domingo, 23 de octubre de 2022

CARTAS SIN FRANQUEO (LXXXII)- ELEGIR

Tal como comentábamos el otro día, hay frases, algunas, que parecen intrascendentes, ocurrentes, y que reflexionadas, acaban dando la clave de pensamientos más trabajados. Lo comentábamos a propósito de la frase que citaba de Blas Piñar en mi último artículo, y en algún otro, y de frase en frase, y tiro porque me toca, llegué a otra que contiene toda la enjundia de una cuestión que llevamos discutiendo hace años: los falsos debates.

Esos debates que nos plantean el tener que elegir entre dos opciones, teóricamente irreconciliables, excluyentes, planteadas de una forma quimérica, de un lado todos los defectos, del otro todas las virtudes, y que no consiguen otra cuestión que el enfrentamiento entre los defensores de una y otra opción, que al final es la excusa y refugio de los mediocres incapaces de una reflexión serena.

Me dijo alguien, que no recuerdo, hace ya años, que elegir es morir un poco. La frase me pareció idónea para charlas intrascendentes, homologable por mi espíritu, franquicia, gallego, pero a lo largo de los años ha ido adquiriendo en mi ideario una importancia capital. Elegir, efectivamente, es morir un poco. Elegir, descartando absolutamente alguna de las opciones, quemando los posibles caminos intelectuales de retorno a la opción descartada, es renunciar a la posibilidad de equivocarse, a la posibilidad de los caminos intermedios, a una vida que queda cercenada desde ese momento en el que se la encamina a una vía única. Elegir con sentimientos negativos, odio, intransigencia, rencor, incomprensión, rabia, frentismo, fundamentalismo, es morir mucho, es cercenar una parte positiva de nuestro pensamiento, y, lo que es peor, es matar, intelectual o físicamente, dependerá de las oportunidades, al prójimo que no está alineado con nuestra elección.

Estos falsos debates, debates que nos hacen elegir entre dos opciones del mismo sistema, planteadas para aparentar una falsa libertad, para evitar que nos planteemos sistemas alternativos al actual, para que vivamos en una falsa percepción de las posibilidades, se nos plantean a diario, en todos los ámbitos, y no tienen otra finalidad que evitar que se llegue a imaginar un debate en profundidad que ponga en peligro la consolidada jerarquía mundial, que pretende seguir guiando nuestros destinos.

No, amigo mío, podemos pasarnos, de hecho nos pasamos, la vida eligiendo, muriendo de poco en poco, y con cada elección lo único que conseguiremos es estar cada vez más lejos de una solución real, de un mundo en el que poder vivir en paz, y con el que poder convivir en armonía.

Nacimos a la consciencia como individuos sociales, evolucionamos hacia sociedades de individuos, y nos hemos plantado en supracolectividades que ignoran al individuo, con conciencia propia, colectiva, libertad propia, colectiva, ética propia, colectiva, y objetivos propios, colectivos; y, a nada que el individuo sobreviva en medio de la vorágine exterminadora de lo individual que nos rodea, nos daremos cuenta de que ningún individuo libre puede abrazar la integridad de los planteamientos colectivos, por lo que acabará siendo señalado, perseguido, y, si su importancia lo requiere, purgado.

No hay día que no me den a elegir entre izquierda, que mande una élite ideológica, o derecha, que mande una élite económica. Entre lo público, dominio de un estado omnipotente sobre los recursos, o lo privado, dominio de las grandes corporaciones sobre los recursos. Entre una uniformidad que cercena la libertad, y una falsa libertad que nos condena a una desigualdad éticamente intolerable. Entre un absolutismo intervencionista, y una plutocracia que ignora a los más desfavorecidos. Entre un comunismo castrante, y un liberalismo criminal. Con todos los matices intermedios que la historia va aconsejando crear para mantener un debate que parece prometer lo que no está dispuesto a dar, y que preserve el sistema.

Y no son dos opciones, solo son dos caras de un mismo sistema, un sistema cuya única finalidad es elegir quién maneja los recursos en su propio beneficio, ignorando las necesidades reales de la masa comprendida en su círculo de poder, masa que debe de renunciar, en bien de la élite, a la justicia, a la libertad, y, en definitiva, a la individualidad.

Curiosamente, en esos debates, en esos falso debates, nadie se plantea la eficacia, la oportunidad, la idoneidad, la función por encima de la denominación. ¿Público o privado? En qué circunstancias, con qué regulaciones, con qué costo. Creo que es imprescindible la iniciativa privada para dar un salto de calidad. Creo que es imprescindible lo público para preservar la igualdad de oportunidades. Creo que en sectores estratégicos son imprescindibles las iniciativas mixtas.

Si, definitivamente, elegir, tal como está planteado en la actualidad, es morir parcialmente; elegir es, siempre, equivocarse; elegir, en un falso debate, es otorgar un poder que siempre es usado en contra de alguien; elegir, en estas circunstancias, es renunciar a aprender, a entender, a buscar una verdadera salida. Elegir, en definitiva, con estas opciones, es constituirse como cómplice de la muerte de un futuro aceptable.

Seguramente estos debates serían válidos en una colmena, en un rebaño, en una jauría, en una colonia, o en una manada, pero no en una sociedad que nunca debe de olvidar que está constituida por individuos que deben de ser libres, libres individualmente, tener los mismos derechos, que garanticen la justicia, y estén unidos por su propia decisión, y no por fronteras, banderas o pertenencias impuestas en aras del beneficio de élites difusas.

El verdadero debate, en el que equivocarse no importa, porque sirve para aprender, en el que elegir no es morir, si no abrir nuevos caminos a la vida, en el que tomar partido es apostar por la esperanza, es el que intente recuperar la preponderancia del individuo sobre su organización social, de la eficacia sobre la función, de la libertad sobre la regla, de la ética sobre la norma, de la justicia sobre la ley.

Yo, ahí, querido amigo, si que elijo; y sin dudarlo.

sábado, 15 de octubre de 2022

CARTAS SIN FRANQUEO (LXXXI)- LA LAICA INQUISICIÓN

Cuando te escribí las cartas anteriores, una sobre el falso racismo, y otro sobre un comportamiento inadecuado, tildado de machista por sus aspavientos y por conveniencia militante, que no por su fondo o intención, sabía que era inevitable que, las mismas personas que esas cartas pretendían señalar, harían una exhibición de su fundamentalismo. Y no me equivoqué.

He tardado menos de lo que tardé en escribir las cartas, menos de lo que cualquiera tarda en leerlas, en convertirme en machista y en racista.

Lo primero que te pide el cuerpo, es devolver el golpe, devolver insulto por insulto, etiqueta por etiqueta, estupidez por estupidez, pero a nada que reflexiones, y ahí se acaba la equivalencia, te das cuenta de que caer en el comportamiento de aquellos a los que pretendes denunciar, de aquellos que quieren convertir a esta sociedad en un monobloque sin capacidad de pensamientos individuales, de matices reflexivos, de ideas más allá de las consignas, es otorgarles un triunfo al que no estás dispuesto.

La segunda opción que se te pasa por la cabeza, es, de cara a los que te leen, defenderte alegando lo que has hecho en tu vida, en tu entorno, en tu intimidad, para desmentir un ataque que consideras injusto, infundado, malicioso; hasta que te das cuenta de la trampa que supone tal actitud. Ponerte a la defensiva es justamente su mejor baza. Para insultar, para atacar, para etiquetar, no necesitan otro argumento que hacerlo, nada les importa la verdad o la razón, cuanto menos el razonamiento, y si tu pretensión es desmentirlo, descubres una parte de tu intimidad, una debilidad, que solo puede servir para ser usada en tu contra. No, no son tus amigos, no son tus allegados, no son tu familia, no son tus colaboradores, no pertenecen a ningún círculo que tú frecuentes, no te conocen de nada, y la falta de criterio reflexivo de sus opiniones, su fundamentalismo, su puritanismo ideológico, que en el fondo, y de cara a tu vida, te importan un ardite, no justifican, bajo ningún criterio, que hagas un intento de comprensión, un ejercicio de comunicación, para que tengan una idea individual, cuando lo único  que demuestran es que piensan en rebaño, en cabeza ajena.

Entiendo a todos aquellos que se sienten señalados por las palabras de otros que, sin conocerlos, los tildan de esto o de aquello, de fascistas, de comunistas, de machistas, de feminazis, de racistas, o de cualquiera de esas dagas dialécticas con las que, los populistas que pululan por las redes, etiquetan a cualquiera que no comparta la totalidad de su ideario, al que no aportan otra cosa que una pertenencia ciega, sorda, plana. Entiendo esa necesidad compulsiva que todos tenemos de ser aceptados, entendidos, de gustar y que nos lo digan, pero, aunque lo entienda, asumí desde mi primera letra escrita que ese era uno de mis objetivos inalcanzables, y ni la gente que me halaga con sus reconocimientos hace que mi ego se conmueva, más allá de la satisfacción del reconocimiento, ni aquellos que me tildan de esto o aquello, sin conocerme, sin haber intercambiado conmigo ni una sola palabra, afectan de ninguna manera a mis convicciones, siempre puestas en cuestión por mí mismo, atendiendo a razones ajenas, jamás por consignas, insultos, ni soflamas, que dejan a la vista un inmovilismo digno de Blas Piñar y su famosa frase(*).

Si, ya se, querido amigo, algunos de los que leen esto no saben ni quién fue Blas Piñar, ni tendrían en cuenta nada que rozara su nombre. Seguro que saben usar la “wikipedia”, y que si pudieran borrarían su nombre de ella. Esa es la diferencia, ellos solo escuchan a los que dicen lo mismo que quieren oír, yo aprendo más de los que dicen cosas que no comparto.

Estos personajes, faltones, incluso aquellos que escriben sus insultos con formas suaves y educadas, los menos, de pensamiento único, se reclaman además, ya tiene pelendengues la cosa, como defensores de la libertad, de la democracia, de la ética social, pero, a nada que escarbas, queda claro que no defienden otra cosa que la libertad de pensar como ellos, la democracia de los que siguen sus reglas, y que hay que imponer a los que tengan otras, sean los que sean, y la ética social vista a través de un prisma de una sola cara. En realidad solo resultan ser censores, absolutistas, puritanos, inmovilistas, incapaces de imaginar una sociedad plural. Incapaces de captar un matiz, de llegar a una idea propia, de tener un atisbo de tolerancia.

Habrá quien piense que intentan defender una causa noble, porque la causa lo es, pero cuando el grado de integrismo llega a los niveles que exhiben, cuando la intolerancia y el cerrilismo son las únicas herramientas aplicadas, cuando su uso de los problemas es tan estúpidamente fundamentalista que provoca en una parte considerable de la sociedad rechazo, en otra no menos importante hartazgo, y dañan a toda en general con la falta de libertad inherente al miedo a ser señalado, considero que su uso de las lacras sociales no solo es inadecuado, es dañino para aquello que dicen defender. Es más, no descarto que su “justa ira”, esa que exhiben de cara a los demás, no esconda otra cosa que su falta de compromiso interior con esas causas.

Son la Laica Inquisición, “torquemadas” del teclado y el linchamiento en masa, inquisidores generales de cualquiera que pase por su lado y se permita un pensamiento libre, sea incorrecto, o no, portadores de un odio irracional y dañino en nombre de un dios no divino, casi siempre mal interpretado, oscurantistas, totalitarios, gregarios, populistas, violentos hasta la afrenta, y más allá, hasta el linchamiento sin redención, censores y puritanos.

Si Torquemada levantara la cabeza, los contrataba a todos. Si ellos hubieran estado en Salem, no se habrían librado de la hoguera, ni siquiera, el reverendo Parris, ni su hija. En su ideario solo cabe la condena, porque una vez efectuada la acusación, si está dentro de su ideario, la culpabilidad está probada, y un juicio solo puede servir para que el acusado difunda su error, para que cree dudas, o alegue razones, entre los que están fuera de su círculo, pero jamás en ellos, que tienen ya predeterminada la culpabilidad del reo.

Mientras las lacras sociales se combatan con leyes, y el fundamentalismo, el puritanismo, el populismo, las use como argumento, esas lacras seguirán existiendo, y estarán más hondamente ocultas en las almas de las personas que se sientan reprimidas. Mientras el machismo, el racismo, la xenofobia, la homofobia, la intolerancia, sean objeto de leyes, y no se subsanen con educación y una conciencia social de su insania, una conciencia social libre, asumida, convencida, esas lacras nos lacerarán a todos sistemáticamente. Mientras la represión, la persecución, la victimización y el silencio impuesto y castrante, sean las armas para erradicar a nuestros demonios colectivos, estos camparán, a lo peor de forma oculta y ladina, por sus respetos entre los miembros de una sociedad mal formada.

Reprimir no es convencer. Acallar no es silenciar. Victimizar no es construir. Legislar no es educar. Condenar no es redimir. Censurar no es erradicar. Y, sobre todo, no busquemos tres pies al gato, según sostenía Cervantes, ni cinco, tal como ponderaba Covarrubias, solo tiene cuatro, por más que quieras incluir el rabo. Y, si lo mareas mucho, al final araña.

Hay que erradicar el racismo, hay que erradicar el machismo, hay que erradicar el populismo, y la intolerancia, y el insulto, y el frentismo, y el totalitarismo, y el pensamiento único, y la mala educación, y el forofismo y todas esas lacras que hacen de nuestra sociedad una sociedad incómoda, injusta, dividida, inclemente, inhabitable, infeliz.

La laica Inquisición nunca logrará estos objetivos, tampoco, en el fondo, los busca o le importan más allá de usarlos para encender su “justa ira”, la de los suyos. Su único objetivo es lograr una sociedad uniforme, sometida, en la que ejercer su dominio. Pero lo más preocupante es que el uso trivial de esas lacras para señalar cualquier conducta aprovechable para sus fines, aunque en esa conducta no existan la intención, ni la persistencia, imprescindibles para considerarlas parte de esas lacras, no solo no nos llevan a solucionarlas, seguramente su único logro constatable es agravarlas. Agravarlas y generar una sociedad permanentemente cabreada, dividida, al acecho. La que les conviene.

 

(*) Blas Piñar, notario y político. Una frase suya presidía la biblioteca del campamento militar radicado en el Ferral del Bernesga, León, en el año 1976: “Como no vamos a ser inmovilistas, si ya hemos llegado”.

viernes, 7 de octubre de 2022

CARTAS SIN FRANQUEO (LXXX)- LA BERREA

Me vas a permitir que empiece esta carta con un doble sentido de asco, de asco profundo y reposado. Uno de esos ascos, es un asco con ciertos matices de autocrítica, el asco por la berrea del Colegio Mayor Ahuja; el otro es un asco sin paliativos, sin perdón, sin matices ni recovecos, el asco por los que intentan sacar partido de lo sucedido.

Las novatadas son una de las más perversas manifestaciones de cómo el ser humano busca permanentemente, con un sentido de la diversión desviado, humillar al prójimo para sentirse por encima de él. Nunca he participado en las novatadas, ni activa, ni pasivamente, ni como promotor, ni como objeto, aunque seguramente no todo el mérito de mi postura es mío.

En el único ámbito en el que me vi amenazado por esta deleznable costumbre, que sirve más para la exhibición perversa de ciertas personalidades, pocas y sobresalientes, que para el fin jocoso que como excusa se les supone, fue en el ámbito militar.

Recién llegado del campamento a la Capitanía Militar de Valladolid, los veteranos, y menos veteranos, que allí estaban, decidieron darnos, a los “chivos” que pasábamos la primera noche en la compañía, una calurosa, sonora y movidita noche de estreno. Supongo que con la aquiescencia de mandos y servicios, porque lo sonoro del acto no conmovió ni a la guardia, ni a los mandos que la dirigieran. El caso es que los ánimos de los novatos no estaban para tonterías, y así parecieron percibirlo los promotores casi de inmediato, porque, salvo casos aislados, la cosa se acabó rápidamente y sin demasiados damnificados. En el año en el que yo estuve allí, no hubo más novatadas, y a ello contribuyeron diversos factores que sería tedioso, e innecesario, ponerme a explicar aquí, y ahora.

Pero también he de reconocer que nunca más me he visto en la tesitura de tener que participar, o no, en alguna de estas algaradas, y mi prudencia, y mi desconfianza de mí mismo, esa que todos nos deberíamos de tener antes de increpar al prójimo, salvo que tengamos la convicción de nuestra culpabilidad, y la necesidad de enmascararla en un ataque a los demás, hacen que no esté seguro de si, puesto en el lugar, llegado el momento, yo habría participado en la berrea del Colegio Mayor Ahuja, o de cualquier otro que promueva un acto semejante, pero menos difundido, menos utilizado.

Debo de confesarte, y estoy seguro de que le pasó a mucha gente, que la primera vez que vi el video, presentado como algo aislado, sacado de contexto, precriminalizado por los comentarios previos a su exhibición, la sensación de estupor, asco y rechazo, fue absoluta. Me pareció intolerable, vergonzoso, punible. Y ahora, recuperado el contexto, oídas las circunstancias reales, me parece intolerable, y vergonzoso. Solo, sin más. Me parece que es algo a erradicar, no por contextos políticos, no por convicciones militantes, no por parafernalias mediáticas, simplemente porque es de mal gusto y demuestra una preocupante falta de conexión de los participantes, como colectivo, con la educación y con la realidad.

Pero si algo en esta historia me parece realmente vergonzoso, intolerable, aberrante, descalificante, es la utilización política, ideológica, militante, de unos hechos que nada tienen que ver con el odio, con el machismo o con la necesidad patética que tienen ciertos movimientos de evangelizar a la sociedad reduciendo cualquier tipo de libertad o de pensamiento discrepante en aras de su pacata, uniforme, inquisitorial visión de una sociedad a su medida, sin individualidades.

¿Realmente, unos señores que dedican casi todo su tiempo, y nuestro dinero, a insultarse, a faltarse al respeto, a dar espectáculos bochornosos, y estos sí sentidos, en un lugar al que deberían de acudir a resolver problemas, pueden escandalizarse por un acto puntual de mal gusto? Solo porque le es útil, solo por los réditos que pueden sacar de él.

A mí me parece mucho más escandaloso, mucho más generador de odio, y lesivo para la sociedad, su habitual espectáculo de peleas de gallos en el congreso, porque les pago, porque les nombro, porque me ofrecen otras prestaciones, que luego traicionan, que el espectáculo, de mal gusto, sin duda, de unos chavales haciendo exhibición de sus hormonas y de la potencia de su voz.

¿Odio? El que generan los partidos con su permanente invitación al frentismo, a la intolerancia, con su permanente manipulación de las instituciones: la fiscalía, la hacienda pública, el estamento judicial, el poder legislativo, la educación y la sanidad.

Decía Ferlosio :”Cuando canta el gallo negro, es que ya se acaba el día; si el gallo rojo cantara, otro gallo cantaría”. Sé a qué se refería cuando escribió esas estrofas, sé lo que sentía, pero también sé que la canción del gallo rojo, hoy en día, no sería mucho mejor que la del gallo negro. Intolerancia, frentismo, persecución de la libertad individual, pensamiento único, mediocridad, odio, rencor, manipulación, falta de compromiso ético, parecen ser los argumentos principales de un gallo rojo que más parece pintado, disfrazado de rojo, que de color natural.

No, definitivamente, y con los mismos argumentos y consideraciones, lo del Colegio Mayor Ahuja no me parece machismo, como lo de Vinicius, que comentábamos en mi anterior carta, no me parece racismo; y en ambos casos veo una utilización, interesada, y lesiva, de una lacra social que merecería un mayor respeto por parte de quienes dicen defenderla, y con su abuso la trivializan, cuando no convocan el efecto contrario. Salvo que, para sus fines, eso sea lo que pretendan.

Nunca, ni como cazador, que no fui, ni como persona, he sido del gusto de las berreas, pero si alguna vez cayera en la tentación de participar en alguna, superando el rechazo, y la vergüenza ajena, que me producen, búscame en un colegio mayor, y no en el congreso. Puesto a pervertirme, prefiero la posible inocencia de unos chavales, a la impostada y maliciosa actitud de unos tipos que cobran por enseñarnos a odiar al prójimo en su beneficio.

martes, 20 de septiembre de 2022

JUGUETES PARA ROMPER

Es complicado, por no decir imposible, hablar sobre el mundo del futbol, sin hablar de futbol, porque quién más, quién menos, lleva en el alma los colores de algún equipo, y, aunque seas capaz de sustraerte al fanatismo político, es casi imposible sustraerte al forofismo futbolístico, y esto incluye, aunque ellos lo nieguen, a los que hacen de su ignorancia y desdén hacia el futbol, otro equipo más, el equipo de un forofismo en negativo, en contraste, pero no con menor carga emocional. Es complicado, por no decir imposible, hablar sobre el mundo del futbol, sin hablar de futbol, después de un partido de los que se denominan de “máxima rivalidad”, pretendiendo mantener una neutralidad que tus propias entrañas desmienten

¿Cómo hablar del mundo del futbol, sin hablar de futbol, mientras mantienes en tu cabeza, prácticamente aún ante tus ojos, aquella jugada que si el árbitro, otra marioneta en el guión, hubiera pitado correctamente, según tu apreciación y tus colores, habría cambiado el resultado del partido? Pues, a fuer de ser sincero, no sé cómo, pero voy a intentar hablar sobre el mundo del futbol, y de otros mundos semejantes, sin hablar de futbol.

Recuerdo que, hace años, en una de aquellas recopilaciones de relatos de Fantasy & Science Fiction que Bruguera publicaba regularmente, para fortuna de adeptos, uno de los relatos publicados contaba como los jugadores de fútbol Americano, sobrepasados por la actitud del público, sus insultos, sus gritos, incluso los de apoyo, sus cánticos, sus exigencias y sus confianzas, se juramentaban para, aprovechando la convocatoria de un encuentro, masacrar indiscriminadamente a los asistentes. Hablamos de los años setenta, aún no existía internet y cuando se hablaba de los periódicos deportivos se les denominaba de información. ¿Qué pensarían ahora aquellos jugadores, insultados o glorificados en las redes, expuesta su vida privada por una prensa forofa, más pendiente de vender que de informar, incapaces de obtener un mínimo de intimidad, tratados como cromos sin posibilidad de manifestarse sin que alguien se apropie y utilice sus palabras para sus propios fines?

Es difícil de saber. Es difícil de saber incluso para los jugadores reales, más allá de aquellos ficticios que optaron por una vía extrema, improbable.

Lo terrible de todo esto, de este mundo que empieza cuando acaban los partidos, y acaba con su pitido inicial, es comprobar el daño inferido a aquellos que más han destacado. La destrucción personal y humana de aquellos a los que se entroniza en los altares, sean divinos o demoníacos. La utilización sin reglas ni límites de sus figuras, de sus vidas, de las de sus familias, de las de los múltiples aprovechados que se adhieren a ellos al calor de su fama, y de su dinero, sobre todo de su dinero.

La hemeroteca está llena de nombres de grandes jugadores, de figuras emblemáticas, que acabaron sus días en la miseria, en la económica, en la moral, o en ambas en muchos casos. La fama, mal gestionada, el dinero disparatado, éticamente injustificable, y una corte de personajes medrando en los alrededores de unos chicos, la mayor parte sin madurar, sin una educación que les permita discernir en cuestiones relevantes para su futuro, son el caldo de cultivo para convertirlos en víctimas cuando el estrellato empieza a declinar, si no en auténticos mamarrachos durante su época de esplendor. Futuros juguetes rotos que gran parte de su entorno contemplará, con conmiseración, en los mejores casos, con desprecio, la mayor parte de las veces, cuando no con odio si en su devenir han decidido cambiar los colores que los glorificaron. Pocos, de los más encumbrados, sobreviven a una vida sin referencias, a una vida que parece eterna hasta un segundo antes de que ya no exista. Y entonces, los mismos que los jalearon, los mismos que se los apropiaron y utilizaron, dirán aquello de que se creyó más grande que el club, y no es nadie. Y en esa parte tendrán razón, ya no son nadie para quienes antes les hicieron sentirse héroes. En ese momento solo será, algunos solo son, muñecos ávidos de lo que fue, con cierta tendencia a la autodestrucción, empeñados en seguir siendo para los demás lo que ya no son más que para los más benévolos de los que los recuerdan.

El otro día, viendo el partido que me hizo sentarme a escribir estas letras, y dejando el fútbol de lado (al menos tan de lado como el resultado dejaba a mi equipo, o precisamente por eso), me fijé en un nuevo, futuro, juguete roto. En un chico de 22 años, criado en un ambiente humilde, sin grandes conocimientos de la vida, pero con una habilidad singular, que se pasó el partido más pendiente de desquiciar a sus contrarios, de exasperar a los seguidores del equipo contrario, de reivindicar algo que nadie había puesto en cuestión, salvo los profesionales del jaleo, también llamado información, que de realizar ese juego portentoso que es capaz de llevar a cabo.

Alguien lo convenció de que tenía que sentirse personalmente insultado por todos los que vistieran en el campo de una forma diferente, por todos los que animaran a esos, por todos los que le habían llamado negro con desprecio, aunque no supiera quienes eran, ni los hubiera oído decírselo, bastaba con que aceptara la palabra ajena, por su bien, por el bien del glorioso equipo en el  que juega, por las ventas de los que lo cocinaron todo, por mayores ventas de los medios audiovisuales que cubrían el evento.

Curiosamente, en su equipo había varios, bastantes, jugadores más de su mismo color de piel, también en el equipo contrario, pero el racismo solo se ejercía, según los liantes de turno, los profesionales de la rabia y el jaleo, sobre ese jugador, sin que los demás negros sobre el campo sufrieran esa misma afrenta. El episodio, aparte de chusco, peligroso y vergonzoso, debería de ser investigado para esclarecer quienes utilizan una lacra terrible, como es el racismo, para jugar a su propio juego, y dar un escarmiento a la altura del mal causado. Y entre ellos al árbitro que ignoró sistemáticamente el juego descentrado de este chaval, sin ejercer sobre él una labor que, a la par de reglamentaria, podría haber resultado docente.

Claro, como era inevitable, a cuenta de las sucesivas provocaciones, en forma de información, al final salieron los descerebrados de turno a cantar sus estupideces, y a hacer que los que montaron el circo pudieran cobrar sus entradas, justificando como racismo lo que no ha sido más que un lamentable espectáculo orquestado por unos sinvergüenzas, representado por un chico desnortado, cuatro cómplices interesados y una caterva de impresentables que no se representan ni a sí mismos.

Alguien debería de explicarle, si es que aún tiene capacidad de escuchar algo más allá de las loas y halagos, que esos mismos que ahora le aplauden, que le ríen sus ocurrencias, mañana, si hace un par de partidos malos, o se le ocurre cambiar de equipo, o se retira en pleno declive, serán los primeros en insultarlo, en hacer cánticos contra él, en dejarlo tirado como un juguete roto, uno más de los que quemaron sus naves vitales por unos pocos días de sentirse los más importantes del mundo, solo por saber usar los pies, y no preocuparse de cómo, y cuando, usar la cabeza.

domingo, 18 de septiembre de 2022

Cartas sin franqueo (LXXVIII)- Los impuestos

La resolución de la Comunidad Europea, sobre los gravámenes a las energéticas, me ha parecido toda una declaración de coherencia. El gobierno español, que lleva demostrando a lo largo de esta ya prolongada y encadenada crisis, su incapacidad para hacer una gestión mínimamente acertada de la situación, incapaz de tomar medidas de calado, y tirando de parche populista, tras parche populista, ha quedado retratado por el acuerdo. Su propuesta de un impuesto especial que grave la facturación, no era más que pan para hoy y hambre para mañana, una demostración más de la incapacidad de la izquierda para manejar los impuestos, un resorte inventado por el absolutismo para controlar, cuando tocara, y destruir, sistemáticamente, el nacimiento de la burguesía comerciante, y de la clase media profesional y comerciante, mediante la confiscación de una parte variable del beneficio obtenido de su actividad.

 

Intentar convertir este mecanismo, ideológicamente perverso, en una forma de alcanzar un concepto, además sospechoso, de justicia social, es pedirle peras al olmo. Los impuestos, tal como están concebidos, gestionados, y ejecutados por los partidos de izquierda, nunca lograrán una sociedad equitativa; es más, lo único que lograrán es un abismo cada vez mayor entre los más ricos y los más pobres, abismo que se abre donde la clase media se va destruyendo, por la propia acción demoledora de los impuestos.

 

Recreemos, seguramente de forma no literal, una conversación histórica sobre los impuestos, mantenida entre dos ministros de Francia, de la Francia absolutista de Luís XIII y Luís XIV, allá por el siglo XVII:

 

 

-          Colbert: Las arcas del rey están vacías, y precisamos de dinero, ¿Pero cómo hemos de obtenerlo si ya creamos todos los impuestos imaginables, y el pueblo está empobrecido?

-          Mazarino: Creando otros nuevos.

-          Colbert: Pero es imposible lanzar más impuestos sobre los pobres, a los que no podrían hacer frente.

-          Mazarino: Es cierto, eso ya no es posible. No tendría sentido crear impuestos que no pueden ser recaudados y que crearían un malestar difícil de controlar.

-          Colbert: Entonces, ¿debemos de crearlos sobre los ricos?

-           Mazarino: Sobre los ricos tampoco. Ellos dejarían de gastar, como protesta, y un rico que no gasta, no deja vivir a centenares de pobres. Un rico que gasta, sí.

-          Colbert: Entonces, ¿qué podemos hacer?

-          Mazarino: Hay una cantidad enorme de gente entre los ricos y los pobres. Son todos aquellos que trabajan soñando en llegar algún día a enriquecerse y temiendo que su fracaso los haga pobres. Es a esos a los que debemos gravar con más impuestos. No importa cuántos,  porque cuanto más dinero les quitemos, más trabajarán para compensar lo que les hemos quitado.

 

Insisto, la conversación no es literal, pero es real, y retrata perfectamente el mecanismo de los impuestos ideado por las monarquías para financiar las consolidaciones absolutistas de sus reinos. Bueno, de las monarquías, de los nobles, y de la iglesia, que era el gran terrateniente.

 

Con el nacimiento de los estados, los impuestos pasaron a ser exclusiva potestad de los gobernantes, que los aplicaban según los criterios de necesidad y conveniencia de la política de cada momento y siempre con el objetivo de fortalecer al estado, nunca con un criterio de equidad social, que no estaba en su ideario, ni siquiera era un concepto que se manejara.

 

El mecanismo es perverso de por sí, incluso aunque se le intente revestir de un carácter social, que la experiencia, y un mínimo análisis económico, desmienten, ya que el único criterio válido para determinar los impuestos es el de una persona que nunca representa a la mayoría de los contribuyentes, ni toma sus decisiones en base a la convicción de los mismos, si no a sus propias ideas o ideología. Esto es, a contracorriente.

 

Hay dos elementos que demuestran claramente la falacia social de los impuestos, uno económico, y el otro matemático, y ambos explican con rigor por qué nunca se podrá alcanzar una sociedad equitativa aplicando esos criterios.

 

Partamos, para desecharlos, de la injusticia social de los impuestos indirectos, que gravan cualquier actividad económica sin que importe el nivel de riqueza del contribuyente, ni el impacto que su aplicación puede tener en la actividad social del que lo paga, acotándola o cercenándola, ni en cuanto influye su recaudación, y posterior liquidación, en los costes generados por un trabajo ajeno a la actividad económica del obligado recaudador. Esta repercusión en costes, que castiga la cuenta de resultados, será compensada con subidas estructurales  en el siguiente ejercicio, y con subidas improvisadas en el actual, lo que supondrá una carga añadida para el usuario, que al final es siempre el que los paga, no importa sobre quién se apliquen inicialmente. Y esto deriva de forma casi absoluta en el encarecimiento del coste de la vida, en la destrucción de empresas, y por tanto del mercado laboral, y en una inflación galopante. Resumen final, aumento de la pobreza, destrucción de la clase media empresarial y crecimiento de la brecha social.

 

Y si los indirectos nos marcan la falacia social de los impuestos, los directos no descubren la absurda e insostenible pretensión matemática de alcanzar la equidad mediante su manejo. Pongamos que, a un contribuyente que gane veinticuatro mil euros al año, el estado le impone (de impuesto) una carga fiscal del 30%, que le impone más. Eso supondría una cuota de siete mil doscientos euros, más de dos meses de ingresos, que lo dejaría en un rendimiento mensual real de mil cuatrocientos euros. De ahí tendríamos que restar lo pagado en indirectos, pero vamos a olvidarlos. Tomemos ahora a otro contribuyente, que ha ingresado doscientos cuarenta mil euros en el ejercicio, y al que se le impone un 60%, que se le impone menos. La cuota sería de ciento cuarenta y cuatro mil euros, algo más de siete meses de ingresos, lo que supondría un rendimiento mensual real de ocho mil euros.

 

No voy a entrar, no estamos hablando de ética, ni de moral, ni siquiera de justicia, estamos hablando de números de matemáticas, en el rigor del planteamiento, en cuanto a los números, ni voy a entrar en si tal planteamiento fiscal, tal vez exagerado por extremista, es ideológicamente viable, o no. No me importa. Lo que si me importa es que al cabo de cinco años el contribuyente que menos gana habrá ingresado menos que el otro en un solo año ¿Dónde está la sutura de la brecha social? ¿Dónde queda el horizonte de equidad? ¿Dónde está el factor corrector de los impuestos? ¿Cuánta clase media, castigada en su ambición de mejorar su nivel de vida, habrá desaparecido en esos cinco años?

 

NO, no sé si la izquierda, la supuesta izquierda, se engaña, o nos engaña, o se engaña y nos engaña, pero si tengo claro que los impuestos nunca serán el camino para alcanzar una equidad social, para cerrar una brecha con síntomas de abismo, para permitir una suave transición entre clases según los méritos y valía de los individuos, para garantizar una sociedad correctamente administrada, lealmente atendida.

 

Tal vez, solo tal vez, si los gobernantes nos procuraran una maquinaria ajustada a las necesidades, eficaz y correctamente dimensionada, sobraría dinero para las necesidades sociales y para procurar servicios públicos acorde con lo que se paga. Veamos un ejemplo significativo, datos del año 2020, que pone de manifiesto que la administración es un ente que devora nuestros recursos, en un esfuerzo más enfocado a la represión que a la asistencia o a la construcción.

 

Recaudación por IVA                                    60.095 millones

Recaudación por IRPF                                   82.358 millones

Recaudación por sociedades                     12.805 millones

Recaudación por especiales                       17.336 millones

Recaudación por otros indirectos              3.052 millones

Recaudación por otros directos                    880 millones

 

 Gastos autonomías                                      87.010 millones

Gastos ayuntamientos                                  25.056 millones

Gastos administración central                      25.765 millones

Gastos Seguridad Social                                 2.639 millones

Pensiones                                                      10.857 millones 

 

Les cedo la calculadora. Hagan números. Tal vez tendríamos que exigir de nuestros gobernantes, por compromiso electoral, por vergüenza torera, por preparación profesional, una mayor optimización en el uso de los recursos del estado, y un menor ruido ideológico, populista. Exigir, para otorgar nuestro voto, menos insultos al contrario y más ideas de cómo lograr resultados sin machacar a la sociedad.

 

Por cierto, hablaba de la Comunidad Europea, habitualmente sumergida en la misma vorágine de insensibilidad social, y no quiero acabar sin explicar la diferencia entre su resolución y la de nuestro mediocre gobierno. Nuestro gobierno proponía crear impuestos especiales, con no se qué, ellos tampoco, medidas especiales para evitar que repercutieran en las tarifas, para gravar a las energéticas, que acabaríamos pagando todos. La Comunidad Europea ha propuesto gravar el exceso de beneficios, lo que impide que se vuelvan a cargar, pero además repercutiendo ese gravamen en el recibo como devolución a los usuarios. Limpio, eficaz, con poca posibilidad de trampa. Algo pensado por un gestor sin necesidades populistas.

 

No, hacienda no somos todos, a hacienda la pagamos entre todos, que no es lo mismo, para que nos persiga, y en ciertos casos para que nos arruine. Sigamos jugando al juego del voto fanático, a ver hasta donde llegamos.


domingo, 11 de septiembre de 2022

Cartas sin franqueo (LXXVII)- Las etiquetas, los de las

El debate, en todo caso, es falaz. Pretender a estas alturas defender un sistema cuyas principales características son la mentira, la corrupción y la división, son ganas de no enfrentar una realidad que se puede contrastar a nivel mundial. Por más que te empecines en hablar con palabras grandilocuentes de las virtudes del sistema: libertad, democracia, derechos humanos, solidaridad, yo solo veo un totum revolutum con dos campos diferenciados en sus discursos, pero idénticos en sus transcursos.

El mismo discurso niega, con sus propias palabras, lo que pretende afirmar. No, este sistema, basado en la explotación de una mayoría por parte de una minoría, que en unos casos se representa por una posición económica, y en otros casos por un posicionamiento ideológico, no son más que las dos balanzas de un desequilibrio en el que la preponderancia local, parcial y/o temporal, de una opción sobre la otra no obedece a otra causa que a la necesidad del sistema de incidir más en un terreno que en el otro para su propia supervivencia.

Los discursos, sean sentidos o pensados, no son más que palabras, puede que en algún caso, incluso esas palabras obedezcan a intenciones sinceras, pero la realidad es evidente, el mundo, la humanidad, está cada vez más fraccionada, es cada vez más intolerante, menos libre, tiene  menos derechos, o, lo que viene a ser lo mismo, sus derechos son los mismos, pero su posibilidad de ejercerlos, excepto nominalmente, está severamente mermada.

Los extremismos, los nacionalismos, los populismos, que al fin y a la postre engloban todo, son la demostración palmaria de ese recorte sistemático y severo de los derechos, porque no hay nada más contrario a un libertario, a la libertad, que un activista dispuesto a imponer su verdad por el camino que sea. Y si no hay libertad, no hay nada. No puede haber justicia sin libertad, no puede haber igualdad sin libertad, no puede haber conciencia sin libertad, no puede haber conocimiento sin libertad, no puede, en definitiva, haber libertad sin libertad.

Si, ya se, tu argumento, como el de tantos otros afiliados a las parcialidades que el sistema nos proporciona: ideológicas, religiosas, económicas, territoriales, educativas o vecinales, es que vivimos en democracia y libertad. Pues no te diría yo que sí, es más, te digo que no, que rotundamente no.

¿Vivimos en democracia? ¿En serio? Bueno, votamos cada cuatro años, y se acabó la democracia. Nuestros poderes no son independientes, nuestra posibilidad de elegir representantes es inexistente, nuestra capacidad de pedir responsabilidades nula, nuestra posibilidad de revelarnos, o de mostrar nuestra disconformidad, un chiste, nuestras leyes son ideológico-adoctrinantes, o recaudatorias en su mayor proporción, nuestra capacidad de expresar libremente nuestras opiniones irrisoria en la civilización de la comunicación, nuestra posibilidad de privacidad ante un sistema decidido a intervenir nuestra vida, imposible. Si esto es democracia, que vengan nuestros antepasados helenos y lo vean. No es, ni siquiera, una democracia formal, ni esta, ni otras, un poquito más disimuladas, ni las democracias totalitarias que tanto se estilan, y tanto gustan a ciertos populismos militantes.

Y si lo de la democracia es un chiste malo, para llorar, lo de la libertad ya roza la tomadura de pelo. La roza, pero de lleno.

A lo peor es que yo tengo un concepto excesivo de la Libertad, o a lo peor es que el sistema le llama libertad a su capacidad de mirar hacia otro lado cuando le interesa, pero reservándose la posibilidad de mirar fijamente cuando le convenga. No, no somos libres colectivamente, que no tengo muy claro en qué consiste esa tal libertad colectiva, ni lo somos, faltaría más, individualmente. Libertad se llama al margen concedido por el sistema para que pueda actuar según las reglas y límites que el poder establezca. Pues vaya mierda de libertad, cualquier troglodita, cualquier aborigen tribal, cualquier siervo medieval, cualquier ciudadano de siglos pasados, estaba más cerca de la libertad que nosotros. Y lo peor es que el sistema nos ha convertido en garantes de nuestra propia falta de libertad.

Ya, no te lo crees. Hagamos la prueba del algodón, esa que nunca miente.

Sal a la calle, o a las redes, o a tu portal, o a una comida familiar, e intenta exponer con rigor una posición dialogante pero contraria a la de tu interlocutor. En libertad, en la de verdad, tu interlocutor rebatirá tus argumentos con otros de similar entidad, y en los mismos términos de interés y respeto.

En el mundo real, ese que empieza cada día a las 00:00 y acaba a las 23:59, el primer argumento de tu oponente es ponerte una etiqueta frentista que invalide de raíz cualquier argumento que puedas aportar. Si hablas con un nacionalista serás un nacional-fascista, si hablas con un ateo un elemento ultra-ortodoxo, si con alguien de derechas un comunista, si es de izquierdas un fascista, si es feminista un machista y si es machista un femi-nazi. Y en el mismo día has sido ultra-religioso, de derechas, de izquierdas, ateo de mierda, homófobo, homosexual, un imbécil, un listo y un peligroso revolucionario. No importa lo que digas, no importa cómo lo digas, no importa que lo razones, o que simplemente estés sugiriendo que hay otras formas de pensar, si no es la de ellos es peligrosa, dañina, intolerable. Pues eso, que vivimos en libertad, en una libertad prestada por unos administradores auto nombrados imbuidos de verdades superiores.

Y basta con las etiquetas, ese práctica más encaminada a desprestigiar, ningunear, insultar, que a identificar con rigor, y que sin duda son uno de los grandes inventos del sistema, de un sistema donde, se refiera a lo que se refiera, solo existen dos bandos, los del mío, o los del otro, para comprender la falacia de afirmar que somos libres.

Somos permanentemente presuntos culpables fiscales, presuntos infractores de leyes municipales, estatales o comunitarias, pensadas para atajar tus permanentes deseos, presuntos, pero ciertos salvo que demuestres lo contrario, de hacer daño; presuntos terroristas cuando iniciamos un viaje, presuntos asesinos si nos ponemos en carretera, presuntos irresponsables si llevamos un volante, presuntos defraudadores cuando obligados por la ley presentamos nuestra contribución a la comunidad, presuntos insolidarios si montamos una empresa, presuntos absentistas si trabajamos en ella, y así hasta la náusea. O sea, que somos libres, en esto sí, de elegir la presunción de nuestra culpabilidad, esa que las mismas instituciones gubernamentales persiguen con saña y el abuso propio de quién se ha valido de tu aportación de solidaridad obligatoria para hacerse con todos los recursos que le permitan aplastar a quién no tiene ninguna posibilidad de defenderse de los abusos del sistema.

Sí, qué duda cabe, somos la máxima expresión de la libertad de los que deciden no reconocer ninguna libertad ajena, ninguna libertad que no considere como propia. Y ya que de etiquetas se trata, voy a permitirme imprimir dos destinadas a los que defienden que nuestra vida transcurre en una libertad tutelada (¿Y eso que es?), en una democracia posible. Doy a elegir, o inocente (simple, crédulo), o cómplice, no hay más.


sábado, 3 de septiembre de 2022

CARTAS SIN FRANQUEO (LXXVI)- EL SALARIO MÍNIMO INTERPROFESIONAL

 Me comentabas, indignado, la postura de la CEOE ante el intento de subida del salario mínimo interprofesional, y tu simpatía hacia las declaraciones de Yolanda Díaz, pero, como bien te dije, ni la CEOE representa a la mayoría de los empresarios españoles, solamente a una minoría privilegiada de grandes empresas, ni lo de Yolanda Díaz va más allá de una postura populista que la ayuda en sus ambiciones políticas. Ni el uno, ni la otra, ni los sindicatos, ni las organizaciones patronales, ni , por supuesto, y como de costumbre, el gobierno, incluida la oposición, dicen la verdad completa, o ponen sobre la mesa todos los datos para que aquellos que quieran opinar con fundamento entiendan el mecanismo y las consecuencias.

Imagen procedente de Pixabay

Partamos de que el salario mínimo interprofesional me parece miserable, incapaz de proporcionar una vida digna al trabajador en una sociedad cuyos sobrecostes de explotación en los servicios más básicos lastran cualquier tipo de justicia social que pueda intentarse, y que esta situación no parece interesarle, salvo como munición ideológica, a ninguna de las fuerzas políticas que dicen representarnos.

El salario mínimo interprofesional debería de salir de un cálculo práctico de los costes de vida reales de un trabajador no cualificado. Y esto supone, vivienda en alquiler, gastos de energía, agua, alimentos y educación. Esto es, garantizar las necesidades básicas vitales de un trabajador. Y tal como está la vida, tal como está la especulación de las grandes corporaciones y las necesidades recaudatorias de los gobiernos, empeñados en una carrera por incrementar sus ingresos, los salarios mínimos de los que oigo hablar difícilmente cubren otra cosa que las deudas generadas el mes anterior, y no todas.

La señora Díaz, en su papel populista, mentiroso, clama contra los empresarios por insolidarios. Así, en general, sin que se le caigan los anillos, ni se preocupe por otra cosa que por los aplausos de sus correligionarios. ¿De qué empresarios habla la señora Díaz? ¿Del 97,23% de las empresas españolas que tienen entre 0 y 8 empleados, o del 0,83% que son en su mayoría las grandes corporaciones y multinacionales? Pues parece ser que no lo distingue, o que no lo quiere distinguir. Al menos sus palabras, las consecuencias de las mismas, no parecen distinguir entre empresas que dan miles de millones de euros de beneficios, y empresas que tienen que fraccionar y aplazar sus impuestos para poder seguir adelante, porque la presión recaudatoria, y los incrementos de los costes de producción, dados por el incremento de beneficios de las grandes empresas, se comen sus ingresos. Claro que, empresarios son, según la señora Díaz, unos y otros, los que pelean por sobrevivir, y los que pelean por quedarse con la mayor porción de pastel posible, amparados por los políticos. Todos insolidarios, todos sospechosos de explotación y avaricia. Y se queda tan ricamente.

Porque lo que tampoco explica la señora Díaz, ni al representante de la CEOE le importa un ardite porque no afecta a sus representados, son las consecuencias que sobre el pequeño empresario y sobre el consumo básico tiene el incremento del  salario mínimo interprofesional tal como pretende aplicarse. Porque el único gran beneficiado de la subida del salario mínimo, tal como está concebida, es el gobierno, y los perjudicados, los trabajadores, los pequeños empresarios y los consumidores. Veamos.

En toda empresa, pequeña y muy pequeña, la productividad genera los recursos para hacer frente a los pagos, salarios, costes de producción, gastos generales, impuestos y gastos extraordinarios. Por tanto, y como es evidente, la empresa ha de ajustar sus ingresos a los costes presupuestados, de tal forma que el incremento de cualquier partida de coste supone una subida semejante de la facturación, y por tanto repercute, inevitablemente en el consumidor, o, si no puede plasmar este incremento, lo que sufrirá será la viabilidad de la empresa. Son habas contadas.

Y eso nos lleva a otra cuestión populista, otra cuestión de la que nadie habla, el gobierno nos cuela, como quién no quiere la cosa, un incremento de recaudación de paso que se  cuelga una pírrica, pírrica para el trabajador, medalla social. Porque el costo de un trabajador, para la empresa, en el tramo básico, es del 45% del neto que este percibe a final de mes. Y esto traducido a números, a euros, supone unas cantidades muy golosas para el gobierno, que se permite hablar de la insolidaridad empresarial. Un ejemplo:

Si subimos 25 € mensuales a un trabajador, cantidad irrisoria, y que no soluciona ningún problema real, hemos incrementado la recaudación en 11,25 euros, que multiplicado por 12 meses supone 135 euros anuales por trabajador, que aplicado sobre los 3,000,000 de perceptores del salario mínimo (20% del total) que habría a mes de julio nos daría la bonita cifra de 405,000,000 de euros extras de recaudación, que se lleva el solidario gobierno a costa de los resultados (sean positivos o negativos) de las empresas, sin contar lo que se que se lleve de la subida al trabajador y sin decir ni mu. Supongo que para asesores, dietas y otras menudencias imprevistas.

Y digo, yo, ya que de decir se trata, ¿por qué el gobierno no regula un tramo básico, en el que los costes fiscales sean fijos, y no porcentuales, de tal manera que el empresario pueda incrementar en una cantidad real la percepción del trabajador, sin que aumenten otros costes, y por tanto pueda beneficiar directamente al perceptor? ¿O lo importante es hablar de solidaridad mientras se le exige a otro que lo sea? Si, ya se, la solidaridad bien entendida empieza por uno mismo, y más si ese mismo es el gobierno de turno.


Curiosamente, y para la mayoría de los trabajadores, lo que cobran a final de mes, lo que reciben en su cuenta bancaria, es lo que ganan, sin contar retenciones, aportaciones y otras menudencias, hasta el 45% mencionado más lo que les retienen a ellos, que se queda el gobierno como administrador único y auto nombrado de la solidaridad obligatoria. Muchos trabajadores, la mayoría, tienden a pensar, y voy a citar textualmente las palabras que cierto día me dijo un trabajador: “Ya me dijo mi padre, tú con ganarte tu sueldo, y un poquito más, ya cumples de sobra”. Claro, porque las retenciones, los gastos de materiales, los gastos generales, y cualquier otro importe que genere la actividad, deben de salir del bolsillo del empresario. O, en román paladino, las obligaciones son de los empresarios, y el dinero, ya lo dijo alguien del gobierno: “el dinero no es de nadie”, o sea de ellos, y por tanto se lo quedan.

Esta filosofía estatalista de los impuestos, que solo es buena para el sistema, me recuerda a una canción del mítico grupo “Desde Santurce a Bilbao Blues Band” que allá por los sesenta cantaba “A Beneficio de los Huérfanos”, una sátira que relataba una fiesta, sus lujos, sus excesos, dada por La Marquesa, (que en este caso es la señora Díaz), “tan caritativa, y siempre tan cristiana” a beneficio de los huérfanos y los pobres de la capital. Ahí lo quedo, y adjunto letra.

“ Las tarjetas de canto dorado
anunciaban
la marquesa iba a dar una fiesta
de gala,
y tan caritativa,
y siempre tan cristiana
la iba a dar…

A beneficio de los huérfanos,
los huérfanos,
y de los pobres de la capital,
los huérfanos, los huérfanos
y de los pobres de la capital.

El señor embajador, hablaba con la marquesa
y engullía con presteza, sandwichs de jamón de York.
Y la de Floro Mayor, hijastra de una exprincesa,
husmeaba las bandejas detrás de un whiskey on the rocks,
pero las husmeaba...

A beneficio de los huérfanos,
los huérfanos,
y de los pobres de la capital,
los huérfanos, los huérfanos
y de los pobres de la capital.

Y la de Floro Menor, de antepasados gloriosos,
flirteaba sin reposo en ausencia de su esposo
con un joven parecido a Rodolfo Valentino
Con un algo de cretino y un mucho de gigoló.
Pero flirteaba…

A beneficio de los huérfanos,
los huérfanos,
y de los pobres de la capital,
los huérfanos, los huérfanos
y de los pobres de la capital.

El duque don Baldomero
vomitaba con esmero
encima de un camarero
las huevas del esturión.

Y el conde de estropajera
de una forma harto grosera
pellizcó a una camarera
sin ninguna precaución.
Pero la pellizcó…

A beneficio de los huérfanos,
los huérfanos,
y de los pobres de la capital,
los huérfanos, los huérfanos
y de los pobres de la capital.

A las 10 de la mañana
los huerfanos trabajaban.
Y los pobres mendigaban.
Los invitados... roncaban!
Pero roncaban…

A beneficio de los huérfanos,
los huérfanos,
y de los pobres de la capital,
los huérfanos, los huérfanos
y de los pobres de la capital...”