrado varios objetivos. Eco mediático, un salto social con el visto bueno de sus bases, que seguramente no tendrán opción a lo mismo, y dejar por el camino varios cadáveres de opositores internos que podrían ser incómodos en un futuro no muy lejano. Nada de lo que pase en las elecciones, y que no apunta demasiado bien, será achacable a la actitud del refrendado líder. Y, ojo al dato, podrá solicitarse de los rivales el mismo aval democrático convocando un referéndum de bases hasta para cambiar de marca de papel higiénico. Una pesadilla.
¿Y si lo pierde? Pues como en el chiste, si lo pierde es mejor. Pablo Iglesias y su pareja se retiran a sus nuevos, y acomodados, cuarteles de todo tiempo y prosiguen su vida cotidiana a la espera de que tras un próximo fracaso electoral, previsible según los datos, las bases que les han dado la espalda en el referéndum los reclamen por aclamación para volver y relanzar el partido. Mientras tanto tertulias, colaboraciones, conferencias, la dura vida del que tiene tanto que decir, aunque la mayoría de los mortales no acabemos de tener claro que es lo que ha dicho.
¡¡Bendita incoherencia!! Magistral incoherencia.