domingo, 25 de enero de 2015

Volveremos a empezar (si nos dejan)

Nos hemos convertido en una sociedad mediocre. Acobardada, servil y mediocre. Y no me estoy refiriendo a la sociedad española exclusivamente aunque sea la que tengo más presente, me estoy refiriendo a la sociedad occidental en general que está culminando un camino de varios siglos en los que, salvo hechos puntuales, se ha ido refugiando en un adocenamiento inducido por la cesión del individuo hacia las instituciones.
El individuo, armado de sus números  (de cuenta, de identificación, de acceso a la sanidad, de matrícula laboral, de teléfono,…) se va diluyendo en medio de unas estructuras de poder inicialmente diseñadas para resolver los problemas comunes y que con el tiempo se han ido convirtiendo en voraces organismos fuera del control ciudadano en el mejor de los casos cuando no en causa directa de los mayores problemas del mismo.
Es inconcebible que convivamos con normas y leyes dictadas en nuestro favor (póngase el tono ironía activo) que todos sabemos puramente recaudatorias y coercitivas y no seamos capaces de obligar a sus promotores a retirarlas avergonzados de forma fulminante. No, no solo no las retiran y nos piden perdón, si no que con la cabeza alta y la soberbia de quién se considera por encima de sus administrados nos enumeran una lista infinita de pretendidas ventajas para nosotros.
Las leyes, las normas, ya no son un instrumento de defensa de la razón y la convivencia, ahora, aquí, para casi todos, las leyes y las normas son un instrumento administrativo para despojar al ciudadano indefenso ante la aplastante maquinaria de unos organismos administrativos centrados en la explotación inmisericorde del bolsillo privado. Más allá de la justicia o la razón, más allá de la equidad o idoneidad de la aplicación de las normas, la administración persigue al ciudadano hasta límites intolerables, moralmente reprobables, bordeando la ley hasta su aplicación fraudulenta e interesada.
Así que el ciudadano asiste entre el pasmo y su incapacidad de una reacción acorde a su indignación a su continuo despojo, a su permanente indefensión, al pisoteo sistemático de sus derechos individuales desde las diferentes administraciones -¿Por qué tener un expoliador si podemos tener varios y que se escuden unos en otros?- o desde grandes corporaciones protegidas por las leyes que les permiten actuar de forma lesiva e injusta sin otro derecho que el de la coacción de suspender un servicio básico ante cualquier posibilidad de resarcirse o rebelarse que el ciudadano de a pié pueda tomar.
Es intolerable la situación, el descaro, pero se toleran. Son intolerables las formas, los fondos y las explicaciones, pero se toleran y se mira hacia otro lado. Son intolerables los personajes que medran al amparo de estas normas, de estas leyes, y que añaden a la vejación de su aplicación la insultante, muchas veces, actitud personal de inquisidor, la altiva confrontación de quien se cree con una superioridad e impunidad que insulta, que veja, que condena a quien le paga aún antes, sin ni siquiera haberlo escuchado.
Es un fraude de ley la presunción de veracidad que permite gravar y/o condenar a un ciudadano sin otra prueba que la denuncia de otro ciudadano al que se le concede tal privilegio por motivos de mayor facilidad condenatoria. Es un fraude de ley que reconocida la presunción de inocencia en la constitución el ciudadano tenga que demostrarla ante cualquier conflicto con la administración o funcionario o personal asimilado y no estos su culpabilidad. Baste su palabra
Es fraude de ley utilizar los plazos y recursos de la administración para dejar indefenso, sin capacidad de reacción al ciudadano, pero tanto la administración central, como las administraciones autonómicas, como los ayuntamientos lo hacen sistemáticamente sin que nadie parezca dispuesto a intervenir o capaz de ponerles coto.
Es fraude de ley, pero su aplicación es permanente, que las leyes y normas se utilicen con un fin diferente de aquel para el que fueron aprobadas.
Es fraude ciudadano que alguien pueda ser condenado por lo mismo que otro sea absuelto, baste cambiar de juez, de ayuntamiento o de comunidad autónoma.
Es fraude de ley que una ley no tenga otro objetivo que despojar a un ciudadano de una parte o la totalidad de los bienes sin pararse en su justa aplicación moral ni en las consecuencias  económicas o laborales para el condenado.
Pero a todo esto asistimos y nos callamos. Todo esto lo sufrimos y los seguimos votando con unos criterios que solo pueden entender los forofos, los partidarios, los que están dispuestos a pasar por lo que sea para que no ganen los otros, tan descarados, tan sinvergüenzas, tan dañinos como estos o más, pero con una etiqueta diferente. Y es tal el hartazgo, la desinformación, que cuando queremos salirnos del follón creado solo vemos la opción de los mesías de la palabra hueca, del populismo sin soluciones, del mesianismo del ciudadano uniforme y plano tan contrario a la libertad y a las libertades.
Y es que en apenas dos siglos el habitante de los países occidentales en general ha sufrido una imparable mutación de ciudadano en contribuyente y  de contribuyente en paganini. Tan imparable e indeseada mutación amenaza con no dejar las cosas así y convertir al paganini actual en un aborregado esclavo de un gran hermano, insospechado por su origen para Orwell en unos casos y exacto en otros, que ya claramente asoma las orejas.

Balad, balad hermanos, con las papeletas en las manos.
Elegid, elegid con esmero quién os quitará el dinero.
Bailad, bailad los triunfos de los que os van a despojar.

Y después de cuatro años, volveremos, volveremos a empezar. (Si nos dejan).

viernes, 16 de enero de 2015

Ver para creer

Acabo de escuchar en las noticias, con gran alivio, que por fin se penaliza la zoofilia. Por fin podré dormir con tranquilidad sabiendo que el alma inmortal de tantos pecadores se salva gracias a la intrépida, lúcida, histórica iniciativa legislativa del gobierno.

Había oído, con gran consternación e incredulidad por mi parte, que la sociedad reclamaba por la regeneración democrática, por una educación eficaz, por una sanidad universal o incluso por dislates tales como el paro o la economía. Afortunadamente el gobierno con una preclaridad que lo dignifica y enaltece, y seguramente confiado en la ya definitiva recuperación económica, ha decidido incidir en la salvación de las almas eternas y olvidarse de las miserias temporales de los cuerpos.

Bueno, eso y darle una alegría a ese incansable, noble, esforzado y también preclaro, grupo de presión que tanto pelea por los animales, y tanto se olvida de las personas y la realidad, como es el grupo de defensa de los animales.

Claro, se me ocurre ahora, reflexionando, en el coste que tendrá la nueva ley en reformas necesarias en los juzgados. Porque, pensándolo con calma, para acusar a alguien tendrá que haber una pillada in fraganti o una denuncia del animal en cuestión. Y si es por denuncia el denunciante tendrá que declarar y harán falta en las salas del juzgado perchas, corrales, cercados, jaulas, ramas, estanques y comederos adaptados a los distintos tipos de alimentación. Y traductores, harán falta cientos de intérpretes del reino animal que ilustren a los jueces y fiscales sobre el contenido exacto de las declaraciones.

Ah¡, ya veo, tonto de mí. Es una medida con un trasfondo económico claro.

La de cientos de puestos de trabajo que se van a crear. Academias para los abogados que se especialicen en rebuzno normalizado o en cacareo de gallina sureña. La de cientos de psicólogos periciales expertos en psicología aplicada al pato o la vaca que puedan aclarar a la judicatura la perniciosa influencia del nuevo delito en la vida del pobre bicho… Ver para creer.

sábado, 10 de enero de 2015

Yo también

Es difícil, por no decir imposible, sustraerse a comentar, sustraerse a lamentar, evitar condenar con rabia y frustración, todo lo sucedido en Francia como con rabia y frustración hemos lamentado durante años lo sucedió en España, en Inglaterra y en tantos lugares en los que la muerte llega por la incapacidad brutal de entender la convivencia entre los seres humanos.
He oído ya voces, con toda seguridad bienintencionadas, reclamando la cuota de responsabilidad de esta civilización en tan lamentables historias. No es el momento. El momento es de condena para dejar claro que la muerte no es una solución, no es un bien negociable, no es un error recuperable. Las víctimas no son corresponsables de ninguna decisión que las pueda hacer culpables y por tanto son víctimas inocentes. Inocentes de la pretendida reivindicación por la que son asesinados e inocentes de la cobardía y barbarie de quienes no son capaces de luchar directamente contra el origen de sus ofensas, sean estas raciales, religiosas, económicas, políticas o una amalgama indeseable de todas juntas.
Es cierto que todas las historias tienen dos caras, en realidad tantas caras como protagonistas y posiciones, y que es conveniente analizar todas ellas como si fueran la propia para poder llegar a una duda razonable sobre cuál de ellas es la posición más asumible. Es cierto. Pero también lo es, y en esto sí que no tengo duda ninguna, es que, hoy por hoy, la muerte no tiene vuelta atrás y por tanto la posición del que muere queda indefensa frente al que mata y es por ello que el que mata debe perder de forma inmediata, de forma rotunda, de forma inequívoca toda posibilidad de defender la suya.
Lo único que lamento en este colectivo lamento es el hecho de que todos los días no nos levantemos con la comprensible indignación, con la justa indignación, con la furiosa determinación de anular a todos aquellos que a lo largo y ancho de este mundo matan a diario amparándose en una razón. No me importa que la razón se llame justicia, que se llame religión, frontera, petróleo o poder. Todo el que mata es un asesino y el que no lo condena, aunque nos conformemos con llamarle cómplice  (o llamarnos), también lo es.

Yo también soy Charlie Hebdo y miembro de una tribu perseguida y pertenezco a una etnia masacrada, y a un género maltratado y a una tendencia sexual incómoda y a un grupo político prohibido y… yo también fuera de mi país, e incluso dentro, puedo ser una víctima. Todos los que defendemos un ideario, todos los que pretendemos tener conciencia y posicionarnos podemos ser, somos potencialmente, una víctima.

sábado, 20 de diciembre de 2014

Feliz Navidad, o así.

Pues, como todos los años por estas fechas, me he puesto delante del papel, del electrónico que hay que cuidar los árboles, con la sana, con la navideña, intención de felicitarle las fiestas a todos los hombres de buena voluntad. Así sin más, con un poco de creatividad para que se sepa que pongo ganas y el esfuerzo es propio. Pero como tantas veces he pasado de la voluntad simple al embrollo mental y me he puesto exquisito.

He empezado por pensar que aunque todos los hombres tienen buena voluntad, unos para favorecer al mundo, otros para favorecer a sus más cercanos e incluso otros para favorecerse a sí mismos, no todas las buenas voluntades son homologables para mí.

Para empezar descarto a los del Estado Islámico, no porque no tengan buena voluntad, que la tendrán, sino porque no la comparto ni la entiendo, y porque con poco buena que sea la voluntad que ponen no quedamos en el mundo más de siete y porque no nos veamos los unos a los otros. También descarto de paso a los intolerantes, a los políticos en general, porque su voluntad es mi diario penar y no me da la gana, y a los empresarios de las grandes corporaciones que están cambiando el mundo para mal, químicos y banqueros a la cabeza. Y ya en plena vorágine “descartativa” descarto a unos cuantos vecinos, bastantes clientes del signo intransigente y alguna que otra persona que ha hecho que el año vivido haya sido más frustrante que positivo. De todo hay en la viña del señor, o del Señor, según la buena voluntad religiosa de cada cual.
Claro, puestos ya en este punto me he dicho: “pues para cuatro que quedan llamas por teléfono y chispún”, pero entonces he recordado la bíblica, la casi universal solicitud del perdón a los demás, y  especifico lo de los demás porque la mayoría nos tenemos perdonados aún antes de la culpa. Pero entonces recordé un episodio de mi bisabuela.
Tenía mi bisabuela una vecina con la que mantenía un permanente conflicto de gallinas, que no es una nueva expresión si no una cuestión de animales. El caso es que fue a confesarse y cuando le contó al cura de sus cuitas y rencores le dijo el cura que tenía que perdonar, a lo que mi bisabuela se negó en redondo y el cura le explicó que entonces no la podía absolver. Levantose del confesionario sin absolución de por medio y se fue a casa más indignada que arrepentida. Llegada a casa y dado su evidente enfado mi bisabuelo le preguntó:
-          ¿Qué te pasa Justiña?, ¿por qué ese enfado?
-          Nada, que he estado donde el cura y no me ha querido absolver
-          Pero mujer ¿que pecado has cometido que el cura no te perdona?
-          No que le he contado lo de Fulanita con las gallinas y me dijo que la tengo que perdonar, y no me da la gana.
-          Ay, Justa, Justa, mira nuestro Señor Jesucristo que lo insultaron, lo apalearon y lo crucificaron, y aun así los perdonó.
-          Si, si –contestó mi bisabuela- pero cuando le tocaron mucho las narices se fue al cielo y aquí nos quedamos todos.

Así que tirando de genes, o amparándome en ellos, he decidido que no me da la gana de perdonar a los que no tienen perdón, ni a los que les importa un pito que los perdone o no, ni a los que te piden perdón mientras están pensando cómo te la van a jugar. Es más, cada vez hay más gente que se siente molesta por ser felicitada, y con razón, por gentes que el resto del año ni siquiera te dan los buenos días. Mucha hipocresía y exceso de calendario, le llamaría yo a eso.

Así que en un ejercicio de honestidad personal, y tirando de sinceridad imperdonable, que las fiestas sean felices para aquellos a los que realmente quiero, para aquellos a los que realmente aprecio, para aquellos a los que querría si los conociera. Salud para los enfermos, consuelo para los que sufren y justicia para los que saben lo que es, y que cada uno reciba el doble de lo que da. Y a los demás que les den morcilla.

Y ya puestos, y como este deseo me resulta coherente, que lo sea para estas fiestas y para el resto de sus vidas  


jueves, 18 de diciembre de 2014

Que vivan las lentejas

Han pasado dos días y aún no doy crédito a la escenificación mediática de la gastronomía como arte elitista para entendidos y consiguiente defenestración de la cocina tradicional, de esa cocina con memoria y sentimientos que todos tenemos en nuestro olfato y en nuestro baúl de los recuerdos de sabores.
Los comentarios, la puesta en escena, los protagonistas, todo estaba, aparentemente, pesado y medido para que el concepto tradicional y popular de gastronomía quedara vencido por una alternativa de la cocina como arte que el pueblo llano no puede alcanzar ni técnica, ni económica, ni gustativamente.
Yo no me veo yendo a casa de unos amigos a cenar y que me pongan una “gargouillou” compuesta de un montón de vegetales, cada uno con una textura diferente. No, ni me veo yo preparándolo para recibir a nadie, ni a mi abuela haciendo semejante exhibición de tontería para que comiéramos cuando íbamos a verla.
A mí como plato vegetal emblemático me gusta la menestra, la de toda la vida, que es lo que es este plato pero elevado al nivel de innecesariamente inalcanzable para el común de los mortales, o sea, yo.
Insisto, a mí el “gargouillou” me conmueve lo que a la roca el paso del río. Está ahí y si algún día me lo encuentro lo probaré, y a lo mejor hasta me gusta, que no digo yo que no. Ahora por un plato de lentejas “ma-to”, por un plato de lentejas bien cocinadas, de esas que cuando llegas al portal del edificio secuestran tu olfato y su aroma, como en los tebeos, forma una estela olfativa que te conduce sin ninguna duda hasta el fogón en el que se cocinan, hago lo que me pidan
Pero con todo, esto no es más que un problema de apreciaciones, de conceptos, de gustos si se quiere. Aunque lo que es sin duda de un gusto pésimo, de un desprecio absoluto hacia lo que para muchos españolitos de a pie es el disfrute de nuestra gastronomía tradicional, popular, familiar, son los comentarios un tanto despectivos del jurado.
“Un plato de lentejas para pasar a la final, hay que estar muy convencidos”, dice uno de los miembros del jurado en un momento dado. “Te las has jugado con un plato de lentejas”, comenta como con asombro otro miembro del jurado al concursante. Como apuntando, sin red y sin medios.

Ya en la biblia Esaú vendió su primogenitura a Jacob por un plato de lentejas. Yo me declaró de los de Esaú y reniego con cierta rabia de la cocina elitista y experimental, no por ella misma, si no como medio de vulgarizar y desprestigiar nuestra cocina de toda la vida, de mi bisabuela, de mi abuela, de mi madre y de mi mujer y si hay que decirlo se dice: “que vivan las caenas”, digo las lentejas.

miércoles, 3 de diciembre de 2014

No hay inocentes, ni siquiera los culpables

Está muy extendida la costumbre de buscar culpables ante cualquier desaguisado público, o privado, da lo mismo. Pero tras lo ocurrido el domingo yo creo que lo complicado es buscar inocentes.
Vaya por delante mi vergüenza como simpatizante del Atlético de Madrid, mi vergüenza como gallego, y como español e incluso como ser humano, o, en casos como este, como pretendido ser humano.
Esta crónica no lo es de una muerte repetida si no de un fracaso global de la sociedad, de sus valores, de sus motivaciones, de su educación –de formación ya hablaremos-, de su capacidad de cuidar y proteger a aquellos que exprime inmisericordemente con la excusa de darle unas contraprestaciones que en este caso se descubren inexistentes.
Y ya que la tendencia es buscar culpables yo, por una vez, me voy a unir al ballet de dedos acusadores. Acuso a los políticos, no a los actuales, no, a todos aquellos cuya irresponsabilidad e intereses partidistas han permitido una sociedad inadaptada, inculta a pesar de la información disponible y radicalizada en sus posturas. Acuso a los clubes de futbol profesionales que en su búsqueda de títulos y preeminencias olvidan los valores deportivos. Acuso a los clubes no profesionales, incluso a aquellos de categorías inferiores, infantiles, alevines, juveniles, no importa la edad, cuyos directivos, jugadores, entrenadores y seguidores están más preocupados por la victoria que por la competición y no reparan en medios ni en formas para conseguirlas. Acuso a las peñas forofas, sectarias, a todas aquellas capaces de acoger a personas que se pronuncian de forma violenta e irracional respecto a los contrarios, e incluso a los propios, para mayor jolgorio y placer de los circundantes. Acuso a aquellos que promueven o difunden frases como: ”el futbol es un deporte de contacto”, o “de hombres”, o “esto son cosas del fútbol”, para justificar actitudes injustificablemente violentas en el transcurso de un partido. Acuso, y mucho, a aquellos actores, muy malos actores, que gritan, se retuercen y simulan lesiones inexistentes para exacerbar los ánimos de los propios y de los ajenos y sacar beneficio de una trampa flagrante. Acuso a las federaciones que lo permiten y a los “aficionados” que se lo ríen.
Acuso, en fin, a una sociedad mediocre, frustrada, cobardemente violenta, mal dirigida, ávida de logros sin importarle como conseguirlos, carente de los valores más elementales y sin interés en ellos.
Y como en este comentario no son inocentes ni siquiera los culpables, acuso a los bárbaros capaces de citarse a darse leña sea con la motivación que sea. Aunque permítaseme otorgar la medalla al mérito de la Estupidez Absoluta, a aquellos de entre ellos que hayan entrado en una pretendida madurez. Para aquellos que además tengan obligaciones familiares ya no me quedan distinciones, pero si mi desprecio más absoluto. No quiero pensar en la educación que pueden inculcar en sus hijos.

Ya sé que no es moralmente asequible, pero ¿y encerrarlos a cal y canto en un recinto amplio y con armas suficientes a su alcance? Me acuso de deseos impuros. Nos acuso. 

domingo, 23 de noviembre de 2014

Una Triste, Una Castrante, Una Interesada Indiferencia

Las cosas cambian y no precisamente para bien. Tampoco es cierto que cualquier tiempo pasado fuera mejor, no, pero tengo la sensación de que nuestra forma de entender  el mundo, eso que pomposamente llamamos civilización, está en un declive imparable.
Y no lo digo por los problemas económicos, que si, ni por los problemas éticos, que también, ni siquiera por los problemas bélicos, lo digo porque la constante intoxicación, el recorte de libertades y derechos, la manipulación política y la crisis de valores inducida por una educación interesada en formar borregos en vez de personas, hacen que sea previsible una caída al lado de la cual la del imperio romano no fue si no agacharse a coger una flor.
¿En qué foro internacional me he documentado? ¿De qué grandes expertos beben mis opiniones? De la calle, de la comparación del mundo que viví con el que vivo, de la percepción de un deterioro sordo, de un desánimo que va creando incomodidad, de un cabreo subyacente que antes o después tendrá que reventar por algún lado y, como siempre que revientan las cosas, que dios nos pille confesados.
Pero como el movimiento se demuestra andando voy a poner un ejemplo de lo que intento explicar. Si quien lee esto se toma un poco de molestia en verificar mi ejemplo comprobará que al mismo nivel popular, callejero, cotidiano hay muchos más.
Recuerdo que en tiempos de mi niñez, finales de los cincuenta, principios de los sesenta, mi abuela, y mucha otra gente humilde, tenía su pobre de cabecera, un señor que una vez al mes se pasaba por la puerta de su casa y recibía una dádiva, alguna vez en especie, las más monetaria, que nunca era excesiva. Mi abuela le preguntaba por sus asuntos, charlaban un par de minutos y este señor se despedía hasta el mes siguiente. Era un pobre reconocido, esto es con reconocimiento de pobreza e imposibilidad verificada de poder trabajar para ganarse la vida. Por aquél entonces no existían los beneficios sociales ni los sueldos de inserción y a los pobres se les llamaba así, pobres o mendigos y no “jomeles” por si se ofendían.
Corrían ya mis treinta años, o sea los ochenta del siglo pasado, cuando en una esquina de Serrano con Victor Andrés Belaunde de Madrid abría diariamente su despacho un mendigo, y lo nombraré a él por poner un ejemplo pero había muchos más, que se acercaba al coche con un cubito de playa, que si llovía se ponía en la cabeza, y me comentaba su necesidad de ropa o de pagar el alquiler de una habitación, o me invitaba a un café, que por supuesto pagaba yo, o me comentaba sus visones de posibles negocios lucrativos, y siempre, siempre, con una sonrisa, una frase ingeniosa o dándote unos panfletos en los que como enviado de la confederación de planetas analizaba “en profundidad” los males de la sociedad y pronosticaban la pronta e imprescindible intervención de la civilización extraterrestre en la que él sería reconocido como enlace y elegido.
Nunca vi que nadie sintiera la necesidad de subir las ventanillas, poner el cierre de seguridad ni ninguna otra acción evasiva con respecto a este buen hombre.
Una vez, estaban cercanas ya las navidades, me comentó que sería un buen negocio vender unos décimos de lotería mientras “paseaba por su esquina”, como él solía decir. A la semana siguiente le llevé un par de billetes y se los di para que los vendiera. Al cabo de unos días me entregó el dinero de los billetes y “mi parte” de los beneficios que yo recogí sin rechistar y que le di como aguinaldo al día siguiente porque sabía que él se sentiría orgulloso de haber hecho un negocio, y también lo suficientemente necesitado como para no rechazar “mi parte” devuelta no como renuncia a mi participación si no como donativo a su labor como “enviado”. Pocos meses después dejé de verlo y me lo encontré por casualidad en otra esquina diferente. Me contó que las cosas se estaban poniendo chungas, que había gente nueva muy rara y que su “trabajo” se estaba volviendo peligroso. Ya no volví a verlo.
Desde entonces a aquí raro es el semáforo en el que no te sientes asaltado, intimidado moralmente, y en ocasiones casi físicamente (peor si eres mujer), agredido por una ingente turba de pretendidos indigentes que, de malos modos en muchas ocasiones, pretenden coaccionarte para que compres algo inútil, te dejes hacer una limpieza innecesaria de cristales, pagues por escuchar un ruido generado por un instrumento musical, o simplemente dejes alguna moneda. No me llegaría el sueldo de un mes para recorrer Madrid durante un día si accediera a todas las pretensiones. No me llegaría toda mi capacidad moral de sufrimiento si pensara que todos ellos son verdaderos necesitados. No me llega toda la rabia del mundo cuando veo ciertas actitudes rayanas, cuando no ciertamente insertas, en el delito ante la absoluta pasividad de los agentes del “orden” ocupados en otros menesteres más lucrativos para los administradores.
Hace ya años paseando por Goya con mi familia, encerrado en mi cápsula de proximidad familiar, algo llamó mi atención. Una señora mayor sentada en un banco parecía pedir, como una pedigüeña más, y como a una pedigüeña más mi mirada la había borrado del paisaje al pasar, pero algo debió de llamar mi atención, no sé el que. Salí de mi capsula y me volví. Era, efectivamente, una pobre señora, bastante mayor, con carencias físicas y apenas un hilillo de voz, que pedía que alguien le parara un taxi. “Si yo llevo dinero, pero no me atrevo a salir del bordillo para pararlo”. Le paré un taxi y la ayudé a subir. Nunca me he sentido más miserable, más inhumano, más triste, suponiendo lo que nos espera.

Alguien debe de estar trabajando en nosotros para provocarnos una triste, una castrante, una interesada indiferencia hacia nuestros semejantes. Y con éxito.