domingo, 31 de diciembre de 2017

Se tiró por un barranco

Hablaba el otro día de canciones infantiles y del tema catalán, como dos ejemplos de sin fin. Y la experiencia de estos días, y la memoria, me llevan a insistir con nuevos argumentos y nuevas canciones. Vamos, con nuevas aportaciones porque tanto el tema como las canciones son “de toda la vida”

Pero como en todas las cosas de toda la vida, el fondo permanece pero las circunstancias varían, permanecen el fondo, a veces las formas, las letras y las melodías, sean de canciones o de sonsonetes.
 
Sonsonete, o soniquete, que vienen a ser lo mismo, preciosas y precisas palabras que llegan a reflejar con exactitud la sensación de hastío que acaban produciendo. Sonsonete, soniquete, pertinaz, contumaz, son todas palabras aplicables y pertinentes en el temita catalán. Incluso en las canciones.

Recordaba, y hacía tiempo que no me sucedía, una canción de excursión, de esas que se pueden cantar durante horas sin desmayo y sin temor al olvido porque la letra varía lo imprescindible para saber por qué estrofa vas. Puedes ir por el 7,346,938 elefante, por el innúmero paletó de Fernando VII, por el enésimo barquito naufragado, o por la parte x de la doncella que se tiró por el barranco toda vestida de blanco y que es la más interesante, aunque sea igual las x -1 anteriores.

Es verdad que en este caso la doncella que se tira por el barranco no va, casi con toda seguridad, vestida de blanco, si no con una túnica cuatribarrada en rojo y amarillo y con una estrella en algún lugar próximo a su corazón, pero puede ser la única diferencia.

Como no hay diferencia en esa especie de éxtasis discursivo en el que parece haber caído el “presidente a la fuga” y en el que el próximo discurso será el más interesante a pesar de que acabará diciendo lo mismo que en todos los anteriores.

Claro que las técnicas de hipnosis requieren de una reiteración de movimiento, de una monotonía estudiada en sonido y movimiento, de un soniquete o  sonsonete, para que sean efectivas, para lograr que se produzca el abandono de la realidad cotidiana y entrar en el universo de la realidad inducida, y el discurso catalanista es sin duda hipnóptico aunque solo lo sea  para aquellos que cometen el error de prestarle atención. Como lo de la mujer de Lot pero en nacionalista y por los oídos.

Y por si a alguien le cabía alguna duda lo de Tabarnia, algo parecido ya sugerí yo hace unas fechas en “Una solución Salomónica”, deja totalmente al aire las vergüenzas de un discurso plagado de demagogias, de tópicos, de lugares comunes inasumibles por nadie que tenga un mínimo de coherencia o de vergüenza, torera o de cualquier otra clase.

Solo alguien abducido, sofronizado, hipnotizado, puede enfrentarse a la desvergüenza de negarle a los demás los argumentos que aplaude para sí mismo. Nadie, salvo un político o un incapaz, es capaz de creerse coherente, razonable, discretamente inteligente o libre cuando considera que un discurso solo es válido si se desarrolla en el ámbito que él determine o con sus condiciones.

Pero resulta, las elecciones así lo dicen, que cierto títere, lo de titiritero le viene grande, especialista en habitar maleteros y en huidas chuscas mientras deja en la estacada a aquellos a los que pretende dirigir y que encima crea una realidad paralela para encubrir su cobardía, su incapacidad, su vileza moral, ha logrado hipnotizar a una cantidad apreciable de personas supuestamente inteligentes o capaces de discernir y que están dispuestos a aplaudirle las gracias, a tirarse al barranco todos vestidos de lo que sea para que se pueda contar la parte siguiente que como todo el mundo sabe es igual que la anterior, que las anteriores, pero se anuncia como la más interesante.

Que semejante personajillo, afortunadamente casi irrepetible, haya conseguido que 940,602 personas se vistan de independentistas ciegos para tirarse por el barranco porque se lo dice el flautista, es tremendo. Vale, descontemos los estómagos agradecidos, descontemos los medradores en busca de relevancia o carrera política, descontemos los de sostenella y no enmendalla, descontemos los que votan eso por motivos inescrutables… siguen siendo muchos, demasiados, los que enfrentados a la realidad de los hechos, a la inviabilidad del proyecto, siguen votando por tirarse por el barranco, por el barranco económico, por el barranco político, por el barranco ideológico, por el barranco institucional. Son tantos que solo puedo pensar que están abducidos, hipnotizados, sofronizados, poseídos o que tiene un fin oculto, tan oculto que lo es incluso para ellos.

En fín, por ir acabando, lo que yo no acabo de entender, lo que me niego a asumir, es que unos personajes que son reos, perdón, presuntos reos, de delitos gravísimos contra el estado estén en situación de impunidad y desde ella intentar repetir con anuncio y clamor de fanfarrias los mismos delitos sin que haya nada que parezca que se pueda hacer para impedirlo. Si existe la prisión cautelar, ¿no existe una inhabilitación cautelar?


Si Puigdemont es nombrado presidente, aunque sea a distancia, que ya tiene bemoles la cosa, yo me apeo por tomadura sistemática de apéndices capilares, que ya me escasean. El que avisa no es traidor.

sábado, 23 de diciembre de 2017

Un barquito chiquitito

Hay una canción popular que habla de un barquito chiquitito que no podía, que no sabía navegar. Apenas dos estrofas más adelante aclara: “Si esta historia parece corta, volveremos, volveremos a empezar”. Es una canción sin fin, como la de los elefantes en la tela de la araña o el cuento de la buena pipa.
Pero parece que esto del sin fin, o el sinfín, que aunque no son sinónimos son sinérgicos a algunos fines, no es solo propio de los tornillos, las canciones o los cuentos, que no solo afecta a las máquinas de movimiento perenne, a la dimensión infinita del universo o al eterno fluir de la existencia y la inexistencia. No, parece que la política en su permanente disparate ha alcanzado también el concepto inabarcable de lo inacabable.
Es verdad que sería tentador, casi identitario, elegir el enredo elefantiásico en una tela de araña para hablar del problema catalán, que la suma de elefantes de la extrema derecha, de la extrema izquierda y del extremo populismo europeos y nacionales no parece que vaya a conseguir romper la tela legal española, ni europea, que el entramado de mentiras y verdades parciales sería digno de una araña ingeniero de estructuras imposibles e inalterables, pero he elegido el barquito chiquitito porque da una dimensión más real de lo que es Cataluña, a pesar de esa soberbia que la lleva, históricamente, a pretender ser lo que nunca ha sido, a pretenderlo incluso en tiempos en los que la tal pretensión choca con la tendencia general de un mundo que se está organizando en bloques. Aunque es posible, dado el carácter general de soberbia del que hacen gala, que lo hagan precisamente por eso, por llevar la contraria, o porque no han sido ellos los que lo han empezado.
Me recuerda, esta última posibilidad, a una experiencia con mi hijo. Tendría tres o cuatro años cuando tomó por costumbre armar la marimorena si alguien de la familia cruzaba un semáforo antes de que él lo dijera. Ni la circulación de Madrid, ni los tiempos programados de los semáforos, ni la paciencia familiar, daban para andar con esas historias, por lo que el niño acababa volviendo a casa con una perra de no te menees, con algún cogotazo que otro y a rastras. Siempre, y en esto también encuentro un cierto paralelismo, te cruzabas con algún ciudadano biempensante y que no tenía que aguantar las tonterías del niño y te miraba con aire reprobatorio a ti y de cierta, distante, solidaridad, al niño. Estaba claro que no era el suyo, el niño me refiero, y que ni siquiera sabía de qué iba el tema, pero, como dice mi mujer, y yo ratifico, no hay nada más fácil que educar a los hijos de los demás. Ni nada más fácil que solidarizarse con las opiniones que nos son ajenas, en el tiempo, en el espacio y en la posición. Me gustaría ver a esos padres, políticos o periodistas bregando con el mismo problema en su propia casa.
Pero hablábamos de barcos, por más que les llamemos barquitos y los hagamos protagonistas de una canción sin fin. Porque lo que me ha llevado, a la hora de escoger un hilo discursivo, a elegir esta canción sobre las demás opciones han sido sobre todo dos razones, que hablaba de barcos, como el tema catalán, y ese final tan propio de este recurrente problema europeo en el que todo episodio se cierra con un volveremos, volveremos a empezar. Exacto, como el barquito chiquitito de la canción.
Porque reclamar las reglas democráticas cuando se están conculcando, es hablar de barcos. Porque contar los votos como interesa, y no como son, en busca de un respaldo mayoritario inexistente, es hablar de barcos. Porque hablar en nombre de un pueblo fragmentado arrogándose una unidad que no existe, es hablar de barcos. Porque imponer el criterio de la minoría obviando, despreciando, ninguneando a la mayoría, es hablar de barcos. Porque hablar de derechos internacionales sin tener el respaldo de ningún organismo internacional, es hablar de barcos. Porque intentar crear un orden legal partiendo de una ilegalidad, es hablar de barcos. Porque tildar de fascistas a los que no opinan como ellos mientras son respaldados por toda la extrema derecha europea, es hablar de barcos, en realidad de una flota entera. Porque reclamar  para uno lo que niega a los demás, es hablar de barcos. Porque intentar pasar una lista de agravios provocadas por la propia actuación, es hablar de barcos. Porque intentar imponer una historia inventada a un pueblo y pretender que los demás se la compren, es hablar de barcos, bueno, en realidad de barquitos, de barquitos chiquititos.
Lo único grande en todo este despropósito es el rencor acumulado, el frentismo entre las personas, el tiempo que habrá de transcurrir hasta que el sentimiento pueda normalizarse, la utilización de la buena voluntad de parte de un pueblo para cumplimentar satisfacciones, ambiciones personales, cuando no para tapar corruptelas familiares.

Sinceramente creo, y así lo quiero contar, que el 21 de diciembre a las 12 de la noche en Cataluña, en España, y en toda Europa solo se cantaba una canción, un estribillo: “Volveremos, volveremos a empezar”. Y allá para algún momento del año 2018, repetiremos.

viernes, 15 de diciembre de 2017

Cuéntame un cuento

A veces nos cuentan cuentos. A veces, si analizamos el cuento que nos han contado, nos damos cuenta de que no solo la moraleja es perversa, todo el cuento destila un tufillo venenoso que nos conduce a caminos contrarios a lo que su apariencia explica.
Es importante a día de hoy, viviendo en entornos cuyo respeto por la palabra raya en el insulto, conviviendo con personajes y medios más preocupados de vaciar las palabras de significado para acercarnos a su amorfo mundo, que de ilustrarnos, informarnos o defendernos, ser conscientes de que hay que plantarse y desentrañar los cuentos. Desmenuzar y rebatir esos cuentos adoctrinantes, partidistas y frentistas, que nos colocan con la esperanza de que finalmente caigamos en sus redes ideológicas.
Paseaba hoy por las calles de Madrid y recordaba cómo eran cuando yo era más joven, bastante más joven.  Aquellas calles en las que se podía jugar, en las que los coches eran aún pocos, que no escasos, y en las que cruzarse con una persona de otra raza era un acontecimiento. Y lo recordaba porque cruzarse con un oriental, un musulmán, un negro, o cualquier persona de etnia, ropaje o símbolo diferente a los habituales de nuestro país ya no llama la atención de nadie.
Recordé la palabra, el cuento, MULTICULTURALIDAD. Lo recordé y recordé que ese era un escenario loable, deseable, un objetivo a conseguir. Pero también recordé de forma inmediata las aberraciones, las que mí me parecían aberraciones, del bonito cuento de la multiculturalidad que tengo la impresión de que nos han colocado y que nada tiene que ver con ese concepto fraternal del término que a en principio parece querer describir.
Lo comprendí, lo visualicé claramente, al pasar por una terraza del bulevar de la calle Ibiza. Nos están engañando. Nos están utilizando. Nos están deformando. Un grupo de orientales, más de una familia si hacemos caso a la composición del grupo, se sentaba en la mesa de la terraza de uno de tantos bares, bebían cañas y comían tapas. Y lo hacían a apenas unos metros de un restaurante oriental que estaba en la acera de enfrente. Entonces lo entendí, esa era la multiculturalidad que deberíamos de perseguir, esa era la fraternidad que deberíamos tener en nuestro horizonte cultural. La multiculturalidad que suma, la que convive, la que no se ofende, la que no sirve de excusa para otros fines y posiciones ideológicas que no se confiesan, la cotidiana.
Yo no entiendo la multiculturalidad del que se ofende por las tradiciones ajenas sin renunciar a las propias, no entiendo la multiculturalidad del que se pasea vestido de pantalón corto y deportivas y lleva a su esposa unos pasos más tras con burka, no entiendo la multiculturalidad del que forma guetos en los que solo pueden entrar sus afines y acusa de racismo a los demás, no entiendo la multiculturalidad como una forma permanente de sentirse agredido agrediendo a los otros.
Toda renuncia a lo propio como forma de desagravio a lo ajeno no me parece multiculturalidad, antes bien me parece una forma espúrea de erradicar una cultura favoreciendo a otra.
La palabra, que no el cuento, es ilustrativa. Multiculturalidad es una palabra compuesta de dos términos unidos, para todo el mundo es evidente pero conviene repasar por si acaso, multi, que significa múltiples, más de una en todo caso, y culturalidad, que proviene de cultura, conjunto de costumbres, creencias y conocimientos provenientes de un transcurso histórico. Y esas más de una cultura pueden relacionarse de tres formas: ignorándose, enfrentándose o conviviendo, que al final supone un intercambio y, finalmente, un mestizaje. De todo se ha dado en la historia y de todo ello ha habido ejemplos en nuestra tierra.
Pero cuando alguien nos contó el cuento de la multiculturalidad siempre pareció que hablábamos de convivencia, de tolerancia, de acogida y de respeto. Todo muy bonito, todo un cuento que se reveló en el momento mismo en que se quebró alguna de esas loables intenciones.
Porque cuando una cultura impone su criterio sobre otra, cuando una tradición es erradicada por ofensiva hacia otra, cuando una cultura no puede desarrollar sus tradiciones por imposición de otra, cuando una cultura es incapaz de abrirse a la convivencia tolerante hacia las demás, ya no hablamos de multiculturalidad, ya no hablamos de convivencia, ni de tolerancia, ni de acogida, ni de respeto. Hablamos de agravio, de imposición, de intolerancia y de abuso.
No quiero entrar en detalles, no quiero bajar a lo particular lo que no debe de dejar de ser general, no quiero ofender personalizando. No quiero y no hace falta que dé casos concretos porque cada uno ya tendrá los suyos en la cabeza después de leer mis palabras. No quiero señalar a nadie que no se haya ya señalado a sí  mismo con su actitud. No quiero poner mi marca en ninguna cultura que no se haya marcado por sí misma.
Porque el problema, el cuento, no está en los que creen que lo suyo es lo cierto, que lo suyo es lo que todos deberían de hacer, en los que, de buena fe, pretender extender su cultura a los demás, es lo natural, el cuento, el problema, la mentira, está entre los que pretenden utilizar lo ajeno para acabar con lo propio, los que consideran que cualquier mal foráneo es preferible a cualquier bien propio, los que instalados en un concepto moral superior, superior para ellos, claro, creen esconderse detrás de una actitud de comprensión que oculta una incomprensión feroz, cuando no odio, hacia otras posiciones.

Un cuento perverso mal contado que no persigue otra cosa que un final indeseable, el predomino de una posición hostil enmascarada en una solidaridad inexistente.

Juegos imposibles

Corre el rumor entre los bien pensados de que basta desear algo con determinación y persistencia para que el deseo se cumpla. No me consta. A lo largo de mi vida he deseado, a veces casi con desesperación, cosas que finalmente no fueron. Debe de hacer falta algo más en el entorno para la culminación del objetivo anhelado.
Pero parece ser que mi convicción, mi experiencia, no concuerdan con las de algunas personas, tomadas individual o colectivamente.
Y viene esta reflexión inicial a cuenta del nuevo mantra, nuevo desde la convocatoria de elecciones autonómicas en Cataluña el 21 de este mes de diciembre, que el espectro independentista de la política catalana ha puesto en marcha: “Veremos si el gobierno respeta el resultado de las elecciones”
Y claro, en este mensaje, como en casi todos los mensajes que se han movido en el entorno soberanista durante el proceso, tiene trampa, En realidad no es trampa como truco, si no la habitual utilización del doble lenguaje, del doble sentido de las palabras utilizadas expresando una idea que en realidad quiere poner sobre la mesa otro sentido diferente de la frase.
En el sentido literal lo expresado, es tan absurdo, tan evidente, que inevitablemente nos lleva a la convicción de que no era eso lo que pretendían transmitirnos. ¿Cómo va un gobierno, democrático, integrado en instituciones internacionales también democráticas, a no respetar los resultados de unas elecciones convocadas por él? ¿En qué cabeza cabe? Los votantes irán a las urnas según unas listas electorales públicas y publicadas, depositarán su voto, secreto o voceado, en unas mesas dispuestas y constituidas con tal fin y según sus gustos políticos personales y llegado el fin de jornada esos votos se recontarán, se sumarán, se restarán, se dividirán y se filtrarán, según la ley electoral vigente y darán como resultado la asignación de los escaños del parlamento catalán a los partidos que hayan sido, más o menos, elegidos por los votantes. Y todo este proceso se realizará con las cámaras de televisión, con los interventores de los partidos y con la supervisión de los organismos competentes. Y podrán ser cruzados, descruzados y desmenuzados, tantas veces como se quiera. ¿Cómo no van a respetar los resultados?
Entonces, ¿Qué quieren decir? ¿Qué pretenden insinuar? Una vez más se trata de ganar aunque se pierda, de forzar aunque no se tenga fuerza, de plantear un escenario irreal que pervierta la situación electoral aún antes de que las elecciones se  hayan llevado a cabo.
No, señores independentistas, lo que ustedes intentan empezar a contarnos antes de que empiece el cuento, no sucederá. Estas elecciones son para cubrir los escaños que los parlamentarios anteriores no supieron defender dentro de la legalidad en vigor.
No, señores independentistas, lo que ustedes intentan conseguir antes de que los designen para ello no será posible. La ley será la misma sean cuales sean los resultados de las elecciones y lo más a lo que pueden aspirar es a trabajar para cambiarla y que se acerque a lo que sus partidos propugnen.
No, señores independentistas, lo que ustedes pretenden dar por sentado nunca ha sido puesto en la intención de las elecciones. No son plebiscitarias, no son legislativas, no son un referéndum encubierto. Que no dudamos de que ustedes, en sus juegos de palabras, intenten contarle a los que quieran escucharles, los mismos que ya les escuchan, pocos, que en realidad ustedes están votando algo diferente a lo que están votando los demás, algo diferente al objeto  real de las elecciones convocadas. Y que, por supuesto, como siempre, la razón es la suya.
Yo espero, por el bien de Cataluña, por el bien de España, por el bien de Europa, que el resultado no les permita empezar otra vez con la matraca del proceso, que no les permita esa vena mesiánica que tanto daño ha hecho al mundo a lo largo de la historia, que no les permita volver a poner en marcha la maquinaria del estado a la que tanto partido creen haberle sacado.
La leyes, incluido el famoso 155, seguirán siendo las mismas sean cuales sean los resultados de unas elecciones autonómicas, y los escaños conseguidos serán adjudicados y los parlamentarios tomarán posesión de su lugar, salvo los que antes tengan que pasar por la cárcel.

El agua clara y el chocolate espeso, dice el dicho. No me jueguen con las palabras porque cuando las vidas, las ilusiones, el bienestar, de las personas están en juego sus juegos malabares con los significados son dolosos, a la par que dolorosos.

jueves, 7 de diciembre de 2017

Educación, la suerte está echada

Tal vez, entre todos los temas que nos pueden preocupar y que no aparecen en los temas más preocupantes para los ciudadanos, la educación sea uno de los más lamentables. Aunque parezca imposible, con la que está cayendo, cuando las denuncias de adoctrinamiento en algunas zonas que tienen las transferencias sobre este tema conferidas, a nadie parece preocuparle la formación de las generaciones venideras salvo como arma política arrojadiza.
Ni nuestras universidades, ni nuestros colegios, ni nuestros docentes,  figuran en lugares destacados en los informes que distintos organismos mundiales elaboran para medir el prestigio y la excelencia de los mismos y que llevan a los estudiantes de todo el mundo a seleccionar el lugar donde cursar sus estudios. El lugar que haga de su propio prestigio un valor añadido al valor curricular del estudiante. Pero esto no parece, tampoco, preocupar a los ciudadanos salvo que les sirva para atacar o denigrar a algún oponente.
Cada gobierno que llega tira por tierra el plan de estudios que ha elaborado el gobierno anterior y que apenas ha dado tiempo a poner en marcha. Gobierno anterior que a su vez ha hecho lo mismo con el sustituido por él. Pero los ciudadanos, en un ejercicio extraño de irresponsabilidad, no ven más problema con la educación que el de contar los días para que el vigente plan educativo deje de estar en vigor y sea reemplazado por otro que será contestado de igual manera, y signo contrario, desde el primer día en que se diga que va a ser elaborado.
Todo parece indicar que los ciudadanos de este país estamos siendo eficazmente adoctrinados, convenientemente pastoreados, diestramente distraídos, en no preocuparnos de cuál es el sistema y nivel de estudios y conocimientos con los que nuestros hijos, e incluso nietos, tendrán que cargar en sus vidas, que serán más mediocres, menos libres, más mediatizadas por la falta de criterio, de valores y conocimientos con los que han sido castigados ante la indiferencia de sus responsables, progenitores y educandos.
La solución, la posible solución, la deseable solución, sería un pacto educativo que permitiera a varias promociones completar sus estudios, desde los primarios a los superiores, sin cambiar de criterios dos, tres, o más veces, durante el desarrollo de los mismos. Pero teniendo en cuenta que en su infinita mediocridad cualquier aportación de un partido será inmediatamente rebatida por el de signo contrario, y que yo no tengo la certeza de que esas actitudes no estén perfectamente planificadas por esos partidos para mayor gloria, poder y ausencia de contestación, casi al contario, estoy convencido que esta aparente imposibilidad de acuerdo es un potente acuerdo para limitar el acceso de los ciudadanos del futuro a la libertad, al criterio y al librepensamiento.
Tal vez, en un mundo cuerdo y consecuente, en un mundo que tuviera un genuino interés en su porvenir, sería el mínimo criterio de garantizar el contenido de las materias a revisar haciendo que este fuera visado y certificado por expertos competentes en la materia. Los componentes de la Academia Nacional, u organismo equivalente. Esta simple precaución garantizaría que todos los aspirantes al saber estudiaran el mismo contenido, independientemente de su ubicación geográfica, de su posición ideológica o de su relación social.
No parece preocuparle a muchos, a la mayoría, a casi todos, que la historia varíe según donde se enseñe, que la literatura sea solo objeto de estudio si pertenece a la ubicación geográfica donde radique la autonomía de enseñanza, que la mediocridad sea el valor referencial y objetivo de los planes educativos, que el fracaso escolar se convierta en un listón en vez de ser un baldón, que la excelencia en el estudio sea un valor incómodo cuando no perseguible, que las asignaturas humanísticas sean objetivo de cajón y ratones de biblioteca, que el conocimiento, por resumir, sea, cada vez más, objeto de desconocimiento. No parece preocuparle a nadie, o al menos nadie dice que le preocupe, que la formación, los responsables de ella y los centros en los que se imparte, sea ahora mismo uno de los mayores vehículos de impartir el conocimiento parcial, parcial de contenido y parcial de parte, el descrédito de los valores y dificultar el acceso del futuro ciudadano a su educación integral.

Pero, a qué poner soluciones si no existe el problema. A qué hacerse mala sangre si el mal solo existe en el ojo observante del que escribe esta queja. A qué preocuparse y desperdiciar tiempo de nuestros sobrepasados responsables si a la opinión pública no le preocupa. Ni la libertad, ni el conocimiento, ni los valores de las generaciones futuras están en peligro para una ciudadanía que adolece de falta de libertad, de falta de conocimiento, de carencia y tergiversación de valores, de criterios mínimos en esta cuestión. La deformación por la formación. Alea jacta est. Perdón, que la mayoría no podrá entenderme, la suerte está echada.

lunes, 27 de noviembre de 2017

La Inseguridad Social



He repasado el estudio que enumera por su importancia los problemas que la sociedad española dice, o cree, tener. La mayoría son de índole económica o de índole política. La mayoría son problemas que no tocan la solidaridad, ni siquiera la insolidaridad.

Estamos preocupados por el paro, lógico, por la economía y los partidos, así en general, por la corrupción y la crisis catalana, ya más en corto. Y luego, en el limbo de los menos preocupantes, algunos que apuntan al carácter social, la sanidad, las pensiones... 

Pero mientras permitamos que los políticos nos hagan creer en problemas falsos, cuando no inducidos por ellos mismos, seguiremos abandonando a nuestros semejantes más desfavorecidos a su suerte. Así lleva montado el mundo desde finales del XVIII. Moviéndose en una dinámica que hace a los fuertes cada vez más fuertes y a los débiles cada vez menos visibles y más miserables. Miserables de miseria física y de miseria moral. Miserables de hambre y de ignorancia. Miserables de abandono y de transparencia.

Pero siempre es posible que el observador esté equivocado, que su percepción de los problemas sea rea de sus propias obsesiones o intereses, así que he decidido hablar sobre alguno de esos colectivos que a mí me parece que la sociedad, para su propia comodidad y confort moral, va arrinconando hasta hacerlos invisibles, cuando no despreciarlos o darles la categoría asociada de delincuentes. Son colectivos que no pueden invocar para su visibilidad ni su raza, ni su origen, ni su religión. Son personas que han vivido perfectamente integradas en la sociedad, con más holgura en algunos casos, con más necesidad en otros, hasta que esta los ha abandonado, los ha considerado amortizados y los ha relegado al rincón de la necesidad desazonante que incita a la limosna.

No cabe duda de que los problemas siempre son incómodos, y cuando además son ajenos la incomodidad se acaba convirtiendo en rechazo, en negación y en abandono. Es verdad que ni todo lo que reluce es oro, ni toda la mugre que nos asalta es rea de miseria. Y ese es uno de los grandes, primeros, problemas que nuestra sociedad arrastra desde tiempos en que la limosna era el vehículo para acallar conciencias. Permitir que los esfuerzos de la dádiva individual, siempre escasa, selectiva e ignorante, que la limosna, mecanismo de acallar conciencias, recurso de los que tienen para evitar pensar en los que no tienen, salvaguarda de paraísos por venir que la moneda sobrante intenta asegurar sin conseguir limpiar el desprecio, el asco, el miedo o la displicencia hacia el necesitado, sustituya en nuestras expectativas a la necesidad social de erradicar la pobreza, la moral y la física, la económica, la educativa. Porque suelen ir todas unidas, sobre todo en colectivos marginales.

Separemos el grano de la paja. Separemos necesidad de negocio, pobreza de picaresca, hambre de medraje. Aunque solo existe el pícaro porque primero existió el pobre. Solo existe el pícaro porque antes la sociedad no le dio al que solicita limosna lo que como persona y ciudadano le hubiera correspondido: acceso a la formación, a la vivienda y al trabajo. ¿Qué no siempre es así? Puede, siempre pueden encontrarse excepciones, pero la excepcionalidad es tratable cuando la generalidad está resuelta.

Yo conozco un colectivo, no marginal antes de empezar a serlo, no conflictivo, que ha sido casi completamente abandonado por la sociedad, salvo por los que están en su entorno, si los tienen, maltratados hasta sumirlos en la pobreza, en el abandono, en el olvido, en la miseria y la frontera de la inexistencia. Un colectivo del que todo el mundo habla, al que todo el mundo compadece, por el que nadie hace nada efectivo. Un colectivo condenado al olvido comentado, que es el más cruel de los olvidos. Al ostracismo compasivo, que es el ostracismo más inhumano.

Nuestros mayores se mueren. Se mueren en la soledad, en la tristeza de contar que sus pensiones, cuando las tienen, no les garantizan ni la más elemental supervivencia. Se mueren viendo como los servicios sociales, cuando tienen acceso a ellos, llegan tarde, son más caros de lo que ellos pueden pagar o están sujetos a tramitaciones fuera de su alcance. Nuestros mayores están abandonados a empresas privadas de servicios sociales en las que prima el beneficio sobre la atención, en las que las reclamaciones y las arbitrariedades denunciables y denunciadas se pierden en despachos de oscuros intereses. Nuestros mayores sufren, lloran y acaban su vida en condiciones en las que el rubor que debería producirle a nuestra sociedad su situación debería de ser suficiente para iluminar el mundo. Nuestros mayores no son un problema que la sociedad identifique como tal.

Pensiones miserables. Centros de atención insuficientes, medicación cara o no cubierta. Impuestos, nuestros mayores pagan impuestos indirectos aunque no tengan donde caerse muertos. Lasitud social. Abandono o insuficiencia de contacto familiar… y además demencia.

Por si nuestros mayores no tuvieran suficientes cuitas, suficiente abandono externo, la enfermedad los abandona de sí mismos, los relega a un estado de dependencia para el que la sociedad, salvo los privilegiados, los más acomodados, no tiene respuesta, no al menos una respuesta contundente y satisfactoria. ¿Cómo va a tener esa respuesta si no identifica el problema? ¿Si no reclama la solución? ¿Si el esfuerzo individual y familiar, cuando la familia existe, palía parcialmente una hecatombe moral a nivel colectivo?

Entiendo que políticamente no son interesantes. No votan, no cotizan, solo gastan. Gastan dinero que los políticos podrían emplear con mejores fines. En sí mismos sin ir más lejos. Gastan recursos, urgencias, tiempos de médicos. Gastan paciencia ajena solicitando cuidados que no siempre son físicamente reales, aunque si sean muchas veces anímicamente imprescindibles. Gastan tiempo, gastan energías. Yo he visto a viejos que acuden a las salas de espera de las consultas externas de los grandes hospitales para tener con quién hablar.A ancianos tirados en la calle, sin techo, expuestos las agresiones de bestias de forma humana. A mayores rodeados de basura, de miseria real y palpable, en una vivienda que apenas pueden pagar y que se deteriora al mismo ritmo, o más rápido aún, que ellos mismos. A gente que muere en soledad, en la ignorancia ajena, sin que su entorno sepa ni siquiera que ha estado enferma

Una sociedad incapaz de cuidar a sus mayores, incapaz de buscar una calidad de vida aceptable para ellos cuando ya ellos no pueden reclamarla, es una sociedad que no se preocupa por la realidad social, por la justicia y por el futuro, porque la vejez ajena de hoy es nuestra situación segura de mañana. 

Esa vejez que los niños contemplan con ingenua curiosidad, que los jóvenes ignoran con aprensión y soberbia, y los maduros pretenden ignorar con inquietud de cercanía, no es de izquierdas, ni de derechas, no es una enfermedad ajena, ni una etapa salvable. Esa vejez es nuestro propio destino y al parecer, como sociedad, no nos preocupa. Estamos en otras cosas, estamos en banderas, en religiones en ideologías y otras preocupaciones de nivel superior. Y nuestros mayores, nuestros viejecitos, nuestros abuelos, los propios y los que no tienen nietos, se agostna, agonizan y mueren sin que nadie vele por ellos.

Y nos llamamos civilizados. Que venga dios y los vea.

viernes, 24 de noviembre de 2017

Utopías, distopías y disparates

No hay muchas formas de atisbar el futuro, de asomarse a una rendija que el tiempo permita para ver un tiempo que nos preocupa no solo de forma personal, sino como especie. La literatura, como vehículo privilegiado de la comunicación, ha abierto ventanas a posibilidades alternativas en las que la humanidad no solo analiza esos futuros, más probables unos, más inciertos otros, que no solo hablan de lo que será, si no que apuntan directamente al corazón del presente, a lo que es y puede dar lugar a lo relatado.
Si la literatura siempre ha sido hábil para este fin la ciencia ficción, esa rama tan tardíamente valorada de las letras en nuestro país, ha demostrado que esa capacidad de anticipar el porvenir, de extrapolar los síntomas del presente para crear un futuro posible, ha sido especialmente prolífica sobre el tema. Raro es el autor de calado de esta disciplina que no ha concebido su visión particular de lo que acontecerá. No hablamos de un relato situado ficticiamente en otro tiempo, no de una historia actual con cuatro cachivaches tecnológicos que den un tinte futurista, no, historias que retratan sociedades con sus valores, con sus problemas, con sus logros y anhelos. Y si la literatura escribió los guiones la llegada del cine permitió, a aquellos cuya imaginación no se lo permitía, vivir en imágenes, en sonidos, en atmósferas recreadas, esos aconteceres posibles y previamente contados.
Una cuestión me provoca, estoy convencido de que no solamente a mí, una inquietud de espíritu en la que la razón, las razones, no me sirven como bálsamo. ¿Por qué la mayoría de las ventanas al futuro se abren sobre distopías? Es verdad que la razón literaria me dice que es más fácil contar la excepcionalidad del desastre que la felicidad cotidiana. Es cierto que la carga emocional de lo negativo es más relatable que la tranquilidad de un día de felicidad. Pero estas razones se diluyen cuando veo la realidad que me rodea, la radicalidad, el populismo, las medias verdades como medio de alcanzar objetivos presuntamente deseables, el desplome de los valores, la implantación sistemática mediante colectivos coercitivos del pensamiento único en temas morales y cotidianos, la dilapidación sistemática de los derechos individuales en nombre de unos pretendidos beneficios colectivos como respuesta  a miedos globales, ¿provocados?,  la salud, el terrorismo… que además llevan al predominio de grandes corporaciones sectoriales por encima de los gobiernos, de los colectivos que les sirven, de los ciudadanos. Y entonces la distopía se me hace evidente, cercana, inevitable.
Es cierto que leyendo “1984” en el contexto en el que fue escrita, situada en el tiempo y panorama político en el que Orwell la concibió, habla de una distopía provocada por los sistemas de anulación ciudadana que la realidad de la URSS en aquel momento apuntaban. No es menos cierto que el devenir nos ha permitido comprobar en nuestras propias carnes, incluso con episodios recientes, que en realidad las distopías imaginadas no tienen ideología, tiempo, ni límite.
El objetivo final de toda ideología, cuanto más radical es más evidente aparece ese objetivo, es la erradicación de toda oposición. Varían los métodos, varían los planteamientos, varían los tiempos o los desarrollos, pero el objetivo persiste.
Por cierto, acabo de darme cuenta, menos mal, de que he escrito una página entera sin referirme a los hechos que me han llevado a ponerme al teclado, ni a sus responsables.
El afán que demuestra el Ayuntamiento de Madrid en tomar medidas arbitrarias que afecten a los ciudadanos y a su día a día es digno de mejores fines. Su obsesión, razonada con medias verdades, permite entrever fobias e incapacidades que lesionan intereses legítimos de personas para las que ni han previsto soluciones, ni parece siquiera que sepan que existen, me refiero  las personas, o que les importen lo más mínimo, ni las personas ni las consecuencias.
 El problema se agudiza cuando además interviene el afán recaudatorio que parece convertirse en el fin principal y no confesado de las medidas. Fin último o, al menos, no desdeñable.
Cuando un organismo de servicio público, como es un ayuntamiento, se convierte por mor de sus decisiones en un problema público, algo no está funcionando.
Es comprensible que  todo equipo de gobierno tenga que tomar decisiones impopulares, incómodas, por un bien común que deben de defender, pero eso no está reñido con tomar esas medidas de forma proporcional y sin dañar a colectivos que son necesarios para el correcto funcionamiento del día a día de las personas y sus bienes.
Me contaba un conocido, que tiene una empresa de servicios auxiliares, reparadores que trabajan para atender a los usuarios que sufren averías que necesitan una reparación urgente, que su personal se enfrentaba a persecución y sanciones cuando tenían que intervenir en viviendas situadas en el centro de Madrid, en la zona donde se ha prohibido aparcar durante estos días. Me contaba de un operario, un fontanero, al que la policía municipal sancionó con 200 € mientras estaba descargando material para efectuar una reparación de urgencia en un edificio. De nada le valió la intervención del portero certificando que existía la avería, de nada el mostrar la asignación de trabajo emitida por una compañía de seguros con la valoración de “urgente”, de nada explicar que no podía trasladar los materiales y herramientas a pie desde el aparcamiento más cercano. ¿Quién estaba haciendo servicio público en ese momento?
Llevadas las medidas a ese nivel ¿estamos hablando de interés ciudadano, por parte del ayuntamiento, de una fijación con los vehículos a motor, o de una incapacidad para comprender las necesidades básicas de una ciudad como Madrid? ¿Estamos hablando de preservación o de imposición ideológica aprovechando una situación puntual?
Claro que, si naturalmente yo me hubiera inclinado por la falta de previsión y conocimiento, otras medidas tomadas por ese mismo equipo de gobierno me llevan a considerar que algunas de sus intervenciones me abren el camino de la distopía inmediata. La decisión, la, para mí, absurda decisión, de convertir las calles del centro en calles de sentido único para los peatones me lleva a imaginarme calles como Carmen o Preciados, por poner algún ejemplo, en aceras de una Metrópolis de sentido único físico e intelectual, en Madrid como una ciudad integrada en la Franja Aérea 1 del Super Estado de Oceanía, donde el Gran Hermano nos vigila para que circulemos correctamente. Después de la recomendación vendrá la norma, con la norma las sanciones, y con las sanciones las restricciones. Los vehículos de discapacitados solo podrán circular por esas calles previa autorización previa, y pagada, y en horarios restringidos. Estará prohibida la carga y descarga.
La medida es tan absurda, tan arbitraria, que nos podemos imaginar múltiples disparates posibles.  Imaginemos. A los peatones teniendo que consultar el sentido de circulación peatonal de las calles para poder llegar a su destino de la forma más racional posible. Imaginemos. El ir y venir, los recorridos innecesarios, el peligro de pasarse una esquina, el cachondeo, la incapacidad de algunas personas para orientarse en esas rutas sobredimensionadas. Imaginemos, aún más absurdo. Dado que son calles comerciales si alguien quiere ver la totalidad de los escaparates de los comercios de una de ellas tendrá que hacer un recorrido por uno de los lados de la calle, volver por otra calle diferente y recorrer nuevamente la calle original por el otro lado. ¿Y si se nos pierde un niño? ¿Qué hacemos? ¿Podremos confiar, vistos los antecedentes, en que la autoridad presente y competente, va a comprender la situación?
¿Y después qué? ¿Nos instalamos intermitentes? ¿Marcamos carriles para peatones con líneas continuas para evitar que se cambien demasiado y entorpezcan a los demás usuarios? ¿Se instaurará un permiso de circulación peatonal con puntos? ¿Tendremos que vestir todos uniformemente con nuestro DNI perfectamente visible? ¿Nos hemos vuelto locos? 

Hay que reconocerlo, a veces la realidad supera a la ficción, o, por lo menos, hace todo lo posible por imitarla de la forma más surrealista y desagradable posible.