domingo, 17 de abril de 2022

NO ES ESE MI CANTAR

“¡Oh, no eres tú mi cantar
no puedo cantar, ni quiero
a este Jesús del madero
sino al que anduvo en la mar!” (Antonio Machado/Joan Manuel Serrat)

Será el olor, será el sonido, o la belleza que emana de unas figuras bellísimas, empeñadas en repetir, año tras año, durante siete días, escenas cuya carga dramática, amplificada por los lugares, por las gentes que las acompañan, por la música que marca su paso, o la que lo interrumpe, arrancada en un “quejío” de saeta que busca la emoción de los que la escuchan, y la admiración hacia el que la canta, lo que hace que la gente se congregue a su paso, unos para emocionarse con el significado religioso de la procesión, otros llamados por la belleza dramática de la representación, casi todos para compartir esa emoción de las grandes manifestaciones humanas, que necesitan del calor de los demás para retroalimentarse, que necesitan de los cinco sentidos para captar todo su significado.

Buscar el escenario más adecuado para apreciar la belleza global de la escenificación, la simbiosis perfecta entre la música de acompañamiento y el baile de los costaleros -he de reconocer que en ese sentido las procesiones con costaleros superan ampliamente en emoción a las que procesionan sus pasos sobre ruedas-, esa calle estrecha y esa curva que obliga a la perfección de la maniobra sin perder el efecto hipnótico del movimiento,  sin perder el compás del sonido que se acomoda a la necesidad de contención del paso, para una vez acabada la maniobra, enfilada de nuevo la calle, cambiar a un ritmo más vivo, al tiempo que los costaleros arrancan, casi con rabia, con satisfacción, se diría que con orgullo, en un tirón evidente, emocionante, el paso largo, y la gente prorrumpe en aplausos premiando el momento de emoción, de entrega, el tiempo de entrenamiento, las órdenes precisas que lo han hecho posible, inundado el ambiente por el aroma de las flores, del incienso, de la cera, que inunda tus fosas nasales, y la luz de los faroles, de las velas, de los cirios, que enmarcan todo el suceso, es el papel de cada uno en la representación global, comunal, que la procesión elabora con los sentimientos individuales.

Mi sentido de las procesiones es laico, es estético, es contemplativo, “no puedo cantar, ni quiero”, no puedo compartir, ni entiendo, la proyección mística de lo que admiro, comparto, desde una emoción diferente, pero sí sé que el día que las procesiones dejen de emocionar a la gente, dejen de recorrer las calles, dejen de ofrecer gratuitamente su belleza estética, su libreto de una historia trascendental para nuestro sentido de la sociedad y de la vida, habremos perdido, una más, otra oportunidad de mirar en nuestro interior y encontrar profundidades que solo la capacidad de emocionarse puede traer ante nuestros ojos acostumbrados a mirar sin ver, ante nuestra conciencia acostumbrada a aceptar sin reflexionar, a justificar sin asumir.

Hay una cantidad considerable de personas cuya intransigente posición, diría furibunda, rabiosa, irracional, los lleva a posturas de desprecio, de falta de respeto y criterio, respecto a estas manifestaciones del sentir ajeno, simplemente porque las identifican, con una mirada miope, ofuscada, con un sentido religioso patrocinado por una Iglesia llena de contradicciones y conductas reprobables, más en su cúpula que en su base, olvidando que esa iglesia se arroga unilateralmente un mensaje que en realidad nos pertenece a todos, un sentido de la vida, unos valores, que son patrimonio de todos aquellos que hemos nacido bajo su influencia. Y, en esa actitud, mencionan a las partes por el todo, juzgan a las partes por el todo, se permiten ignorar, interesadamente, que son las partes lo único salvable de un todo que, lo comparto, se ha olvidado de la práctica enredado en la liturgia, y los mensajes adoctrinantes.

Pero, curiosamente, la mayoría de ellos lo hacen desde una militancia que incurre exactamente en los mismos errores, desde estructuras de opinión que intentan apoderarse de la opinión de las partes  para justificar sus propios fines, sus propias ambiciones, su propia necesidad de adoctrinar a la sociedad para que sean como ellos quieren, su propia forma de buscar las soluciones. Su populismo.

No es ese mi cantar, no es mi cantar el religioso, el de la fe mística de ninguna de las religiones que conozco, el de la liturgia y los sentimientos que se olvidan al abandonar el templo. No, efectivamente, no es ese mi cantar, pero tampoco puedo cantar, ni quiero, a ese laicismo militante, sustitutivo, antieclesiàstico, de pensamiento único, de moral férrea impostada e impuesta, que pretenden venderme desde una tribuna que solo ellos se han atribuido, desde una certeza moral que solo los soberbios, los iluminados, pueden sostener sin rubor, sin cuestionamiento.

No, no quiero cantar a ese Jesús del madero, porque mi fe, mi falta de fe, no me lo permite. Tampoco al que estuvo en la mar, porque es el mismo que el del madero, aunque su ropaje, el escenario en el que se mueve, sean diferentes, pero sí quiero cantar a ese Jesús generoso, que no se si existió, que no se, en caso de haber existido, si era hijo de dios con la exclusividad que nos descarta a los demás en tal consideración de primogénito y favorito, pero que, más allá de tales cuestiones, nos dejó un mensaje de sencillez, de solidaridad, de humildad, de libertad, que no permite a nadie hablar en su nombre sin faltar a su mensaje.

Sí, ese sí es mi cantar.

viernes, 15 de abril de 2022

Cartas sin franqueo (LVI) - Demonizar

Hace ya tiempo, un tiempo largo y complejo, que no cogía los trastos de escribir, el recado, tal como se ha llamado habitualmente, para comentar contigo alguna cuestión que en nuestras conversaciones ha quedado en el aire. Y es que han sido tiempos en los que la actualidad se ha impuesto al pensamiento, aunque reconocer esto, que no es coyuntural, si no cultural, es reconocer un fracaso, una aberración difícil de justificar, propia de nuestra civilizada incivilidad.

¿Cómo puede la actualidad, que es el pensamiento de lo que está sucediendo, imponerse al pensamiento, que es el análisis actual de lo que nos rodea? Pues puede, puede. Puede desde el  momento en el que consideramos que la actualidad es aquello que las fuerzas sociales, económicas, políticas, consideran que es importante, y lo consideran imponiendo la importancia de los temas seleccionados por ellos a la importancia de los temas que configuran nuestra preocupación diaria.

De esta forma nos fuerzan a participar en un estado de opinión que evita, que en realidad duerme, la necesidad imprescindible para nuestro bienestar, de tener una opinión del estado, y en este asunto, como es evidente, el orden de los factores sí altera el resultado, aunque esta expresión matemática carezca de gestión emocional, o de perspectiva de género, como carecían las matemáticas que los pitagóricos, allá en su Grecia clásica e insensible a cuestiones tan fundamentales para la ética actual, tenían a bien enseñar y aprender. Aunque más vale no decirlo mucho, muy alto, porque algún especialista en linchamientos históricos, y hay bastantes, puede decidir que hay que acabar con las enseñanzas pitagóricas y acabar con el prestigio matemático del mismo Pitágoras, si alguno de ellos llega a valorar que Pitágoras, tan ajeno entonces a la actualidad actual, cometió alguna incorrección ética, los griegos eran muy dados al culto a los efebos, y al sexo con menores, por poner un ejemplo, que ofenda al criterio moral de los actuales censores de comportamientos ajenos. Y este criterio, que solo obedece a la actualidad creada, y proyectada indiscriminadamente de forma intemporal y universal, es una elaboración perversa de ciertas minorías egoístas, pacatas, victorianas, timoratas, castrantes, censoras, puritanas, que buscan imponer esos criterios sobre el resto de la sociedad, mediante el acoso, el miedo a la exclusión social y a la demonización de los señalados.

Que, por cierto, de eso es de lo que quería comentarte. Ese es el verbo que me hizo salir de mi “enmimismamiento” de actualidad impuesta, y coger el recado electrónico, ya me va costando hasta escribir a mano un cheque, para dirigirte estas letras, el verbo DEMONIZAR: “atribuir a alguien, o algo, cualidades, o intenciones, en extremo perversas o diabólicas”.

Veía, hace un par de noches, una serie española, “Sentimos las Molestias”, que protagoniza, entre otros, Resines, que encarna a un prestigioso, y laureado, director de orquesta, que, en un momento determinado, en un momento en el que se encuentra sumido en una situación personal, y sentimental, traumática, busca, como hace cualquiera que no sea un guionista sensible al acoso, o un integrante de los grupos censores, una relación en su entorno más cercano, e intenta besar a una intérprete de su orquesta, intenta besarla, sin insistencia, sin ningún otro gesto o actitud de perseverancia o continuidad, que lo rechaza hasta el límite de poner en conocimiento de toda la sociedad que los rodea, la orquesta, sus administradores, una actitud de acoso, que él, además, y en esto solo el guionista tiene la responsabilidad, asume inmediatamente como perversa. Habla incluso, en el colmo del delirio militante, de hacer un “Plácido”.

El desarrollo es terriblemente adoctrinante, la actitud de la intèrprete, puritana e intransigente, la intención de la narración moralizante hasta extremos intolerables, y el resultado de lo contado desmoralizador. No llega a la infumable “Todos Mienten”, que basa todo su desarrollo, suponiendo, que es mucho suponer, que tenga desarrollo, en contar una historia que se sabe como acaba antes de haber empezado, porque los censores de lo ajeno, profesionales, los creadores de opinión socialmente tolerable, los linchadores públicos, no permitirían jamás otro final diferente. Una serie en la que los personajes son planos, los actores máscaras y el guión un discurso militante, moralizante, pretendidamente ejemplarizante, cabreante, insisto, castrante.

La aplicación demonizadora, demoledora, incuestionable, del castigo público, del linchamiento, sin opción de defensa,  a cualquiera que incurra en la ira impostada de estos grupos, es algo que el futuro estudiará con pasmo, mientras recupera el prestigio artístico, profesional, de gente cuyos comportamientos, cuya responsabilidad legal, debe de ser exigida, pero a la que se lincha en actividades desarrolladas con prestigio, e, incluso en ocasiones, con un claro beneficio social en esa actividad. Yo no puedo saber, ni me corresponde hacerlo, si Plácido Domingo mantuvo actitudes incorrectas en su momento, ni siquiera si en aquel momento eran incorrectas, o lo son solo vistas desde ahora, pero si sé que usar su nombre para definir una conducta teóricamente reprobable, conducta que nunca tuvo intención de ser incorrecta más que en la interpretación de la agraviada, es de una desfachatez militante, es de una intolerancia demonizadora.

Como sé que cualquier abuelo, seguramente muchos padres, de los que por la vida vamos con la conciencia bastante tranquila, y algunos años, bastantes, a cuestas ,hemos robado algún beso en algún momento, hemos incurrido en actitudes que ahora, hoy por hoy, no tendrían justificación en ciertos círculos de moral puritana, dogmática, pero que en su momento obedecían a unas leyes del galanteo, que en aquel punto concreto de la historia se ajustaban a los valores y actitudes imperantes, y que no pueden ser juzgadas, ni valoradas según los valores y circunstancias de la actualidad. Y, por supuesto, no hablo de propasarse, no hablo de obligar, forzar o violar, faltaría más, hablo, simplemente, de que a la mujer se la educaba en negar cualquier acercamiento carnal, y a los hombres en intentar derribar la barrera que se nos oponía. No había nada perverso en ello, todos conocíamos los límites, todos compartíamos las reglas con las que relacionarnos, todos, según las pacatas reglas de ciertos grupos preponderantes, fuimos acosadores, hicimos “Plácidos”, o, si la otra persona nos gustaba mucho, pudimos llegar a ponernos pesados, sin perturbar, dentro de las reglas que entonces conocíamos, vivíamos, sin ningún tipo de intención vejatoria o discriminadora.

Demonizar es una actitud claramente militante, claramente puritana, claramente adoctrinadora, que no busca otra cosa que atemorizar, que imponer a la sociedad, por la vía de la coacción, actitudes elegidas por unos cuantos que, más allá de su pertinencia, de su conveniencia, deben de ser adquiridas por la educación, por la formación, por la madurez de un pensamiento individual que la actualidad demonizadora, globalizante, coercitiva, impide. Demonizar es una forma de hacerse, desde una perspectiva ideológica, con la capacidad de juzgar una historia en la que no se ha participado, ignorando todo aquello que no sean los hechos interpretados desde el dogmatismo militante, desde la absoluta ignorancia, voluntaria, intencionada,  de las circunstancias históricas que los ocasionaron. Demonizar es buscar el daño interesado, interesado por actitudes minoritarias, doctrinales, más allá de la responsabilidad legal, incluso cuando esta no existe. Demonizar es llevar lo personal a lo profesional, lo privado a lo público, y hacer un "totum revolutum" donde el revanchismo impere sobre cualquier otra opción. Demonizar es denunciar con rabia, con afán de dañar más allá del daño recibido y solo con el afán de lastimar sin límite, sin caridad. 

En fin, voy a acabar con estas mis palabras, no vaya a ser que alguien demonice su extensión, y no vuelva a leerme, ni a saludarme, y además considere que puede llamarle un “Rafael” a cualquier escrito con más de doscientas palabras, lo que se llama un “twiter”.  

sábado, 2 de abril de 2022

AND THE WINNER IS

Insisto, yo no voy a hablar de la guerra, de ninguna, pero la situación actual de los sucedidos, varios y variopintos, casi todos violentos, me ha traído a la mente una famosa frase que, por una vez, no es un refrán español, si no una recurrente frase inglesa, que además está de actualidad: “And the winner is…”, que suele ir seguida de una pausa dramática, y,  finalmente, el nombre del vencedor que provoca un estallido de aplausos y vítores del público presente, casi siempre.

Vamos a probar, a ver si funciona, y, dado el ámbito no presencial, doy licencia a los lectores para no prorrumpir en aplausos y vítores, ruego que tampoco abucheos, y rellenaré la pausa dramática de un texto que nos vaya conduciendo hasta el nombre final del “winner”.

“AND THE WINNER IS…” (inicio de la pausa dramática)

La primera ocurrencia es que voy a hablar de los Oscar, de la ceremonia de entrega de los Oscar, que tanto juego están dando en la prensa, en los corrillos de toda la vida, y en los actuales, que ahora se llaman redes sociales, pero que solo se diferencian con los de la vieja del visillo en la capacidad de difusión de los chismes.

No, no tengo ninguna intención de hablar de Will Smith, ni como persona, ni como personaje, ni como actor, ni como sujeto patológicamente agresivo (característica que además desconozco personalmente), ni siquiera del patoso cómico que dio pié al episodio, ni de la liberal esposa, según los que todo lo saben sobre los demás, que sufrió la patosidad del “cómico”, y ex amante, según las mismas fuentes.  Lo primero porque no los conozco personalmente, no tengo el placer, ni la desgracia, y por tanto todo lo que puedo decir lo he oído, y ni me fío de mi sentido del oído, ni me fio de lo que dicen esos demás que hablan de estas cosas. Y lo segundo, y principal, porque me importa un ardite la bofetada, el sujeto que la dio, el que la recibió, la pasiva causante del acto, la indignación social de los indignados profesionales, y la madre que los parió a todos. Sea quien sea el “winner “ del episodio, mi vida va seguir siendo la misma.

Que no, que tampoco, que no tengo ningún interés en hablar del congreso del PP. Al fin y al cabo ya sabemos quién es el ganador evidente, que bonito es el guiñol, el perdedor incuestionable, la triunfadora del momento, momentos habrá para pasarle cuentas, y los palmeros de la aclamación de turno. No hay posibilidad de pausa dramática, no en este momento.

A pesar de lo que algunos puedan pensar, no, tampoco voy a hablar del gobierno, tampoco esta vez me voy a parar en incongruencias, inutilidades, pasividades , mentiras, populismos y errores, supuestos errores, con las que convivimos día a día, en principio porque no toca, pero, en esencia, porque en este caso el “winner” es tan claro que no quiero ofender a nadie nombrándolo directamente. Solo la gran empresa y sus acólitos locales saldrán de esta crisis, y de las medidas de un “gobierno de izquierdas”, favorecidos por la situación que eloos mismos está creando.

En el hipotético caso de que quisiera hablar directamente de este tema, cambiaría la frase, y el sentido y entonación de lo escrito. La frase en este caso sería “AND THE LOSER IS”, y sin pararme en pausa dramática alguna, porque ya bastante dramático es el resultado, nombraría a la clase media, a la clase baja, a los profesionales no especializados, a los grupos económicos sin capacidad coercitiva, sin organización que los represente.

Tampoco, que también podría ser, voy a hablar de la marchita huelga del transporte, del abandono que, por veinte virtuales y cochinos céntimos, virtuales porque primero los subieron para luego descontarlos a costa de nuestro propio dinero, de ese que no es de nadie, y cochinos por poco significativos, han hecho la mayor parte de los huelguistas sin reparar que a la vuelta de seis meses, dada la tendencia del mercado y la absoluta ineficacia de la medida en las circunstancias actuales, estarán peor que ahora, y ya nadie creerá en ellos.

También en este caso tiene poca emoción señalar al vencedor, y sería más correcto hablar de los perdedores, los huelguistas, los consumidores más frágiles, los contribuyentes.

Y, finalmente, para que la pausa dramática acabe siendo dramática, y no inadecuadamente larga, tampoco voy a nombrar al vencedor del conflicto ruso-ucraniano (ucranio, que dicen los modernos), porque no creo que, en la situación actual, visto lo visto, que haya ningún vencedor, ni vencido. ¿Apostamos a que, como si de unas elecciones se tratara, al final todos se considerarán vencedores? Porque, cuando empezó la invasión rusa, esa que algunos intentan justificar tirando de épica comparativa, todos suponíamos una victoria por aplastamiento. Por aplastamiento militar, por aplastamiento tecnológico, por aplastamiento numérico, por aplastamiento de inteligencia. Y si no ha sido al revés, aunque ya veremos, sí que la evolución marca escenarios insospechados por los que no estamos en los entresijos íntimos del poder mundial.

(Fin de la pausa dramática), “… ¡¡¡¡¡¡¡CHINAAAAAAA!!!!!!!. (léase como el famoso ¡¡¡¡¡ Pedroooo!!!!!)

¿China?, me preguntan todos al leer. Sí, china. No ha entrado en la guerra, todos miran hacia ella esperando una influencia que ni ejerce, ni deja de ejercer, sobre Rusia. Y sus actos, a nada que se examinen, marcan claramente una estrategia de recogida de frutos.

(Discurso de agradecimiento, en este caso reflexivo)

El mundo es bipolar (tres son multitud), siempre lo ha sido, y se divide entre dos potencias, entre dos formas de ver la vida, y de ver la bolsa, que se enfrentan por una preponderancia. Todas las potencias de la historia han tenido su contraria, y todas han resuelto su choque mediante la guerra, pero la barbarie de las dos guerras mundiales abrió unas expectativas diferentes. Ya la guerra, la guerra total, de enfrentamiento directo, no parece el instrumento deseable porque puede derivar en la destrucción de todos, y ese nunca ha sido el objetivo. A cambio salpicamos el planeta de guerras locales, de guerras civiles, de guerras de desgaste, con diferentes motivaciones, en las que cada potencia, con más o menos claridad, apoya a uno de los bandos. Y así se va solucionando el tema.

Y de repente, una potencia, en declive por lo que la misma guerra está  mostrando, entra en una guerra de influencia para la que lo evidente demuestra que no estaba preparada, y se deja en ella el prestigio, la economía y, casi con toda seguridad, potencial nuclear aparte, el reconocimiento internacional de superpotencia. Mientras, China, trabaja con primor la manzana envenenada de dar todo su apoyo moral, a Rusia, pero solo moral. Ni económico, ni armamentístico, ni militar, mientras contempla como su “amigo” se estrella, se derrumba, se empobrece, y le deja el camino expedito para ocupar el trono de segunda superpotencia mundial y contrapeso ideológico, económico, social, a la superpotencia que representa la OTAN, como concepto político, no militar, sin tener que mancharse las manos más allá de las palabras que encelan a su “amigo” y le enseñan a los contrarios quién es ahora el oponente a tener en cuenta.

Pase lo que pase en el campo de batalla, Rusia ha perdido su estatus, lo está perdiendo a cada día que pasa, y, sin dudarlo, en todos los ámbitos, “the winner is China”, y, por ausencia directa, al igual que China, los Estados Unidos de América, que junto a los Estados Unidos de Europa, conforman la alternativa. Queda por dilucidar como ambos bloques van a ir posicionando a los que quedan fuera.

Fin de la ceremonia.

sábado, 12 de febrero de 2022

Cartas sin franqueo (LV)- El pueblo insustancial

Tal vez tengas razón, me quejo tanto del uso inadecuado de las palabras, que la frecuencia de mi queja hace que se pierda parte de la hondura del sentimiento y de la gravedad de lo que denuncio. Mi misma queja incide en el daño irreparable que las malas artes políticas hacen al lenguaje, y la incapacidad de centrar los conceptos cuando queremos expresar alguna idea, porque ese concepto central de nuestra reflexión, debido a su uso continuo y perverso, ha perdido la esencia misma de su significado.

Así que cuando hablamos sobre este sujeto amplio, indeterminado, que a lo largo de la historia ha sido nombrado de varias formas, tengo que recurrir a definiciones complejas para evitar que mis palabras se asocien al concepto insustancial, manipulado y pervertido, que su utilización fraudulenta, por parte de los políticos, ha dejado tras su abuso.

Ya no puedo hablar de pueblo, porque el pueblo es esa masa amorfa cuya representación invocan todos los políticos sin que ninguno de ellos pueda justificarla con los apoyos recibidos, y en nombre de cuyo bien y bienestar toman las decisiones más perniciosas y contrarias al sentir de los que no los han votado. Ya no puedo hablar de la clase trabajadora, incluyamos el término obrero, porque el discurso marxista me retrotrae a una clase explotada, industrial, decimonónica, que nunca ha existido en España en general, aunque si en Cataluña, en Euskadi y en las zonas mineras. Tampoco puedo hablar de los humildes, de los pobres, porque mi concepto de los más desfavorecidos de la sociedad dista mucho de coincidir con la imagen que el populismo nos ha dejado asociado a ese término. Para que hablar de ciudadanos, que sirve lo mismo para dar nombre  a un partido político que no los contempla, que a una forma de dirigirse a la gente en general, otorgándole de palabra unos derechos, unas potestades, que sus propios actos les niegan. Tampoco puedo hablar de mayoría silenciosa, porque el término silencioso supone una actitud voluntaria, que no se corresponde con la realidad de mayoría acallada que realmente vivimos. Acallada con unos mecanismos de representación perversos que hurtan la posibilidad de demostrar la disconformidad.

Así que cuando quiero referirme a esa gente, a esas personas, que no se sienten identificadas con el forofismo militante de los que pretenden apropiarse de su representación, sin que ellos se la hayan otorgado, cuando quiero referirme a esa mayoritaria cantidad de la población adulta que sufre de hastío cada vez que oye las altisonantes palabras de los políticos en campaña, que no tienen otro objetivo que el aplauso fácil de los suyos, y la exhibición chulesca de su desfachatez, me encuentro con el problema de que no existe ya, lo han logrado, un término que me permita identificarlos.

Pero es en su nombre, en su acallamiento, en la suplantación de su representatividad, en el que se cometen toda suerte de bellaquerías, infamias y falsedades. Es en el vaciamiento del significado real de su nombre que se les ningunea, ignora, somete y, en muchos casos, humilla, con el descaro del que presupone su impunidad frente a las tropelías cometidas.

Tal vez pudiera hablar de todo el mundo, concretar en todo el mundo hispano, pero tengo la casi certeza de que lo de este país es especialmente grave, especialmente sangrante.

Es en este país donde podemos parafrasear a Unamuno, y decir sin empacho: “que gobiernen ellos”, y quedarnos tan panchos, tan satisfechos, porque en esa delegación, implícita, que no expresada, se consigue un doble, doblemente denigrante, objetivo, eximirse de responsabilidades, y adquirir el derecho a criticar, criticar que no censurar, que no exigir responsabilidad o corrección de lo incorrecto, cualquier cosa que suceda y no sea de nuestro agrado. Y así, entre el acallamiento de unos, el desinterés de la mayoría, el pasotismo exhibicionista de muchos, y la absoluta falta de ética y de compromiso social de la mayoría de la clase política que llega a los puestos relevantes, parece ser que estas dos características son fundamentales para medrar en ese mundo, junto con la mediocridad y la falta de experiencia en el mundo real, nos coloca en una situación de degradación de lo cotidiano, que no por históricamente habitual, es más asumible.

La libertad, esa invocación que no se nos cae de la boca, ese derecho fundamental, sin el cual los demás nos son más que palabras, ese concepto que hace que el hombre se plante ante sí mismo y sea capaz de plantearse sus grandes metas, parece ser que solo nos atrae si se nos ofrece tutelada.

¿Libertad tutelada? ¿Es posible? En todo caso habría que preguntarse si somos capaces de ser realmente libres, si somos capaces de ser realmente responsables, si somos capaces de alcanzar nuestros derechos, porque los concedidos, los regulados, los invocados, no son más que palabras tan sin sustancia, tan vaciadas, como lo son pueblo, obrero, ciudadano o democracia. Conceptos que algunos usan, deforman y vacían según su criterio y conveniencia.

domingo, 6 de febrero de 2022

Cartas sin franqueo (LIV)- El encanallamiento

 Posiblemente tengas razón, aunque yo no lo vea así, y el encanallamiento de la vida española sea una consecuencia del desastre político al que asistimos a diario, pero, y voy a intentar razonarlo, ese movimiento de degradación pública y privada, del que tú tienes tan claro el flujo, puede producirse justo al revés. Es más, puede que sea un movimiento de vaivén en el que cada oscilación aumenta el encanallamiento del anterior.

Porque de eso se trata, de encanallamiento, de una pérdida de valores personales y colectivos, públicos y privados, que afectan directamente a los dos valores principales que sostienen a los demás, la libertad individual y la democracia institucional, y ambos, la calidad actual de ambos, deja mucho que desear.

Pero hablar de la consecuencia, sin hablar de síntomas y caminos, es poco más que una falacia. No se llega a la situación actual sin un recorrido culpable, sin una dejación de responsabilidades, sin una ceguera pertinaz, consentida y jaleada, sin una aplaudida falta de autocrítica. Pasar del fanatismo a la desfachatez, y a la exhibición y presunción de impunidad, con la que asistimos todos los días a aconteceres públicos, semipúblicos y privados, a acciones absolutamente aberrantes, que intentan presentarse como necesarias e, incluso, como beneficiosas para la sociedad, cuando es evidente que su falta de ética es tan perversamente dañina que enmascara cualquier posible beneficio de otro tipo, es una camino que ha de hacerse, que se ha hecho.

Tú sostienes, y es en lo que no vamos a estar de acuerdo, que el encanallamiento de la vida cotidiana es consecuencia del de la vida pública, política, y yo no estoy de acuerdo por los motivos que ya te dije. Es tal el nivel de encanallamiento en el que nos hemos acostumbrado a vivir, entre mentiras, corrupciones, medrajes, mediocridades ensalzadas y desfachatez para asumirlas sin complejos, ni responsabilidad, que hablar de libertad es una entelequia, y hablar de democracia es solo otra mentira.

El camino se inició, el de la desfachatez, el del autoritarismo mentiroso, el de la mentira que justifica los actos, allá por el gobierno de Aznar, durante el cual la corrupción, y no solo del partido en el gobierno central, también de los gobiernos autonómicos de todos los colores, se empezó a enmascarar con gestos de sobreactuación cómplice, y esa corrupción le sirvió a Zapatero para iniciar un periodo de frentismo radical que aún no hemos podido superar, y que llevó a un episodio tan chusco, lamentable y degradante, como el famoso debate de Solbes negando, con fines electorales, una crisis mundial que fue el detonante de una crisis nacional de dimensiones catastróficas para la economía del país. Y esta crisis, a su vez, fue la excusa perfecta para un gobierno, el de Rajoy, basado en el tancredismo y el autismo institucional, ciego y sordo a cualquier objetivo que no fuera el económico y a cualquier medio que no fuera el recorte de derechos y servicios sociales, todo ello rodeados de escándalos de corrupción de los que no salía otra responsabilidad que la del directamente acusado, la impunidad como referencia de las altas jerarquías del partido, lo que llevó a un clima irrespirable, que bien trabajado  posibilitó la irrupción de una nueva fase, de un ¿líder? cuya máxima es que cualquier daño ético ya lo curará el tiempo y cuya falta de verdad, de valores y de humildad nos han llevado al estado actual, en el que la democracia es una palabra, la libertad se mide por la capacidad de hacer lo que nos da la gana y la ética solo se aplica en modo comparativo. Y ese camino desemboca en una de las épocas más oscuras, democráticamente hablando, y desmoralizantes de la historia reciente de nuestro país. Si te sirve como ejemplo, el mercadeo y final chusco de la reforma laboral, pactada por un gobierno de limitada representatividad, que no avalan los socios que lo llevaron a gobernar, y unos supuestos representantes sociales que solo representan a una ínfima parte del entramado laboral español (hablo de números reales, no de conceptos deformables), a espaldas de las verdaderas necesidades de un momento difícil, y vendida como un compromiso, falso compromiso ya que el compromiso era otro, de los partidos en el gobierno con sus votantes, sabiendo, porque lo sabían, desde antes de comprometerse, que no tenían ninguna posibilidad de  derogar la ley anterior en el entorno globalizado en el que vivimos.

Y así leído, así planteado, tú tienes razón, pero si lo examinamos con un poco más de perspectiva, si abrimos nuestro espectro de visión para hacerlo más amplio, podremos observar un fenómeno paralelo, un poco anticipativo, que permite este proceso degradante que estamos viviendo, que justifica el populismo que nos está dominando y que conlleva que no nos quede, ni siquiera, la palabra.

Pensemos una cosa, José María Aznar es, de facto,  el primer representante no histórico de los partidos mayoritarios, el primer presidente del gobierno ajeno al proceso constituyente, ajeno a la transición, y, a partir de él, todos los demás tienen esa misma característica. Todos tienen ese algo en común, algo que no habían tenido los anteriores: gobiernan para sus partidos, o para ellos mismos y su cúpula, no para el país, no con un proyecto de estado. Gobiernan según sus programas, o no, pero siempre de espaldas a las necesidades cotidianas, del pueblo llano, de los no militantes.

Hay dos procesos populares que contribuyen de forma determinante, si no son el origen, de esta incapacidad de asumir las responsabilidades, de este criterio de que mentir soluciona cualquier error, de que hacer lo contrario de lo que se ha comprometido se soluciona con aplausos, con adhesiones inquebrantables, con la ignorancia, o prohibición, de la crítica. El primero son las elecciones primarias, que tan de moda democrática se han puesto y que significan, ni más ni menos, que el candidato elegido es aquel que más puede encender la pasión fanática de los militantes. Nadie piensa en el país a gobernar, nadie piensa en las propuestas políticas del candidato, nadie exige la viabilidad o capacidad de hacer viables esas propuestas, solo importa despertar el fervor de la masa, el populismo. El segundo factor es el fanatismo, seguramente el más dañino y degradante de los factores, porque elimina la capacidad de autocrítica, la capacidad de rigor ético, de una fuerza política.

Si la verdadera democracia reside en el pueblo, que es al mismo tiempo objeto y garante de esa democracia, que es al mismo tiempo sujeto de los derechos que sus representantes tienen que defender, y censor de las malas actuaciones de esos gobernantes, y ese pueblo, en el caso de los partidos sus militantes y simpatizantes, renuncia a esa censura, encanallado en un fanatismo que ampara cualquier actuación de los suyos, la democracia ha dejado de existir, y el gobernante entra en una frase de impunidad, de desfachatez, de encanallamiento.

Y ahí estamos, en el fanatismo, en el forofismo, en la mentira, en el autoritarismo, de momento temporal, en el populismo, en los falsos valores, en la mentira sin consecuencias, en la impunidad, en la desfachatez, en, en definitiva, el encanallamiento del que te hablaba.

viernes, 7 de enero de 2022

Los cuestionistas

Corría el año del señor de 1520, los españoles intentaban conquistar la capital de México mediante alianzas con tribus sojuzgadas, cuando un aliado inesperado, inesperado por los mexicanos que incluso ignoraban su existencia, inesperado por los españoles porque no contaban con él, vino en su ayuda, y allí se quedaría hasta 60 años después, hasta cuarenta millones de indígenas muertos después.

Mucho se ha hablado de los aguerridos descubridores españoles, que eran aguerridos, ciertamente, eran descubridores de lo desconocido por la civilización en la que habían nacido, sin duda, pero eran pocos y mal equipados para la colosal tarea que años, siglos, después podemos comprobar que acometieron. Pero no todos los que llegaron a América eran españoles. Por ser más exactos, no todos eran humanos, no todos ocupaban lugar en los barcos, o al menos, no todos estaban presentes en los manifiestos de embarque.

Virus desconocidos para los indios, tan desconocidos para ellos como lo era para nosotros el COVID en sus inicios, y posiblemente aún ahora, los virus de la viruela y el sarampión principalmente, se difundieron entre la población indígena creando una pandemia que, por duración en años y número de muertos, aún no ha sido superada por ninguna otra, ni siquiera por la peste negra, esta bacteriana, que asoló Europa y Asia, y que durante seis años mató al 50-60 % de la población a la que afectó.

Las pandemias, unas más mortíferas en el tiempo, otras más mortíferas en corto plazo, suelen ser el enfrentamiento del sistema inmune del ser humano con una afección para la que no está preparado, y eso ha sucedido, sucede y sucederá a lo largo de la historia. No olvidemos que, ya literariamente hablando, los marcianos de la “Guerra de los Mundos”, que arrasan ejércitos y resistencias gracias su superioridad tecnológica, fracasan en su invasión porque su sistema inmune no es capaz de enfrentarse con eficacia a las afecciones terrestres, y mueren en sus naves mientras contemplaban su victoria militar. Las grandes potencias, sus estamentos militares, ni lo ignoran, ni lo olvidan.

Se ha establecido un falso debate, un debate interesado, un debate politizado, entre los que niegan el virus y los que consideran cualquier medida oficial a tomar contra el COVID como si fuera un mandato divino, entre negacionistas y oficialistas, pero tanto en un bando como en el otro trabajan con más mentiras que certezas, con más fe que razón, y así es difícil llegara a verdad alguna, ni siquiera parcial. Los negacionistas niegan, mire usted que cosa absurda, desde la existencia del virus, hasta la utilidad de la vacuna. Los oficialistas exigen, lo que es un disparate, desde el uso de la mascarilla en espacios abiertos, hasta el cierre de cualquier actividad, preferiblemente de ocio y nocturna, lo que huele a recorte de libertades, de tipo puritano, más que a ningún tipo de eficacia en la lucha contra la afección.

Desde los estamentos oficiales, sin ningún rigor, sin ninguna previsión de futuro, sin ningún conocimiento básico de los mecanismos del virus, se enfocó la lucha como una batalla de exterminio, como un duelo en OK corral, solo podía quedar uno, o el ser humano, o el virus, y en esa estrategia de terror, de enclaustramiento, en esa psicosis de batalla definitiva, se enmarcaron las vacunas. Y ahora, dos años después de la irrupción mortífera del virus, los oficialistas, aferrados a una estrategia que nunca debió de ser, aferrados a una mentira oficial que en ciertos momentos pudo tener alguna justificación, siguen planteando esta batalla sin vencedor posible , con una estrategia basada en la desaparición, en la imposible desaparición, del virus.

Ahora, cuando el negacionismo es absurdo, es inconsistente, es ridículo, el oficialismo se arroga el derecho a la verdad absoluta, a una verdad que, tal como está planteada, y llevada a su extremo, no puede desembocar más que en un desastre social y económico de dimensiones incalculables, y por si fuera poco el disparate, resulta que, con cierto fundamento estadístico, el negacionismo es de extrema derecha, y el oficialismo es progubernamental. Lo que en España lleva a la cómoda rutina silogista, al simplismo intelectual político-interesado de:

- Si cuestionas algo sobre el virus eres negacionista

- Si eres negacionista eres de extrema derecha

- Luego si cuestionas algo sobre el virus eres de extrema derecha.

Y así planteado supone tal empobrecimiento de la capacidad intelectual, ya mermada en general por ideologías y un sistema educativo deficiente, deficiente por interés, que cualquier debate sobre una cuestión de capital importancia se hace desde posiciones frentistas, irreductibles, nada constructivas, nada edificantes. Unos desde un negacionismo cerril, incapaz de asumir una realidad palmaria, el virus, el beneficio evidente de las vacunas, otros desde un terror ideologizado, incapaces de asumir las mentiras oficiales: el virus difícilmente se propaga en espacios abiertos, ni siquiera en el contacto físico casual de un saludo o un abrazo, salvo patología previa que lo haga de riesgo, el virus no se propaga por contacto, salvo que ese contacto sea reiterado y afecte a las zonas sensibles, el virus no ataca más por la noche, ni es especialmente furibundo con los que bailen o tomen copas, aunque no tomar ciertas precauciones pueda significar un riesgo de contagio.

El cierre del ocio nocturno, el toque de queda, no parecen otra cosa que medidas estéticas y puritanas. Si cierro los locales, fomento los descontroles de los botellones. Si impongo el toque de queda, fomento el descontrol de las fiestas privadas, favorezco a aquellos cuya forma de vida, cuya calidad de vida, les permite disponer de espacio no comunitario para sus actividades. En definitiva, son medidas coercitivas de dudosa eficacia respecto al virus, pero que no son dudosas respecto al cercenamiento de la libertad. Medidas estéticas que enmascaran la falta de acción política: inversión en personal y medios sanitarios, inversión en infraestructuras necesarias.

El virus no se va a erradicar, es ya parte de nosotros, al menos de la mayoría, y acabará siendo de todos, y ahora nos toca aprender a vivir con él, aprender, como lo hacemos con el virus de la gripe, con el del SIDA, con otros tantos, a tomar las precauciones evidentes de no querer estar enfermos, de no querer pasar un episodio incómodo que, si se complica, y siempre puede complicarse, como con la gripe, como con el SIDA, como con tantos otros, puede ser letal. Y las vacunas han sido fundamentales para lograr parar la capacidad mortífera del COVID, si tienen otros efectos perjudiciales, otras consecuencias indeseadas, solo el tiempo lo dirá, pero nos han permitido ganar, de principio, esas batallas, la del tiempo, la de la vida.

Pero eso no significa que tengamos que basar toda nuestra vida en el número de vacunas recibidas, como si de cicatrices de victorias se tratara. Hay ya quién habla de cuarta dosis mientras hay estudios rigurosos que cuestionan la eficacia de la tercera dosis, y hay opiniones autorizadas que intentan poner un poco de luz en tanta posición visceral, irracional, emitida desde posicionamientos que nada tienen que ver con la medicina, con la salud. Y mi actitud es escuchar a todos, es defender la salud y la libertad, es cuestionar desde una mentalidad no mediatizada por el terror, por la ideología, por la economía o por un cientifismo que invalida cualquier otro matiz, toda la información que me llega, y vivir. Seguir viviendo, seguir amando, seguir disfrutan do de lo que y de los que me rodean, sin ponerme en peligro, sin suponer un riesgo para los demás, pero sin caer en aspavientos, en mediocridades y en zarandajas de los que no se atreven, o no son capaces, de reconocer sus errores, que no por compartidos los hacen menos erróneos, de los que consideran que la vida de los demás es un riesgo para la suya propia.

Ahora solo queda, ya hay atisbos, variar el clima de terror que durante dos años se ha sembrado, se ha imbuido, se ha grabado a fuego en muchas gentes, que aún hay personas y estamentos empeñados en mantener, por otro de responsabilidad y precaución que es el que corresponde al momento actual y al devenir previsible, hasta la próxima pandemia, porque habrá otras, no les quepa la menor duda, y tal vez no tan lejanas.

Así que, sabiendo de antemano que mi opinión será considerada negacionista por los más oficialistas, y colaboracionista por los más negacionistas, he decidido declararme cuestionista. ¿Qué eso no existe? Por eso, precisamente por eso, ya va siendo hora de que exista.

sábado, 1 de enero de 2022

Jo, jo, jo (cof,cof,cof)- Un cuento navi-covi-deño

En estos días lo habitual sería disfrutar de unas fechas festivas y familiares, criticar, o ensalzar, la iluminación navideña y preparar los regalos para que SSMM los Reyes Magos, o Papá Noel, según conveniencia familiar, los dejen en el salón de las casas donde niños y mayores esperan con ilusión, con nervios, y con expectación, la mañana señalada para abrir los paquetes y empezar a disfrutar de la magia de los mágicos presentes.

Lo habitual sería olvidar las penas y las penurias y lanzarse a la calle, a los brazos de la familia, a la reunión con amigos y compañeros para festejar, como si fuera un presente sin pasado, un presente sin mañana, con un punto de histrionismo, de histerismo, de ansia de felicidad, unas navidades llenas de tradición, llenas de necesidad de descargar las preocupaciones cotidianas, llenas de ansias de momentos dulces y felices, empezando por el día nacional de la salud, que casualmente coincide con el día del sorteo de Navidad. Eso sería lo habitual, pero este año veo, en realidad entreveo, porque es difícil observar una sonrisa, ver perfilarse un beso, insinuar con un gesto, ojos cansados, ojos con rabia, ojos con miedo. Y en esta panorama, en este mundo entrevisto que se oculta, porque eso permite pensar que existe una certeza que nadie tiene, nadie, me resulta difícil pensar un mensaje de esperanza, intentar imaginar un año en el que la siembra de terror con la que nos han amargado durante dos años, con la que nos siguen  amargando sin fin justificable, no siga dando sus frutos a conveniencia de industrias, de gobernantes, de fanatismos de todo signo.

Nadie nos cuenta, y a los pocos que lo cuentan o no se les escucha, o se les insulta para callarlos, que las vacunas, necesarias pero cuestionables en su explicación y desarrollo, eficaces pero no definitivas, no podían ser una solución de erradicación, y son solo un intento, parece que eficaz, necesario por cronificar, por asumir, por integrar, un mal que irrumpió con una mortalidad que hacía décadas que no sufríamos, y que sembró el terror, posiblemente interesado pero incuestionable, en la sociedad. Nadie parece tener interés en escuchar que ahora ya es el tiempo de los tratamientos que empiezan a surgir, el tiempo en el que el COVID como agente mortífero no supera a la gripe, a las enfermedades cardiovasculares, o al cáncer, el tiempo en el que intentar no contagiarse ya no tiene que ser una obsesión, debe de ser una precaución. Un tiempo en el que su estacionalidad será continua, en el que los protocolos de aislamiento no pueden paralizar a un país, no pueden desmembrar a  una familia, no pueden separar a los amigos, a las parejas. Un tiempo en el que corresponde a la inversión en medicina y no a las medidas coercitivas, cercenantes, tomar el relevo del combate. Más sanidad y menos restricciones, de la mano.

Han vuelto los abrazos, pero cuesta apretarlos, cuesta prolongarlos, cuesta disfrutarlos. Han vuelto algunos besos que se quedan enredados en telas que separan los labios de la piel ajena, en telas ávidas de sentirse piel deseada, de creerse labios entreabiertos. Han vuelto los apretones de manos, pero algunos revolotean y en el camino se convierten en puños que chocan, o en gestos incompletos.

Me han contado, no lo puedo dar por cierto, parece ser que sucedió en algún país del norte, tal vez lo he imaginado, que en cierto hogar en el que se esperaba a Papá Noel con todo preparado para recibir los regalos, oyeron en el tejado el tintineo característico de los renos, y que, incluso, a través de la chimenea se filtró el destello rojo de la nariz de Rodolfo. Todos corrieron a esconderse, a sus camas, todos simularon el sueño, y en esa empezaron a oír que por la chimenea se deslizaba alguien. Todos los oídos esperaban, atentos, el característico “JO,JO,JO” de Santa Claus, pero en medio del silencio expectante resonó como un aldabonazo siniestro en un castillo caucásico y desierto un “cof, cof, cof” de una tos ahogada. El “pater familias”, espantado, se incorporó de un salto en su lecho y corrió a la chimenea, llegó justo para ver como un rostro orondo y barbudo, sobradamente conocido y esperado, asomaba  junto a un cuerpo rotundo, un saco, y… ¡dios mío!, sin mascarilla. El padre, escandalizado, le exigió con un gesto,  todo fue gestual en el encuentro, que se pusiera el adminículo, Papá Noel intentó explicarle que los entes mágicos no sufren enfermedades y por tanto no llevaba medidas preventivas, ni tenía el pasaporte COVID porque no se había vacunado, no lo necesitaba. Todo fue inútil. Tras los aspavientos, las exigencias, los intentos de explicación y las conminaciones, Papá Noel y sus regalos emprendieron, resignados, el camino de vuelta chimenea arriba hasta su trineo, no sin antes, por el camino, volver a oírse el mismo “cof,cof,cof” que se había escuchado anteriormente.

El padre, triste pero orgulloso, se volvió a la cama y le explicó a su esposa, que por primera y única vez en su matrimonio le dio la razón, lo sucedido, y la tristeza que sentía porque sus hijos ese año no tuvieran regalo. La noche transcurrió con la lentitud propia de las noches de tristezas, de agobios, de renuncias, y al llegar la mañana, al oír a sus hijos prepararse para acceder al salón y ver sus regalos, el padre se sintió en la obligación de explicarles que posiblemente, debido a la pandemia y a las restricciones, Papá Noel no hubiera llegado.

Abrieron el salón y… allí estaban los regalos de los niños, incluso más de los que habían pedido, pero ni uno solo para los padres. Para los padres solo había un sobre, manuscrito de Papá Noél. El texto era escueto:

“Para el próximo año os deseo una limpieza completa de la chimenea, porque ni los más mágicos podemos pasar entre tanta porquería sin que se nos congestionen las vías respiratorias”

Al texto acompañaba una tarjeta de una empresa de nombre “Supercalifragilisticoespialidoso” especialistas en limpieza y deshollinado de chimeneas.

Y hasta aquí lo que me han contado, hasta aquí lo que yo puedo contaros pensando en la próxima llegada de los Reyes Magos, no les vayamos a hacer el feo de olvidar que son magos pero humanos, que pueden toser, estornudar, aunque no estén enfermos, y no nos vaya a arruinar las navidades un golpe de tos inoportuno. No echemos esta historia en saco roto, apréciese el doble sentido, y dejemos que la vida, que la magia, que la razón, presidan nuestras fiestas.

Felices fiestas A TODOS, TODOS, Y TODOS.