sábado, 8 de mayo de 2021

Lavarse las manos

El 9 de mayo de este año del señor del 2021, hemos salido del estado de excepción, o, como gustan de decir nuestros próceres, ha decaído el estado de excepción, lo que no significa que haya entrado en depresión, que algunos sí, ni que se haya ensimismado, que algunos seguirán, ni siquiera que se ha puesto malito, que hay muchos que como lo son no tienen que ponerse, simplemente significa que ha dejado de estar en vigor.

En Román paladino, que se acabó lo que se daba. Que, con la ley en la mano, volvemos a recuperar ciertas libertades individuales que nos habían sido suspendidas por el bien de todos, a decir de los que las suspendieron. Aunque bien mirado, sí pero no, porque seguimos con obligaciones peregrinas, a decir de los científicos, como el burka en espacios abiertos o la obligación de los desinfectantes, que a mí, personalmente, me preocupa porque he notado que me ha disminuido el tamaño de tanto darles sustancias extrañas que no siempre resultan recomendables.

Y a eso iba mi reflexión.

Una cosa es el decaimiento, insisto, que no depresión, del estado de alarma, que muchos, por mucho que decaiga, siguen alarmadísimos, y otra es que el gobierno y sus expertos, esos sin nombre conocido, van a seguir machacándonos con los diez mandamientos del terror:
  •  El primero, temerás a tus semejantes como al virus mismo
  •  El segundo, no te reunirás con nadie ni con causa justificada
  •  El tercero, detestarás los bares
  •  El cuarto, la salud es lo primero ( este viene de lejos y se aplica sobre todo el veintidós de diciembre)
  •  El quinto, no tocarás a tus semejantes, de pensamiento, palabra u obra.
  •  El sexto, no permitirás que te contagien, ni contagiarás (aunque no te hayas contagiado o te hayan vacunado)
  •  El séptimo, te lavarás las manos, o te las desinfectarás, en cada lavabo, o dispensador, que encuentres a tu paso.
  •  El octavo, ocultaras tu rostro como si en ello te fuera la vida
  •  El noveno, respetaras la distancia social aunque no haya nadie
  •  El décimo , no añorarás la caduca normalidad
Estos diez mandamientos se resumen en uno, vivirás con miedo el resto de tu vida, y preservarás ese miedo, como si fuera tuyo, para utilidades futuras.

Así que qué el estado de alarma deje de estar en vigor no viene a significar otra cosa que lo que antes se hacía con la ley en la mano, y dado que al gobierno central esa ley empieza a pasarle factura vistos los escasos resultados, ahora se va a hacer sin la ley en la mano, mediante la coacción mediática o, si el estamento judicial del lugar lo permite, a pesar de la falta de ley que lo respalde.

En otras palabras, y por si alguien no me ha entendido hasta este momento, se trata de quién tiene que hacerse un Poncio Pilatos, esto es, quién tiene que seguirse lavando las manos para que otros, el gobierno, se sigan lavando las suyas.

Casi año y medio después del inicio de esta pesadilla, seguimos manteniendo medidas que no avala ningún estudio científico (el contacto no contagia, claman todos ellos, a pesar de lo que seguimos siendo “obligados” a evitarlo. La transmisión es casi imposible al aire libre, pero seguimos con mascarillas por la calle. La transmisión se produce por aerosoles, pero sigue habiendo gente por la calle, en las terrazas, que te obligan a fumar con ellos). Casi año y medio después nos obligan a desinfectarnos en cada recinto al que accedemos, nos invitan a lavarnos las manos con una frecuencia rayana en lo obsesivo, sin que nadie acierte a explicarnos el fundamento de tal rigor.

Pero ese fundamento existe, el fundamento de que tales medidas se mantengan en vigor es puramente estético. Mientras nosotros sigamos teniendo que lavarnos las manos, por temor, ellos, nuestro gobernantes, podrán seguir lavándose las suyas, por absoluta incapacidad, o desidia.

Mientras los culpables de que la pandemia no remita, seamos los ciudadanos, nuestras fiestas, nuestras aglomeraciones, nuestros botellones, nuestra indisciplina en general, nuestras desmedidas, y lesivas, ansias de libertad, no nos fijaremos en que los únicos culpables de una gestión lamentable, y la falta de gestión es una gestión lamentable, son los distintos gobiernos incapaces de ponerse de acuerdo en legislar soluciones inteligentes y proporcionales (siempre ha sido más fácil matar moscas a cañonazos), son los irresponsables incapaces de acomodar las infraestructuras a una emergencia, son aquellos que no han cumplido ni una sola de sus obligaciones porque encontraron la vía fácil del chivo expiatorio ( el mejor amigo de los políticos), el populacho inconsciente e indisciplinado.

Si alguien me preguntara, que nadie lo va a hacer, como le llamaría yo a este tiempo de pandemia, yo no le llamaría los años del coronavirus. No. Yo le llamaría los años de Pilatos. Los años en los que unos tenían que lavarse la manos, físicamente, para que otros se las siguieran lavando, ética, moral y políticamente.

jueves, 6 de mayo de 2021

Pongamos que se habla de Madrid

Seguramente son muchas las lecturas de lo que ha sucedido en Madrid, ningún resultado como el que se ha dado está libre de perspectivas e interpretaciones, pero lo que no podamos dejar de concluir es que es sintomático. Sintomático de un bullir de descontento que el gobierno se empeña en no oír. Sintomático de un discurrir histórico que la izquierda se empeña en ignorar, o ignora de base.

Basta con echar la mirada atrás para comprobar que los resultados del cuatro de mayo en Madrid, entroncan con hechos reiterados en nuestro país. Con el Motín de Esquilache, con el dos de mayo, con la vuelta de Fernando VII, con una forma de pensar que, intelectualmente hablando, puede considerarse históricamente perjudicial, pero es emocionalmente irrenunciable. España, Madrid, puesto en la disyuntiva, apretado hasta el abismo de la elección, elige lo suyo, lo que le piden las entrañas. Y no le importa un ardite lo que ciertas personas subidas en una superioridad moral de dudosa constatabilidad, le diga, y menos si ese discurso viene trufado de insultos y descalificaciones.

Intelectualmente hablando, Madrid, y España en general, a lo largo de la historia se ha decantado por las opciones más sospechosas para su futuro, pero, también históricamente, parece constatable que las opciones que les presentaron no fuero emocionalmente bien planteadas.

Por seguir un orden:

    - Motín de Esquilache. El pueblo se amotina con la excusa del “Bando de Capas y Sombreros” y el         trasfondo real de la carestía del pan, las velas y el aceite para iluminación, todo ello debido a las             medidas de modernización que pretendía un ministro italiano de Carlos III. Posiblemente la                     intención de Esquilache fuera la modernización y saneamiento de Madrid, que vivía en una suciedad      lesiva, y que vestía unos ropajes que favorecían la delincuencia y las algaradas. Sin duda las                 intenciones del ministro eran encomiables, pero estaban en contra de la economía y del sentir del         pueblo , y ese desconocimiento, seguramente debido al origen foráneo del ministro, llevó a una             rebelión que estuvo a punto de anticipar la luego llamada revolución francesa, en unos años.

    - Dos de mayo. El pueblo de Madrid se entera de que intentan llevarse a los infantes a Francia, lo que     suponía el abandono de facto de los reyes españoles. Encorajinados salen a la calle y la intervención     represora del ejército francés eleva el levantamiento de algarada a gesta popular. Sin duda los aires        renovadores de José Bonaparte y sus intenciones suponían una mayor libertad y modernización en la     vida española, pero una vez más, estas loables iniciativas se toman de espaldas al pueblo, contra su        criterio, y el pueblo toma la decisión de elegir lo suyo por encima de lo mejor. Pulsión frente a razón.     ¿Acaso fue mejor para el país Fernando VII que José Bonaparte? Claramente no, pero las mismas        formas hicieron imposible que la iniciativa prosperara.

El planteamiento de la campaña a estas elecciones ha sido absolutamente antipopular por parte del PSOE y de Podemos. No se puede atraer a la gente, mintiendo, menospreciando, ocultando y pretendiendo decirle al pueblo lo que tiene que querer, aunque sea contrario a lo que ese pueblo siente.

No se puede hablar en nombre del pueblo, al tiempo que se le desprecia por su decisión ¿De qué pueblo hablan cuando el pueblo les da la espalda? ¿Solo es pueblo el que vota lo que los autodenominados oráculos populares desean? ¿Qué lectura democrática, del espíritu democrático, se le puede hacer a quién desprecia a la mayoría de los electores porque no han votado según sus deseos y, supongo, convicciones?

Tal vez uno de los mayores errores de la, supuesta, izquierda actual, es aquel que los lleva, desde una atalaya de superioridad moral que nadie les reconoce, a erigirse en formadores de la moral popular, olvidando que su competencia no es esa, que su competencia es administrar, es escuchar y es ejecutar lo que ese pueblo, compuesto por los votantes anónimos y no comprometidos, desea y necesita. Y todo ello desde una probidad, desde una honestidad, que no pueda ser puesta en cuestión por ínfulas personales de los representantes.

No es este el lugar, no es este el momento, para enumerar y extenderse sobre los múltiples episodios de ocultación, de toreo verbal, de falta de verdad que el elenco del gobierno, y de su partido, ha llevado a cabo desde las últimas elecciones. No se trata ahora de desglosar el sistemático ataque a las instituciones, o su uso partidista, en plena campaña electoral, por parte del gobierno central. No hace falta, tampoco, recordar los episodios de enfrentamiento, las ofertas vacías de cogobierno, la falta de respeto a los madrileños, humillados e insultados en sus representantes, las políticas propias de Poncio Pilatos frente a la pandemia, sin más respuestas que aquellas que permitieran descargar las responsabilidades en los demás, pero sin tomar ni una sola iniciativa estructural o legislativa que permitiera hacer frente a la misma. No es tampoco oportuno, aquí, ahora, desglosar los episodios de ocultamiento policial, fiscal, rozando la absoluta falta de ética, por parte de una opción que además se permite presentarse como garante del espíritu democrático y de la transparencia.

Solo hay una verdad democrática que, por dura, por incómoda, nunca aceptan de buen grado los perdedores. “Cien mil millones de moscas no pueden equivocarse, coma mierda”, y si eso vota la mayoría y esto es una pretendida democracia, toca lo que toca, comer mierda. Porque lo otro, lo de hacer votar a las moscas, lo de ser representantes de las moscas, para desde esa posición llamarles sucias, infectas, repugnantes, e intentar imponer que lo que los moscas tienen que querer es chuletón, porque ese es el concepto de una dieta correcta, aunque sea intelectualmente cierto, no es democracia, es otra cosa, tiene otro nombre, y no es bonito.

Es hora de que esta izquierda de salón y soberbia, convencida de verdades absolutas imponibles, trufada de élite intelectual, se remangue y baje a escuchar a la calle y adquiera el compromiso de pelear por los problemas reales de ese pueblo del que se llena habitualmente la boca, y al que solo tiene la pretensión de decirle lo que tiene que pensar, lo que tiene que querer, lo que tiene que votar. Ya es hora de que se comprometa a trabajar por lo que el pueblo quiere, no por lo que ellos consideran que tienen que querer. Ya es hora de que intenten servir al pueblo, que es la única justificación de su existencia, y no que se sirvan de él.

Tal vez alguien no se reconozca en lo que describo, ni en lo que digo que se necesita. Yo creo que lo que intento explicar, a quién me refiero, vale para toda persona con vocación política, con la visión política de servir a los demás, y vale para todo el mundo, para toda España. Pero hoy, en este momento, pongamos que se habla de Madrid.

lunes, 3 de mayo de 2021

El 1 de mayo

El día 1 de mayo es, casi mundialmente reconocido, el día del trabajo, el día que conmemora unos hechos luctuosos acaecidos en 1886, lo cual es, sin duda, encomiable. Encomiable pero contradictorio, o al menos lo es para mí. Contradictorio porque se celebra una lucha desde la apocada decadencia provocada por la falta de fondo real de una ideología que fue la que asumió esa reivindicación como propia. Una reivindicación de izquierda que ahora intenta apropiarse la antiderecha.

Me parece importante recordar a las personas que murieron por sus convicciones, su compromiso, en aras de una reivindicación tan lógica que con el paso de los años ninguna de las partes implicadas en su negación ha persistido en ella. Cabría, tal vez preguntarse, por qué ocho horas y no siete cincuenta, o nueve y diez.

La pregunta es válida, sobre todo ahora que estamos en reivindicaciones de jornadas de menor duración, pero la respuesta es evidente, evidente a pesar de otros razonamientos y consideraciones: por lo mismo que el metro mide un metro, la hora tiene sesenta segundos y el Kg nos amarga la existencia con su valor, porque ahí se estableció el acuerdo.

Hagamos, antes de nada, un pequeño repaso a los por qué, a la historia de la jornada de 8 horas.

Todos, y cuando digo todos me refiero a prácticamente todos, hemos oído la vía americana de la lucha por la jornada laboral de ocho horas. Los más comprometidos nos hablarán de la Primera Internacional Obrera de 1864, pero casi nadie, si es que hay alguien que lo haga, nos ilustrará diciendo que la jornada de 8 horas, y su consideración socio-laboral, es un invento español que data de 1593.

Español y monárquico, reivindico, y a pesar de que puede que la constatación de este origen haga que, la antiderecha en general y los sindicatos en particular, sobre todo en estos tiempos en los que son más importantes las palabras que su significado, renieguen del tal logro.

Pues sí, el primer lugar del mundo en el que se instaura la jornada de ocho horas como medida laboral justa para los trabajadores es en la España de Felipe II, y es el mismísimo rey el que emite un Edicto Real, en el año del Señor de mi quinientos y noventa y tres, para los empleados reales, que dice:  "todos los obreros de las fortificaciones y las fábricas trabajarán ocho horas al día, cuatro por la mañana y cuatro por la tarde", y añadía: "serán distribuidas por los ingenieros según el tiempo más conveniente, para evitar a los obreros el ardor del sol y permitirles el cuidar de su salud y su conservación, sin que falten a sus deberes". ¿Cómo se quedan?

Y ya no volvemos a oír hablar, históricamente hablando, de la jornada laboral de ocho horas hasta que en 1817 Robert Owen, empresario, socialista utópico inglés, propone, observando las maratonianas jornadas laborales de la revolución industrial, que en ocasiones, en muchas ocasiones, sobrepasaban las dieciséis horas, la división de la jornada en tres espacios iguales dedicados al trabajo, al recreo y al descanso, idea que, a cualquiera que tenga unos ciertos conocimientos masónicos, ya que masón fue Robert Owen, le va a resultar muy familiar. Así que si dividimos veinticuatro horas entre tres utilidades, nos resultan ocho horas por utilidad, o dedicación. Y así lo plantea, y así lo recoge Engels y así lo propone la Primera Internacional Obrera, que hace de esta planteamiento una de sus principales reivindicaciones.

Reivindicaciones que el 1 de mayo de 1886 defendían los obreros que en Chicago decidieron ir a la huelga, huelga que, tras tres días de manifestaciones y un atentado con varios muertos, acabó con miles de despedidos y cinco ajusticiados. Curiosamente, en este caso, la reivindicación no era el reconocimiento de la jornada de ocho horas, ya recogida por la ley, si no la exigencia de su aplicación. Y, para los más legos, me permito explicar que hablamos de una jornada de cuarenta y ocho horas semanales, ocho horas, seis días.

La Segunda Internacional llega al acuerdo de instaurar el 1 de mayo, día en que se había iniciado la huelga de Chicago, como día de movilización y reivindicación obrera, fecha a la que paulatinamente se van adhiriendo las distintas naciones y organismos supranacionales, sobre todo a partir de la finalización de la II Guerra Mundial.

El último retoque a la jornada de ocho horas se produce en los Estados Unidos de América del Norte en 1938, con el establecimiento de la “Fair Labor Standard Act”, que recoge la reivindicación de los numerosos trabajadores judíos, cuya festividad no coincidía con la mayoritaria católica, y establece la libranza de dos días, convirtiendo, de facto, la jornada de cuarenta y ocho horas en la actual de cuarenta.

Y, aunque pueda haber sectores a los que este hecho les moleste, el mayor respaldo a la normalización y aceptación de la conmemoración oficial, se produce el primero de mayo de 1954, cuando Pío XII declara el día dedicado a San José Obrero, haciendo así explícito el apoyo de la Iglesia predominante en occidente a esa efeméride

Desgraciadamente, a día de hoy, el día del trabajo sirve poco más que para promover manifestaciones de escaso, por no decir nulo, poder reivindicativo, que para la exhibición de líderes sin carisma, sin preparación, sin capacidad de crear reivindicaciones que preparen al trabajo para un mundo sin trabajo, y para exhibir un montón de logros que no tienen otro mérito que la comodidad de recoger las ideas heredadas, eso sí, con retoques para que parezcan nuevas, y demostrar la ignorancia más patética de la realidad del mundo laboral. Bueno, para eso, y para disponer de un día festivo más, en muchos países.

Y esto es lo que da pie a mi contradicción ¿es posible una reivindicación institucionalizada? ¿Se puede considerar una reivindicación? ¿Dónde están los líderes que necesita la pretendida izquierda para dejar de ser una antiderecha, la alternativa a la otra derecha?

Reivindicar una jornada laboral de treinta y cinco horas, o de treinta, o de diez, pretendiendo repartir un trabajo no repartible, es una falacia, un acomodo a seguir ordeñando una idea que tiene ya doscientos años, pretendiendo que en el mundo no cambia otra cosa que la explotación de unos obreros que ya no existen, o que están a un paso de dejar de existir. Como es una falacia ignorar que la mayor parte del trabajo está en manos de pequeños empresarios y autónomos que sufren jornadas interminables, y una carga fiscal que impide la creación de mayor empleo, por unos costes inasumibles. Pero, y también eso es una falacia, para la antiderecha, estos trabajadores autónomos son empresa, y por tanto sospechosos de enriquecimiento y explotación, son, en definitiva, enemigos.

El mundo tecnológico se nos viene encima, la IA está ya, casi, en condiciones de arrasar el mundo laboral. El teletrabajo se ha valido de la pandemia para asomarnos a un mundo donde lo presencial resulta innecesario en muchos casos, y la producción directa está, en una gran proporción, mecanizada. Y estamos empezando. El debate entre lo público y lo privado tiene los días contados, pero no el modelo a conseguir para que las grandes corporaciones no sean las diseñadoras, y propietarias, de un mundo donde todo,  la educación, la salud, el trabajo, la alimentación, la vivienda, el ocio… se puede convertir en una mercancía a la que no se podrá acceder con una compensación laboral inexistente, y los precios pueden ser terribles, y cada vez más inasequibles.

Ahí harán falta ideas, ideas reales, no remiendos de viejas y caducadas ideas, harán falta luchas para arrancar los privilegios de propietarios inaccesibles, inapelables, inclementes, tal vez inhumanos, que intenten apropiarse de todo lo que tengan a su alcance. Harán falta líderes capaces de movilizar, de reivindicar, de dibujar y promover un mundo en el que los valores básicos sean la equidad, la justicia y la comunidad, y en el que la unidad a considerar sea el ciudadano. No el estado, no la sociedad, no el territorio, el ciudadano como depositario de todos los derechos, privilegios y obligaciones que ese nuevo modo de enfocar la civilización, una nueva civilización, la civilización del ocio, debe depararnos.

Nos vamos a mover entre un feudalismo tecnológico en el que la nobleza sea sustituida, o no, por una élite tecnócrata, y un sistema que nos puede recordar a las polis griegas, un sistema de ciudades-estado, de ciudades autoreguladas, interconectadas por intereses comunes, con una tecnología boyante y un sistema de vida con fuerte implantación rural e intelectual. Entre la masificación y la individualización.

En este panorama, en este inquietante panorama, la derecha está haciendo su trabajo de llevarnos hacia la solución tecnócrata y la antiderecha la suya de llevarnos hacia el mismo objetivo, presentando matices, soluciones, reivindicaciones que nada tienen que ver con los logros o derechos individuales, si no con el tipo de propietario. La derecha aboga por un corporativismo de corte ultraliberal, de propiedad cuasi familiar, aristocrática. La antiderecha por lo mismo, pero cambiando el acceso a la propiedad, en vez de por familia o utilidad, por pertenencia a escalafones ideológicos. La derecha aboga por el sistema americano, la antiderecha por el sistema chino, o ruso. Ni en uno, ni en otro, el ciudadano tiene ningún peso, ninguna representatividad real ante el propietario. Y elegir entre ellos es como elegir entre la tienda de la esquina, o la de enfrente. La concesión, puramente formal, de votar para elegir a los representantes del poder ante una población de propiedad, nada tendrá que ver con la democracia. Aunque algo de eso ya lo estamos viviendo.

Falta por ver quién, si es que hay alguien, defenderá al ciudadano en próximas reivindicaciones, cuando reivindicar un trabajo que tiende a desaparecer como derecho para pasar a ser una prebenda, una concesión, un logro para los mejores, ya no tenga sentido y queramos librarnos de un yugo que puede acercarnos a una sociedad sin alma. Ojalá haya alguien, y ojalá no sea tarde.

miércoles, 28 de abril de 2021

Cartas sin franqueo (XXVII)- El lenguaje inclusivo

"En esos momento con un toque indolente, en que no se sabe si la mente vaga, o vaguea, me encontré pensando en los libros y las libras, y acabé pensando que lo único importante es que sean, que seamos, libres. Os lo pondría en inclusivo, pero no me sale.” Yo mismo.

Me decías el otro día que por qué motivo me oponía con tanta vehemencia al lenguaje inclusivo, y te puse el ejemplo que abre esta carta. No me opongo al lenguaje inclusivo como concepto general, me opongo a todo lo que lo que comporta, a todo lo que oculta, a toda manipulación que supone, desvirtuar hechos y realidades, que pretende confundir, vaciar, erradicar con la excusa de innovar.

Mi primera prevención a su uso, las más grosera, la que sirve de excusa y ni siquiera resuelve con acierto, es la de confundir género y sexo. Es un error de primero de primaria, lo que viene a demostrar la falta de formación de quienes pretenden imponer esta nueva forma, para mi ridícula, de hablar, o lo que es lo mismo, de describir una pretendida, y personal, realidad. Hagamos un par de reflexiones sobre esa nueva realidad que se dibuja con esta nueva forma de describir el entorno.

Si persistimos en confundir sexo con género, nos encontraremos con algunas dificultades, que, inevitablemente, esta nueva normalidad, nos irá exigiendo. Necesitaremos un nuevo plural para nombrar a dos personas del mismo género pero de distinta tendencia sexual, ya que no hacerlo, sería un ataque a su minoría. ¿Puede ser el mismo plural el de dos mujeres heterosexuales, que el de dos mujeres homosexuales? Según la teoría inclusiva, no, tendríamos que aplicarle un nuevo plural ¿Y si una de ellas es homosexual y la otra heterosexual? Pues necesitarían un plural distinto, o una de ellas podría sentirse discriminada, ninguneada ¿Y si una de ellas fuera transgénero con tendencia homosexual? Necesitaríamos un plural diferente para nombrar a esas personas, que a su vez sería distinto si las dos son transgénero de tendencia heterosexual, y distinto si una es heterosexual y la otra transgénero heterosexual, personos, personis, persones, personus o person@s (esto último no sé cómo se pronunciaría), lo que me lleva a considerar que no hay vocales suficientes en el idioma para abastecer tanta ignorancia, o ignorancio. Y si en vez de juntar a las personas de dos en dos, las juntamos de cinco en cinco, o de diez en diez, no habrá tiempo suficiente para recitar todos los plurales posibles, singulares inclusivos incluidos, que a cada palabra, palabro, palabre, palabri, palabru… habría que recitar.

Y nos olvidamos de los neutros. ¡Ay dios! Nos olvidamos de los neutros.

Solo de pensarlo, la pereza que tal forma de expresarse puede producirme, me lleva a verme abocado a revelarme, convertirme, en un escritor maldito que ignora sistemáticamente una cantidad considerable de realidades sociales en sus escritos, o, más drástico, dejar la literatura para aquellos capaces de escribir una obra de quinientas páginas en la que se cuenta una historia, o desarrolla una idea, de diez páginas.

Porque esa es otra de las cuestiones que los promotores de esta ocurrencia, o ignoran, o pretenden ignorar, la economía del lenguaje. La tendencia y objetivo del lenguaje es economizar palabras para expresar nuestro mundo circundante. Para eso existen los adjetivos, los verbos, los sustantivos, para describir el mundo que nos rodea con la máxima precisión y la menor cantidad de palabras posible. Sé que algunos pondrán en duda lo que acabo de expresar, y que aprendí de pequeñito, que el idioma es como es, no para ofender, no para ningunear, no para ignorar, si no para describir el entorno con la máxima economía de palabras. Por eso no tenemos que decir animal grande que vive en África y tiene dos cuernos en el centro de su careta, decimos rinoceronte. Por eso no decimos persona de apariencia normal con ideas peregrinas, decimos tonto. Economía del lenguaje. Economía que todo este tinglado cree poder atacar impunemente.

Y a todo esto, no hemos hablado, hablada, hablade, habladi o habladu, de aquellas palabras que, siendo absolutamente distintas, sus inclusividades pasarían a confundirse. Si menciono libros me estoy refiriendo a ¿objetos de papel escritos y encuadernados? a ¿Moneda o sistema de peso en algunos países extranjeros? o a ¿Individuos, individuas, individues, individuis, individuus, que ejercen la, lo, li, le, lu, libertad? Yo, visto lo visto, viendo los callejones sin salida coherente que produce su uso, le llamaría lenguaje oclusivo.

Claro que, a lo mejor, a lo peor, basta con recurrir a un pasaje de “Alicia a través del espejo” que me mandó hace unos días mi amigo Antonio Zarazaga (hay amigos tan imprescindibles que, si uno no los tiene, tendría que inventárselos), para llegar a una explicación plausible de este guirigay.

“―Cuando yo empleo una palabra ―insistió Humpty Dumpty en tono desdeñoso― significa lo que yo quiero que signifique… ¡ni más ni menos!

―La cuestión está en saber ―objetó Alicia― si usted puede conseguir que las palabras signifiquen tantas cosas diferentes.

―La cuestión está en saber ―declaró Humpty Dumpty― quién manda aquí.”

Alicia a través del Espejo, Lewis Carroll

 

Lo dice Humpty Dumpty, lo escribe Lewis Carroll, me lo manda Antonio Zarazaga y yo me limito a transcribirlo. A lo peor es que hay mucho Humpty Dumpty disfrazado de político, de intelectual, por esos mundos de dios. Aunque con un par de Humpty Dunty dicen las malas lenguas que basta para cualquier cosa. Y a lo peor bastaba con haber puesto esta frase al principio de la carta y ahorrarme todo lo demás. Ya sabes, economía del lenguaje.

sábado, 24 de abril de 2021

Cartas sin franqueo (XXV)- El respeto

 El respeto, como te iba diciendo, es un ente escurridizo, una pretensión que no siempre se enfoca de la forma adecuada. El respeto es un sentimiento de aceptación que debería de producirse de forma mutua, pero que no siempre sucede de esa forma. De hecho lo más habitual es que se exija respeto por parte de quién no se lo concede a los demás.

A mí, personalmente, siempre me ha parecido que quien exige respeto se hace acreedor a la falta de respeto. El respeto, como el cariño verdadero, ni se compra ni se vende, se consigue o se otorga sin que haya una necesidad, una posibilidad, de demanda.

El respeto solo puede emanar de una actitud firme y coherente, de una rectitud proverbial, de una bonhomía contrastada, y difícilmente se da cuando el demandante incurre en una sistemática falta de respeto a los demás.

Tal vez, en realidad estoy seguro, ese sea el origen de la absoluta falta de respetabilidad de nuestros próceres, de esos personajes públicos y notorios, que tienen la pretensión de representarnos, y que, con su  sistemática falta de respeto haca la verdad, hacia la palabra, y hacia todos aquellos que no comulguen con sus ideas, se hacen acreedores a una patética falta de respetabilidad.

El respeto, es un valor educativo que, como tantos otros, la libertad, la tolerancia, la cortesía, ha caído en un absoluto abandono, en una sistemática tergiversación, en una pretensión unidireccional que se niega tanto como se demanda. Oigo hablar de todos estos valores con una pasmosa falta de criterio, con una incapacidad básica para reconocer su esencia, cuanto menos su presencia.

Oigo hablar de libertad propia, sea individual o colectiva, a los mismos que sin abandonar el discurso consideran que su libertad pasa por el recorte, o la anulación, de la libertad ajena. Leo y escucho, con pasmo reiterado, hablar de tolerancia, mientras se invoca que esa tolerancia solo sea aplicable a los afines. Me asaltan desde distintos medios, desde todos los medios a mi alcance, dignidades ofendidas por la falta de cortesía, que se lamentan de ello incurriendo en una ofensiva falta de cortesía. Llegan a mis oídos palabras de dignidades ofendidas, exigiendo respeto, que apenas dos palabras antes han negado esa dignidad y ese respeto a los que ahora se lo exigen. Eso, para mí, se llama incoherencia, soberbia, y me merece una absoluta falta de respeto.

Me asombra, aunque mi capacidad de asombro empieza a verse muy mermada, que alguien que se permite el insulto directo a cientos de miles, a millones de personas, se asombre de que esos cientos de miles, millones, de personas a las que ha insultado se sientan concernidas y le devuelvan el sentimiento. Lo primero me parece una provocación, lo segundo una falacia.

Es verdad que el anonimato de las redes sociales, el aislamiento de los electos respecto a sus votantes, el encastillamiento de aquellos que solo se mueven entre afines dispuestos a aplaudir, a jalear, cualquier ocurrencia próxima, tiene como consecuencia una falta de perspectiva que lleva inevitablemente a una falta de empatía con el grupo social al que se vilipendia, y en el que, como en cualquier otro grupo, hay gente encomiable y personas deleznables. De todo hay en la viña del señor. De todo hay en las diferentes viñas de los diferentes señores.

Estoy convencido, aunque no en el caso de los profesionales del insulto, de la falta de respeto, de la inquina, que suelen liderar estos movimientos, de que la mayoría de las personas que los jalean, que los suscriben y difunden, serían incapaces de esas actitudes, cara a cara y con personas de su entorno. Pero el anonimato, la falta de cara y el desconocimiento del nombre del insultable, son fundamentales para este tipo de actitudes. Para las actitudes de falta de respeto colectivo.

Si, al final, y tal como íbamos hablando, el respeto se está convirtiendo en nuestra sociedad, en nuestro tiempo, en una rara avis que suele mencionar quién nunca la ha visto. Y si no hay respeto, si no se respeta la libertad ajena, si no se fomenta la tolerancia con los no afines, si no se actúa con una cortesía imprescindible ¿de qué convivencia vamos a permitirnos hablar?

Claro que, cuando la convivencia se pone en duda, en riesgo, al borde del precipicio ¿Cuántos caminos quedan? ¿Nos dejan? ¿Cuántos futuros posibles?

sábado, 10 de abril de 2021

Cartas sin franqueo (XXIII)- Indignados

 Todos estamos indignados, podría ser el título de una novela sobre la sociedad actual, seguramente una novela realista y descarnada con tantas páginas que El Quijote semejaría un borrador para un cuento corto.

Claro que entiendo tu indignación, y la de mi vecino que la lleva reflejada en la cara, y la de aquellos que conozco, o la de esas personas con las que tengo algún tipo de relación a pesar de no conocerlos personalmente. Todos hablamos últimamente de indignación, todos actuamos últimamente con indignación, y me parece lógico, normal, previsible, porque todos estamos indignados con todos, todos tenemos argumentos para nuestra indignación con las actitudes ajenas, y eso es así, es inevitable, porque lo que no existe, lo que en nuestro tiempo nos han hurtado con maquiavélicos juegos orales, son la veracidad y la confianza.

Nos hemos instalado en el cinismo, en la absoluta desconfianza hacia todo aquello que se mueve o que es capaz de articular una palabra, y, en ese clima de negación de cualquier posibilidad de confiar, todo aquello que sucede nos provoca la indignación de no tener una certeza, de crearnos la inseguridad de ignorar si lo que alegan son unas palabras con fondo o simplemente una verdad sin fundamento.

Por supuesto que tú indignación es comprensible, como comprensibles son los argumentos en los que está basada, pero una cosa es que sean comprensibles, y otra muy distinta que esa comprensión, esa justificación, los haga ciertos. Al menos más ciertos que los ajenos.

Hemos creado un mundo en el que el secreto de los estados, el secreto de las corporaciones, el secreto de las intenciones, predomina sobre la transparencia de las relaciones. Todos tenemos secretos, las personas físicas, las personas jurídicas, los estados, los partidos, las asociaciones, que consideramos que no pueden exponerse libremente, que para eso son secretos, pero que emponzoñan las relaciones y provocan la desconfianza mutua.

La literatura, el cine, la prensa, exhiben con abundancia conjuras, conspiraciones, luchas ocultas por el poder, por el dinero, por la preponderancia, y en ellas la verdad es, cuando se habla de ella, un concepto que se invoca para imponer una mentira, otra mentira.

Claro que estamos indignados, contra todo y contra todos. Es una lacra inevitable de vivir en un mundo donde los valores se han trastocado y ni siquiera sabemos a qué carta quedarnos, porqué ni siquiera podemos estar seguros de que el as sea la carta más alta.

Recibimos una permanente agresión sobre las ideas, los conceptos, los valores, en los que hemos sido formados. Se invoca la libertad con actitudes que la cercenan. Se pide la confianza con un abanico de mentiras. Se reclama la responsabilidad desde una irresponsabilidad manifiesta. Se proclaman los derechos mientras se rebajan. Se llama al miedo para no tener que dar razones, para no tener que reconocer la incapacidad. Se prescribe lo inútil por evidente, solo para tapar la ineficacia con la apariencia.

Así que entiendo tú indignación cuando ves en las noticias esas fiestas irresponsables, como entiendo la indignación, preñada de desconfianza, de hartazgo, de rebeldía, de aquellos que asisten a ellas porque no creen en las verdades imposibles que intentan colocarnos.

Entiendo tú indignación cuando oyes que hay que llevar mascarillas en la playa, desde el hartazgo de oír que el contagio en el exterior es casi imposible, y te obliguen a ir por la calle solo, con la boca irritada por el vaho de tu propia respiración, con las gafas empañadas, entorpecidos tus sentidos por un elemento tan incómodo como sospechosamente inútil en su forma de ser usado.

Entiendo tú indignación, y la mía, y la de la mayoría, cuando, embozado e incómodo, pasas junto a una terraza llena de gente que bebe, come y respira libremente y lo sientes como una afrenta a tu situación porque te han vendido, y te han impuesto, que hay que ir pertrechado de esa guisa a pesar de que todos los informes, y la evidencia, dicen que esa forma de combatir el contagio es totalmente inútil. Como entiendo la indignación de los hosteleros, reos de una necesidad estética de tapar una ineficacia gubernamental, que los arruina y culpabiliza para evitar hablar de las infraestructuras sanitarias, legales, que son su responsabilidad y no acometen. De esos hosteleros que ven como cierran sus locales y ese cierre fomenta el descontrol de los botellones, de las fiestas privadas, de la irresponsabilidad fomentada por unas estructuras de poder irresponsables.

Entiendo la indignación, ya furiosa, cuando piensas que en un espacio libre, ventilado, abierto como no puede haber otro, como son la montaña, el campo o la playa, alguien te va a obligar a usar la equipación adecuada complementada con mascarilla a juego, sin que ningún estudio riguroso avale la necesidad de tal medida, más encaminada a fomentar el miedo, la desconfianza, a tener una excusa más para invocar la irresponsabilidad del populacho irresponsable y desobediente, que a obtener ningún tipo de mejora.

Por supuesto que entiendo tu indignación, y la mía, y la de todos, cuando, debido a la torpeza social que nos han impuesto, no sabemos cómo saludarnos, a pesar de que los científicos ya han dicho, por activa y por pasiva, que el contacto no provoca contagio, que darse la mano, los besos y los abrazos de rigor no contagia, y, obligados a ignorarlo, cuando nos encontramos con alguien, iniciamos un incómodo, antinatural, ritual de posibilidades de saludo. Y también, por supuesto y con respeto, debemos de entender la indignación de aquellos que, sumidos en el miedo pánico que interesadamente nos han inoculado, se horrorizan cuando ven actuar con la normalidad normal, no con esa nueva y anormal a la que han pretendido inducirnos, a la gente que los rodea.

Por supuesto que entiendo tú indignación contra cualquiera que, harto ya de estar harto, harto de miedos y verdades cuestionables, decide rebelarse contra un sistema incapaz de enfrentar con eficacia, con veracidad, con transparencia, una crisis en la que nos va la vida.

Y la indignación que empieza a poner en cuestión, en peligro, la administración de las vacunas por la sistemática desinformada información con la que nos bombardean, y que ha logrado llevar una desconfianza creciente hasta la gente, que empieza a eludir una vacunación diseñada para ignorar los sentimientos del paciente, sus pulsiones, su confianza, posiblemente hasta su salud.

En definitiva, todos estamos indignados con todos, todos desconfiamos de todos, todos consideramos a los demás responsable de nuestros miedos, acreedores a nuestros reproches, culpables de nuestras incomodidades, porque eso es lo que nos han inoculado desde hace un año largo para lograr que nuestra propia desunión, nuestra indignación, nuestra desconfianza, nuestro socorrido miedo, haga imposible que pidamos responsabilidades a unos irresponsables que instalados en su machito miran fundamentalmente por perpetuarse en él. O, al menos, miran más por conservarlo que por lograr unos resultados que en muchos casos deberían depender de su dedicación, de su ingenio, de su criterio, de su valía ética y, en definitiva, de su supuesta capacidad para dirigirnos y de su contrastada veracidad para informarnos.

domingo, 4 de abril de 2021

la calidad democrática (V)- Las mayorías

Vivir en democracia es vivir pendiente, sujeto, sometido a las mayorías. Ningún otro concepto tiene la trascendencia que el de mayoría supone para analizar la calidad democrática de cualquier país. Por tanto, y como consecuencia, la calidad democrática de cualquier país dependerá de la calidad del uso y conformación de las mayorías.

Y yo, personalmente en este caso, considero que la calidad de las mayorías que habitualmente se invocan en el discurrir electoral y parlamentario español son mayorías mentirosas, mayorías que nada tienen que ver con la voluntad del demos y su servicio, si no con la obtención del poder y comprometiendo valores que el demos reclama, mientras observa como sus representantes los ignoran. Mayorías conformadas a golpe de concesiones y que contradicen todo lo ofrecido en el momento de solicitar el voto.

Partamos de que la mayoría más representativa del panorama español es la mayoría silenciosa, la mayoría formada por abúlicos, descontentos y personas que no se sienten representadas por las propuestas que los partidos, auténticos protagonistas del sistema, presentan, o no se fían de su voluntad de atenerse a esas propuestas en el ejercicio de sus funciones gubernativas. Esta mayoría, que yo definiría como la mayoría, compuesta por abstencionistas, votantes en blanco y votantes nulos, incluso descontando una parte técnica que abarca a los errores de censo y errores de votación, es sistemáticamente ignorada, ninguneada, silenciada por el sistema, que, de esta manera, impide una vía que permita oponerse a la forma en la que está concebido, legislado y puesto en práctica.

Nadie puede estar conforme con la calidad democrática de un sistema que ignora de forma pertinaz a la mayoría de sus miembros, que impide manifestar el rechazo a la forma de desenvolverse, de enfocar los problemas, de resolverlos de aquellos que se apropian de una mayoría minoritaria ignorando a la mayoría mayoritaria.

He oído decir, muchas veces, hablando de este tema, ”que voten y así podrán exigir”. ¿Que voten a quién si nadie se ajusta a lo que ellos quieren? ¿Que exijan a quién si el que consigue salir elegido no respeta sus compromisos? ¿Por qué camino podrían exigir nada si las vías de comunicación entre elector y elegidos está cegadas durante cuatro años?

Cualquier análisis mínimamente riguroso que podamos hacer sobre las mayorías que gobiernan, que pretenden reclamar en nombre del demos, que se forman y rompen para lograr imponer iniciativas ajenas al demos, acaban dándose de bruces con la realidad de que su verdadero número, contrastado con el número total de electores, las convierte en mayorías mentirosas, en mayorías de conveniencia que ignoran, cuando no van decididamente en contra, de la mayoría real, simple, de la mitad más uno de ese demos que dicen defender y representar.

Para muestra basta un botón, y, aunque podría disponer de una botonera, vamos a coger solo algunos, los más significativos, de mayoría reclamadas recientemente.

 

-          Elecciones catalanas. Los votos totales válidos fueron algo más del 51%, de estos poco más del 51% fueron votos independentistas puros.  La mayoría mentirosa es aquella que invoca que el independentismo tuvo más de la mitad de los votos, cuando solo obtuvo poco más de una cuarta parte de los votos totales del demos. Otra mayoría mentirosa sería la que reclamase lo contrario, porque tampoco representaría otra cosa que a algo menos de la cuarta parte de los electores.

-          Parlamento español. Aquí la mayoría mentirosa, la que actualmente sostiene el gobierno del país, es aún más mentirosa porque se sustenta desde unas leyes electorales que desvirtúan la representatividad del demos, aparte de estar cosida con incumplimientos, con apoyos que, claramente, son contrarios a los intereses del demos, y se arrogan una representatividad que no pueden sostener ni ética ni electoralmente,

-          Madrid. El gobierno de la Comunidad de Madrid, después de las últimas elecciones, y a la espera de las próximas, representa el 41% del 69% de los electores, esto es, su mayoría supone un 28% real de los habitantes de la comunidad. Tal vez, en este caso, su mayoría no pueda tildarse de mentirosa, pero sí de impropia o de minoritaria.

¿Puede una fuerza política, o una coalición de fuerzas políticas, considerarse legitimada para representar con solvencia, para ignorar con soberbia, para legislar con desmemoria, a un demos del que solo representa a una parte menor? ¿Al 25% de los habitantes de Cataluña? ¿Al apenas 23% de los electores españoles? ¿Al 28% de los ciudadanos de Madrid?

Sólo se puede responder que sí desde una baja calidad democrática. Solo se puede decir que sí, y no poner soluciones a los evidentes problemas de representatividad, desde una avaricia de poder consustancial a los partidos políticos. Solo se puede afirmar tal inconsistencia desde un forofismo que ve favorecidas sus aspiraciones e ignora, cuando no ataca o ningunea, el derecho de los demás, de los que son más, a ser representados.

Siendo rigurosos, en España la calidad democrática está comprometida por unas minorías ambiciosas incapaces de tener una validez representativa, un apoyo mayoritario, del demos. Y, porque lo saben, las leyes electorales no cambian, ni tal cambio figura en las expectativas más cercanas.