sábado, 12 de febrero de 2022

Cartas sin franqueo (LV)- El pueblo insustancial

Tal vez tengas razón, me quejo tanto del uso inadecuado de las palabras, que la frecuencia de mi queja hace que se pierda parte de la hondura del sentimiento y de la gravedad de lo que denuncio. Mi misma queja incide en el daño irreparable que las malas artes políticas hacen al lenguaje, y la incapacidad de centrar los conceptos cuando queremos expresar alguna idea, porque ese concepto central de nuestra reflexión, debido a su uso continuo y perverso, ha perdido la esencia misma de su significado.

Así que cuando hablamos sobre este sujeto amplio, indeterminado, que a lo largo de la historia ha sido nombrado de varias formas, tengo que recurrir a definiciones complejas para evitar que mis palabras se asocien al concepto insustancial, manipulado y pervertido, que su utilización fraudulenta, por parte de los políticos, ha dejado tras su abuso.

Ya no puedo hablar de pueblo, porque el pueblo es esa masa amorfa cuya representación invocan todos los políticos sin que ninguno de ellos pueda justificarla con los apoyos recibidos, y en nombre de cuyo bien y bienestar toman las decisiones más perniciosas y contrarias al sentir de los que no los han votado. Ya no puedo hablar de la clase trabajadora, incluyamos el término obrero, porque el discurso marxista me retrotrae a una clase explotada, industrial, decimonónica, que nunca ha existido en España en general, aunque si en Cataluña, en Euskadi y en las zonas mineras. Tampoco puedo hablar de los humildes, de los pobres, porque mi concepto de los más desfavorecidos de la sociedad dista mucho de coincidir con la imagen que el populismo nos ha dejado asociado a ese término. Para que hablar de ciudadanos, que sirve lo mismo para dar nombre  a un partido político que no los contempla, que a una forma de dirigirse a la gente en general, otorgándole de palabra unos derechos, unas potestades, que sus propios actos les niegan. Tampoco puedo hablar de mayoría silenciosa, porque el término silencioso supone una actitud voluntaria, que no se corresponde con la realidad de mayoría acallada que realmente vivimos. Acallada con unos mecanismos de representación perversos que hurtan la posibilidad de demostrar la disconformidad.

Así que cuando quiero referirme a esa gente, a esas personas, que no se sienten identificadas con el forofismo militante de los que pretenden apropiarse de su representación, sin que ellos se la hayan otorgado, cuando quiero referirme a esa mayoritaria cantidad de la población adulta que sufre de hastío cada vez que oye las altisonantes palabras de los políticos en campaña, que no tienen otro objetivo que el aplauso fácil de los suyos, y la exhibición chulesca de su desfachatez, me encuentro con el problema de que no existe ya, lo han logrado, un término que me permita identificarlos.

Pero es en su nombre, en su acallamiento, en la suplantación de su representatividad, en el que se cometen toda suerte de bellaquerías, infamias y falsedades. Es en el vaciamiento del significado real de su nombre que se les ningunea, ignora, somete y, en muchos casos, humilla, con el descaro del que presupone su impunidad frente a las tropelías cometidas.

Tal vez pudiera hablar de todo el mundo, concretar en todo el mundo hispano, pero tengo la casi certeza de que lo de este país es especialmente grave, especialmente sangrante.

Es en este país donde podemos parafrasear a Unamuno, y decir sin empacho: “que gobiernen ellos”, y quedarnos tan panchos, tan satisfechos, porque en esa delegación, implícita, que no expresada, se consigue un doble, doblemente denigrante, objetivo, eximirse de responsabilidades, y adquirir el derecho a criticar, criticar que no censurar, que no exigir responsabilidad o corrección de lo incorrecto, cualquier cosa que suceda y no sea de nuestro agrado. Y así, entre el acallamiento de unos, el desinterés de la mayoría, el pasotismo exhibicionista de muchos, y la absoluta falta de ética y de compromiso social de la mayoría de la clase política que llega a los puestos relevantes, parece ser que estas dos características son fundamentales para medrar en ese mundo, junto con la mediocridad y la falta de experiencia en el mundo real, nos coloca en una situación de degradación de lo cotidiano, que no por históricamente habitual, es más asumible.

La libertad, esa invocación que no se nos cae de la boca, ese derecho fundamental, sin el cual los demás nos son más que palabras, ese concepto que hace que el hombre se plante ante sí mismo y sea capaz de plantearse sus grandes metas, parece ser que solo nos atrae si se nos ofrece tutelada.

¿Libertad tutelada? ¿Es posible? En todo caso habría que preguntarse si somos capaces de ser realmente libres, si somos capaces de ser realmente responsables, si somos capaces de alcanzar nuestros derechos, porque los concedidos, los regulados, los invocados, no son más que palabras tan sin sustancia, tan vaciadas, como lo son pueblo, obrero, ciudadano o democracia. Conceptos que algunos usan, deforman y vacían según su criterio y conveniencia.

domingo, 6 de febrero de 2022

Cartas sin franqueo (LIV)- El encanallamiento

 Posiblemente tengas razón, aunque yo no lo vea así, y el encanallamiento de la vida española sea una consecuencia del desastre político al que asistimos a diario, pero, y voy a intentar razonarlo, ese movimiento de degradación pública y privada, del que tú tienes tan claro el flujo, puede producirse justo al revés. Es más, puede que sea un movimiento de vaivén en el que cada oscilación aumenta el encanallamiento del anterior.

Porque de eso se trata, de encanallamiento, de una pérdida de valores personales y colectivos, públicos y privados, que afectan directamente a los dos valores principales que sostienen a los demás, la libertad individual y la democracia institucional, y ambos, la calidad actual de ambos, deja mucho que desear.

Pero hablar de la consecuencia, sin hablar de síntomas y caminos, es poco más que una falacia. No se llega a la situación actual sin un recorrido culpable, sin una dejación de responsabilidades, sin una ceguera pertinaz, consentida y jaleada, sin una aplaudida falta de autocrítica. Pasar del fanatismo a la desfachatez, y a la exhibición y presunción de impunidad, con la que asistimos todos los días a aconteceres públicos, semipúblicos y privados, a acciones absolutamente aberrantes, que intentan presentarse como necesarias e, incluso, como beneficiosas para la sociedad, cuando es evidente que su falta de ética es tan perversamente dañina que enmascara cualquier posible beneficio de otro tipo, es una camino que ha de hacerse, que se ha hecho.

Tú sostienes, y es en lo que no vamos a estar de acuerdo, que el encanallamiento de la vida cotidiana es consecuencia del de la vida pública, política, y yo no estoy de acuerdo por los motivos que ya te dije. Es tal el nivel de encanallamiento en el que nos hemos acostumbrado a vivir, entre mentiras, corrupciones, medrajes, mediocridades ensalzadas y desfachatez para asumirlas sin complejos, ni responsabilidad, que hablar de libertad es una entelequia, y hablar de democracia es solo otra mentira.

El camino se inició, el de la desfachatez, el del autoritarismo mentiroso, el de la mentira que justifica los actos, allá por el gobierno de Aznar, durante el cual la corrupción, y no solo del partido en el gobierno central, también de los gobiernos autonómicos de todos los colores, se empezó a enmascarar con gestos de sobreactuación cómplice, y esa corrupción le sirvió a Zapatero para iniciar un periodo de frentismo radical que aún no hemos podido superar, y que llevó a un episodio tan chusco, lamentable y degradante, como el famoso debate de Solbes negando, con fines electorales, una crisis mundial que fue el detonante de una crisis nacional de dimensiones catastróficas para la economía del país. Y esta crisis, a su vez, fue la excusa perfecta para un gobierno, el de Rajoy, basado en el tancredismo y el autismo institucional, ciego y sordo a cualquier objetivo que no fuera el económico y a cualquier medio que no fuera el recorte de derechos y servicios sociales, todo ello rodeados de escándalos de corrupción de los que no salía otra responsabilidad que la del directamente acusado, la impunidad como referencia de las altas jerarquías del partido, lo que llevó a un clima irrespirable, que bien trabajado  posibilitó la irrupción de una nueva fase, de un ¿líder? cuya máxima es que cualquier daño ético ya lo curará el tiempo y cuya falta de verdad, de valores y de humildad nos han llevado al estado actual, en el que la democracia es una palabra, la libertad se mide por la capacidad de hacer lo que nos da la gana y la ética solo se aplica en modo comparativo. Y ese camino desemboca en una de las épocas más oscuras, democráticamente hablando, y desmoralizantes de la historia reciente de nuestro país. Si te sirve como ejemplo, el mercadeo y final chusco de la reforma laboral, pactada por un gobierno de limitada representatividad, que no avalan los socios que lo llevaron a gobernar, y unos supuestos representantes sociales que solo representan a una ínfima parte del entramado laboral español (hablo de números reales, no de conceptos deformables), a espaldas de las verdaderas necesidades de un momento difícil, y vendida como un compromiso, falso compromiso ya que el compromiso era otro, de los partidos en el gobierno con sus votantes, sabiendo, porque lo sabían, desde antes de comprometerse, que no tenían ninguna posibilidad de  derogar la ley anterior en el entorno globalizado en el que vivimos.

Y así leído, así planteado, tú tienes razón, pero si lo examinamos con un poco más de perspectiva, si abrimos nuestro espectro de visión para hacerlo más amplio, podremos observar un fenómeno paralelo, un poco anticipativo, que permite este proceso degradante que estamos viviendo, que justifica el populismo que nos está dominando y que conlleva que no nos quede, ni siquiera, la palabra.

Pensemos una cosa, José María Aznar es, de facto,  el primer representante no histórico de los partidos mayoritarios, el primer presidente del gobierno ajeno al proceso constituyente, ajeno a la transición, y, a partir de él, todos los demás tienen esa misma característica. Todos tienen ese algo en común, algo que no habían tenido los anteriores: gobiernan para sus partidos, o para ellos mismos y su cúpula, no para el país, no con un proyecto de estado. Gobiernan según sus programas, o no, pero siempre de espaldas a las necesidades cotidianas, del pueblo llano, de los no militantes.

Hay dos procesos populares que contribuyen de forma determinante, si no son el origen, de esta incapacidad de asumir las responsabilidades, de este criterio de que mentir soluciona cualquier error, de que hacer lo contrario de lo que se ha comprometido se soluciona con aplausos, con adhesiones inquebrantables, con la ignorancia, o prohibición, de la crítica. El primero son las elecciones primarias, que tan de moda democrática se han puesto y que significan, ni más ni menos, que el candidato elegido es aquel que más puede encender la pasión fanática de los militantes. Nadie piensa en el país a gobernar, nadie piensa en las propuestas políticas del candidato, nadie exige la viabilidad o capacidad de hacer viables esas propuestas, solo importa despertar el fervor de la masa, el populismo. El segundo factor es el fanatismo, seguramente el más dañino y degradante de los factores, porque elimina la capacidad de autocrítica, la capacidad de rigor ético, de una fuerza política.

Si la verdadera democracia reside en el pueblo, que es al mismo tiempo objeto y garante de esa democracia, que es al mismo tiempo sujeto de los derechos que sus representantes tienen que defender, y censor de las malas actuaciones de esos gobernantes, y ese pueblo, en el caso de los partidos sus militantes y simpatizantes, renuncia a esa censura, encanallado en un fanatismo que ampara cualquier actuación de los suyos, la democracia ha dejado de existir, y el gobernante entra en una frase de impunidad, de desfachatez, de encanallamiento.

Y ahí estamos, en el fanatismo, en el forofismo, en la mentira, en el autoritarismo, de momento temporal, en el populismo, en los falsos valores, en la mentira sin consecuencias, en la impunidad, en la desfachatez, en, en definitiva, el encanallamiento del que te hablaba.

viernes, 7 de enero de 2022

Los cuestionistas

Corría el año del señor de 1520, los españoles intentaban conquistar la capital de México mediante alianzas con tribus sojuzgadas, cuando un aliado inesperado, inesperado por los mexicanos que incluso ignoraban su existencia, inesperado por los españoles porque no contaban con él, vino en su ayuda, y allí se quedaría hasta 60 años después, hasta cuarenta millones de indígenas muertos después.

Mucho se ha hablado de los aguerridos descubridores españoles, que eran aguerridos, ciertamente, eran descubridores de lo desconocido por la civilización en la que habían nacido, sin duda, pero eran pocos y mal equipados para la colosal tarea que años, siglos, después podemos comprobar que acometieron. Pero no todos los que llegaron a América eran españoles. Por ser más exactos, no todos eran humanos, no todos ocupaban lugar en los barcos, o al menos, no todos estaban presentes en los manifiestos de embarque.

Virus desconocidos para los indios, tan desconocidos para ellos como lo era para nosotros el COVID en sus inicios, y posiblemente aún ahora, los virus de la viruela y el sarampión principalmente, se difundieron entre la población indígena creando una pandemia que, por duración en años y número de muertos, aún no ha sido superada por ninguna otra, ni siquiera por la peste negra, esta bacteriana, que asoló Europa y Asia, y que durante seis años mató al 50-60 % de la población a la que afectó.

Las pandemias, unas más mortíferas en el tiempo, otras más mortíferas en corto plazo, suelen ser el enfrentamiento del sistema inmune del ser humano con una afección para la que no está preparado, y eso ha sucedido, sucede y sucederá a lo largo de la historia. No olvidemos que, ya literariamente hablando, los marcianos de la “Guerra de los Mundos”, que arrasan ejércitos y resistencias gracias su superioridad tecnológica, fracasan en su invasión porque su sistema inmune no es capaz de enfrentarse con eficacia a las afecciones terrestres, y mueren en sus naves mientras contemplaban su victoria militar. Las grandes potencias, sus estamentos militares, ni lo ignoran, ni lo olvidan.

Se ha establecido un falso debate, un debate interesado, un debate politizado, entre los que niegan el virus y los que consideran cualquier medida oficial a tomar contra el COVID como si fuera un mandato divino, entre negacionistas y oficialistas, pero tanto en un bando como en el otro trabajan con más mentiras que certezas, con más fe que razón, y así es difícil llegara a verdad alguna, ni siquiera parcial. Los negacionistas niegan, mire usted que cosa absurda, desde la existencia del virus, hasta la utilidad de la vacuna. Los oficialistas exigen, lo que es un disparate, desde el uso de la mascarilla en espacios abiertos, hasta el cierre de cualquier actividad, preferiblemente de ocio y nocturna, lo que huele a recorte de libertades, de tipo puritano, más que a ningún tipo de eficacia en la lucha contra la afección.

Desde los estamentos oficiales, sin ningún rigor, sin ninguna previsión de futuro, sin ningún conocimiento básico de los mecanismos del virus, se enfocó la lucha como una batalla de exterminio, como un duelo en OK corral, solo podía quedar uno, o el ser humano, o el virus, y en esa estrategia de terror, de enclaustramiento, en esa psicosis de batalla definitiva, se enmarcaron las vacunas. Y ahora, dos años después de la irrupción mortífera del virus, los oficialistas, aferrados a una estrategia que nunca debió de ser, aferrados a una mentira oficial que en ciertos momentos pudo tener alguna justificación, siguen planteando esta batalla sin vencedor posible , con una estrategia basada en la desaparición, en la imposible desaparición, del virus.

Ahora, cuando el negacionismo es absurdo, es inconsistente, es ridículo, el oficialismo se arroga el derecho a la verdad absoluta, a una verdad que, tal como está planteada, y llevada a su extremo, no puede desembocar más que en un desastre social y económico de dimensiones incalculables, y por si fuera poco el disparate, resulta que, con cierto fundamento estadístico, el negacionismo es de extrema derecha, y el oficialismo es progubernamental. Lo que en España lleva a la cómoda rutina silogista, al simplismo intelectual político-interesado de:

- Si cuestionas algo sobre el virus eres negacionista

- Si eres negacionista eres de extrema derecha

- Luego si cuestionas algo sobre el virus eres de extrema derecha.

Y así planteado supone tal empobrecimiento de la capacidad intelectual, ya mermada en general por ideologías y un sistema educativo deficiente, deficiente por interés, que cualquier debate sobre una cuestión de capital importancia se hace desde posiciones frentistas, irreductibles, nada constructivas, nada edificantes. Unos desde un negacionismo cerril, incapaz de asumir una realidad palmaria, el virus, el beneficio evidente de las vacunas, otros desde un terror ideologizado, incapaces de asumir las mentiras oficiales: el virus difícilmente se propaga en espacios abiertos, ni siquiera en el contacto físico casual de un saludo o un abrazo, salvo patología previa que lo haga de riesgo, el virus no se propaga por contacto, salvo que ese contacto sea reiterado y afecte a las zonas sensibles, el virus no ataca más por la noche, ni es especialmente furibundo con los que bailen o tomen copas, aunque no tomar ciertas precauciones pueda significar un riesgo de contagio.

El cierre del ocio nocturno, el toque de queda, no parecen otra cosa que medidas estéticas y puritanas. Si cierro los locales, fomento los descontroles de los botellones. Si impongo el toque de queda, fomento el descontrol de las fiestas privadas, favorezco a aquellos cuya forma de vida, cuya calidad de vida, les permite disponer de espacio no comunitario para sus actividades. En definitiva, son medidas coercitivas de dudosa eficacia respecto al virus, pero que no son dudosas respecto al cercenamiento de la libertad. Medidas estéticas que enmascaran la falta de acción política: inversión en personal y medios sanitarios, inversión en infraestructuras necesarias.

El virus no se va a erradicar, es ya parte de nosotros, al menos de la mayoría, y acabará siendo de todos, y ahora nos toca aprender a vivir con él, aprender, como lo hacemos con el virus de la gripe, con el del SIDA, con otros tantos, a tomar las precauciones evidentes de no querer estar enfermos, de no querer pasar un episodio incómodo que, si se complica, y siempre puede complicarse, como con la gripe, como con el SIDA, como con tantos otros, puede ser letal. Y las vacunas han sido fundamentales para lograr parar la capacidad mortífera del COVID, si tienen otros efectos perjudiciales, otras consecuencias indeseadas, solo el tiempo lo dirá, pero nos han permitido ganar, de principio, esas batallas, la del tiempo, la de la vida.

Pero eso no significa que tengamos que basar toda nuestra vida en el número de vacunas recibidas, como si de cicatrices de victorias se tratara. Hay ya quién habla de cuarta dosis mientras hay estudios rigurosos que cuestionan la eficacia de la tercera dosis, y hay opiniones autorizadas que intentan poner un poco de luz en tanta posición visceral, irracional, emitida desde posicionamientos que nada tienen que ver con la medicina, con la salud. Y mi actitud es escuchar a todos, es defender la salud y la libertad, es cuestionar desde una mentalidad no mediatizada por el terror, por la ideología, por la economía o por un cientifismo que invalida cualquier otro matiz, toda la información que me llega, y vivir. Seguir viviendo, seguir amando, seguir disfrutan do de lo que y de los que me rodean, sin ponerme en peligro, sin suponer un riesgo para los demás, pero sin caer en aspavientos, en mediocridades y en zarandajas de los que no se atreven, o no son capaces, de reconocer sus errores, que no por compartidos los hacen menos erróneos, de los que consideran que la vida de los demás es un riesgo para la suya propia.

Ahora solo queda, ya hay atisbos, variar el clima de terror que durante dos años se ha sembrado, se ha imbuido, se ha grabado a fuego en muchas gentes, que aún hay personas y estamentos empeñados en mantener, por otro de responsabilidad y precaución que es el que corresponde al momento actual y al devenir previsible, hasta la próxima pandemia, porque habrá otras, no les quepa la menor duda, y tal vez no tan lejanas.

Así que, sabiendo de antemano que mi opinión será considerada negacionista por los más oficialistas, y colaboracionista por los más negacionistas, he decidido declararme cuestionista. ¿Qué eso no existe? Por eso, precisamente por eso, ya va siendo hora de que exista.

sábado, 1 de enero de 2022

Jo, jo, jo (cof,cof,cof)- Un cuento navi-covi-deño

En estos días lo habitual sería disfrutar de unas fechas festivas y familiares, criticar, o ensalzar, la iluminación navideña y preparar los regalos para que SSMM los Reyes Magos, o Papá Noel, según conveniencia familiar, los dejen en el salón de las casas donde niños y mayores esperan con ilusión, con nervios, y con expectación, la mañana señalada para abrir los paquetes y empezar a disfrutar de la magia de los mágicos presentes.

Lo habitual sería olvidar las penas y las penurias y lanzarse a la calle, a los brazos de la familia, a la reunión con amigos y compañeros para festejar, como si fuera un presente sin pasado, un presente sin mañana, con un punto de histrionismo, de histerismo, de ansia de felicidad, unas navidades llenas de tradición, llenas de necesidad de descargar las preocupaciones cotidianas, llenas de ansias de momentos dulces y felices, empezando por el día nacional de la salud, que casualmente coincide con el día del sorteo de Navidad. Eso sería lo habitual, pero este año veo, en realidad entreveo, porque es difícil observar una sonrisa, ver perfilarse un beso, insinuar con un gesto, ojos cansados, ojos con rabia, ojos con miedo. Y en esta panorama, en este mundo entrevisto que se oculta, porque eso permite pensar que existe una certeza que nadie tiene, nadie, me resulta difícil pensar un mensaje de esperanza, intentar imaginar un año en el que la siembra de terror con la que nos han amargado durante dos años, con la que nos siguen  amargando sin fin justificable, no siga dando sus frutos a conveniencia de industrias, de gobernantes, de fanatismos de todo signo.

Nadie nos cuenta, y a los pocos que lo cuentan o no se les escucha, o se les insulta para callarlos, que las vacunas, necesarias pero cuestionables en su explicación y desarrollo, eficaces pero no definitivas, no podían ser una solución de erradicación, y son solo un intento, parece que eficaz, necesario por cronificar, por asumir, por integrar, un mal que irrumpió con una mortalidad que hacía décadas que no sufríamos, y que sembró el terror, posiblemente interesado pero incuestionable, en la sociedad. Nadie parece tener interés en escuchar que ahora ya es el tiempo de los tratamientos que empiezan a surgir, el tiempo en el que el COVID como agente mortífero no supera a la gripe, a las enfermedades cardiovasculares, o al cáncer, el tiempo en el que intentar no contagiarse ya no tiene que ser una obsesión, debe de ser una precaución. Un tiempo en el que su estacionalidad será continua, en el que los protocolos de aislamiento no pueden paralizar a un país, no pueden desmembrar a  una familia, no pueden separar a los amigos, a las parejas. Un tiempo en el que corresponde a la inversión en medicina y no a las medidas coercitivas, cercenantes, tomar el relevo del combate. Más sanidad y menos restricciones, de la mano.

Han vuelto los abrazos, pero cuesta apretarlos, cuesta prolongarlos, cuesta disfrutarlos. Han vuelto algunos besos que se quedan enredados en telas que separan los labios de la piel ajena, en telas ávidas de sentirse piel deseada, de creerse labios entreabiertos. Han vuelto los apretones de manos, pero algunos revolotean y en el camino se convierten en puños que chocan, o en gestos incompletos.

Me han contado, no lo puedo dar por cierto, parece ser que sucedió en algún país del norte, tal vez lo he imaginado, que en cierto hogar en el que se esperaba a Papá Noel con todo preparado para recibir los regalos, oyeron en el tejado el tintineo característico de los renos, y que, incluso, a través de la chimenea se filtró el destello rojo de la nariz de Rodolfo. Todos corrieron a esconderse, a sus camas, todos simularon el sueño, y en esa empezaron a oír que por la chimenea se deslizaba alguien. Todos los oídos esperaban, atentos, el característico “JO,JO,JO” de Santa Claus, pero en medio del silencio expectante resonó como un aldabonazo siniestro en un castillo caucásico y desierto un “cof, cof, cof” de una tos ahogada. El “pater familias”, espantado, se incorporó de un salto en su lecho y corrió a la chimenea, llegó justo para ver como un rostro orondo y barbudo, sobradamente conocido y esperado, asomaba  junto a un cuerpo rotundo, un saco, y… ¡dios mío!, sin mascarilla. El padre, escandalizado, le exigió con un gesto,  todo fue gestual en el encuentro, que se pusiera el adminículo, Papá Noel intentó explicarle que los entes mágicos no sufren enfermedades y por tanto no llevaba medidas preventivas, ni tenía el pasaporte COVID porque no se había vacunado, no lo necesitaba. Todo fue inútil. Tras los aspavientos, las exigencias, los intentos de explicación y las conminaciones, Papá Noel y sus regalos emprendieron, resignados, el camino de vuelta chimenea arriba hasta su trineo, no sin antes, por el camino, volver a oírse el mismo “cof,cof,cof” que se había escuchado anteriormente.

El padre, triste pero orgulloso, se volvió a la cama y le explicó a su esposa, que por primera y única vez en su matrimonio le dio la razón, lo sucedido, y la tristeza que sentía porque sus hijos ese año no tuvieran regalo. La noche transcurrió con la lentitud propia de las noches de tristezas, de agobios, de renuncias, y al llegar la mañana, al oír a sus hijos prepararse para acceder al salón y ver sus regalos, el padre se sintió en la obligación de explicarles que posiblemente, debido a la pandemia y a las restricciones, Papá Noel no hubiera llegado.

Abrieron el salón y… allí estaban los regalos de los niños, incluso más de los que habían pedido, pero ni uno solo para los padres. Para los padres solo había un sobre, manuscrito de Papá Noél. El texto era escueto:

“Para el próximo año os deseo una limpieza completa de la chimenea, porque ni los más mágicos podemos pasar entre tanta porquería sin que se nos congestionen las vías respiratorias”

Al texto acompañaba una tarjeta de una empresa de nombre “Supercalifragilisticoespialidoso” especialistas en limpieza y deshollinado de chimeneas.

Y hasta aquí lo que me han contado, hasta aquí lo que yo puedo contaros pensando en la próxima llegada de los Reyes Magos, no les vayamos a hacer el feo de olvidar que son magos pero humanos, que pueden toser, estornudar, aunque no estén enfermos, y no nos vaya a arruinar las navidades un golpe de tos inoportuno. No echemos esta historia en saco roto, apréciese el doble sentido, y dejemos que la vida, que la magia, que la razón, presidan nuestras fiestas.

Felices fiestas A TODOS, TODOS, Y TODOS.

domingo, 12 de diciembre de 2021

Entre dos mentiras

La verdad no existe, y menos cuando las verdades con apellidos intentan tomar su lugar. Y entre todas estas verdades miserables, entre todas estas verdades a medias, vergonzantes, hay una que es especialmente intolerable, seguramente porque es la que debería de ser una verdad fiable, la verdad oficial. Esa verdad que deberían de contarnos aquellos que tienen obligaciones y responsabilidades por sus funciones, pero aprovechan esa posición de privilegio para escamoteárnosla, para contarnos una mentira con medios y ánimo de crear una realidad alternativa.

Paseaba el otro día con unos amigos por el centro de Murcia, supongo que podía haber sido en cualquier otro lugar de España, de Europa, del mundo, cuando me encontré con un grupo de gente, no demasiada, no demasiado interesada, escuchando a una persona, eran varias pero una llevaba la voz cantante, equipada con un megáfono y con unas cuantas hojas en la mano que pretendían repartir sin demasiado éxito.

Me acerqué, ma non troppo, por aquello de que si la curiosidad mató al gato, la ignorancia mató a muchos más gatos, y escuché un fragmento del discurso negacionista que apenas lograba fijar la atención de unos cuantos, pocos, ya lo dije, viandantes. La historia, conocida. “… tenía 23 años y disfrutaba de una vida plácida y una salud perfecta, pero decidió vacunarse y a los diez días estaba muerta. Sus padres lloran ahora a esa hija tan querida que tomó una decisión presionada por su entorno y los medios de comunicación que colaboran con las multinacionales farmacéuticas… “. No me quedé a escuchar más. Tampoco merecía la pena porque en mi traslado no literal de la historia creo que le he hecho ganar calidad, lexicamente hablando.

El gran problema es que con la misma sensación de rechazo, pero con un desprecio mucho mayor, acojo a diario, sin que haga ninguna intención de escucharlo, metido en mi casa, introducido en mi salón sin pedirme permiso, ni aviso previo, historias igual de lamentables perfectamente construidas por guionistas a sueldo, contadas con suficiencia y prestancia por los locutores oficiales, o construidas con una estructura lingüística impecable por los columnistas reconocidos, pero de signo contrario. Relatos de terror psicológico que nos cuentan que “… destacado negacionista murió ayer a causa del COVID y sin vacunarse”. O “cuatro miembros de una familia que había decidido no vacunarse murieron ayer en el hospital …”. Repugnante.

Si algo debería de removernos las tripas, lanzarnos a la calle, reclamar la honradez que los políticos actuales no tienen, es la imposibilidad de tragar la verdad oficial sin que las arcadas te hagan perder el resuello. Es intolerable que aquellos que tienen el mandato de velar por nuestros intereses consideren que mentirnos es uno, tal vez el principal, de esos mandatos. Es intolerable que la verdad oficial sea una mentira elaborada, trabajada y difundida con los medios que nosotros mismos le proporcionamos.

¿Existe el virus? Existe. ¿Es natural o de laboratorio? Yo apostaría por que es de laboratorio ¿las vacunas son fiables? Solo me atrevo a decir que son eficaces para aquellos que no se contagian, o que si se contagian es levemente, y son ineficaces para aquellos que aún vacunados enferman gravemente, o incluso mueren ¿Habría más muertos sin vacunas? Puede que sí, pero no me consta ¿Yo me he vacunado? Sí, pero aún arrastro secuelas, y lo hice por responsabilidad social, no porque me creyera las historias que se cuentan, o estuviera de acuerdo con la mayoría de los argumentos que se aportan a favor de su uso. Tengo una nieta de cuatro años, dos hijos con sus parejas y una esposa, y no soportaría la posibilidad de que enfermaran por mi causa.

¿No es triste? ¿No es lamentable vivir entre dos mentiras y no poder acceder a una verdad con la que poder defenderte?

Los negacionistas me merecen el respeto, poco pero firme, de aquellos que pelean por su idea sin importarles su imposibilidad de convencer, sin importarles la endeblez y ridiculez de sus argumentos, pero no podría compartir con ellos la posible responsabilidad de contribuir al contagio del virus. Puedo, incluso, compartir con ellos muchas de las preguntas que se hacen, pero no comparto casi ninguna de las respuestas que aportan.

Y por el ala oficialista, pro vacunas, me repelen los especialistas en enfermedades y catástrofes que expanden sus mensajes de terror llamando al enclaustramiento social, al miedo a todo lo ajeno, a la esterilización emocional de la sociedad, como remedio único para una enfermedad de la que parecen desconocer casi tanto como los ciudadanos de a pie. Yo también puedo entender que ante un problema de transmisión la mejor solución médica es el aislamiento total, absoluto, pero, tal vez, esa solución, como tantos medicamentos, tenga unos efectos secundarios indeseables.

En resumen, creo que soy un negacionista conceptual porque considero que nos están mintiendo, pero mi negacionismo es parcial ya que ante la responsabilidad social con los que me rodean opto por tomar todas las medidas que los demás me solicitan para su tranquilidad.

Vivo entre dos mentiras, en la certeza de dos mentiras, y la absoluta abyección de los responsable políticos, científicos, económicos y sociales, me escamotea el derecho a tomar una decisión fundamentada en argumentos ciertos, me escamotea el derecho a vivir responsablemente.

sábado, 4 de diciembre de 2021

Cuando el Grinch fue alcalde de Madrid

Hay personas, habitualmente personajes, cuya memoria, sobre todo si es nefanda, sobre todo si es maligna, perdura más allá de su etapa. Personajes que por mucho que pase el tiempo nos siguen agrediendo con sus obras, con los daños que su gestión ha perpetrado en nuestras vidas.

Creo que desde que, allá por año 2000, Jim Carrey salió pintado de verde, y nos mostró un personaje obsesionado por destruir la navidad, por acabar con el llamado espíritu navideño, el Grinch ya es un personaje conocido en nuestra cultura, un personaje al que a lo largo de los años transcurridos todos hemos podido ponerle alguna cara, la cara de alguien de los que tenemos en nuestros círculos cercanos. Hay mucha más gente de la que parece a la que la navidad no le gusta, incluso les incomoda. Muchos son los argumentos, pero una la conclusión: preferirían que la navidad no existiese.

Afortunadamente son, somos, muchos más los que disfrutamos de unas fiestas que parecen facilitar algo más las relaciones entre las personas, los que apreciamos en el aire una cierta calidez humana que no está el resto del tiempo, como si atesorásemos el resto del año nuestros mejores sentimientos hacia los demás, para volcarlos en ese momento.

Puede que no sea así, puede que sea una percepción subjetiva, interesada, pero cuando los públicos, los comercios, las casas, se llenan de luces, cuando empiezan a sonar los villancicos y la gente se echa a la calle, algo parece florecer en el ambiente.

Hoy escribo desde Estrasburgo, desde Alsacia, desde esa región francesa que limita con Alemania y que, a propósito de la Navidad, engalana sus pueblos, sus calles, los llena de música, de colores de adornos y de ambiente festivo para que todos los que queramos podamos compartir las fiestas con ellos. Gente, vino caliente, adornos navideños, música y una alegría sin complejos intelectuales, sin complejos de laicismo de laboratorio, parece ser la fórmula.

Estrasburgo, Colmar, Mulhouse, un montón de lugares, de pueblos que se transforman por navidad, y en los que la gente se ocupa de disfrutar y sacar partido a la alegría, unos sintiéndola y otros vendiéndola, todos paticipando. En mi recorrido ayer por Colmar vi un puesto, seguro que hay más, donde una dependienta velada, presumiblemente musulmana, vendía figuras navideñas, adornos, productos, sin que  la  diferencia de creencia provocara ningún rechazo en la vendedora, ni en los compradores.

Pero no quiero desviarme de mi objetivo inicial, que no es hacer un canto al auténtico laicismo, a la auténtica multiculturalidad, que no es la que cercena nada, si no la que incorpora todo, mi objetivo era contar que estoy aquí buscando poder disfrutar de un espíritu navideño, de un ambiente y decoración propios de la fiesta, porque desde que el Grinch fue alcalde de la ciudad en la que vivo, Madrid, si alguien quiere iluminación, adornos, espíritu festivo (iluminación propia de la navidad, adornos con motivos navideños, espíritu festivo navideño), más vale que salga a buscarlo a otro sitio.

Nuestro Grinch particular, que el olvido pueda caer alguna vez sobre su memoria, Alberto Ruiz Gallardón,  nos dejó una navidad sin espíritu, fría, de diseño, vaciada hasta que la alegría se convierte en un rictus, en una mascarada sin espíritu alguno. Una ciudad que dice celebrar pero no sabe cómo, o si sabe no se atreve, como si se avergonzara de lo que quisiera celebrar.

Desafío a los madrileños a que encuentren entre las luces actuales, entre los adornos, un solo motivo tradicional de la navidad. Figuras geométricas, luces sin forma reconocible, por no hablar de aquella iluminación que pusieron en la calle Velázquez con palabras positivas (alegría, paz, felicidad, armonía, encanto…) y que después de un cierto recorrido uno no sabía si estaba celebrando algo o asistiendo a una sesión de hipnosis luminosa por cuenta del alcalde.

Y también acabó con las cabalgatas de Reyes, aquellas que recorrían la calle Alcalá, llenas de carrozas, abarrotadas de niños y mayores que se hacinaban para verla pasar, siempre espectacular (recuerdo la famosa cabalgata del año en que se estaba rodando en el Retiro “El Mayor Espectáculo del Mundo”), pero sobre todo popular, cálida, llena de ilusión. Por conveniencias que solo a él le fueron reveladas la trasladó al frío e impersonal recorrido actual por la Castellana, al tiempo que empezaba a imponerse una estética que hacía difícil distinguir la cabalgata de Reyes, la de carnaval o la del día del orgullo gay.

Lo de vestir a los Reyes con vestidos de cortinajes, subvertir la historia, y la Historia, en base a unos conceptos puramente ideológicos y actuales, y manipular la fiesta para satisfacción estética propia, ya lo completaron otros hijos del Grinch que gobernaron la ciudad a posteriori.

Al final, lo que cuenta, es que el madrileño que quiere vivir eso del espíritu navideños, los excesos estéticos, el ambiente festivo como tema principal, tendrá que visitar Francia, Bélgica, Alemania, Nueva York o Vigo, o, si se es poco viajero, pasear por Madrid buscando las calles, o trozos de calle, que los comerciantes adornan, con la colaboración técnica del ayuntamiento, con extrañas luces sin simbolismo alguno.

Bueno, y siempre queda la televisión, las películas de una navidad norteamericana vivida sin complejos y en la que el Grinch siempre pierde, no como aquí que gana elecciones municipales.

miércoles, 1 de diciembre de 2021

Cartas sin franqueo (XLVIII)- La ética comparada

Se pueden decir muchas cosas, y se pueden decir de muchas maneras, porque, a veces, en la forma de elegir como se dice está la verdadera esencia de lo dicho. Si, ya lo sé, parece un trabalenguas, pero no es eso lo que pretendía, si no poner la vista en las formas, que suelen ser reveladoras.

Hablábamos, como tantas veces, sobre la deriva indeseada de esta sociedad, política, social, ética y económicamente hablando. Sobre la decadencia evidente de la postura de reclamar derechos sin comprometerse con las obligaciones, o comprometiéndose, siempre y cuando esa obligaciones se le impongan a los ajenos. Hablábamos, como tantas veces antes, de la mediocridad de los dirigentes que intentan trasladar a una sociedad adocenada, dormida, que espera permanentemente a que sean los demás los que hagan lo que, en estricta realidad, les correspondería hacer a ellos: luchar, reclamar, exigir, su propia mediocridad.

Pero, como tantas veces en nuestras conversaciones, y en otras, solemos referirnos a nuestra escala de valores como punto de referencia para el análisis, y esa es una postura perversa, torticera. Cada uno es dueño de su escala de valores, si es que es consciente de que la tiene, y cada uno debe de exigirse a sí mismo, y no a los demás, en función de ella, pero solemos hacerlo justo al revés, exigimos a los demás en función de nuestras convicciones y no toleramos que los demás puedan tener otras diferentes, y puedan planteárnoslas como alternativa. Mal negocio.

Y en estas formas, en esta manera de enfocar nuestras relaciones, es donde mejor se puede observar el mal profundo que nos afecta. Somos reos, tal vez hasta la muerte, de la ética comparada.

Se supone, y no pasa, salvo en las inevitables y venturosas excepciones, de ser una suposición, que uno de los principales anhelos del hombre es la superación, personal y colectiva. Según esto todo ser humano debe de tender a superar sus imperfecciones y alcanzar una plenitud espiritual y social que le permita una felicidad plausible, de eso iban, inicialmente, las religiones, de facilitar un método de superación personal y social.

Pero lo que vivimos día a día, lo que día a día nos encontramos en nuestro entorno es una aplicación perversa de este principio, una preocupación torticera y dañina por la ética comparada, por el análisis sistemático de la forma de actuar, de actuar mal, ajena para justificar la propia.

No importa robar, siempre y cuando podamos decir que ha habido otro que también ha robado. No importa mentir, siempre y cuando podamos argumentar que otro ha mentido. No importa engañar si ha habido alguien que ha engañado antes y ha dejado abierta la puerta a que todos nos convirtamos en ladrones, en mentirosos, en falsos.

¿Qué enseñanza ética, qué perfeccionamiento, qué ejemplo, podremos obtener de alguien que acusado de cualquier conducta indebida, no la desmiente, no, si no que argumenta la impropia conducta ajena? ¿Es ese, realmente, el camino correcto para alcanzar ciertas metas? ¿Qué se puede esperar de alguien que en vez de asumir las responsabilidades de sus actos, se escuda en los actos ajenos para sortearlas?

-          Tú eres un asesino

-          Tú has matado a doscientos.

¿Realmente importa a cuantos, cuando, con qué motivo, alguien ha matado a gente? ¿O lo realmente importantes es que hay gente que ha privado de la vida a otros? ¿A partir de cuántos muertos, en qué circunstancias, con qué argumentos, alguien debe de ser considerado un asesino? ¿Nunca porque ya ha habido otro que ha matado a alguien, o que ha matado a más, o que ha matado con unos argumentos que nos son más simpáticos?

Personalmente creo que la ética no funciona así. Personalmente creo que la ética debe de tener un nivel de autoexigencia tal, que nunca la conducta ajena puede justificar los actos propios. Personalmente creo que la ética comparada es un invento de sinvergüenzas, de desahogados, que buscan un espejo opaco, un espejo con paisaje pintado y sin reflejo, para poder contemplarse en él y poder seguir adelante.

Y es que, aplicando la ética comparativa, ya podremos empezar a prepararnos, aunque tal vez ya empezamos a ver atisbos de ello, para la existencia de una legalidad comparada, de una legalidad que no juzgue los hechos, las acciones, si no la cantidad, la oportunidad, la originalidad del delito. Un delito será mayor, si antes no lo ha cometido nadie, pero quedará impune si se puede demostrar que otro lo ha cometido mayor, o con peores argumentos.

¿Qué mis palabras te suenen a dislate? Te recomiendo un paseo por los medios de información, una visita a los diarios de sesiones, un garbeo, con chubasquero y paraguas para el espanto, por las redes sociales.

Mis palabras solos son, sin pretenderlo, una breve semblanza del estado de putrefacción de una sociedad que solo cree en la ética comparada. Que no cree en otra ética que en la que le puede servir para atacar al prójimo. O sea, sin ética.