- El primero, temerás a tus semejantes como al virus mismo
- El segundo, no te reunirás con nadie ni con causa justificada
- El tercero, detestarás los bares
- El cuarto, la salud es lo primero ( este viene de lejos y se aplica sobre todo el veintidós de diciembre)
- El quinto, no tocarás a tus semejantes, de pensamiento, palabra u obra.
- El sexto, no permitirás que te contagien, ni contagiarás (aunque no te hayas contagiado o te hayan vacunado)
- El séptimo, te lavarás las manos, o te las desinfectarás, en cada lavabo, o dispensador, que encuentres a tu paso.
- El octavo, ocultaras tu rostro como si en ello te fuera la vida
- El noveno, respetaras la distancia social aunque no haya nadie
- El décimo , no añorarás la caduca normalidad
sábado, 8 de mayo de 2021
Lavarse las manos
jueves, 6 de mayo de 2021
Pongamos que se habla de Madrid
lunes, 3 de mayo de 2021
El 1 de mayo
El día 1 de mayo es, casi mundialmente reconocido, el día del trabajo, el día que conmemora unos hechos luctuosos acaecidos en 1886, lo cual es, sin duda, encomiable. Encomiable pero contradictorio, o al menos lo es para mí. Contradictorio porque se celebra una lucha desde la apocada decadencia provocada por la falta de fondo real de una ideología que fue la que asumió esa reivindicación como propia. Una reivindicación de izquierda que ahora intenta apropiarse la antiderecha.
Me parece importante recordar a las
personas que murieron por sus convicciones, su compromiso, en aras de una
reivindicación tan lógica que con el paso de los años ninguna de las partes
implicadas en su negación ha persistido en ella. Cabría, tal vez preguntarse, por
qué ocho horas y no siete cincuenta, o nueve y diez.
La pregunta es válida, sobre todo
ahora que estamos en reivindicaciones de jornadas de menor duración, pero la
respuesta es evidente, evidente a pesar de otros razonamientos y
consideraciones: por lo mismo que el metro mide un metro, la hora tiene sesenta
segundos y el Kg nos amarga la existencia con su valor, porque ahí se
estableció el acuerdo.
Hagamos, antes de nada, un
pequeño repaso a los por qué, a la historia de la jornada de 8 horas.
Todos, y cuando digo todos me
refiero a prácticamente todos, hemos oído la vía americana de la lucha por la
jornada laboral de ocho horas. Los más comprometidos nos hablarán de la Primera
Internacional Obrera de 1864, pero casi nadie, si es que hay alguien que lo
haga, nos ilustrará diciendo que la jornada de 8 horas, y su consideración
socio-laboral, es un invento español que data de 1593.
Español y monárquico, reivindico,
y a pesar de que puede que la constatación de este origen haga que, la antiderecha
en general y los sindicatos en particular, sobre todo en estos tiempos en los
que son más importantes las palabras que su significado, renieguen del tal
logro.
Pues sí, el primer lugar del
mundo en el que se instaura la jornada de ocho horas como medida laboral justa
para los trabajadores es en la España de Felipe II, y es el mismísimo rey el
que emite un Edicto Real, en el año del Señor de mi quinientos y noventa y tres,
para los empleados reales, que dice: "todos
los obreros de las fortificaciones y las fábricas trabajarán ocho horas al día,
cuatro por la mañana y cuatro por la tarde", y añadía: "serán
distribuidas por los ingenieros según el tiempo más conveniente, para evitar a
los obreros el ardor del sol y permitirles el cuidar de su salud y su
conservación, sin que falten a sus deberes". ¿Cómo se quedan?
Y ya no volvemos a oír hablar,
históricamente hablando, de la jornada laboral de ocho horas hasta que en 1817
Robert Owen, empresario, socialista utópico inglés, propone, observando las
maratonianas jornadas laborales de la revolución industrial, que en ocasiones,
en muchas ocasiones, sobrepasaban las dieciséis horas, la división de la
jornada en tres espacios iguales dedicados al trabajo, al recreo y al descanso,
idea que, a cualquiera que tenga unos ciertos conocimientos masónicos, ya que
masón fue Robert Owen, le va a resultar muy familiar. Así que si dividimos
veinticuatro horas entre tres utilidades, nos resultan ocho horas por utilidad,
o dedicación. Y así lo plantea, y así lo recoge Engels y así lo propone la
Primera Internacional Obrera, que hace de esta planteamiento una de sus
principales reivindicaciones.
Reivindicaciones que el 1 de mayo
de 1886 defendían los obreros que en Chicago decidieron ir a la huelga, huelga
que, tras tres días de manifestaciones y un atentado con varios muertos, acabó
con miles de despedidos y cinco ajusticiados. Curiosamente, en este caso, la
reivindicación no era el reconocimiento de la jornada de ocho horas, ya recogida
por la ley, si no la exigencia de su aplicación. Y, para los más legos, me
permito explicar que hablamos de una jornada de cuarenta y ocho horas
semanales, ocho horas, seis días.
La Segunda Internacional llega al
acuerdo de instaurar el 1 de mayo, día en que se había iniciado la huelga de
Chicago, como día de movilización y reivindicación obrera, fecha a la que
paulatinamente se van adhiriendo las distintas naciones y organismos
supranacionales, sobre todo a partir de la finalización de la II Guerra Mundial.
El último retoque a la jornada de
ocho horas se produce en los Estados Unidos de América del Norte en 1938, con
el establecimiento de la “Fair Labor Standard Act”, que recoge la
reivindicación de los numerosos trabajadores judíos, cuya festividad no
coincidía con la mayoritaria católica, y establece la libranza de dos días,
convirtiendo, de facto, la jornada de cuarenta y ocho horas en la actual de
cuarenta.
Y, aunque pueda haber sectores a
los que este hecho les moleste, el mayor respaldo a la normalización y
aceptación de la conmemoración oficial, se produce el primero de mayo de 1954,
cuando Pío XII declara el día dedicado a San José Obrero, haciendo así explícito
el apoyo de la Iglesia predominante en occidente a esa efeméride
Desgraciadamente, a día de hoy,
el día del trabajo sirve poco más que para promover manifestaciones de escaso,
por no decir nulo, poder reivindicativo, que para la exhibición de líderes sin
carisma, sin preparación, sin capacidad de crear reivindicaciones que preparen
al trabajo para un mundo sin trabajo, y para exhibir un montón de logros que no
tienen otro mérito que la comodidad de recoger las ideas heredadas, eso sí, con
retoques para que parezcan nuevas, y demostrar la ignorancia más patética de la
realidad del mundo laboral. Bueno, para eso, y para disponer de un día festivo
más, en muchos países.
Y esto es lo que da pie a mi
contradicción ¿es posible una reivindicación institucionalizada? ¿Se puede
considerar una reivindicación? ¿Dónde están los líderes que necesita la
pretendida izquierda para dejar de ser una antiderecha, la alternativa a la
otra derecha?
Reivindicar una jornada laboral
de treinta y cinco horas, o de treinta, o de diez, pretendiendo repartir un
trabajo no repartible, es una falacia, un acomodo a seguir ordeñando una idea
que tiene ya doscientos años, pretendiendo que en el mundo no cambia otra cosa
que la explotación de unos obreros que ya no existen, o que están a un paso de
dejar de existir. Como es una falacia ignorar que la mayor parte del trabajo
está en manos de pequeños empresarios y autónomos que sufren jornadas
interminables, y una carga fiscal que impide la creación de mayor empleo, por
unos costes inasumibles. Pero, y también eso es una falacia, para la
antiderecha, estos trabajadores autónomos son empresa, y por tanto sospechosos
de enriquecimiento y explotación, son, en definitiva, enemigos.
El mundo tecnológico se nos viene
encima, la IA está ya, casi, en condiciones de arrasar el mundo laboral. El
teletrabajo se ha valido de la pandemia para asomarnos a un mundo donde lo
presencial resulta innecesario en muchos casos, y la producción directa está,
en una gran proporción, mecanizada. Y estamos empezando. El debate entre lo público
y lo privado tiene los días contados, pero no el modelo a conseguir para que
las grandes corporaciones no sean las diseñadoras, y propietarias, de un mundo
donde todo, la educación, la salud, el
trabajo, la alimentación, la vivienda, el ocio… se puede convertir en una
mercancía a la que no se podrá acceder con una compensación laboral inexistente,
y los precios pueden ser terribles, y cada vez más inasequibles.
Ahí harán falta ideas, ideas
reales, no remiendos de viejas y caducadas ideas, harán falta luchas para
arrancar los privilegios de propietarios inaccesibles, inapelables,
inclementes, tal vez inhumanos, que intenten apropiarse de todo lo que tengan a
su alcance. Harán falta líderes capaces de movilizar, de reivindicar, de dibujar
y promover un mundo en el que los valores básicos sean la equidad, la justicia
y la comunidad, y en el que la unidad a considerar sea el ciudadano. No el
estado, no la sociedad, no el territorio, el ciudadano como depositario de
todos los derechos, privilegios y obligaciones que ese nuevo modo de enfocar la
civilización, una nueva civilización, la civilización del ocio, debe
depararnos.
Nos vamos a mover entre un
feudalismo tecnológico en el que la nobleza sea sustituida, o no, por una élite
tecnócrata, y un sistema que nos puede recordar a las polis griegas, un sistema
de ciudades-estado, de ciudades autoreguladas, interconectadas por intereses comunes,
con una tecnología boyante y un sistema de vida con fuerte implantación rural e
intelectual. Entre la masificación y la individualización.
En este panorama, en este
inquietante panorama, la derecha está haciendo su trabajo de llevarnos hacia la
solución tecnócrata y la antiderecha la suya de llevarnos hacia el mismo
objetivo, presentando matices, soluciones, reivindicaciones que nada tienen que
ver con los logros o derechos individuales, si no con el tipo de propietario. La
derecha aboga por un corporativismo de corte ultraliberal, de propiedad cuasi
familiar, aristocrática. La antiderecha por lo mismo, pero cambiando el acceso
a la propiedad, en vez de por familia o utilidad, por pertenencia a escalafones
ideológicos. La derecha aboga por el sistema americano, la antiderecha por el
sistema chino, o ruso. Ni en uno, ni en otro, el ciudadano tiene ningún peso,
ninguna representatividad real ante el propietario. Y elegir entre ellos es
como elegir entre la tienda de la esquina, o la de enfrente. La concesión,
puramente formal, de votar para elegir a los representantes del poder ante una
población de propiedad, nada tendrá que ver con la democracia. Aunque algo de
eso ya lo estamos viviendo.
Falta por ver quién, si es que hay
alguien, defenderá al ciudadano en próximas reivindicaciones, cuando reivindicar
un trabajo que tiende a desaparecer como derecho para pasar a ser una prebenda,
una concesión, un logro para los mejores, ya no tenga sentido y queramos
librarnos de un yugo que puede acercarnos a una sociedad sin alma. Ojalá haya
alguien, y ojalá no sea tarde.
miércoles, 28 de abril de 2021
Cartas sin franqueo (XXVII)- El lenguaje inclusivo
"En esos momento con un toque indolente, en que no se sabe si la mente vaga, o vaguea, me encontré pensando en los libros y las libras, y acabé pensando que lo único importante es que sean, que seamos, libres. Os lo pondría en inclusivo, pero no me sale.” Yo mismo.
Me decías el otro día que por qué
motivo me oponía con tanta vehemencia al lenguaje inclusivo, y te puse el
ejemplo que abre esta carta. No me opongo al lenguaje inclusivo como concepto
general, me opongo a todo lo que lo que comporta, a todo lo que oculta, a toda manipulación
que supone, desvirtuar hechos y realidades, que pretende confundir, vaciar, erradicar
con la excusa de innovar.
Mi primera prevención a su uso,
las más grosera, la que sirve de excusa y ni siquiera resuelve con acierto, es
la de confundir género y sexo. Es un error de primero de primaria, lo que viene
a demostrar la falta de formación de quienes pretenden imponer esta nueva
forma, para mi ridícula, de hablar, o lo que es lo mismo, de describir una
pretendida, y personal, realidad. Hagamos un par de reflexiones sobre esa nueva
realidad que se dibuja con esta nueva forma de describir el entorno.
Si persistimos en confundir sexo
con género, nos encontraremos con algunas dificultades, que, inevitablemente,
esta nueva normalidad, nos irá exigiendo. Necesitaremos un nuevo plural para
nombrar a dos personas del mismo género pero de distinta tendencia sexual, ya
que no hacerlo, sería un ataque a su minoría. ¿Puede ser el mismo plural el de
dos mujeres heterosexuales, que el de dos mujeres homosexuales? Según la teoría
inclusiva, no, tendríamos que aplicarle un nuevo plural ¿Y si una de ellas es
homosexual y la otra heterosexual? Pues necesitarían un plural distinto, o una
de ellas podría sentirse discriminada, ninguneada ¿Y si una de ellas fuera
transgénero con tendencia homosexual? Necesitaríamos un plural diferente para
nombrar a esas personas, que a su vez sería distinto si las dos son transgénero
de tendencia heterosexual, y distinto si una es heterosexual y la otra
transgénero heterosexual, personos, personis, persones, personus o person@s
(esto último no sé cómo se pronunciaría), lo que me lleva a considerar que no
hay vocales suficientes en el idioma para abastecer tanta ignorancia, o
ignorancio. Y si en vez de juntar a las personas de dos en dos, las juntamos de
cinco en cinco, o de diez en diez, no habrá tiempo suficiente para recitar
todos los plurales posibles, singulares inclusivos incluidos, que a cada
palabra, palabro, palabre, palabri, palabru… habría que recitar.
Y nos olvidamos de los neutros.
¡Ay dios! Nos olvidamos de los neutros.
Solo de pensarlo, la pereza que
tal forma de expresarse puede producirme, me lleva a verme abocado a revelarme,
convertirme, en un escritor maldito que ignora sistemáticamente una cantidad
considerable de realidades sociales en sus escritos, o, más drástico, dejar la
literatura para aquellos capaces de escribir una obra de quinientas páginas en
la que se cuenta una historia, o desarrolla una idea, de diez páginas.
Porque esa es otra de las
cuestiones que los promotores de esta ocurrencia, o ignoran, o pretenden
ignorar, la economía del lenguaje. La tendencia y objetivo del lenguaje es economizar
palabras para expresar nuestro mundo circundante. Para eso existen los
adjetivos, los verbos, los sustantivos, para describir el mundo que nos rodea
con la máxima precisión y la menor cantidad de palabras posible. Sé que algunos
pondrán en duda lo que acabo de expresar, y que aprendí de pequeñito, que el
idioma es como es, no para ofender, no para ningunear, no para ignorar, si no
para describir el entorno con la máxima economía de palabras. Por eso no
tenemos que decir animal grande que vive en África y tiene dos cuernos en el
centro de su careta, decimos rinoceronte. Por eso no decimos persona de
apariencia normal con ideas peregrinas, decimos tonto. Economía del lenguaje.
Economía que todo este tinglado cree poder atacar impunemente.
Y a todo esto, no hemos hablado,
hablada, hablade, habladi o habladu, de aquellas palabras que, siendo
absolutamente distintas, sus inclusividades pasarían a confundirse. Si menciono
libros me estoy refiriendo a ¿objetos de papel escritos y encuadernados? a ¿Moneda
o sistema de peso en algunos países extranjeros? o a ¿Individuos, individuas,
individues, individuis, individuus, que ejercen la, lo, li, le, lu, libertad?
Yo, visto lo visto, viendo los callejones sin salida coherente que produce su
uso, le llamaría lenguaje oclusivo.
Claro que, a lo mejor, a lo peor,
basta con recurrir a un pasaje de “Alicia a través del espejo” que me mandó
hace unos días mi amigo Antonio Zarazaga (hay amigos tan imprescindibles que,
si uno no los tiene, tendría que inventárselos), para llegar a una explicación
plausible de este guirigay.
“―Cuando yo empleo una palabra
―insistió Humpty Dumpty en tono desdeñoso― significa lo que yo quiero que
signifique… ¡ni más ni menos!
―La cuestión está en saber
―objetó Alicia― si usted puede conseguir que las palabras signifiquen tantas
cosas diferentes.
―La cuestión está en saber ―declaró Humpty Dumpty― quién manda aquí.”
Alicia a través del Espejo, Lewis Carroll
Lo dice Humpty Dumpty, lo escribe
Lewis Carroll, me lo manda Antonio Zarazaga y yo me limito a transcribirlo. A
lo peor es que hay mucho Humpty Dumpty disfrazado de político, de intelectual,
por esos mundos de dios. Aunque con un par de Humpty Dunty dicen las malas
lenguas que basta para cualquier cosa. Y a lo peor bastaba con haber puesto
esta frase al principio de la carta y ahorrarme todo lo demás. Ya sabes,
economía del lenguaje.
sábado, 24 de abril de 2021
Cartas sin franqueo (XXV)- El respeto
El respeto, como te iba diciendo, es un ente escurridizo, una pretensión que no siempre se enfoca de la forma adecuada. El respeto es un sentimiento de aceptación que debería de producirse de forma mutua, pero que no siempre sucede de esa forma. De hecho lo más habitual es que se exija respeto por parte de quién no se lo concede a los demás.
A mí, personalmente, siempre me
ha parecido que quien exige respeto se hace acreedor a la falta de respeto. El
respeto, como el cariño verdadero, ni se compra ni se vende, se consigue o se
otorga sin que haya una necesidad, una posibilidad, de demanda.
El respeto solo puede emanar de
una actitud firme y coherente, de una rectitud proverbial, de una bonhomía
contrastada, y difícilmente se da cuando el demandante incurre en una sistemática
falta de respeto a los demás.
Tal vez, en realidad estoy
seguro, ese sea el origen de la absoluta falta de respetabilidad de nuestros
próceres, de esos personajes públicos y notorios, que tienen la pretensión de
representarnos, y que, con su sistemática falta de respeto haca la verdad,
hacia la palabra, y hacia todos aquellos que no comulguen con sus ideas, se hacen
acreedores a una patética falta de respetabilidad.
El respeto, es un valor educativo
que, como tantos otros, la libertad, la tolerancia, la cortesía, ha caído en un
absoluto abandono, en una sistemática tergiversación, en una pretensión
unidireccional que se niega tanto como se demanda. Oigo hablar de todos estos
valores con una pasmosa falta de criterio, con una incapacidad básica para
reconocer su esencia, cuanto menos su presencia.
Oigo hablar de libertad propia,
sea individual o colectiva, a los mismos que sin abandonar el discurso
consideran que su libertad pasa por el recorte, o la anulación, de la libertad
ajena. Leo y escucho, con pasmo reiterado, hablar de tolerancia, mientras se
invoca que esa tolerancia solo sea aplicable a los afines. Me asaltan desde
distintos medios, desde todos los medios a mi alcance, dignidades ofendidas por
la falta de cortesía, que se lamentan de ello incurriendo en una ofensiva falta
de cortesía. Llegan a mis oídos palabras de dignidades ofendidas, exigiendo
respeto, que apenas dos palabras antes han negado esa dignidad y ese respeto a
los que ahora se lo exigen. Eso, para mí, se llama incoherencia, soberbia, y me
merece una absoluta falta de respeto.
Me asombra, aunque mi capacidad
de asombro empieza a verse muy mermada, que alguien que se permite el insulto
directo a cientos de miles, a millones de personas, se asombre de que esos
cientos de miles, millones, de personas a las que ha insultado se sientan
concernidas y le devuelvan el sentimiento. Lo primero me parece una
provocación, lo segundo una falacia.
Es verdad que el anonimato de las
redes sociales, el aislamiento de los electos respecto a sus votantes, el
encastillamiento de aquellos que solo se mueven entre afines dispuestos a aplaudir,
a jalear, cualquier ocurrencia próxima, tiene como consecuencia una falta de
perspectiva que lleva inevitablemente a una falta de empatía con el grupo
social al que se vilipendia, y en el que, como en cualquier otro grupo, hay
gente encomiable y personas deleznables. De todo hay en la viña del señor. De
todo hay en las diferentes viñas de los diferentes señores.
Estoy convencido, aunque no en el
caso de los profesionales del insulto, de la falta de respeto, de la inquina,
que suelen liderar estos movimientos, de que la mayoría de las personas que los
jalean, que los suscriben y difunden, serían incapaces de esas actitudes, cara
a cara y con personas de su entorno. Pero el anonimato, la falta de cara y el
desconocimiento del nombre del insultable, son fundamentales para este tipo de
actitudes. Para las actitudes de falta de respeto colectivo.
Si, al final, y tal como íbamos
hablando, el respeto se está convirtiendo en nuestra sociedad, en nuestro
tiempo, en una rara avis que suele mencionar quién nunca la ha visto. Y si no
hay respeto, si no se respeta la libertad ajena, si no se fomenta la tolerancia
con los no afines, si no se actúa con una cortesía imprescindible ¿de qué
convivencia vamos a permitirnos hablar?
Claro que, cuando la convivencia
se pone en duda, en riesgo, al borde del precipicio ¿Cuántos caminos quedan? ¿Nos
dejan? ¿Cuántos futuros posibles?
sábado, 10 de abril de 2021
Cartas sin franqueo (XXIII)- Indignados
Todos estamos indignados, podría ser el título de una novela sobre la sociedad actual, seguramente una novela realista y descarnada con tantas páginas que El Quijote semejaría un borrador para un cuento corto.
Claro que entiendo tu
indignación, y la de mi vecino que la lleva reflejada en la cara, y la de
aquellos que conozco, o la de esas personas con las que tengo algún tipo de relación
a pesar de no conocerlos personalmente. Todos hablamos últimamente de
indignación, todos actuamos últimamente con indignación, y me parece lógico,
normal, previsible, porque todos estamos indignados con todos, todos tenemos
argumentos para nuestra indignación con las actitudes ajenas, y eso es así, es
inevitable, porque lo que no existe, lo que en nuestro tiempo nos han hurtado
con maquiavélicos juegos orales, son la veracidad y la confianza.
Nos hemos instalado en el
cinismo, en la absoluta desconfianza hacia todo aquello que se mueve o que es
capaz de articular una palabra, y, en ese clima de negación de cualquier
posibilidad de confiar, todo aquello que sucede nos provoca la indignación de
no tener una certeza, de crearnos la inseguridad de ignorar si lo que alegan
son unas palabras con fondo o simplemente una verdad sin fundamento.
Por supuesto que tú indignación
es comprensible, como comprensibles son los argumentos en los que está basada,
pero una cosa es que sean comprensibles, y otra muy distinta que esa
comprensión, esa justificación, los haga ciertos. Al menos más ciertos que los
ajenos.
Hemos creado un mundo en el que
el secreto de los estados, el secreto de las corporaciones, el secreto de las
intenciones, predomina sobre la transparencia de las relaciones. Todos tenemos
secretos, las personas físicas, las personas jurídicas, los estados, los
partidos, las asociaciones, que consideramos que no pueden exponerse libremente,
que para eso son secretos, pero que emponzoñan las relaciones y provocan la
desconfianza mutua.
La literatura, el cine, la
prensa, exhiben con abundancia conjuras, conspiraciones, luchas ocultas por el
poder, por el dinero, por la preponderancia, y en ellas la verdad es, cuando se
habla de ella, un concepto que se invoca para imponer una mentira, otra
mentira.
Claro que estamos indignados,
contra todo y contra todos. Es una lacra inevitable de vivir en un mundo donde
los valores se han trastocado y ni siquiera sabemos a qué carta quedarnos,
porqué ni siquiera podemos estar seguros de que el as sea la carta más alta.
Recibimos una permanente agresión
sobre las ideas, los conceptos, los valores, en los que hemos sido formados. Se
invoca la libertad con actitudes que la cercenan. Se pide la confianza con un
abanico de mentiras. Se reclama la responsabilidad desde una irresponsabilidad
manifiesta. Se proclaman los derechos mientras se rebajan. Se llama al miedo
para no tener que dar razones, para no tener que reconocer la incapacidad. Se
prescribe lo inútil por evidente, solo para tapar la ineficacia con la apariencia.
Así que entiendo tú indignación
cuando ves en las noticias esas fiestas irresponsables, como entiendo la
indignación, preñada de desconfianza, de hartazgo, de rebeldía, de aquellos que
asisten a ellas porque no creen en las verdades imposibles que intentan
colocarnos.
Entiendo tú indignación cuando
oyes que hay que llevar mascarillas en la playa, desde el hartazgo de oír que
el contagio en el exterior es casi imposible, y te obliguen a ir por la calle
solo, con la boca irritada por el vaho de tu propia respiración, con las gafas
empañadas, entorpecidos tus sentidos por un elemento tan incómodo como
sospechosamente inútil en su forma de ser usado.
Entiendo tú indignación, y la
mía, y la de la mayoría, cuando, embozado e incómodo, pasas junto a una terraza
llena de gente que bebe, come y respira libremente y lo sientes como una
afrenta a tu situación porque te han vendido, y te han impuesto, que hay que ir
pertrechado de esa guisa a pesar de que todos los informes, y la evidencia,
dicen que esa forma de combatir el contagio es totalmente inútil. Como entiendo
la indignación de los hosteleros, reos de una necesidad estética de tapar una
ineficacia gubernamental, que los arruina y culpabiliza para evitar hablar de
las infraestructuras sanitarias, legales, que son su responsabilidad y no
acometen. De esos hosteleros que ven como cierran sus locales y ese cierre
fomenta el descontrol de los botellones, de las fiestas privadas, de la
irresponsabilidad fomentada por unas estructuras de poder irresponsables.
Entiendo la indignación, ya
furiosa, cuando piensas que en un espacio libre, ventilado, abierto como no
puede haber otro, como son la montaña, el campo o la playa, alguien te va a
obligar a usar la equipación adecuada complementada con mascarilla a juego, sin
que ningún estudio riguroso avale la necesidad de tal medida, más encaminada a
fomentar el miedo, la desconfianza, a tener una excusa más para invocar la
irresponsabilidad del populacho irresponsable y desobediente, que a obtener
ningún tipo de mejora.
Por supuesto que entiendo tu
indignación, y la mía, y la de todos, cuando, debido a la torpeza social que
nos han impuesto, no sabemos cómo saludarnos, a pesar de que los científicos ya
han dicho, por activa y por pasiva, que el contacto no provoca contagio, que
darse la mano, los besos y los abrazos de rigor no contagia, y, obligados a
ignorarlo, cuando nos encontramos con alguien, iniciamos un incómodo,
antinatural, ritual de posibilidades de saludo. Y también, por supuesto y con
respeto, debemos de entender la indignación de aquellos que, sumidos en el
miedo pánico que interesadamente nos han inoculado, se horrorizan cuando ven
actuar con la normalidad normal, no con esa nueva y anormal a la que han
pretendido inducirnos, a la gente que los rodea.
Por supuesto que entiendo tú
indignación contra cualquiera que, harto ya de estar harto, harto de miedos y
verdades cuestionables, decide rebelarse contra un sistema incapaz de enfrentar
con eficacia, con veracidad, con transparencia, una crisis en la que nos va la
vida.
Y la indignación que empieza a
poner en cuestión, en peligro, la administración de las vacunas por la
sistemática desinformada información con la que nos bombardean, y que ha
logrado llevar una desconfianza creciente hasta la gente, que empieza a eludir
una vacunación diseñada para ignorar los sentimientos del paciente, sus
pulsiones, su confianza, posiblemente hasta su salud.
En definitiva, todos estamos
indignados con todos, todos desconfiamos de todos, todos consideramos a los
demás responsable de nuestros miedos, acreedores a nuestros reproches,
culpables de nuestras incomodidades, porque eso es lo que nos han inoculado
desde hace un año largo para lograr que nuestra propia desunión, nuestra
indignación, nuestra desconfianza, nuestro socorrido miedo, haga imposible que
pidamos responsabilidades a unos irresponsables que instalados en su machito
miran fundamentalmente por perpetuarse en él. O, al menos, miran más por conservarlo
que por lograr unos resultados que en muchos casos deberían depender de su dedicación,
de su ingenio, de su criterio, de su valía ética y, en definitiva, de su supuesta
capacidad para dirigirnos y de su contrastada veracidad para informarnos.
domingo, 4 de abril de 2021
la calidad democrática (V)- Las mayorías
Vivir en democracia es vivir pendiente, sujeto, sometido a las mayorías. Ningún otro concepto tiene la trascendencia que el de mayoría supone para analizar la calidad democrática de cualquier país. Por tanto, y como consecuencia, la calidad democrática de cualquier país dependerá de la calidad del uso y conformación de las mayorías.
Y yo, personalmente en este caso,
considero que la calidad de las mayorías que habitualmente se invocan en el
discurrir electoral y parlamentario español son mayorías mentirosas, mayorías
que nada tienen que ver con la voluntad del demos y su servicio, si no con la
obtención del poder y comprometiendo valores que el demos reclama, mientras
observa como sus representantes los ignoran. Mayorías conformadas a golpe de
concesiones y que contradicen todo lo ofrecido en el momento de solicitar el
voto.
Partamos de que la mayoría más
representativa del panorama español es la mayoría silenciosa, la mayoría
formada por abúlicos, descontentos y personas que no se sienten representadas
por las propuestas que los partidos, auténticos protagonistas del sistema,
presentan, o no se fían de su voluntad de atenerse a esas propuestas en el
ejercicio de sus funciones gubernativas. Esta mayoría, que yo definiría como la
mayoría, compuesta por abstencionistas, votantes en blanco y votantes nulos,
incluso descontando una parte técnica que abarca a los errores de censo y
errores de votación, es sistemáticamente ignorada, ninguneada, silenciada por
el sistema, que, de esta manera, impide una vía que permita oponerse a la forma
en la que está concebido, legislado y puesto en práctica.
Nadie puede estar conforme con la
calidad democrática de un sistema que ignora de forma pertinaz a la mayoría de
sus miembros, que impide manifestar el rechazo a la forma de desenvolverse, de enfocar
los problemas, de resolverlos de aquellos que se apropian de una mayoría minoritaria
ignorando a la mayoría mayoritaria.
He oído decir, muchas veces,
hablando de este tema, ”que voten y así podrán exigir”. ¿Que voten a quién si
nadie se ajusta a lo que ellos quieren? ¿Que exijan a quién si el que consigue
salir elegido no respeta sus compromisos? ¿Por qué camino podrían exigir nada si
las vías de comunicación entre elector y elegidos está cegadas durante cuatro
años?
Cualquier análisis mínimamente riguroso
que podamos hacer sobre las mayorías que gobiernan, que pretenden reclamar en
nombre del demos, que se forman y rompen para lograr imponer iniciativas ajenas
al demos, acaban dándose de bruces con la realidad de que su verdadero número,
contrastado con el número total de electores, las convierte en mayorías
mentirosas, en mayorías de conveniencia que ignoran, cuando no van
decididamente en contra, de la mayoría real, simple, de la mitad más uno de ese
demos que dicen defender y representar.
Para muestra basta un botón, y,
aunque podría disponer de una botonera, vamos a coger solo algunos, los más significativos,
de mayoría reclamadas recientemente.
-
Elecciones catalanas. Los votos totales válidos
fueron algo más del 51%, de estos poco más del 51% fueron votos independentistas
puros. La mayoría mentirosa es aquella
que invoca que el independentismo tuvo más de la mitad de los votos, cuando
solo obtuvo poco más de una cuarta parte de los votos totales del demos. Otra
mayoría mentirosa sería la que reclamase lo contrario, porque tampoco
representaría otra cosa que a algo menos de la cuarta parte de los electores.
-
Parlamento español. Aquí la mayoría mentirosa,
la que actualmente sostiene el gobierno del país, es aún más mentirosa porque
se sustenta desde unas leyes electorales que desvirtúan la representatividad
del demos, aparte de estar cosida con incumplimientos, con apoyos que,
claramente, son contrarios a los intereses del demos, y se arrogan una representatividad
que no pueden sostener ni ética ni electoralmente,
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Madrid. El gobierno de la Comunidad de Madrid,
después de las últimas elecciones, y a la espera de las próximas, representa el
41% del 69% de los electores, esto es, su mayoría supone un 28% real de los
habitantes de la comunidad. Tal vez, en este caso, su mayoría no pueda tildarse
de mentirosa, pero sí de impropia o de minoritaria.
¿Puede una fuerza política, o una
coalición de fuerzas políticas, considerarse legitimada para representar con
solvencia, para ignorar con soberbia, para legislar con desmemoria, a un demos
del que solo representa a una parte menor? ¿Al 25% de los habitantes de
Cataluña? ¿Al apenas 23% de los electores españoles? ¿Al 28% de los ciudadanos
de Madrid?
Sólo se puede responder que sí
desde una baja calidad democrática. Solo se puede decir que sí, y no poner
soluciones a los evidentes problemas de representatividad, desde una avaricia
de poder consustancial a los partidos políticos. Solo se puede afirmar tal
inconsistencia desde un forofismo que ve favorecidas sus aspiraciones e ignora,
cuando no ataca o ningunea, el derecho de los demás, de los que son más, a ser
representados.
Siendo rigurosos, en España la
calidad democrática está comprometida por unas minorías ambiciosas incapaces de
tener una validez representativa, un apoyo mayoritario, del demos. Y, porque lo
saben, las leyes electorales no cambian, ni tal cambio figura en las
expectativas más cercanas.