lunes, 11 de enero de 2021

El discurso perverso y el concepto pervertido

En la sociedad actual, puede que a lo largo de la historia, es costumbre inveterada tomar el síntoma como si fuera el mal, lo que permite al mal prosperar sin que nadie le ponga una barrera eficaz. Es el la perversión del discurso que oculta el concepto pervertido.

Los recientes, actuales, sucesos en Washington han encendido los medios de comunicación, siempre tan pulcros y alineados, y las redes sociales, siempre prestas al insulto y la descalificación como único argumento válido. Donald Trump es un loco. Seguramente, pero en todo caso es un loco con varios millones de votantes y un poder de convocatoria que no tienen la mayoría de los que lo critican. Donald Trump es un fascista, descalificación, o calificación, que de tanto usarse ya no significa nada. Lo que sí es, es un supremacista, un tipo de valores sociales dañinos y que puede tener lugares comunes con el fascismo. Donald Trump es un populista, claro, y Maduro, y Morales, y Bolsonaro, y Boris Jhonson, pero todos ellos están en este momento al frente de los gobiernos de sus países. Esos y muchos más, tal vez más discretos pero no menos dañinos.

Pero Donald Trump no es el mal, es el síntoma. El populismo, que comparte con otros muchos líderes mundiales, no  es el mal, es el síntoma. La enfermedad, el mal que asola un mundo que se cree libre, que se cree modélico, es el retorcimiento de los valores. La enfermedad es la práctica, en todo el mundo, del discurso perverso para lograr la perversión de los valores. La enfermedad es la degradación de las ideologías manejadas por líderes cada vez más mediocres, cada vez más entrampados con un populismo perverso, cada vez más alejados de la gente a la que dicen querer representar. Desde sus atalayas parlamentarias, gubernamentales, asamblearias, pretenden hablar en nombre de un pueblo, de una ciudadanía, de un colectivo humano, que está muy lejos de sentirse representado por ellos.

Hace ya muchos años, desde que se instauró en la antigua Grecia, que el concepto de democracia ha sido pervertido por intereses y valores que nada tienen que ver con ella, que la democracia parece ser un sistema en el que se invita a votar con el único objetivo de arrogarse una representatividad que, ni por número de votos obtenidos, ni por complejas operaciones matemáticas que otorgan mayorías, ni por perversiones territoriales de la representatividad, pueden reclamar legítimamente los pretendidos electos. Ninguno.

Y cuando la mayoría de esos ciudadanos de a pie, sin ideología reconocida, sin carnet de partido o sindicato, sin el odio necesario para afiliarse a ningún partido o movimiento afín a las ideologías, se siente ninguneado desde el gobierno, se siente aludido cuando desde un escaño, y en su nombre, se invocan y promueven valores contrarios a los que sustenta, se siente humillado cuando al intentar mostrar una discrepancia se le insulta, se le ningunea, se le muestra odio, cuando desde las estructuras de poder pretenden arrogarse una verdad no compartida, en su nombre y con su voto, cuando se siente acorralado, amordazado, regañado, desde unos medios de opinión que comparten las consignas del poder o del contrapoder, es entonces cuando el populismo se hace fuerte, es entonces cuando el ciudadano, pervertida su percepción de la realidad por los perversos discursos de líderes de cartón y con hilos, es capaz de votar, por desesperación, por hartazgo, por pura frustración, contra lo que, en condiciones normales, serían sus valores de referencia, es capaz de votar opciones populistas con las que no comparte más que el enunciado de los problemas. Es capaz de creer que la verdad está en Trump, en Maduro, en Abascal o en Iglesias, aunque solo sea porque dicen lo que quiere oír, lo que ansía oír, sin importarle un ardite las consecuencias de su acto. Y eso es, al fin y a la postre, el populismo, la capacidad de decir lo que la gente quiere oír sin que importe lo más mínimo si lo que se dice, si lo que se pretende decir, lo que se quiere hacer para ponerlo en práctica, es viable, es ético, es beneficioso.

Y, sin necesidad de escarbar, sin necesidad de pararse a investigar, si hacemos una breve enumeración de los valores pervertidos por discursos engañosos, interesados, perversos, podremos comprobar que todos los conceptos enumerados son valores imprescindibles para lograr un mundo más humanamente aceptable: La democracia, la igualdad, la libertad, la justicia, la equidad, la fraternidad y, en definitiva, la convivencia.

Es una vieja táctica del poder por el poder, enfrentar para evitar tener que dar explicaciones, que permitir derechos, que ser puesto en cuestión. El poder absoluto, alternativo pero absoluto, de las ideologías al que llevamos ya décadas sometidos, no es muy diferente del poder absoluto, omnímodo, voraz, de las tiranías de cualquier tiempo. Eso, sí, con votaciones, con alternativas, perfectamente medidas y previsibles, y con la solución de los populismos para que nos dé mucho miedo elegir. Permitir, de vez en cuando, en realidad, promocionar, un Trump, un Abascal, un Bolsonaro, un Putin, un Iglesias, un Maduro, o un Morales, permite mostrarle al mundo lo peligroso que es salirse de lo políticamente correcto, aunque, en realidad, ellos sean una consecuencia de lo políticamente correcto.

Y para ello, y por ello, el discurso perverso, el concepto pervertido, son las grandes armas del poder. Las palabras vacías, los valores vaciados, retorcidos, irreconocibles, con los que nos van adoctrinando día a día, sin descanso, desde los gobiernos, desde los medios de comunicación, desde las redes sociales, desde nuestra falta de compromiso con nosotros mismos.

El desarraigo

Me comentabas sobre el desarraigo, sobre esa actitud tan española que, aunque no es ajena a otros lugares, a otros pueblos, entre el nuestro alcanza cotas de éxtasis y perfección.

Me pregunto a veces, con esa suerte de preguntas que nacen al albur de una respuesta conocida, si una de las características primordiales de la mediocridad presente es la necesidad patológica de ningunear, cuando no de enfangar, cualquier brillo que provenga del pasado.

Enfangar cualquier brillo que pueda entrar en contradicción con un criterio único, inamovible, de valores, mediante la aplicación de criterios que ellos mismos determinan, ajenos a la época en la que los aplican y que permiten convertir en un error, o en un horror, cualquier suceso sacado de contexto.

Y no se trata de defender las actuaciones históricas más problemáticas, más enfrentadas al sistema actual de valores, que no era el de entonces. No se trata de hacer héroes patrios, no se trata de nombrar prohombres o buscar virtudes heroicas, con las que ensalzar una patria de valores añejos, inapropiados para los tiempos que corren. Ni de todo lo contrario. Se trata de saber quiénes somos y cómo hemos llegado a serlo. Y es precisamente por eso, porque se trata de saber y no de ser, el desarraigo resulta aún más patético, aún más culpable, aún más mediocre.

Claro que sé la respuesta. Tan claro como es mi convencimiento de que la respuesta es de dominio público, que está, más o menos profundamente enterrada, según criterios que nada tienen que ver con el mérito, en la mente de todos los que actualmente penamos en este extraño país que tiende a negarse a sí mismo. Que siente la necesidad, permite y jalea, cualquier negación de su identidad histórica.

Como es patético observar el desarraigo de los que pretenden hacer brotar de tal actitud una nueva idea universalista, pretendidamente universalista, que parte de un mosaico de actitudes que son incapaces de compartir espacio, que no tienen en común otra idea que no sea una negativa a lo existente, a lo existido.

¿Le podríamos llamar, en una pingareta léxica, nacional-universalismo? Porque al parecer la contradicción semántica de los términos, su perversión, su vaciado significativo, no está entre los obstáculos de los promotores y está clara su advocación nacionalista (nacional-aislacionista), y su predicamento, de predicar, que no de dar trigo, universalista.

¿Se puede construir una nueva identidad renunciando a todo lo anterior? ¿Por qué? Por supuesto que se puede, siempre y cuando no se contemple otro fin que el ensalzamiento de los promotores y no se pretenda otro horizonte de supervivencia que el tiempo en que estos puedan medrar.

 No puede haber nada que privado de sus raíces resista al tiempo, ya que no podrá crear una huella que impregne la memoria colectiva, no podrá generar un impulso que perviva más allá del impulso inicial, ni puede basar su continuidad en ninguna tradición compartida, y, sabiendo de antemano que su mediocridad no acepta la palabra tradición como sinónimo de conducta ajena a sus pretendidos valores, aclararé que uso el vocablo tradición como costumbre secular, colectiva, cuya evolución se acompasa a la evolución de los valores despojados de las modas pasajeras. O, en otras palabras, poso histórico.

Por no hablar de que tal actitud  concita múltiples movimientos, contrarios unos, escépticos otros, racionales los más,  que suelen ser de mayor representatividad que el de los promotores del desarraigo.

Respecto al por qué, se me ocurren dos respuestas. La primera porque su soberbia solo entiende del presente porque ellos son presente, y su ausencia, en el pasado y en el futuro, hace que ese pasado ajeno les resulte molesto, prescindible, inadecuado, y no les interese el futuro salvo para ser invocado como justificación de sus actitudes.  Todo parte, así visto, de una enfermiza necesidad de sentirse protagonistas de la historia, de que el mundo reconozca su pretendida brillantez, de vivir en el mundo que quieren construir(se), y apartan a manotazos, a manotazos ideológicos, a manotazos sin sentido, a manotazos de ignorancia, todo aquello que pueda apuntar a diferente, disidente o polémico. Tengo un segundo argumento, un segundo por qué, aunque no tengo claro que no sea el mismo que el primero, porque su mediocridad intelectual, ética y social les impide aceptar nada que no esté contenido en su endogamia, que esté más allá del perímetro de su ombligo.

Pero todo lo que es arriba es abajo, tal como decían los principios alquímicos, y por tanto esa misma actitud que mantienen a nivel nación, estado, país,  esa misma intransigencia mediocre, de valores axiomáticos, y por tanto no discutibles, de verdades absolutas, de intransigencias inamovibles, la llevan a su día a día, a su entorno, convirtiendo la convivencia en un irrespirable ambiente de absolutismos sin salida, de debates sin contrapunto, de fundamentos irrebatibles que no conducen a otra cosa que una versión contraria del inmovilismo que se supone que pretendían combatir.

No, por mucho que una parte de la sociedad esté decidida a comprar la idea, a apoyarla, a darle su respaldo, mi percepción me dice que ese desarraigo no es más que la búsqueda inmovilista del progreso, de un progresismo inmóvil, de postureo, ajeno a las realidades de una sociedad necesitada de soluciones reales. Ni aunque fueran mayoría, ni aunque fueran abrumadora mayoría, yo dejaría de pensar en dos frases rotundas.

“Cien mil millones de moscas no pueden equivocarse, coma mierda” decía una frase mítica del mayo del 68. Ni aunque lleguen a ser una abrumadora mayoría.

“Como no vamos a ser inmovilistas si ya hemos llegado”. Blas Piñar. Leído en un muro de la biblioteca del campamento militar situado en El Ferral del Bernesga, CIR 12. Creo que es una de las frases más brillantes, más esclarecedoras, que he encontrado en mi vida y que resume en unas pocas palabras la soberbia del que se cree en posesión de la verdad, de la razón más allá de las razones.

No. Aunque me llamen vetusto, viejo o desnortado, (o facha), yo seguiré mirando a mis raíces. Sin juzgarlas, porque ese juicio habría de celebrarse en el momento de los hechos, sin negarlas, porque aunque lo haga habrán sucedido, sin añorarlas, porque los tiempos y los valores han cambiado. Simplemente aceptándolas y sabiendo que en algunos de esos hechos, conocidos unos, desconocidos la mayoría, había algún antepasado que formaba parte del suceso, equivocado o no, con una actitud compartible, o no, paro sin duda allí estaban mis raíces, y conocerlas, y asumirlas, me ayuda a conocerme y a superarlos. Y a esperar un futuro con otros errores, porque los ya cometidos han sido superados.

domingo, 6 de diciembre de 2020

Ética, para-ética y política

Creo que es hora de emplear una mirada hacia la ética, de parar toda opinión y despojarla sin recato de todo tipo de influencia ideológica, de toda inclinación parcial y tendenciosa, a la hora de encarar un presente del que nadie debería de sentirse orgulloso, pero al que muchos se sienten obligados a apoyar. Desgraciadamente el forofismo, enfermedad social y mental que anula la más mínima capacidad de análisis riguroso, ético, sincero, de cualquier tema, es la tendencia imperante en este delicado momento. Se han desterrado la tolerancia, el auto análisis, la disensión, como herramientas para limar una radicalización que las tendencias ideológicas necesitan en un momento de lucha crucial entre modelos de sociedad que se juegan el futuro. Y esa radicalización solo tiene un objetivo, solo tiene un fin, el pensamiento único imprescindible para dominar una sociedad que permita ser guiada sin conflictos a un puerto que, por más apariencia democrática que pueda conservar, será inevitablemente totalitario.

Es particularmente preocupante observar cómo se crea una para-ética política que tiende a justificar cualquier acción o pensamiento, no en base a su contenido, sino justificado por el posicionamiento en contrario de la ideología rival. No importan la verdad, la razón, ni la propia opinión expresada anteriormente, todo debe de girar en torno a pensar lo contrario que el contrario, lo cual, éticamente hablando, es insostenible.

Esto viene a significar que no existe un criterio fiable, que no existe un posicionamiento en cualquier tema que pueda considerarse como estable, porque todo es susceptible de ser cambiado para presentar un frente que permita confrontar al rival, que se convierte en enemigo. Tampoco importa si ese posicionamiento es beneficioso o dañino, ni si es cuestionable o conveniente, ni siquiera es realmente importante si respeta las reglas o las quebranta gravemente, el único valor es el poder y evitar que lo pueda alcanzar otro.

No importan ya los programas, no importan las consecuencias, no importan los ciudadanos, ni importan las leyes. Con la nueva ética, para-ética, antiética, política en vigor, los programas sólo son válidos en razón de que sean populares, aunque se adivinen variables, o imposibles,  según las necesidades del poder. Las consecuencias son justificables en tanto en cuanto la única norma válida es la detentación del lugar más alto. Los ciudadanos son entes manejables que sólo tienen interés en el momento en que se les permite emitir un voto, circunstancia para la cual, previamente, se les ha mentido lo necesario sobre lo propio y sobre lo ajeno, sobre lo sucedido  y sobre lo pretendido, sobre formas, métodos e intenciones. Las leyes, y el poder legislativo, sólo son respetables mientras sancionen las posturas adoptadas desde el poder, con lo que se cuestiona, incluso se interviene si es necesario, y se legisla a medida si las circunstancias lo hacen viable, necesario, conveniente.

El gran problema es en qué derecho, no legislación, puede basar el poder su autoridad, no su autoritarismo, cuando desprecia la ética que parece justificarlo, darle sentido y razón. Qué queda de democrático cuando unas minorías, mayoritarias sólo desde una ley que hurta la representatividad a los ciudadanos, se permiten legislar, maniobrar y burlar,  a una mayoría real invocando una representación que los números demuestran que no se les ha otorgado.

La quiebra de la ética tal como siempre ha sido entendida, y su sustitución por una para-ética que se define en presente y según las necesidades del definidor, el quebranto del lenguaje común para lograr un discurso equívoco, a mí personalmente me parece mentiroso, y la desfachatez en el uso de la mentira como verdad alternativa y justificable, parecen apuntar a un sistema de valores contra el que el ciudadano puede sentirse inerme, indefenso, despojado de sus derechos más elementales, a veces en nombre de la defensa, también mentirosa, de esos mismos derechos.

No puede haber libertad, aunque se invoque, sin unas leyes básicas y estables, con órganos ajenos al poder que las sancionen, que la garanticen. La libertad no puede depender del que gobierna, de su criterio o permisividad, la Libertad  tiene que ejercerse a pesar del poder y de su insaciable afán de cercenarla, y es la única que garantiza su control para evitar que la autoridad derive en autoritarismo. Solo la libertad, la ejercida, no la invocada, puede garantizar una convivencia en valores éticos reales.

No puede haber convivencia si la principal premisa del poder es enfrentar, es afrentar, a la parte no ideológicamente afín de la sociedad que gobierna, porque esa afrenta, esa confrontación solo puede derivar en una reacción de signo contrario antes o después, una reacción que, si aplicamos la ley del péndulo, será más radical, más extrema a cada cambio de signo ideológico que se produzca.

Llevamos, según mi percepción, instalados en esta antiética, en este vaivén de pre-violencia ideológica, desde el año 2000. Las leyes que se promulgan, tanto en entornos sensibles, como en cuestiones fundamentales, ya se sancionan con la clara consciencia del que impone su criterio sin importarle que este vaya a durar lo que dure su mandato, lo que sume a los ciudadanos de a pie, al tejido empresarial y al futuro común en un permanente impasse que va socavando la percepción democrática de los ciudadanos, el rearme ético de la sociedad y oculta, escamotea, una percepción de futuro con esperanzas.

Es lamentable decirlo, es casi una invitación revolucionaria, pero ahora mismo, tal como parece percibirse en la calle, tal como yo lo percibo, los políticos, sus invocadas, y huecas, ideologías, su incapacidad de asumir el reto de representar a los ciudadanos, su soberbia, su necesidad de imponer su valores a los valores, su ética a la ética, su verdad a la verdad, su modelo social al que desea la sociedad mayoritariamente, su pensamiento único e incuestionable a un pensamiento rico, diverso, no ideológico que permita florecer el libre pensamiento, su sed de poder, trascendencia y permanencia, a la democrática alternancia de ideas y realizaciones que permitan un sosegado vaivén, son, seguramente, el mayor lastre convivencial con el que el reto de construir una sociedad libre, fraterna, sana, se encuentra en su camino.

Pero, para solucionar esto, todos, absolutamente todos, desde el primero hasta el último, tendríamos que asumir, infecto verbo, nuestras responsabilidades. Sí, usted también, todos somos parcialmente responsables de la situación actual. Todos hemos caído en alguno de los dos grandes males que nos han traído estos lodos. Todos hemos votado una ley electoral que nos priva de representatividad. Todos hemos votado por rutina a los “nuestros” porque aunque nos parecieran corruptos, mentirosos, manipuladores o populistas, eran los nuestros y, por tanto, preferibles a los otros. Todos hemos justificado lo injustificable con el peregrino argumento del “y tú más”. Todos hemos mirado para otro lado cuando los “nuestros” han actuado de forma antiética sin importarles un ardite las consecuencias, que sabían que no les íbamos a demandar. Todos hemos sido forofos, o, peor si cabe, permisivos con conductas inaceptables.

Nos han hurtado la representatividad, nos van despojando de la libertad, nos han robado la esperanza y, como quién no quiere la cosa, nos están dejando sin ni siquiera la palabra. Todo envuelto en papeles de colores ideológicos que en su interior no contienen otra cosa que soberbias personales, tendencias totalitarias y futuros distópicos. Ambiciones desmedidas de personajes mediocres y afanes de historia que no tiene gran importancia que puedan ser para mal.

Claro que mientras le ley electoral no cambie, mientras en las primarias de los partidos no se elija al que más soluciones coherentes proponga en vez del que a más grite y al que más disparates frentistas sea capaz de enumerar, mientras los ciudadanos no militantes no adoptemos una actitud electoral firme, determinante, votando en blanco, o de alguna forma que permita dejar claro nuestro descontento, nuestra falta de acuerdo con las opciones presentadas, nada cambiará.

Todo tiene un punto de difícil retorno, y solo el compromiso hace que ese punto pueda estar más cerca, o se aleje de forma considerable, pero, para los que tenemos hijos, nietos, descendientes, ellos deberían de ser razón suficiente para denunciar la antiética, la para-ética ideológica, y exigir la vuelta de una ética sin desviaciones partidistas, una ética que permita una sociedad libre, equitativa y fraterna.

sábado, 21 de noviembre de 2020

A la octava tampoco va la vencida

Hay pocas materias en las que, a poco que alguien se interese y lo intente, la patita insidiosa del enfrentamiento ideológico no aparezca por debajo de la puerta de las leyes aprobadas, y cuando hablo de la patita insidiosa no hablo de su idoneidad o su falta de idoneidad, si no de que muchas de ellas son simplemente una apuesta por una propuesta que no va a durar más allá de la legislatura del ministro promotor.

Parece ser que a nadie le importan especialmente los perjuicios que tal proceder le ocasiona a los ciudadanos en general y ciertos cuerpos profesionales de la ley en particular. Y, legislatura tras legislatura, asistimos al empobrecimiento del país por la incapacidad de los partidos que se alternan en el poder de llegar a acuerdos de estado en los temas principales.

Ni en educación, ni en sanidad, ni en justicia, ni en  política impositiva, ni en empleo, son estos políticos de baratillo capaces de llegar a unas reglas de juego que permitan afrontar de una forma decidida y consistente los grandes problemas que realmente preocupan al ciudadano, y tener la posibilidad de profundizar en las soluciones.

Hoy se ha perpetrado el octavo fracaso con nombre, para mayor gloria actual y escarnio histórico, del ministro de turno. Hoy se ha quemado, desde la llegada de la democracia, la octava posibilidad de presentar una ley de educación consensuada y que otorgue al cuerpo docente, y los alumnos futuros, en mayor medida, y actuales, en menor medida, una posibilidad de afrontar un futuro educativo dotado de una cierta estabilidad.

No se trata, eh ahí el quiz de la cuestión, de criticar ningún aspecto concreto de la ley aprobada hoy, ni siquiera de las siete leyes anteriores, no se trata de hacer un análisis político, ideológico o de idoneidad de esta ley ni de las otras. Y no se trata de eso porque eso es lo único que escucho, lo único de lo que se habla, los únicos pros y contras que parecen tenerse en cuenta.

El país, los ciudadanos, los docentes, los educandos, los padres y madres que son tan protagonistas como los anteriores, se merecen una ley de educación que, como el anillo de Frodo Bolsón, los englobe a todos. Una ley que garantice por un periodo mayor que una legislatura, que el discurrir de un ministro, o el efímero periodo de mandato de un partido, una política educativa coherente y previsible.

Que permita a los padres planificar la educación de sus hijos sin los sobresaltos de que un cambio de ley pueda perjudicar sus decisiones. Que puedan descansar del gasto de libros y material didáctico aprovechándolos de unos hijos a otros, y no se encuentren que cada año algún político ha tenido la feliz idea, y posiblemente rentable, de hacer que los libros anteriores sean inaprovechables, e incluso de poder crear unas bolsas de libro usado que favorezcan a los que más lo necesitan.

Que permita a los educadores prepararse para enseñar lo que saben y aprender lo que aún no saben, en vez de tenerse que preocupar de aprender cómo enseñar lo que ya saben y ya habían enseñado.

Hay un cierto tufillo de soberbia en toda esta historia, un cierto afán de posteridad, un “lo importante es que hablen de mí, aunque sea mal”, que denota la mediocridad personal en un firmamento, o bancada, de absolutas mediocridades. Votadas, pero mediocridades.

Y este mismo fracaso, esta misma celebrada, por una parte, denostada, por otra igual de numerosa, aunque la castrante ley electoral española conceda una superioridad ficticia a unos sobre otros, ley la que pone de relieve una incapacidad patológica, un enfrentamiento tan buscado como ficticio a nivel de calle, una mediocridad invalidante, de los políticos que todos, T O D O S, hemos votado.

Dice la teoría que los políticos son los representantes de los votantes. Dice la parte exquisita de esa teoría que una vez elegidos deben de representar a todos, los que los han votado y los que no. No sé lo que sucederá en los mundos paralelos que no están a mi alcance. No sé lo que sucederá, o como se ve esta realidad, en la mente monocromática de los forofos. Pero lo que sí tengo claro es que los incompetentes que tenemos gobernando nuestro país no tienen otro interés que mantenerse en el poder e intentar que su nombre pase a la posteridad. ¿Y a los demás? Ah¡, ¿pero hay otros? 

domingo, 15 de noviembre de 2020

Las visiones (I) - El planteamiento

 Una característica común de todo lo humano es la tendencia a adaptar el entorno a sí mismo, en vez de, lo más razonable, adaptarse él al entorno. Y esta característica no es solo física, es también, o es sobre todo, intelectual. Busquemos en la rama del conocimiento que busquemos esa impronta pequeña, efímera, inmediata, se hace fácilmente visible.

Cuando estudiamos la historia observamos que existe una división en edades que tienen dos características muy humanas, la aceleración y la ausencia de futuro. Las edades son cada vez más cortas según se acercan al momento presente. Si la prehistoria dura cientos de miles de años, la edad antigua apenas dura unos miles, la media unos cientos, la moderna trescientos y la contemporánea que está por ver.

La contemporánea, o sea la de nuestros tiempos. ¿Y la futura? ¿No será contemporánea de los que la viven? ¿Y cómo tendrán que llamarle? Este disparate denominativo, este tapón histórico, ya debería haberse resuelto. De hecho estudiosos como el catedrático Francesc Hernández Maciá ya proponían en el 2011 una solución a esta indefinición.

Yo propondría, desde la más absoluta humildad, que esta época del antropoceno se denominara edad  de las naciones, como hecho más destacable en el devenir de la humanidad desde la Revolución Francesa, hasta estos momentos en los que apunta un cambio de paradigma que supondría incluso un cambio de era. El antropoceno debería de dar paso al tecnoceno, la era de la tecnología, y deberíamos marcar su inicio a mediados del siglo XX, momento en el que el la creación de un cuerpo tecnológico, el avance del conocimiento y la evolución de las técnicas establecen las bases para el tirón vivencial de las siguientes décadas.

Pero reconociendo que, desde mi condición humana, mi pensamiento solo puede referirse a mi escala, lo que sí me parece evidente es que este cambio de era, de paradigma, de posición del hombre respecto a su entorno y a su posibilidad de evolución, me preocupa en tanto en cuanto esos cambios afectan a la forma en la que afectará al hombre, a mí en mis descendientes. Me preocupa el devenir político de un hecho científico, el aprovechamiento social de unas tecnologías que, según quién las use, resultarán balsámicas o definitivamente letales para el género humano.

Desde el momento actual, desde ese murete temporal al que nos asomamos para entrever un futuro que no parece pertenecernos, solo podemos tener atisbos de lo que podrá ser, de lo que puede llegar a ser, y deseos de lo que nos gustaría que fuera. Solo  podemos imaginarnos utopías y distopías que parecen estar al alcance de lo que el presente apunta.

Pero tanto las utopías como las distopías tiene un lugar común, el sesgo ideológico de quién las concibe. Y en ese sesgo ideológico muchas veces, en el afán de lograr el mundo perfecto, se olvidan de que los medios, la puesta en práctica de esas utopías, las convierten de facto en distopías difíciles de asumir.

Yo no sabría cómo poner en marcha una utopía intelectual, y no sería capaz de asumir éticamente la distopía funcional que pudiera producir, pero eso no me incapacita para compartir mi visión, mis visiones, de las utopías y distopías que en estos tiempos parecen luchar por hacerse un hueco en el futuro, para erigirse en el proyecto de futuro con más posibilidades, en muchos casos a costa del dolor y la injusticia en el presente.

En un presente que se debate, entre dos grandes bloque de visiones: la visión centralista y la visión libertaria, la visión corporativa y la visión ruralista, que en su intento de apoderarse del futuro se desgarran y desangran a la raza humana.

Y mi única visión de presente, la que me ha tocado vivir, es la decadencia de los valores, la descomposición sangrante de las fronteras, la apropiación de lo común por lo privado, el genocidio de los no alineados, la degradación avara del entorno, el empobrecimiento de las clases medias y profesionales que podrían volcar el sentido del futuro,  la globalización únicamente económica, y el uso feroz del secreto y del miedo, de la ignorancia y la amenaza.

Esta visión, que algunos optimistas podrán considerar pesimista, que algunos alineados considerarán alienante, que algunos comprometidos considerarán peligrosa, es solo un planteamiento de futuro. La edad contemporánea ha de dar paso a una edad aún más contemporánea, y eso, como será, como no será, es la lucha que los que creemos en que el futuro también es nuestro, aunque sea por interpuestos, debemos plantear desde el puesto de combate que la vida nos haya facilitado.

Por eso, por convicción y compromiso, fuera de todo círculo de poder o decisión, escribo estas letras, este planteamiento que pretendo continuar con una breve exposición de las dos posibilidades del futuro: el de todos y el de unos pocos para todos. El de la democracia y el de otras “cracias” votables de nula representatividad.

sábado, 14 de noviembre de 2020

Yo quise ser Susan Calvin

 Normalmente cuando se escribe algo sobre un escritor ya fallecido es porque celebramos alguna efeméride relacionada con él, pocas veces porque creemos que merece más de lo que la sociedad le ha otorgado, o por la influencia que haya podido tener en nuestra vida, como es en este caso, en mi caso.

Habrá quién presuma, yo dudo que pueda demostrarlo, en realidad dudo que pueda ser cierto, de haber leído todo lo que escribió Isaac Asimov, y mi duda parte de la certeza de que Isaac Asimov usó más años de los que vivió para poder escribir la ingente cantidad de obras que llevan su firma. Divulgación científica, ciencia ficción y misterios son las tres patas de su vasta obra, y, aunque aparentemente parezcan dispares, nos ponen sobre la pista de la profunda devoción de Asimov  por la lógica.

Casi con toda seguridad, si hacemos una encuesta popular, la percepción de Asimov para el gran público, que desafortunada expresión, lo ligaría con los robots, con la ciencia ficción y, sin ninguna duda, con las tres leyes fundamentales de la robótica. Con las tres leyes que parecían fundamentales en un mundo de miedos y valores, y que en el mundo actual, en nuestra cotidiana convivencia con la inteligencia artificial y los algoritmos de dudosa finalidad, parecen una vía apartada antes que superada.

Asimov no es un escritor de valores en cuanto que intente describirlos, denunciarlos o inculcarlos, es un escritor científico, un observador de los futuros presentes. Su obra no está interesada en los buenos y en los malos, sino en entender por qué lo son, en analizar cómo influirá su forma de ser en el futuro de la humanidad,  en anticipar las consecuencias de un conflicto entre tendencias dominantes.

Su obra de ciencia ficción, que es hoy mi objeto de reflexión, es puramente descriptiva; muestra, analiza, insinúa y rara vez se decanta por una postura salvo por las necesidades comerciales del final feliz que exigía su época. Su literatura elude sistemáticamente los temas clásicos de la opera espacial tan en boga entonces, extraterrestres, viajes en el tiempo, inventos insospechados, para adentrarse en un rigurosismo científico desconocido en la edad de oro de la ciencia ficción, de la que él fue un pilar fundamental. Y a pesar de ser uno de los maestros de la edad de oro es, para mí, el primer autor que entreabre la puerta a los autores de la “New Thing” que renuevan el género en los setenta. Autores de galaxias interiores, de interiorización científica, con una nueva visión del compromiso humano y no necesariamente del desarrollo científico.

Seguramente sus convicciones científicas y ateas se marcan de una forma indeleble en su forma de afrontar los problemas. Los objetivos de sus personajes no son trascendentes y para lograr esa trascendencia crea ciencias que permitan anticipar desde el presente, desde un presenta imaginario y, casi siempre, futuro, un futuro consecuente. Así  nacen la robopsicología y la psicohistoria, dos ciencias que, desde distintos ángulos, pretenden alcanzar la aplicación lógica al comportamiento humano, y ambas desde el estudio de los comportamientos anómalos de esa aplicación.

Tanto el Mulo como los robots de yo robot, son anomalías que ponen a prueba las ciencias por él imaginadas. En el caso de las fundaciones solo el paso del tiempo, y una mente analítica privilegiada, la de Hari Seldon, permiten que la anomalía sea corregida sin casi necesidad de intervención humana. En el caso de Yo Robot, de los robots “enfermos” de la obra, es, una vez más, la genialidad de Susan Calvin la que se pone en juego para lograr desentrañar un comportamiento no previsto, no acorde con lo programado, del robot y que pone en cuestión, por conflicto, la aplicación de las tres leyes de la robótica. En ambos casos hay una mente que es capaz de desmenuzar lógicamente los hechos hasta lograr presentarlos como un análisis riguroso de realidades que no contemplan ningún tipo de intervención sobrenatural, ni están sujetas a sistemas de valores.

Adentrarse en la lógica de la mano de Susan Calvin, y las singularidades de los cerebros positrónicos, es una las experiencias vitales más apasionantes que yo haya disfrutado. Hasta el punto de que, corriendo el año 71, mirando hacia mi futuro universitario y profesional, yo quise ser Susan Calvin, yo quise ser, ante el desconcierto general y las sonrisas condescendientes de quienes no sabían de que hablaba, estudiante de robótica.

En un país en el que no había aún, casi, ordenadores, en el que estudiar programación era una imposibilidad reservada a empleados de banca o de multinacionales mediante cursos privados, en el que hablar de robots, de ciencia ficción, de ordenadores, era ser señalado como un “chalao”, yo quería ser Susan Calvin, yo quería, como Asimov, asomarme al mundo de la lógica.

No de la lógica filosófica, de la lógica ética o de la lógica científica, no, al apasionante mundo de la lógica binaria, a ese apasionante mundo, no sé si se aprecia que la pasión persiste, en el que toda razón puede ser descompuesta hasta una cuestión original que no permite más repuesta que un sí, o un no. A un mundo en el que los matices no son otra cosa que racimos de decisiones binarias no resueltas.

Nunca pude ser, profesionalmente, Susan Calvin, pero a día de hoy, cada vez que me pongo ante un teclado con la intención de desarrollar un programa que ayude a solventar un problema, una rutina, una gestión, siento la pasión de estar educando un cerebro al que le digo qué, cómo y cuándo. La pasión del creador, del educador, enfrentado al logro de su obra. La pasión de desentrañar paso a paso, con lógica, cada uno de los pasos que me llevarán al objetivo final.

Y sí, sin ninguna duda, sin matices, aún me gustaría ser Susan Calvin.

martes, 10 de noviembre de 2020

La vida en besos

 ¿Qué besos son los más importantes? ¿Los dados? ¿Los recibidos? ¿Los que nunca salieron de nuestros labios? ¿De otros labios?

Posiblemente podamos analizar nuestra vida, nuestra personalidad, nuestra felicidad, recordando todos aquellos besos que guarda nuestra memoria y que están ligados a momentos y personas que fueron, o son, importantes en nuestro recorrido vital,  importantes para saber quiénes somos.

En un ejercicio literario, en una vuelta de tuerca a nuestro sentido lírico, podríamos definir los besos como los hitos que marcan los momentos importantes en el camino de nuestra vida, los señalizadores de aquellas huellas que otros han dejado en nosotros y que nosotros hemos podido dejar en vidas ajenas.

Hay besos de cariño, familiares. Hay besos de amistad, besos fraternos. Hay besos de amor, de deseo, de pasión, que no son los mismos aunque a veces tiendan a confundirse. Como hay besos intrascendentes y besos de traición. Y hay besos robados, besos de miel que fueron sin ser, volátiles, apuntados, besos en la frontera de lo real imaginado. Todos tienen rostro, sabor, memoria. Todos vienen rodeados de vivencias, casi todos siguen removiendo algo en nuestro interior cuando acuden, a veces inopinadamente, y se hacen presentes en nuestra imaginación. Incluso los ajenos, aquellos que fueron dados y recibidos sin que fuéramos sujeto.

Pero no todos los besos llegaron a ser reales, no todos encontraron la persona depositaria, o el momento adecuado, o la posibilidad de reciprocidad que hace que un beso sea algo más que un gesto. Y todos esos besos no dados también tienen su historia. Una historia, en muchos casos truncada, que en el recuerdo se recrea como hubiéramos querido que sucediera, una historia variable que visita los distintos universos que la imaginación nos permite visitar sin otro esfuerzo, sin otro requisito, que nuestra propia ensoñación.

Y si todos los besos tienen sabor, aroma, intensidad y sentimiento, los besos incompletos son capaces de tener varios sabores, varios aromas, varios sentimientos, y ahí radica su importancia, en la posibilidad de recrear nuestra vida desde un punto que nos marcan hasta un instante paralelo a nuestro huidizo presente, e imaginarnos como no hemos sido, como no hemos querido ser, como no hemos sido capaces de ser, en nuestro propio universo.

En su sentido primario, original, en su paladeo retrospectivo, simplificando, podríamos dividirlos en dos sentimientos de base: la frustración y la añoranza. Aunque también podríamos convenir en que la frustración puede producir añoranza y la añoranza tiene ribetes de frustración.

Yo diría que son de añoranza aquellos besos soñados en momentos juveniles, en enamoramientos tiernos, blancos,  que se evocan con una sonrisa suspirada, con un suspiro de lejanía inmediata. De añoranza son los que no se pueden  dar a personas queridas por su lejanía o su ausencia. De añoranza son los que no hemos dado, no hemos recibido, por cuitas y enfados a los que es difícil dar importancia. De añoranza son los que se sueñan y no se plasman.

¿Y de frustración? Seguramente los rechazados, los que quisieron ser y no tuvieron respuesta, los que se quedaron en gesto, en mueca, en deseo. También los dolorosos, los que quisiéramos que fueran nuestros pero nunca nos dieron, los que sin pertenecernos nos marcan y se cuelan en nuestros recuerdos.

Pero si algo nos da un poso de tristeza, si algo nos deja un resabor de dolor que no se alivia, de desazón intemporal y recurrente, son aquellos que no llegaron ni a gesto, que ni siquiera fueron insinuados, por cobardía, por timidez, por no hacer daño, por tantas razones que los humanos invocamos para cubrir nuestra propia incapacidad de mostrarnos como somos, de afrontar lo que deseamos con la libertad que, sin embrago, invocamos como si los demás fueran nuestros dueños y nosotros los esclavos.

No voy a hablar de los de traición, los que vienen con monedas y prendimientos, porque me niego a que sean  memoria, aunque su enseñanza perdure y forme parte de cómo somos, de cómo besamos, de cómo aceptamos otros besos.

¿Y de los intrascendentes? De esos no tengo recuerdos, apenas tengo recuerdos. Mi vida sería igual sin ellos.