sábado, 18 de junio de 2022

CARTAS SIN FRANQUEO (LXIV)- LA DESVERGÜENZA

¿Es la desvergüenza la falta de vergüenza, o es algo más? Ya sabes que, en estas discusiones semánticas que nos asaltan, lo primero que hago es recurrir al criterio de la RAE, que en este caso dice: “Falta de vergüenza y de respeto”. Ahí le duele. En la desvergüenza es componente fundamental el respeto, la falta de respeto, claro. Porque, si hubiera un mínimo respeto, un mínimo aprecio a la inteligencia ajena, al prójimo en general, la vergüenza sería inevitable, pero el descaro, el desahogo, la prepotencia, la desfachatez, la sensación de impunidad con la que muchos personajes públicos, sobre todo de la política, de la economía, de las variedades -¿a que suena antiguo?-  y del deporte, se mueven por el mundo, hacen que la desvergüenza sea una actitud habitual en sus desempeños, en sus declaraciones, en sus maneras y en sus desplantes. O sea, la actitud de los sinvergüenzas.

Pero, aunque la teoría siempre preserva al escritor del fondo de sus palabras, aunque el decir aquello que los que más ruido hacen quieren oír, siempre favorece la acogida y valoración de lo dicho, me voy a enfangar un poco más y voy a bajar a la arena de señalar a los desvergonzados mayores del reino, y del mundo, con sus nombres y apellidos. Por supuesto, y dado el clima de desvergüenza general que parece presidir el mundo, y este país, sí son todos los que están, pero no están todos los que son, porque para esto último necesitaría un libro. Eso sí, la desvergüenza no admite medidas ni comparaciones, por lo que el orden de aparición no presupone una escala de perfección en la actitud, ni ningún tipo de categoría o clasificación. Es más, no hay orden ni concierto en su relación. Todos ellos son desvergonzados contumaces y suelen hacer profesión de fe de sus desvergüenzas, y reclamarlas como si de un orgullo se trataran.

No quiero evitar la tentación de poner en cabeza de esta lista de personajes nefandos al Sr. Galán, don Ignacio, Presidente y Consejero Delegado de Iberdrola, que desde su desahogo económico, desde su poltrona sostenida por políticos y familiares de políticos de todo signo, se permite el lujo de llamar tontos a los consumidores que tienen dificultades en pagar al mes un recibo de la luz cuyo montante apenas llega a una décima parte de lo que él gana en un día. Y no contento con llamarnos tontos, nos presenta la palmaria demostración de que lo somos anunciando unos dividendos de más de cuatro mil millones de euros (>4.000.000.000€), sacados de los bolsillos de todos esos españoles, entre otros, que apenas logran llegar a final de mes. Hay que convenir que con la aquiescencia de los gobiernos, todos, de los legisladores, todos, y de los votantes que siguen votando a quienes lo han permitido, lo permiten y lo permitirán. Sin duda no es el único que hace fortuna a costa de las necesidades ajenas, pero sí el más locuaz, y el único que se ha permitido llamar tontos, en púbico, a sus explotados.

Sería injusto, dadas las intolerables consecuencias de su desvergüenza, tardar ni un segundo más en señalar al causante directo de miles de muertos, propios y ajenos, sin contar el hambre, la desubicación,  y la necesidad de millones de habitantes del planeta, cuya contumaz mentira, que nadie con un mínimo de vergüenza asume, apenas da para intentar disimular sus ansias imperiales: Vladimir Putin, a quién la historia reserva una plaza destacada al lado de los grandes asesinos de la humanidad. Claro que, si esto fuera algún tipo de galardón, este sería compartido; compartido por su aristocrática élite, compartido por sus ministros, generales y conmilitones, con Labrov al frente, compartido por todos esos anónimos, y no tan anónimos, voluntaristas que tiran de ética comparativa, o de similitud ideológica, para justificar lo injustificable, compartidos por los gobernantes afines que no lo condenan de forma tajante. Y compartido, no lo olvidemos, por todos aquellos que ordenan una, basta con una, muerte ajena para sus propios fines.

Y, sin salir de las noticias del día, no dejemos en el olvido a doña Mónica Oltra, flagelo de los imputados, apóstol de la diatriba política, azote de la sociedad heteropatriarcal, que en una pingareta léxica, hay que ver cuánto juego les da a algunos el fascismo, ha decidido que lo que es válido para los demás, no lo es para ella. Lo suyo es una “persecución política”, lo de los oponentes, no. Lo suyo, lo de su marido, no tiene nada que ver con ella, lo de los maridos de sus  oponentes, pongamos a la señora Cospedal, por ejemplo, era palmario que necesitaban de la complicidad de sus esposas. Y así sucesivamente. Claro que esta desvergüenza retransmitida, con luz y taquígrafos, no me parece muy distinta de la del señor Rato, de la del señor Echenique, de la del señor Iglesias, don Pablo, el moderno, de la señora Aguirre, de la señora Cisneros, de la señora Montero, y de todos aquellos cargos que pillados en un renuncio contrario a su palabras, buscan las mil escusas para no tener el comportamiento ético que le exigen a sus contarios, la dimisión inmediata y sin excusas. Y no olvidemos que, también en este supuesto, son solidarios de desvergüenza todos aquellos que teniendo la posibilidad de tomar medidas inmediatas, se ponen de perfil, y aquellos que por afinidad ideológica los disculpan, o incluso jalean.

Y ya que de políticos hablamos, no nos olvidemos de nuestro ínclito señor Sánchez, el mayor seguidor de las verdades marxistas de la historia, de don Groucho de hecho, de don Carlos de dicho, rey de la hemeroteca cambiante, polifacético personaje que puede tener una ética diferente como persona, otra como candidato y aún otra más como presidente. Su desvergüenza a la hora de mentir y no justificar las mentiras con un discurso que puede significar cualquier cosa, es democráticamente demoledora, es institucionalmente arrasadora. Y, una vez más, no nos olvidemos de su corte de sinvergüenzas aplaudidores, de su cla de militantes cómplices de sus hechos y de sus desvergüenzas. Podríamos destacar nombres, Carmen Calvo, María Jesús Montero, el señor Ábalos, el señor Illa, especiales protagonistas en el sostenimiento de la desvergüenza nacional. Nombro a estos en concreto, porque son los que más ahínco han puesto en la mentira continua, en el capotazo a la razón y a la verdad, pero mi omisión no exime a los no nombrados.

Y guardo sitio especial para el malhadado, el desvergonzado mayor de este gobierno, el capitán de uno de los mayores disparates de esta legislatura, que, lejos de presentar su dimisión inmediata, aún ahonda la herida con sus declaraciones, mentiras y correrías. Si, hablo de nuestro ínclito ministro de exteriores, hablo del sostenedor de una política exterior suicida, agravada por la situación internacional, hablo de don José Manuel Albares Bueno. Algo bueno tenía que tener, aunque solo fuera el segundo apellido.

No sería justo olvidar, en esta relación, a algunos personajes, algunos aun en activo, otros, afortunadamente, en el retiro de la historia de la desvergüenza. Este artículo carecería de rigor si en él no se menciona al señor Solbes (autor de la mentira que nos llevó a agravar un rescate y años de penuria que aún arrastramos), al señor Tezanos, inventor de la estadística ideológica, al señor Ruiz Gallardón, ministro responsable de encarecer la justicia para que no esté al alcance de todos, al señor Pere Navarro, recaudador mayor del Reino “por nuestro bien”, al señor Zapatero, principal valedor del forofismo y la radicalidad que hoy vivimos.

Tampoco olvidemos, siguiendo la actualidad, la desvergüenza de aquellos que aprovechan la relevancia obtenida con profesiones socialmente irrelevantes, pero altamente lucrativas, para exhibir ante los que no tienen acceso a ello, sus coches de lujo, sus mansiones, sus dilapidaciones, o como se come un chuletón bañado en oro. Su propio exhibicionismo habla de su carencia de valores, de su falta de vergüenza, de su nula conciencia. Por no hablar, que hablamos, hablamos, de todos aquellos que hacen de la venta de su intimidad, de su participación en exhibiciones de mal gusto y en programas deformantes y alienantes, su forma de vida. Todos ellos deberían de estar encuadrados en alguna profesión de contrastada antigüedad y nombre claro y conciso, sobre la que se discute su legalidad.

Y acabo, aunque esta carta pudiera parecer tan inacabable como la ristra de sellos que habría que poner para franquearla, como la desvergüenza que parece presidir tantas actitudes públicas y notorias. Acabo, con una mención especial al populismo, a los populismos radicales que mienten a sabiendas y se aprovechan de la credibilidad de muchos para medrar y hacer el  mundo peor. Acabo mencionando a Trump, a Bolsonaro, a Maduro, a Ortega, a Le Pen, a López Obrador, a Orbán, a Lukashenko, a Kadírov, y a todos esos líderes de la mentira y la tergiversación que parecen asomarse, cada vez más, a los puestos de poder que les permitan hacer un mundo más inhabitable, más insoportable, más devergonzado.

sábado, 11 de junio de 2022

CARTAS SIN FRANQUEO (LXIII) -LA SENSATEZ

 

Ha resultado cierto, y no me duelen prendas reconocerlo, que tu predicción sobre la intervención en el conflicto abierto con Argelia, en el sentido de que nuestros socios europeos iban a ser decisivos, ha resultado cierta, aunque no es menos veraz que esta intervención me recuerda mucho a aquellos episodios con mi madre en los que, tras haber hecho alguna trastada, o simplemente haberte salido del guión de niño bueno y obediente, mi madre, con una sonrisa escalofriante, ríase usted de la risa del Joker, decía aquello de:” aprovecha, aprovecha, que luego ya llegaremos a casa”.

Es verdad que, tras la admonición, una madre jamás amenaza, seguías haciendo aquello mismo que había provocado la intervención materna, orgullo obliga, pero en tu íntimo ser, tras tu sonrisa de yo hago lo que me da la gana, el frío del futuro se había adueñado de tus entrañas, y desgranabas, como en una letanía, la posible lista de penas que te aguardaban en el interior, tras la puerta de la celda, aquel mismo lugar que en otras ocasiones habías llamado hogar: “pescozón, zapatilla, bofetada”. Que duro y largo se hacía el camino. Que duro se hacía disimular ante los demás la zozobra, que se incrementaba según menguaba la distancia hasta casa. Cuantas alternativas de orgullosa, e imposible, rebelión se te pasaban por la cabeza. Cuanta suficiencia aparentabas para encubrir el ineludible destino que te aguardaba, cada vez más cerca, más cerca, a la vuelta de la esquina, traspasado el portón del portal, mientras la llave entraba en la cerradura. “Pasa, pasa”, aquel tono. Aquella mueca.

El episodio de Argelia no se ha acabado. Tras el respaldo de la UE, en la sonrisa de suficiencia de nuestro ministro de interioridades socialistas exteriores, me reconozco en los episodios con mi madre, vendrán las consecuencias: más pateras, el gas más caro, el peor trato posible en los temas bilaterales, pero eso, por supuesto, ya sucederá cuando lleguemos a casa, mientras tanto, sostenella y no enmendalla, aunque se caiga el mundo.

No sé, ni lo voy saber, ni lo vamos a saber en tanto en cuanto sea posible que lo ignoremos, si este episodio chusco, de vodevil o de opereta, de nuestra, mal llamada, inteligencia exterior, está relacionado con el no menos irrisorio de la intervención exterior de teléfonos de nuestros gobernantes, pero, como bien recoge el acervo popular en su sección de dichos y sentencias: “Si non e vero…”; o en esa aún más demoledora e indenfendible: “Cuando el río suena…”; así, inconclusas, que resultan aún más dañinas.

Yo, por no abandonar el hilo de los recuerdos infantiles, ni el de la cultura popular, tengo en la cabeza aquella, me cuesta llamarle juego, me cuesta definirla como trastada, provocación gansa en la que incurríamos cuando algún empleado municipal, en el desempeño de sus funciones, entonces habituales, casi diarias, armado de llave de paso en “T”, y un par de metros de manguera, procedía al riego refrescante de las calles, o al riego imprescindible de parques y jardines; provocación espontanea, sobre todo los días de calor, que se iniciaba con una cantinela, impensable si no era en grupo: “La manga riega, que aquí no llega”, coreábamos mientras, ante la aparente indiferencia del regante, nos íbamos acercando. Muchas veces el regante no estaba para bromas, e ignoraba a los gansos como quién ignora a las moscas, pero otras veces, que tampoco el regante estaba para bromas, te soltaba un manguerazo que te dejaba para tender al sol. Hoy en día, en el que este juego es impensable porque no puede trasladarse a ordenador o consola, el niño acudiría a sus padres para que le montaran una bronca al de la manguera, en aquel entonces, mi entonces infantil, lo sensato era buscar un lugar en el que el clima eliminara las encharcadas pruebas de lo sucedido, así te ahorrabas el pescozón, o el castigo, que era inevitable que te cayera si el episodio llegaba a oídos de tus progenitores. Alguno conozco que prefirió contar que se había caído al estanque, antes que narrar la humillante verdad del manguerazo frontal.

Claro que acabo de mencionar la sensatez, esa cualidad humana por la que, en cada circunstancia, se hace lo más conveniente. No lo mejor, no lo que más apetece, no lo que solicitan los afines, no lo que parece obligado por las circunstancias, simplemente lo que puede crear menos inconvenientes. Pero, convengamos, la sensatez es una cualidad en desuso, una rara avis en la vida cotidiana, y una especie extinta en el panorama político. El populismo imperante, que exige, para mantenerse, imponer una sinrazón, que promueve la necesidad de exaltar a los afines y zaherir a los que no lo son, se complementa con el frentismo, el exabrupto, la salida de pata de banco, la ocurrencia zafia y grosera, el insulto evidente y cómplice, pero con la sensatez no.

Con la sensatez casan la prudencia, la inteligencia, la fraternidad, el afán de servicio, y tantas otras cualidades que ni están, ni se las espera. Me gustaría pensar que, al igual que las golondrinas de Becquer, la sensatez volverá de los escaños sus nidos a colgar, pero estoy más en lo de Rubén Darío, y parafrasearlo diciendo aquello de:”Sensatez, divino tesoro, te vas para no volver”. Ya veremos.

domingo, 17 de abril de 2022

NO ES ESE MI CANTAR

¡Oh, no eres tú mi cantar
no puedo cantar, ni quiero
a este Jesús del madero
sino al que anduvo en la mar!” (Antonio Machado/Joan Manuel Serrat)

Será el olor, será el sonido, o la belleza que emana de unas figuras bellísimas, empeñadas en repetir, año tras año, durante siete días, escenas cuya carga dramática, amplificada por los lugares, por las gentes que las acompañan, por la música que marca su paso, o la que lo interrumpe, arrancada en un “quejío” de saeta que busca la emoción de los que la escuchan, y la admiración hacia el que la canta, lo que hace que la gente se congregue a su paso, unos para emocionarse con el significado religioso de la procesión, otros llamados por la belleza dramática de la representación, casi todos para compartir esa emoción de las grandes manifestaciones humanas, que necesitan del calor de los demás para retroalimentarse, que necesitan de los cinco sentidos para captar todo su significado.

Buscar el escenario más adecuado para apreciar la belleza global de la escenificación, la simbiosis perfecta entre la música de acompañamiento y el baile de los costaleros -he de reconocer que en ese sentido las procesiones con costaleros superan ampliamente en emoción a las que procesionan sus pasos sobre ruedas-, esa calle estrecha y esa curva que obliga a la perfección de la maniobra sin perder el efecto hipnótico del movimiento,  sin perder el compás del sonido que se acomoda a la necesidad de contención del paso, para una vez acabada la maniobra, enfilada de nuevo la calle, cambiar a un ritmo más vivo, al tiempo que los costaleros arrancan, casi con rabia, con satisfacción, se diría que con orgullo, en un tirón evidente, emocionante, el paso largo, y la gente prorrumpe en aplausos premiando el momento de emoción, de entrega, el tiempo de entrenamiento, las órdenes precisas que lo han hecho posible, inundado el ambiente por el aroma de las flores, del incienso, de la cera, que inunda tus fosas nasales, y la luz de los faroles, de las velas, de los cirios, que enmarcan todo el suceso, es el papel de cada uno en la representación global, comunal, que la procesión elabora con los sentimientos individuales.

Mi sentido de las procesiones es laico, es estético, es contemplativo, “no puedo cantar, ni quiero”, no puedo compartir, ni entiendo, la proyección mística de lo que admiro, comparto, desde una emoción diferente, pero sí sé que el día que las procesiones dejen de emocionar a la gente, dejen de recorrer las calles, dejen de ofrecer gratuitamente su belleza estética, su libreto de una historia trascendental para nuestro sentido de la sociedad y de la vida, habremos perdido, una más, otra oportunidad de mirar en nuestro interior y encontrar profundidades que solo la capacidad de emocionarse puede traer ante nuestros ojos acostumbrados a mirar sin ver, ante nuestra conciencia acostumbrada a aceptar sin reflexionar, a justificar sin asumir.

Hay una cantidad considerable de personas cuya intransigente posición, diría furibunda, rabiosa, irracional, los lleva a posturas de desprecio, de falta de respeto y criterio, respecto a estas manifestaciones del sentir ajeno, simplemente porque las identifican, con una mirada miope, ofuscada, con un sentido religioso patrocinado por una Iglesia llena de contradicciones y conductas reprobables, más en su cúpula que en su base, olvidando que esa iglesia se arroga unilateralmente un mensaje que en realidad nos pertenece a todos, un sentido de la vida, unos valores, que son patrimonio de todos aquellos que hemos nacido bajo su influencia. Y, en esa actitud, mencionan a las partes por el todo, juzgan a las partes por el todo, se permiten ignorar, interesadamente, que son las partes lo único salvable de un todo que, lo comparto, se ha olvidado de la práctica enredado en la liturgia, y los mensajes adoctrinantes.

Pero, curiosamente, la mayoría de ellos lo hacen desde una militancia que incurre exactamente en los mismos errores, desde estructuras de opinión que intentan apoderarse de la opinión de las partes  para justificar sus propios fines, sus propias ambiciones, su propia necesidad de adoctrinar a la sociedad para que sean como ellos quieren, su propia forma de buscar las soluciones. Su populismo.

No es ese mi cantar, no es mi cantar el religioso, el de la fe mística de ninguna de las religiones que conozco, el de la liturgia y los sentimientos que se olvidan al abandonar el templo. No, efectivamente, no es ese mi cantar, pero tampoco puedo cantar, ni quiero, a ese laicismo militante, sustitutivo, antieclesiàstico, de pensamiento único, de moral férrea impostada e impuesta, que pretenden venderme desde una tribuna que solo ellos se han atribuido, desde una certeza moral que solo los soberbios, los iluminados, pueden sostener sin rubor, sin cuestionamiento.

No, no quiero cantar a ese Jesús del madero, porque mi fe, mi falta de fe, no me lo permite. Tampoco al que estuvo en la mar, porque es el mismo que el del madero, aunque su ropaje, el escenario en el que se mueve, sean diferentes, pero sí quiero cantar a ese Jesús generoso, que no se si existió, que no se, en caso de haber existido, si era hijo de dios con la exclusividad que nos descarta a los demás en tal consideración de primogénito y favorito, pero que, más allá de tales cuestiones, nos dejó un mensaje de sencillez, de solidaridad, de humildad, de libertad, que no permite a nadie hablar en su nombre sin faltar a su mensaje.

Sí, ese sí es mi cantar.

viernes, 15 de abril de 2022

Cartas sin franqueo (LVI) - Demonizar

Hace ya tiempo, un tiempo largo y complejo, que no cogía los trastos de escribir, el recado, tal como se ha llamado habitualmente, para comentar contigo alguna cuestión que en nuestras conversaciones ha quedado en el aire. Y es que han sido tiempos en los que la actualidad se ha impuesto al pensamiento, aunque reconocer esto, que no es coyuntural, si no cultural, es reconocer un fracaso, una aberración difícil de justificar, propia de nuestra civilizada incivilidad.

¿Cómo puede la actualidad, que es el pensamiento de lo que está sucediendo, imponerse al pensamiento, que es el análisis actual de lo que nos rodea? Pues puede, puede. Puede desde el  momento en el que consideramos que la actualidad es aquello que las fuerzas sociales, económicas, políticas, consideran que es importante, y lo consideran imponiendo la importancia de los temas seleccionados por ellos a la importancia de los temas que configuran nuestra preocupación diaria.

De esta forma nos fuerzan a participar en un estado de opinión que evita, que en realidad duerme, la necesidad imprescindible para nuestro bienestar, de tener una opinión del estado, y en este asunto, como es evidente, el orden de los factores sí altera el resultado, aunque esta expresión matemática carezca de gestión emocional, o de perspectiva de género, como carecían las matemáticas que los pitagóricos, allá en su Grecia clásica e insensible a cuestiones tan fundamentales para la ética actual, tenían a bien enseñar y aprender. Aunque más vale no decirlo mucho, muy alto, porque algún especialista en linchamientos históricos, y hay bastantes, puede decidir que hay que acabar con las enseñanzas pitagóricas y acabar con el prestigio matemático del mismo Pitágoras, si alguno de ellos llega a valorar que Pitágoras, tan ajeno entonces a la actualidad actual, cometió alguna incorrección ética, los griegos eran muy dados al culto a los efebos, y al sexo con menores, por poner un ejemplo, que ofenda al criterio moral de los actuales censores de comportamientos ajenos. Y este criterio, que solo obedece a la actualidad creada, y proyectada indiscriminadamente de forma intemporal y universal, es una elaboración perversa de ciertas minorías egoístas, pacatas, victorianas, timoratas, castrantes, censoras, puritanas, que buscan imponer esos criterios sobre el resto de la sociedad, mediante el acoso, el miedo a la exclusión social y a la demonización de los señalados.

Que, por cierto, de eso es de lo que quería comentarte. Ese es el verbo que me hizo salir de mi “enmimismamiento” de actualidad impuesta, y coger el recado electrónico, ya me va costando hasta escribir a mano un cheque, para dirigirte estas letras, el verbo DEMONIZAR: “atribuir a alguien, o algo, cualidades, o intenciones, en extremo perversas o diabólicas”.

Veía, hace un par de noches, una serie española, “Sentimos las Molestias”, que protagoniza, entre otros, Resines, que encarna a un prestigioso, y laureado, director de orquesta, que, en un momento determinado, en un momento en el que se encuentra sumido en una situación personal, y sentimental, traumática, busca, como hace cualquiera que no sea un guionista sensible al acoso, o un integrante de los grupos censores, una relación en su entorno más cercano, e intenta besar a una intérprete de su orquesta, intenta besarla, sin insistencia, sin ningún otro gesto o actitud de perseverancia o continuidad, que lo rechaza hasta el límite de poner en conocimiento de toda la sociedad que los rodea, la orquesta, sus administradores, una actitud de acoso, que él, además, y en esto solo el guionista tiene la responsabilidad, asume inmediatamente como perversa. Habla incluso, en el colmo del delirio militante, de hacer un “Plácido”.

El desarrollo es terriblemente adoctrinante, la actitud de la intèrprete, puritana e intransigente, la intención de la narración moralizante hasta extremos intolerables, y el resultado de lo contado desmoralizador. No llega a la infumable “Todos Mienten”, que basa todo su desarrollo, suponiendo, que es mucho suponer, que tenga desarrollo, en contar una historia que se sabe como acaba antes de haber empezado, porque los censores de lo ajeno, profesionales, los creadores de opinión socialmente tolerable, los linchadores públicos, no permitirían jamás otro final diferente. Una serie en la que los personajes son planos, los actores máscaras y el guión un discurso militante, moralizante, pretendidamente ejemplarizante, cabreante, insisto, castrante.

La aplicación demonizadora, demoledora, incuestionable, del castigo público, del linchamiento, sin opción de defensa,  a cualquiera que incurra en la ira impostada de estos grupos, es algo que el futuro estudiará con pasmo, mientras recupera el prestigio artístico, profesional, de gente cuyos comportamientos, cuya responsabilidad legal, debe de ser exigida, pero a la que se lincha en actividades desarrolladas con prestigio, e, incluso en ocasiones, con un claro beneficio social en esa actividad. Yo no puedo saber, ni me corresponde hacerlo, si Plácido Domingo mantuvo actitudes incorrectas en su momento, ni siquiera si en aquel momento eran incorrectas, o lo son solo vistas desde ahora, pero si sé que usar su nombre para definir una conducta teóricamente reprobable, conducta que nunca tuvo intención de ser incorrecta más que en la interpretación de la agraviada, es de una desfachatez militante, es de una intolerancia demonizadora.

Como sé que cualquier abuelo, seguramente muchos padres, de los que por la vida vamos con la conciencia bastante tranquila, y algunos años, bastantes, a cuestas ,hemos robado algún beso en algún momento, hemos incurrido en actitudes que ahora, hoy por hoy, no tendrían justificación en ciertos círculos de moral puritana, dogmática, pero que en su momento obedecían a unas leyes del galanteo, que en aquel punto concreto de la historia se ajustaban a los valores y actitudes imperantes, y que no pueden ser juzgadas, ni valoradas según los valores y circunstancias de la actualidad. Y, por supuesto, no hablo de propasarse, no hablo de obligar, forzar o violar, faltaría más, hablo, simplemente, de que a la mujer se la educaba en negar cualquier acercamiento carnal, y a los hombres en intentar derribar la barrera que se nos oponía. No había nada perverso en ello, todos conocíamos los límites, todos compartíamos las reglas con las que relacionarnos, todos, según las pacatas reglas de ciertos grupos preponderantes, fuimos acosadores, hicimos “Plácidos”, o, si la otra persona nos gustaba mucho, pudimos llegar a ponernos pesados, sin perturbar, dentro de las reglas que entonces conocíamos, vivíamos, sin ningún tipo de intención vejatoria o discriminadora.

Demonizar es una actitud claramente militante, claramente puritana, claramente adoctrinadora, que no busca otra cosa que atemorizar, que imponer a la sociedad, por la vía de la coacción, actitudes elegidas por unos cuantos que, más allá de su pertinencia, de su conveniencia, deben de ser adquiridas por la educación, por la formación, por la madurez de un pensamiento individual que la actualidad demonizadora, globalizante, coercitiva, impide. Demonizar es una forma de hacerse, desde una perspectiva ideológica, con la capacidad de juzgar una historia en la que no se ha participado, ignorando todo aquello que no sean los hechos interpretados desde el dogmatismo militante, desde la absoluta ignorancia, voluntaria, intencionada,  de las circunstancias históricas que los ocasionaron. Demonizar es buscar el daño interesado, interesado por actitudes minoritarias, doctrinales, más allá de la responsabilidad legal, incluso cuando esta no existe. Demonizar es llevar lo personal a lo profesional, lo privado a lo público, y hacer un "totum revolutum" donde el revanchismo impere sobre cualquier otra opción. Demonizar es denunciar con rabia, con afán de dañar más allá del daño recibido y solo con el afán de lastimar sin límite, sin caridad. 

En fin, voy a acabar con estas mis palabras, no vaya a ser que alguien demonice su extensión, y no vuelva a leerme, ni a saludarme, y además considere que puede llamarle un “Rafael” a cualquier escrito con más de doscientas palabras, lo que se llama un “twiter”.  

sábado, 2 de abril de 2022

AND THE WINNER IS

Insisto, yo no voy a hablar de la guerra, de ninguna, pero la situación actual de los sucedidos, varios y variopintos, casi todos violentos, me ha traído a la mente una famosa frase que, por una vez, no es un refrán español, si no una recurrente frase inglesa, que además está de actualidad: “And the winner is…”, que suele ir seguida de una pausa dramática, y,  finalmente, el nombre del vencedor que provoca un estallido de aplausos y vítores del público presente, casi siempre.

Vamos a probar, a ver si funciona, y, dado el ámbito no presencial, doy licencia a los lectores para no prorrumpir en aplausos y vítores, ruego que tampoco abucheos, y rellenaré la pausa dramática de un texto que nos vaya conduciendo hasta el nombre final del “winner”.

AND THE WINNER IS…” (inicio de la pausa dramática)

La primera ocurrencia es que voy a hablar de los Oscar, de la ceremonia de entrega de los Oscar, que tanto juego están dando en la prensa, en los corrillos de toda la vida, y en los actuales, que ahora se llaman redes sociales, pero que solo se diferencian con los de la vieja del visillo en la capacidad de difusión de los chismes.

No, no tengo ninguna intención de hablar de Will Smith, ni como persona, ni como personaje, ni como actor, ni como sujeto patológicamente agresivo (característica que además desconozco personalmente), ni siquiera del patoso cómico que dio pié al episodio, ni de la liberal esposa, según los que todo lo saben sobre los demás, que sufrió la patosidad del “cómico”, y ex amante, según las mismas fuentes.  Lo primero porque no los conozco personalmente, no tengo el placer, ni la desgracia, y por tanto todo lo que puedo decir lo he oído, y ni me fío de mi sentido del oído, ni me fio de lo que dicen esos demás que hablan de estas cosas. Y lo segundo, y principal, porque me importa un ardite la bofetada, el sujeto que la dio, el que la recibió, la pasiva causante del acto, la indignación social de los indignados profesionales, y la madre que los parió a todos. Sea quien sea el “winner “ del episodio, mi vida va seguir siendo la misma.

Que no, que tampoco, que no tengo ningún interés en hablar del congreso del PP. Al fin y al cabo ya sabemos quién es el ganador evidente, que bonito es el guiñol, el perdedor incuestionable, la triunfadora del momento, momentos habrá para pasarle cuentas, y los palmeros de la aclamación de turno. No hay posibilidad de pausa dramática, no en este momento.

A pesar de lo que algunos puedan pensar, no, tampoco voy a hablar del gobierno, tampoco esta vez me voy a parar en incongruencias, inutilidades, pasividades , mentiras, populismos y errores, supuestos errores, con las que convivimos día a día, en principio porque no toca, pero, en esencia, porque en este caso el “winner” es tan claro que no quiero ofender a nadie nombrándolo directamente. Solo la gran empresa y sus acólitos locales saldrán de esta crisis, y de las medidas de un “gobierno de izquierdas”, favorecidos por la situación que eloos mismos está creando.

En el hipotético caso de que quisiera hablar directamente de este tema, cambiaría la frase, y el sentido y entonación de lo escrito. La frase en este caso sería “AND THE LOSER IS”, y sin pararme en pausa dramática alguna, porque ya bastante dramático es el resultado, nombraría a la clase media, a la clase baja, a los profesionales no especializados, a los grupos económicos sin capacidad coercitiva, sin organización que los represente.

Tampoco, que también podría ser, voy a hablar de la marchita huelga del transporte, del abandono que, por veinte virtuales y cochinos céntimos, virtuales porque primero los subieron para luego descontarlos a costa de nuestro propio dinero, de ese que no es de nadie, y cochinos por poco significativos, han hecho la mayor parte de los huelguistas sin reparar que a la vuelta de seis meses, dada la tendencia del mercado y la absoluta ineficacia de la medida en las circunstancias actuales, estarán peor que ahora, y ya nadie creerá en ellos.

También en este caso tiene poca emoción señalar al vencedor, y sería más correcto hablar de los perdedores, los huelguistas, los consumidores más frágiles, los contribuyentes.

Y, finalmente, para que la pausa dramática acabe siendo dramática, y no inadecuadamente larga, tampoco voy a nombrar al vencedor del conflicto ruso-ucraniano (ucranio, que dicen los modernos), porque no creo que, en la situación actual, visto lo visto, que haya ningún vencedor, ni vencido. ¿Apostamos a que, como si de unas elecciones se tratara, al final todos se considerarán vencedores? Porque, cuando empezó la invasión rusa, esa que algunos intentan justificar tirando de épica comparativa, todos suponíamos una victoria por aplastamiento. Por aplastamiento militar, por aplastamiento tecnológico, por aplastamiento numérico, por aplastamiento de inteligencia. Y si no ha sido al revés, aunque ya veremos, sí que la evolución marca escenarios insospechados por los que no estamos en los entresijos íntimos del poder mundial.

(Fin de la pausa dramática), “… ¡¡¡¡¡¡¡CHINAAAAAAA!!!!!!!. (léase como el famoso ¡¡¡¡¡ Pedroooo!!!!!)

¿China?, me preguntan todos al leer. Sí, china. No ha entrado en la guerra, todos miran hacia ella esperando una influencia que ni ejerce, ni deja de ejercer, sobre Rusia. Y sus actos, a nada que se examinen, marcan claramente una estrategia de recogida de frutos.

(Discurso de agradecimiento, en este caso reflexivo)

El mundo es bipolar (tres son multitud), siempre lo ha sido, y se divide entre dos potencias, entre dos formas de ver la vida, y de ver la bolsa, que se enfrentan por una preponderancia. Todas las potencias de la historia han tenido su contraria, y todas han resuelto su choque mediante la guerra, pero la barbarie de las dos guerras mundiales abrió unas expectativas diferentes. Ya la guerra, la guerra total, de enfrentamiento directo, no parece el instrumento deseable porque puede derivar en la destrucción de todos, y ese nunca ha sido el objetivo. A cambio salpicamos el planeta de guerras locales, de guerras civiles, de guerras de desgaste, con diferentes motivaciones, en las que cada potencia, con más o menos claridad, apoya a uno de los bandos. Y así se va solucionando el tema.

Y de repente, una potencia, en declive por lo que la misma guerra está  mostrando, entra en una guerra de influencia para la que lo evidente demuestra que no estaba preparada, y se deja en ella el prestigio, la economía y, casi con toda seguridad, potencial nuclear aparte, el reconocimiento internacional de superpotencia. Mientras, China, trabaja con primor la manzana envenenada de dar todo su apoyo moral, a Rusia, pero solo moral. Ni económico, ni armamentístico, ni militar, mientras contempla como su “amigo” se estrella, se derrumba, se empobrece, y le deja el camino expedito para ocupar el trono de segunda superpotencia mundial y contrapeso ideológico, económico, social, a la superpotencia que representa la OTAN, como concepto político, no militar, sin tener que mancharse las manos más allá de las palabras que encelan a su “amigo” y le enseñan a los contrarios quién es ahora el oponente a tener en cuenta.

Pase lo que pase en el campo de batalla, Rusia ha perdido su estatus, lo está perdiendo a cada día que pasa, y, sin dudarlo, en todos los ámbitos, “the winner is China”, y, por ausencia directa, al igual que China, los Estados Unidos de América, que junto a los Estados Unidos de Europa, conforman la alternativa. Queda por dilucidar como ambos bloques van a ir posicionando a los que quedan fuera.

Fin de la ceremonia.

sábado, 12 de febrero de 2022

Cartas sin franqueo (LV)- El pueblo insustancial

Tal vez tengas razón, me quejo tanto del uso inadecuado de las palabras, que la frecuencia de mi queja hace que se pierda parte de la hondura del sentimiento y de la gravedad de lo que denuncio. Mi misma queja incide en el daño irreparable que las malas artes políticas hacen al lenguaje, y la incapacidad de centrar los conceptos cuando queremos expresar alguna idea, porque ese concepto central de nuestra reflexión, debido a su uso continuo y perverso, ha perdido la esencia misma de su significado.

Así que cuando hablamos sobre este sujeto amplio, indeterminado, que a lo largo de la historia ha sido nombrado de varias formas, tengo que recurrir a definiciones complejas para evitar que mis palabras se asocien al concepto insustancial, manipulado y pervertido, que su utilización fraudulenta, por parte de los políticos, ha dejado tras su abuso.

Ya no puedo hablar de pueblo, porque el pueblo es esa masa amorfa cuya representación invocan todos los políticos sin que ninguno de ellos pueda justificarla con los apoyos recibidos, y en nombre de cuyo bien y bienestar toman las decisiones más perniciosas y contrarias al sentir de los que no los han votado. Ya no puedo hablar de la clase trabajadora, incluyamos el término obrero, porque el discurso marxista me retrotrae a una clase explotada, industrial, decimonónica, que nunca ha existido en España en general, aunque si en Cataluña, en Euskadi y en las zonas mineras. Tampoco puedo hablar de los humildes, de los pobres, porque mi concepto de los más desfavorecidos de la sociedad dista mucho de coincidir con la imagen que el populismo nos ha dejado asociado a ese término. Para que hablar de ciudadanos, que sirve lo mismo para dar nombre  a un partido político que no los contempla, que a una forma de dirigirse a la gente en general, otorgándole de palabra unos derechos, unas potestades, que sus propios actos les niegan. Tampoco puedo hablar de mayoría silenciosa, porque el término silencioso supone una actitud voluntaria, que no se corresponde con la realidad de mayoría acallada que realmente vivimos. Acallada con unos mecanismos de representación perversos que hurtan la posibilidad de demostrar la disconformidad.

Así que cuando quiero referirme a esa gente, a esas personas, que no se sienten identificadas con el forofismo militante de los que pretenden apropiarse de su representación, sin que ellos se la hayan otorgado, cuando quiero referirme a esa mayoritaria cantidad de la población adulta que sufre de hastío cada vez que oye las altisonantes palabras de los políticos en campaña, que no tienen otro objetivo que el aplauso fácil de los suyos, y la exhibición chulesca de su desfachatez, me encuentro con el problema de que no existe ya, lo han logrado, un término que me permita identificarlos.

Pero es en su nombre, en su acallamiento, en la suplantación de su representatividad, en el que se cometen toda suerte de bellaquerías, infamias y falsedades. Es en el vaciamiento del significado real de su nombre que se les ningunea, ignora, somete y, en muchos casos, humilla, con el descaro del que presupone su impunidad frente a las tropelías cometidas.

Tal vez pudiera hablar de todo el mundo, concretar en todo el mundo hispano, pero tengo la casi certeza de que lo de este país es especialmente grave, especialmente sangrante.

Es en este país donde podemos parafrasear a Unamuno, y decir sin empacho: “que gobiernen ellos”, y quedarnos tan panchos, tan satisfechos, porque en esa delegación, implícita, que no expresada, se consigue un doble, doblemente denigrante, objetivo, eximirse de responsabilidades, y adquirir el derecho a criticar, criticar que no censurar, que no exigir responsabilidad o corrección de lo incorrecto, cualquier cosa que suceda y no sea de nuestro agrado. Y así, entre el acallamiento de unos, el desinterés de la mayoría, el pasotismo exhibicionista de muchos, y la absoluta falta de ética y de compromiso social de la mayoría de la clase política que llega a los puestos relevantes, parece ser que estas dos características son fundamentales para medrar en ese mundo, junto con la mediocridad y la falta de experiencia en el mundo real, nos coloca en una situación de degradación de lo cotidiano, que no por históricamente habitual, es más asumible.

La libertad, esa invocación que no se nos cae de la boca, ese derecho fundamental, sin el cual los demás nos son más que palabras, ese concepto que hace que el hombre se plante ante sí mismo y sea capaz de plantearse sus grandes metas, parece ser que solo nos atrae si se nos ofrece tutelada.

¿Libertad tutelada? ¿Es posible? En todo caso habría que preguntarse si somos capaces de ser realmente libres, si somos capaces de ser realmente responsables, si somos capaces de alcanzar nuestros derechos, porque los concedidos, los regulados, los invocados, no son más que palabras tan sin sustancia, tan vaciadas, como lo son pueblo, obrero, ciudadano o democracia. Conceptos que algunos usan, deforman y vacían según su criterio y conveniencia.

domingo, 6 de febrero de 2022

Cartas sin franqueo (LIV)- El encanallamiento

 Posiblemente tengas razón, aunque yo no lo vea así, y el encanallamiento de la vida española sea una consecuencia del desastre político al que asistimos a diario, pero, y voy a intentar razonarlo, ese movimiento de degradación pública y privada, del que tú tienes tan claro el flujo, puede producirse justo al revés. Es más, puede que sea un movimiento de vaivén en el que cada oscilación aumenta el encanallamiento del anterior.

Porque de eso se trata, de encanallamiento, de una pérdida de valores personales y colectivos, públicos y privados, que afectan directamente a los dos valores principales que sostienen a los demás, la libertad individual y la democracia institucional, y ambos, la calidad actual de ambos, deja mucho que desear.

Pero hablar de la consecuencia, sin hablar de síntomas y caminos, es poco más que una falacia. No se llega a la situación actual sin un recorrido culpable, sin una dejación de responsabilidades, sin una ceguera pertinaz, consentida y jaleada, sin una aplaudida falta de autocrítica. Pasar del fanatismo a la desfachatez, y a la exhibición y presunción de impunidad, con la que asistimos todos los días a aconteceres públicos, semipúblicos y privados, a acciones absolutamente aberrantes, que intentan presentarse como necesarias e, incluso, como beneficiosas para la sociedad, cuando es evidente que su falta de ética es tan perversamente dañina que enmascara cualquier posible beneficio de otro tipo, es una camino que ha de hacerse, que se ha hecho.

Tú sostienes, y es en lo que no vamos a estar de acuerdo, que el encanallamiento de la vida cotidiana es consecuencia del de la vida pública, política, y yo no estoy de acuerdo por los motivos que ya te dije. Es tal el nivel de encanallamiento en el que nos hemos acostumbrado a vivir, entre mentiras, corrupciones, medrajes, mediocridades ensalzadas y desfachatez para asumirlas sin complejos, ni responsabilidad, que hablar de libertad es una entelequia, y hablar de democracia es solo otra mentira.

El camino se inició, el de la desfachatez, el del autoritarismo mentiroso, el de la mentira que justifica los actos, allá por el gobierno de Aznar, durante el cual la corrupción, y no solo del partido en el gobierno central, también de los gobiernos autonómicos de todos los colores, se empezó a enmascarar con gestos de sobreactuación cómplice, y esa corrupción le sirvió a Zapatero para iniciar un periodo de frentismo radical que aún no hemos podido superar, y que llevó a un episodio tan chusco, lamentable y degradante, como el famoso debate de Solbes negando, con fines electorales, una crisis mundial que fue el detonante de una crisis nacional de dimensiones catastróficas para la economía del país. Y esta crisis, a su vez, fue la excusa perfecta para un gobierno, el de Rajoy, basado en el tancredismo y el autismo institucional, ciego y sordo a cualquier objetivo que no fuera el económico y a cualquier medio que no fuera el recorte de derechos y servicios sociales, todo ello rodeados de escándalos de corrupción de los que no salía otra responsabilidad que la del directamente acusado, la impunidad como referencia de las altas jerarquías del partido, lo que llevó a un clima irrespirable, que bien trabajado  posibilitó la irrupción de una nueva fase, de un ¿líder? cuya máxima es que cualquier daño ético ya lo curará el tiempo y cuya falta de verdad, de valores y de humildad nos han llevado al estado actual, en el que la democracia es una palabra, la libertad se mide por la capacidad de hacer lo que nos da la gana y la ética solo se aplica en modo comparativo. Y ese camino desemboca en una de las épocas más oscuras, democráticamente hablando, y desmoralizantes de la historia reciente de nuestro país. Si te sirve como ejemplo, el mercadeo y final chusco de la reforma laboral, pactada por un gobierno de limitada representatividad, que no avalan los socios que lo llevaron a gobernar, y unos supuestos representantes sociales que solo representan a una ínfima parte del entramado laboral español (hablo de números reales, no de conceptos deformables), a espaldas de las verdaderas necesidades de un momento difícil, y vendida como un compromiso, falso compromiso ya que el compromiso era otro, de los partidos en el gobierno con sus votantes, sabiendo, porque lo sabían, desde antes de comprometerse, que no tenían ninguna posibilidad de  derogar la ley anterior en el entorno globalizado en el que vivimos.

Y así leído, así planteado, tú tienes razón, pero si lo examinamos con un poco más de perspectiva, si abrimos nuestro espectro de visión para hacerlo más amplio, podremos observar un fenómeno paralelo, un poco anticipativo, que permite este proceso degradante que estamos viviendo, que justifica el populismo que nos está dominando y que conlleva que no nos quede, ni siquiera, la palabra.

Pensemos una cosa, José María Aznar es, de facto,  el primer representante no histórico de los partidos mayoritarios, el primer presidente del gobierno ajeno al proceso constituyente, ajeno a la transición, y, a partir de él, todos los demás tienen esa misma característica. Todos tienen ese algo en común, algo que no habían tenido los anteriores: gobiernan para sus partidos, o para ellos mismos y su cúpula, no para el país, no con un proyecto de estado. Gobiernan según sus programas, o no, pero siempre de espaldas a las necesidades cotidianas, del pueblo llano, de los no militantes.

Hay dos procesos populares que contribuyen de forma determinante, si no son el origen, de esta incapacidad de asumir las responsabilidades, de este criterio de que mentir soluciona cualquier error, de que hacer lo contrario de lo que se ha comprometido se soluciona con aplausos, con adhesiones inquebrantables, con la ignorancia, o prohibición, de la crítica. El primero son las elecciones primarias, que tan de moda democrática se han puesto y que significan, ni más ni menos, que el candidato elegido es aquel que más puede encender la pasión fanática de los militantes. Nadie piensa en el país a gobernar, nadie piensa en las propuestas políticas del candidato, nadie exige la viabilidad o capacidad de hacer viables esas propuestas, solo importa despertar el fervor de la masa, el populismo. El segundo factor es el fanatismo, seguramente el más dañino y degradante de los factores, porque elimina la capacidad de autocrítica, la capacidad de rigor ético, de una fuerza política.

Si la verdadera democracia reside en el pueblo, que es al mismo tiempo objeto y garante de esa democracia, que es al mismo tiempo sujeto de los derechos que sus representantes tienen que defender, y censor de las malas actuaciones de esos gobernantes, y ese pueblo, en el caso de los partidos sus militantes y simpatizantes, renuncia a esa censura, encanallado en un fanatismo que ampara cualquier actuación de los suyos, la democracia ha dejado de existir, y el gobernante entra en una frase de impunidad, de desfachatez, de encanallamiento.

Y ahí estamos, en el fanatismo, en el forofismo, en la mentira, en el autoritarismo, de momento temporal, en el populismo, en los falsos valores, en la mentira sin consecuencias, en la impunidad, en la desfachatez, en, en definitiva, el encanallamiento del que te hablaba.