martes, 14 de abril de 2020

Las miserias humanas (III): Los coronautas


Hay sastres, y hay desastres. E incluso hay sastres que hacen desastres. Sastres que una vez acabado el traje, sea bien o mal, son incapaces de rematarlo adecuadamente, por falta de pericia o por falta de presupuesto. El caso es que, sea por un motivo o por el otro, dejan hilvanes que en el momento en que alguien que lo utiliza hace un esfuerzo, por leve que sea, saltan las costuras y queda el forro, o la piel, a la vista de los que lo rodeen.

En España llevamos siglos de malos sastres, de grandes desastres y de la malhadada conjunción de ambas cosas que da lugar a la repetida miseria de aquellos que encargaron el traje, habitualmente de la clase media para abajo.

Es realmente miserable este ya casi crónico mal de nuestro país, o país de países, o países metidos en un país, o cualquier otra ocurrencia de político de turno, que impide con la miseria de sus dirigentes el normal desarrollo político, económico y social de unas gentes que merecen, y a la vista de la historia es palmario, una suerte un poco más favorable.

No ha sido distinta esta catástrofe, que, por mor de la incompetencia de los encargados de afrontarla, se ha acabado convirtiendo en una catástrofe de catástrofes, o en unas catástrofes metidas en una catástrofe, de consecuencias aún inimaginables. Administradores que, a pesar de que los números no se lo permitirían a nadie con un mínimo de honradez política, o humana, se dedican a loarse a sí mismos, a crear discordia en la sociedad, cuando no, ciertos socios de esa administración, a juguetear ideológicamente creando una mayor inseguridad, cabreo e inquietud en los de siempre, como ya he dicho, de la clase media para abajo, con sus acciones.

Pero no era de los ínclitos administradores, que ya tendrán su momento de gloria cuando toque, de los que yo quería hablar cuando me he puesto a pergeñar estas letras, sino de los Coronautas, término cuya autoría me permito reclamar y acuñado en honor, y a la imagen, de mi virtual amigo, Francisco Breijo, no por virtual menos apreciado, equipado para el comienzo de sus médicas tareas.

Llamo Caronautas a todos aquellos que en su función de atención a los pacientes del maldito bicho se mueven en las zonas de riesgo, hospitales, ambulancias, consultas y más, embutidos en unos equipamientos, a veces trajes, que les hacen semejar personajes de película de ciencia ficción. Llamo Coronautas a todos los que día a día se juegan su contagio, su aislamiento de sus propios familiares y su vida, atendiendo a los enfermos en cuerpo y espíritu, porque este maldito virus también afecta al espíritu, a  la soledad del enfermo grave que ve cómo va perdiendo la vida en la ausencia de sus seres queridos.

Miserable es el comportamiento de las administradores con los coronautas, miserable y criminal. Miserable y criminal es verlos confeccionando esos trajes, como en el atrezo de una película de pacotilla, como sastres en medio del desastre, con bolsas de basura, mientras los responsables dan ruedas de prensa triunfalistas asegurando que todo se está gestionando correctamente y que la culpa de cualquier deficiencia es siempre de los otros, de la oposición, de los insolidarios, de los chinos, pero jamás suya.

Los coronautas, navegando entre nubes de coronados virus ávidos de nuevos territorios de expansión, se han defendido como han podido, se han defendido de los virus, de las carencias y de la miseria moral de unos administradores incapaces y soberbios en su incapacidad. Han tenido que bregar con la enfermedad de los pacientes, con la soledad de los dolientes y con la carencia de medios mínimos para ejercer su trabajo correctamente y salvaguardar su propia salud en ese ejercicio.

Y de esa conducta miserable, y culpable, de los administradores, todos, cada uno en su nivel y competencia, dan fe las cifras: más de veintiochomil sanitarios infectados, casi treinta muertos, eso sin contar los cuerpos y fuerzas de seguridad y las fuerzas armadas.

Yo no sé si en ejercicio de esa grandeza de compromiso, de profesionalidad vocacional, que están haciendo, alguno de ellos se sentirá compensado con ese aplauso colectivo, que ya en muchos casos se ha convertido en una especie de rito social sin trasfondo, de alivio al enclaustramiento con espectáculo, diario. Yo creo que no, que como mucho confortados, y en ocasiones puntuales reconocidos, pero no compensados en su esfuerzo y en su riego

Veremos a cuántos de ellos, pasada la emergencia, se le reconocen esos méritos con unas condiciones laborales más acordes con su valía, con su compromiso, y con la dependencia que esta sociedad tiene de ellos para el mantenimiento de su estado de bienestar, y, sobre todo, para estar preparados para futuras crisis que no se adivinan muy lejanas en el horizonte.

Y por si fueran pocas las miserias con las que los administradores los castigan, han aparecido los “solidarios de siempre”, los valientes de los anónimos en el portal, solicitando la solidaridad que ellos no sienten y conminando a los que arriesgan su vida a abandonar su hogar para no sentirse ellos, los miserables redactores, en riesgo.

Ante tantas miserias, ante tantos y tan diversos miserables, mi solidaridad, mi reconocimiento y mi admiración por los coronautas. Y hoy sí, aquí sí, mi sentido aplauso.


domingo, 12 de abril de 2020

De la educación y el conocimiento


A mí las opiniones expertas me merecen un absoluto respeto, seguramente por mi ignorancia en el tema que se trate, pero por eso mismo cuando decido escribir mi parecer sobre alguno de esos muchos temas en los que mi ignorancia es supina, y después de contrastar opiniones de diferentes expertos, cada uno con su deriva ideológica, y procurando que esas derivas sean dispares, decido, seguramente con errores, y seguramente inducido por mi ignorancia, ponerme manos a la obra e intento plasmar el conocimiento recibido.
Escribo después de leer con indignación, con estupefacción, un artículo publicado en DCLM.es y firmado por Agustín Estrada Peña, Catedrático del Departamento de Patología Animal, Área Sanidad Animal, Facultad de Veterinaria, de la Universidad de Zaragoza. Un artículo escrito desde la prepotencia, desde la soberbia, de alguien que instalado en su “cátedra”, se permite faltar tildar de entrenador de fútbol, con claro menosprecio, a cualquiera que, presuponiendo su ignorancia, se permita discrepar del gobierno y participar en la cacerolada convocada para manifestar el desacuerdo con la gestión del mismo. El tono me parece vergonzoso, más propio de aquellos catedráticos franquistas que instalados en su pedestal repartían los aprobados y suspensos en función de los méritos políticos de sus alumnos, antes que de sus méritos académicos. Para este señor somos un atajo de “cuñados”, ignorantes, y únicamente opinamos porque nos dicen que tenemos que opinar. Nuestra ignorancia, en comparación con su sabiduría, es solo culpa nuestra y nos invalida incluso como personas capaces de pensar por sí mismas. Y viene a decir que para opinar sobre política y capacidad de gestión hay que tener, como mínimo, sus conocimientos sobre su especialidad.
Este impertinente artículo, por faltón y por poco pertinente, me ha hecho ponerme a las teclas y saltarme un día libre para explicarle, aunque no creo que mis palabras puedan llegar a su soberbia altura, que si, independientemente de sus conocimientos, que no pongo en duda y demuestra, toda su capacidad docente se apoya en la incapacidad de empatía humana que traslucen sus palabras, pobres de aquellos que tengan que poner su formación académica en semejantes manos. Yo es que al primer exabrupto me levantaba y me iba. Claro que, también eso hay que tenerlo en cuenta, hay quién domina grandes y complejas materias, incluso goza de una palabra fácil y convincente, pero a la hora de escribir, o de opinar, debería de meterse las manos en los bolsillos. Desde mi ignorancia, claro.
Desde esa misma ignorancia, que intento paliar con conocimientos ajenos, he constatado que la mayoría de los expertos consultados consideran que el gobierno actuó tarde y mal, que también es posible que hubiera hecho falta un gobierno fuerte, que este no lo es, y despreocupado de las consecuencias electorales, que este no lo está, para haber tomado decisiones más valientes y que hubieran ahorrado muchos muertos, y sobre todo, el lamentable honor, de ser uno de los países con mayor mortalidad del mundo.
Decir esto no presupone, faltaría más, que otro gobierno, de otro partido, o con otra composición, lo hubiera hecho mejor, ni que toda la responsabilidad de la falta de medios e infraestructuras le sea achacable, por supuesto que no, pero lo que tampoco quiere decir es que lo haya hecho bien y que se merezca las loas que intervención tras intervención, rueda de prensa tras rueda de prensa, parece reclamar. No, yo no tengo ni idea sobre virus, ni he estudiado epidemiología, como tampoco he estudiado muchas otras materias sobre las que escribo, pero sí puedo decir que suplo mis lagunas de experto teniendo acceso al conocimiento de gente de casi todos los saberes y con casi todas las ideologías, y que, cuando escribo, lo hago desde la humildad de mi saber prestado, que no supone una falta de conocimiento, pero si una aceptación de que la Verdad, no está al alcance de los hombres, todo lo más su verdad, la de cada uno.
Efectivamente, y reitero por si no había quedado claro, no soy un doctor en nada, ni siquiera en medicina, pero lo que si soy es un experto en lógica y sistemas, y eso me permite, con una ignorancia supina en materias concretas, analizar un sistema humano, comercial o mecánico; su desarrollo, sus puntos críticos y sus debilidades por malas decisiones, y para eso no necesito ni tirar de ideología, ni de afinidad, ni ser maleducado y grosero con las personas que me leen.
Me recuerda  usted a como retrataba Quino a un doctor en medicina de vacaciones en la playa en una tira de Mafalda. Bueno, me voy a permitir darle una oportunidad que usted no nos ha dado a ninguno, parece usted padecer de la misma soberbia que el mencionado doctor.
Verá usted, desde mi puesto de entrenador de fútbol, por ponerme en su cualificación ya que no lo he sido nunca, cuando juzgo la labor de un gobierno, sea este o cualquier otro, no lo hago por su dominio de un tema concreto, en ese caso juzgaría a un ministro, ni por la erudición de sus miembros, y miembras, ni siquiera por sus declaraciones o su voluntad de hacerlo bien, no, yo solo lo juzgo por su capacidad de gestión y el aprovechamiento de los tiempos y recursos puestos a su disposición para la obtención de resultados. Y, sobre todo, procuro no caer en la trampa ideológica para forofos, de pensar que si otros lo han hecho peor, suponiendo que se dé el caso, eso haría a este mejor. Falso, falso de toda falsedad, simplemente lo haría menos malo que ese otro. Pero, y como ya apuntaba anteriormente, al final lo que importan son los resultados. Al final, se diga lo que se diga, una gestión deja unos resultados que son incuestionables, números que permiten evaluar la gestión realizada, y algunos de los de este gobierno, sobre este tema y expertos aparte, son: tercer país del mundo con más fallecidos, país con más muertos por cada cien mil habitantes del mundo, país con mayor número de profesionales sanitarios contagiados del mundo, país con mayor número de muertos en residencias de ancianos en el mundo. De momento.
Claro que faltan un montón de países, sobre todo países del lamentablemente llamado tercer mundo, por empezar a incrementar estadísticas, y a lo peor alguno nos supera, y, ya sería deleznable, alguno pueda caer en la tentación de usar esas terribles estadísticas de países con muchos menos medios para justificar las nuestras.
En todo caso, créame, para demostrar que uno es un experto, que cree tener razón y que sus palabras están por encima del inculto populacho, al que pertenezco,  por lo que le pido disculpas, no hace falta faltar le al respeto a los demás insinuando su pobreza intelectual y de espíritu. De experto, poco, a experto, muy, solo explicarle que el conocimiento no exige la mala educación, la mala educación solo es un problema de formación y de aplicación de valores.
Un humilde y contrito saludo.

viernes, 10 de abril de 2020

Miserias Humanas(II): Los madrileños

Las miserias humanas están a veces ocultas, pero tan superficialmente que cualquier hecho, fortuito o excepcional, hace que afloren. Y eso es lo que está sucediendo, que tras todos los cantos a la solidaridad, tras todos los aplausos y las actitudes de compromiso, por la puerta de atrás, a la chita callando, callando porque en un clima de alabanza interesada y de necesidad de reforzar la moral hay que acallarlas, muchas de las más miserables miserias de los hombres van sacando la cabeza y demostrando cuanto tenemos que mejorar, como sociedad y como individuos.
Sé que en medio del subidón de autoestima de la mayoría que esta situación está provocando, mis palabras van a resultar incómodas, discordantes, chirriantes, pero alguien tiene que decirlas.
Este virus tiene muchas caras, y algunas, la mayoría son muy feas. Tal vez la cara más fea sea la de la muerte, tampoco la de la enfermedad es una cara agradable, pero no son las únicas, solo, posiblemente, las peores, pero hay otras que conviene que no dejemos de mirar de frente porque reflejan cosas de nosotros que procuramos evitar darnos por enterados de que existen.
Una de las mayores miserias que he observado en esta crisis es la xenofobia. Pero no una xenofobia hacia lo desconocido, hacia lo lejano, hacia lo extraño, no, una xenofobia hacia lo cercano, hacia lo circundante, hacia lo perimétrico, hacia, casi, lo propio.
Hemos recuperado, de los episodios más oscuros de nuestra historia, la figura de los delatores, de aquellos que, por la motivación que sea, en este caso miedo, se creen con derecho a juzgar a todo aquel cuyo comportamiento no sea el que ellos creen correcto. Personas que instaladas en un falso sentido de solidaridad se sienten capacitadas para juzgar y condenar, en un único y unívoco acto, la conducta de los demás.
Pero la policía de balcón no ha sido el único acto de este tipo, ni siquiera el más difundido o evidente, hay un acto de xenofobia aún más evidente, aún más doloso, aún más lamentable, porque además de producirse ha sido difundido y jaleado desde los medios masivos de comunicación, el llamado fenómeno de los “madrileños”, un acto de xenofobia en el que incurren incluso muchos luchadores contra la xenofobia lejana y que por ello se sienten justificados, o libres de culpa, al practicar esta xenofobia de proximidad.
El miedo es libre, y esa capacidad lleva a torcer conductas intachables, intachables hasta ese momento. Y ese mismo miedo que lleva a unos a practicar la insolidaridad de desplazarse indebidamente buscando lugares donde el riesgo sea menor, es el que lleva a otros a considerar  que esos vecinos con los que han compartido veranos, fiestas, ventas en sus negocios, o, incluso, cañas en el bar, son ahora unos tipos peligrosos a los que insultar y denunciar. No importa si su derecho individual les permite elegir el lugar en el que pasar su cuarentena, siempre y cuando la respeten estrictamente, un autoproclamado derecho colectivo los señala como seres extraños y peligrosos para nuestra, falta de, convivencia.
Como toda etiqueta colectiva, esa de “los madrileños”, no solo es injusta, es terriblemente xenófoba, es una forma de etiquetar a los otros, a los que no son estos, a los de fuera. O sea, xenófoba se coja por donde se coja.
Otra cosa sería que no respetaran el confinamiento, que para eso están las autoridades, y pusieran en peligro al resto de la población, pero en ese caso no serían distintos de cualquier otro del pueblo que tuviera esa misma conducta, claro que entonces no sería un “madrileño”. Sería simplemente un insolidario.
Yo supongo que los alcaldes, las comunidades autónomas que ahora se sienten agredidas por su presencia, perdonarán el IBI y otros impuestos de esas viviendas de “madrileños” que no han ido a ocuparlas, en compensación y reconocimiento a su comportamiento ajeno al pueblo, a la ciudad o la urbanización. ¿O eso no?
Uno de los grandes problemas de la xenofobia es que el que la siente, el que la practica, siempre cree tener razones suficientes para hacerlo. Pero no siempre es cierto.
Siempre, siempre, al otro lado de la xenofobia, existe una frontera, la puerta de un portal, el cartel de carretera que indica el principio o el final de un pueblo, una bandera, o un miedo, la triste realidad de una miseria que, oculta en lo más profundo de nuestras entrañas, espera su oportunidad para asomar su fea cabeza. En este caso es una de las feas caras de un virus, en otros un viaje en patera, o un salto en una valla, o un acento, o un idioma, o el color de la piel. Siempre hay algo que justifica que lo otro es lo extraño, lo peligroso, a lo que hay que atacar para defenderse.
Par mí solo hay dos tipo de personas ante esta emergencia, los que respetan las normas y los que no las respetan, y en ninguno de ambos casos es mi responsabilidad señalarlos o juzgarlos. Para mí, claro.

sábado, 4 de abril de 2020

Llegó el comandante y mandó a parar


Siempre me ha hecho cierta gracia un cartelito de esos habituales en los bares sobre la voluntad de fiar y algunas otras reflexiones populares. Me refiero al muy visto de: “hoy hace un día estupendo verás cómo viene alguno y lo…”.
Pues siguiendo el cartelito de marras el gobierno ha decidido que, aprovechando que el Pisuerga pasa por Valladolid y que el bichito justifica cualquier iniciativa que se tome, y si alguien osara protestar es relativamente fácil echarle a la opinión pública, metida en pánico, encima, es el momento de mezclar churras y merinas y colarnos unas medidas ideológicamente inadmisibles.
Hasta el sábado mismo yo he defendido que a pesar de las sombras y de las luces, a pesar de los aciertos y de los errores, tocaba estar al lado del gobierno, y antes o después llegaría el momento de revisar u exigir responsabilidades. He defendido que ante un enemigo común era imprescindible un frente común y así estaba actuando la sociedad.
Hasta el sábado mismo, en realidad hasta el viernes. Porque el viernes se entreabre la vía política, el sábado se confirma la vía y el domingo la ministro de trabajo da el primer mitin ideológico desde que empezó la crisis, mitin que, curiosamente, no tiene ningún reflejo inmediato en la prensa.
El gobierno parece haber claudicado ante los miembros más radicales y populistas de su entorno. Parece haber claudicado, pero tampoco tengo claro que no sea una jugada envenenada en la que se permite a otros tomar decisiones especialmente cargadas ideológicamente para llegado el momento señalarlos como responsables de la misma y recoger los réditos de las medidas imprescindibles. Parece que las navajas están desenfundadas en el entorno gubernamental.
El problema es que a los de siempre nos ha pillado en medio, y si las consecuencias sanitarias son terribles, las económicas empiezan a adivinarse no menos terribles, y largas, y penosas. La recuperación del mito decimonónico del empresario con monóculo, barriga, puro y cuello de piel en el abrigo, que la izquierda radical, de ideario tan decimonónico como el mito del empresario, usa para señalar a quién tiene que pagar la crisis, quién es el enemigo, está de nuevo en la calle. Ya tenemos paganini, y posiblemente chivo expiatorio.
Prohibido despedir, prohibido trabajar, prohibido discrepar, vacaciones extraordinarias  para todos a cuenta de la empresa, que luego se devolverán, o no, más adelante. Pero ¿puede aguantar esto la empresa española? ¿Quién es la empresa española?
Pues la empresa española, si se lo preguntas a la izquierda o a la derecha, los unos para intentar esquilmarla y los otros para intentar favorecerla, son Amancio Ortega, El Corte Inglés, Construcciones y Contratas, Telefónica, los bancos, y unos cuantos empresarios más de calado económico similar que manejan unas cuantas empresas élite de residencia fiscal nacional. Pero si vas al registro de empresas, entonces comprobarás que en el tejido empresarial español esas empresas ocupan una esquinita insignificante en el paño global. Un poco más grande será el área que ocupan empresas consolidadas de tipo medio y la inmensa mayoría de esa superficie estará ocupada por pequeños empresarios, muchos de ellos empresarios trabajadores, autónomos, cuyas figuras difícilmente se acomodan al estereotipo que manejan los radicales.
Si analizamos con un mínimo rigor, y con criterio de posición de mercado al durante la crisis, este entramado empresarial podremos distinguir entre tres tipos de comportamiento de sus mercados:
1-      Grandes y medianas empresas. Parar un mes, o dos si fuera preciso, no le afecta más que a su cuenta de resultados a final de año y a la cantidad a repartir entre los socios. No tienen problemas en asumir despidos improcedentes. Tienen exenciones fiscales especiales y unos departamentos legales y financieros que hasta podrán sacar beneficio de esta crisis. Las vacaciones recuperables ni les quitan ni les aportan nada.
2-      Empresas de clientes cautivos. Empresas cuyos clientes pueden aplazar el requerimiento de su trabajo pero no prescindir de él, por lo que pasada la crisis recibirán todo el trabajo aplazado y el que se generará nuevo. En estas circunstancias las medidas acordadas inicialmente, los ERTES y los ICO, les pueden permitir capear el temporal y enfrentarse con garantías a un paro que tampoco exceda los tres o cuatro meses. Las vacaciones recuperables pueden suponerles un alivio financiero a la horade la acumulación de trabajo que puede provocar la necesidad de horas extraordinarias.
3-      Empresas de negocio diario. Empresas cuyo negocio depende de su facturación diaria y que no pueden acumular negocio. Dos ejemplos de estas empresas diferentemente tratadas por la crisis, pueden ser la industria turística y el comercio alimenticio. Los hoteles no pueden recuperar su facturación del paro, ni les aporta nada que sus empleados recuperen el tiempo de unas vacaciones no pactadas, ya que su trabajo no es aplazable. Las pequeñas empresas hoteleras familiares, el comercio de proximidad no alimenticio y algunas otras pequeñas empresas, y muchos autónomos, serán las víctimas de estas medidas populistas. En este caso, en estas circunstancias, hay una inmensa cantidad de pequeños empresarios autónomos a cuya supervivencia la deriva política de la crisis les va a costar su empresa, y, en consecuencia, el empleo de todos los trabajadores que de ellas dependen, y que no son pocos. Luego bastará con tacharlos de insolidarios, de depredadores económicos o de cualquier otra lindeza de panfleto y redes sociales, para afianzar un mensaje que solo la inconsciencia fanática de un núcleo ideológicamente duro, o de una ignorancia comprable, podrá sostener.

El gobierno, al menos su ala más radical con la aquiescencia del resto, ha decidido introducir una deriva ideológica en su gestión de la crisis. El viernes la apuntó, el sábado la refrendó y el domingo la expuso, mediante el discurso mitinero de la ministra de trabajo, con toda su crudeza, explicando que para ellos solo existe el bien general y no el individual, hasta tres veces repetido y enfatizado, por si alguien no había oído bien. No conozco ningún bien general que no incluya el bien individual, porque no puede existir el uno sin el otro salvo que alguien vaya a decidir por todos cual es el bien general. Y por si había dudas la declaración de Pablo iglesias sobre la riqueza común, es decir del gobierno, como un concepto sobre el que las acciones de gobierno pueden decidir, aporta un sesgo radical, populista y totalitario que nadie ha votado y que nos están implantando aprovechando una crisis que nada tiene que ver con la política y mucho menos con las ideologías.
Tampoco nadie nos ha contado el punto del decreto en el que se autoriza el control por geolocalización de todos los ciudadanos, se supone que para evitar los desplazamientos ilegales, pero que en realidad es un punto que nos acerca más a un Gran Hermano que a una medida de control democráticamente conseguida. Es más, dudo que sea constitucionalmente aceptable.
En todo momento he apostado por una actitud constructiva y de acatamiento de las órdenes del ejecutivo hasta que la crisis se pudiera superar, pero bajo ningún concepto estoy dispuesto a asistir impasible y callado a una deriva ideológica y a un desastre económico. Si llega el comandante y manda a parar, tal vez es el momento de que los ciudadanos digamos basta a estas actitudes que nada tienen que ver con el entorno sanitario. Desde la disciplina que la situación demanda, desde la consciencia ciudadana del bien común construido desde los bienes individuales, desde la posición irrenunciable de copropietario de nuestro país, desde este momento y desde este medio denuncio la inadmisible deriva ideológica del manejo de la crisis e insto al presidente a derogar las medidas improcedentes y populistas que pueden destrozar nuestra economía. Yo había dicho antes o después, el gobierno ha elegido ahora. Pues ahora.

Miserias Humanas


Cuando hablamos de dramas humanos, hablamos de sufrimiento y, normalmente, de muerte. Por eso, en estos tiempos que estamos viviendo, en estos tiempos de reclusión y pandemia, controvertida en su declaración pero evidentemente sufrida, los dramas humanos están a la orden del día, al cabo de la calle, al volver la esquina. Expresiones todas ellas que expresan una cercanía que en sí misma podría considerarse un drama humano.

Porque aunque la idea, rara vez la consciencia, de que la muerte es lo único cierto de la vida no hay nada que haga sufrir al ser humano que el lograr atisbar en la cercanía, o lejanía, de la muerte, y no digamos ya nada si se supone una inmediatez, más o menos dilatada.

No hay mayor castigo, no hay mayor tortura, al menos hablando psicológicamente, que ponerle plazo a la vida. Como no hay mayor pena que la condena a la soledad forzada, a la ausencia de un ser que nos acompañe en los momentos de sufrimiento.

Por eso, y no solo por eso, lo que está sucediendo con el coronavirus está provocando miles de dramas humanos, miles de situaciones de muerte y soledad que pueden ser identificados como tales, y como tales nos conmueven y nos dejan sumidos en una tristeza equiparable a la soledad de nuestras calles, a la mirada lánguida con la que miramos por la ventana cuando el sol parece invitarnos a compartir sus rayos con una luz que hace muchos años que no veíamos.

Drama humano es el de los enfermos que llegan a los hospitales y se encuentran con la imposibilidad de acceso a los medios imprescindibles para salvarles la vida y ven partir a los suyos sin posibilidad de despedirse y sin saber si será la última vez, pero temiéndolo.

Drama humano es el de los familiares que abandonan a sus seres queridos con la sensación, luego confirmada desgraciadamente en muchos casos, de que no volverán a verlos con vida y el inmenso dolor de no poder acompañarlos en sus últimos momentos y no poder constatar que hayan muerto sin sufrimiento, en paz.

Drama humano es el de las familias usando las habitaciones del propio hogar para crear compartimentos que aíslen a unos miembros de la familia de otros, sin poder atenderlos como el cariño demanda, sin poder demostrárselo para mantener el ánimo de ambos.

Drama humano es el de los profesionales que se juegan su salud, su vida, para intentar salvar las ajenas, o para facilitar unos servicios imprescindibles para la comunidad, y pasan miedo mientras llevan a cabo su labor sin los medios más elementales y necesarios.

Dramas todos ellos que a pesar de tener diferentes protagonistas, diferentes entornos, tiene los elementos comunes de la presencia de la muerte y la ausencia de la cotidianeidad.

Pero sin duda, para mí, en el entorno global de un drama humano general, hay ciertos dramas humanos que me conmueven por encima de los demás, que me atribulan el alma, me hacen bola en la garganta y logran que los ojos se cubran de una humedad a punto de derramarse. Lo que ha sucedido en nuestras residencias, con nuestros mayores más desvalidos, sobrepasa todo lo tolerable, todo lo justificable, todo lo asumible.

Han muerto solos, abandonados, en muchos casos sin que sus familiares estuvieran al tanto de lo que estaba sucediendo, sin que el personal que los cuidaban tuviera los conocimientos, ni los medios, para paliar su situación o para intentar salvarles la vida. Han muerto enter la impotencia de los que estaban con ellos y la prepotencia de los que les negaron el auxilio en una parodia burocrática de competencias y pertinencias. Y si su drama fue morir  por la puerta de atrás de la vida, no es menor el de unos familiares ausentes, confiados, que se encuentran tratados como extraños en unos momentos en los que la cercanía es mucho más necesaria para el vivo que para el muerto.

Me parece indignante, vergonzosa, la culpabilización de esas instituciones, o empresas, de sus trabajadores, que no son sanitarios, que no son médicos, que no son otra cosa que trabajadores que día a día se ocupan de aquellas personas que no pueden recibir los cuidados imprescindibles por parte de sus familias, porque no las tienen, o porque la vida moderna no permite una calidad adecuada de vida para ellos en el entorno en el que viven sus familiares. Me parece repugnante que además se haga sabiendo, como se sabe, que los más dependientes, muchos de ellos, ni siquiera desarrollan los síntomas ni son capaces de comunicar que los sienten.

Tal vez sea hora de que alguien les de voz más allá del tiempo entrecortado de dos minutos que no tiene cara, ni relato, ni capacidad de comprender la dimensión exacta del drama, drama  inversamente proporcional, en muchos casos, a la capacidad económica del centro del que se hable, porque aunque los ricos también lloran, también mueren, lo hacen en un entorno menos dramático, suponiendo que la muerte en circunstancias tan excepcionales, admita diferentes grados de dramatismo.

A lo mejor si ponemos caras, nombres, circunstancias, a las historias, ciertos depredadores de la basura en redes, ciertos políticos domadores del chivo expiatorio, ciertos sinvergüenzas de tecla fácil y conciencia embalada, tengan la posibilidad de recapacitar sobre la basura que difunden. A lo mejor, tal vez, aunque yo no lo creo.  

viernes, 3 de abril de 2020

Miserias Humanas (I): Las penas con pan


Hablábamos de dramas humanos, de situaciones dramáticas dentro de la dramática situación general en la que estamos viviendo. Hablábamos del drama continuado, cotidiano, habitual, que se hace aún más dramático en circunstancias extraordinarias. Hablábamos de cómo la discapacidad sin recursos es, a día de hoy, en medio de la pandemia que vivimos y del pandemonium en el que la imprevisión y la incapacidad de los sucesivos gobiernos de país nos han sumido, un agravante, en ciertos casos definitivo, de la enfermedad. De cómo la ignorancia dolosa  inicial de una población marginal por sus circunstancias y capacidades en el principio de la crisis, y su abandono, han servido como cómplice necesario para una mortandad evitable.

Dice el dicho que las penas con pan son menos y tal vez por eso estos dramas humanos agravados por el abandono social, por la enfermedad previa y por una situación económica delicada se hacen aún más intolerables cuando ciertas clínicas privadas utilizan medios de diagnóstico, teóricamente intervenidos por el gobierno por su escasez y necesidad para uso púbico, para cobrar por ellos cantidades minoritariamente accesibles. O sea, una pasta.

Pero dejemos de hablar de generalidades, los agravios y los muertos tienen nombre,  alguien, aunque sea a toro pasado, tendrá que darles satisfacción, alguien tendrá que asumir la culpa de dejar morir en un abandono mezcla de ignorancia y desidia, a varios miles de personas cuya capacidad de cuidarse y solicitar ayuda era inexistente. Alguien tendrá que declararse responsable de un olvido dramático de ancianos y cuidadores en recintos perfectamente identificables, convertidos en zonas preferentes de cultivo y expansión del virus por sus características de convivencia y de residencia.

Parece ser que nadie pensó en los mayores, muchos de ellos aquejados de enfermedades mentales degenerativas, internados en establecimientos de residencia salvo para nombrarlos como grupo de riesgo, pero sin preocuparse ni de sus necesidades, ni de sus incapacidades, ni de las consecuencias de ese abandono.

Tal vez el problema, casi seguro, es que los responsables solo conocen personalmente, o familiarmente, o por interpuestos, las magníficas residencias de pago, algunas con plazas concertadas, pero desconocen esas otra residencias atendidas por religiosas o por voluntarios, que trabajan en el borde de la indigencia, en el límite en el que dar y recibir se escora escandalosamente de la parte del dar.

Es preferible pensar que ha sido una incapacidad manifiesta, una incompetencia dolosa, la que ha producido este desastre humanitario, esta intolerable miseria humana. Porque la otra opción, la otra impensable opción, nos podrá llevar a sospechar que cierta tendencia anticlerical en algunos estratos de los partidos en el gobierno ha tenido alguna influencia en el abandono de las residencias más pobres, casi todas atendidas por órdenes religiosas o voluntarios, o una combinación de ambos.

Y lo digo, mordiéndome la lengua para no llamarles miserables, sinvergüenzas y despojos humanos, después de constatar el uso de las redes por algunos de sus partidarios que se han dedicado a verter basura, o a jalearla, o a reirla, o a difundirla, sobre las religiosas que atienden en sus residencias a los más desfavorecidos de la sociedad, a aquellos a los que el sistema tan social y tan aparentemente preocupado de los que no tienen recursos, ni les encuentra plaza, ni los acoge. Eso sí, desde una posición progresista y de evidente superioridad moral, y desde el sillón de casa, o desde su escaño en el parlamento.

Comentaban hoy en las noticias que en una residencia de Madrid había más de veinticinco muertos, y prácticamente la totalidad de residentes y cuidadores estaban contagiados. Hoy, casi tres semanas después de que en esta misma residencia, una residencia de caridad, ya se supiera de los primeros muertos y contagiados que hicieron saltar la información, una residencia sin medios económicos ni sanitarios para enfrentarse a un problema de esta envergadura. Una de las primeras que recibió la primera andanada de ciertos ministros anunciando investigaciones judiciales que intentaban culpabilizar a las víctimas de la incompetencia institucional.

No es la única, ni solo sucede en la comunidad de Madrid, pero sí que, desgraciadamente, la inmensa mayoría de residencias afectadas por la pandemia, la mayoría de las residencias que abastecen los números de fallecidos de edad avanzada y con patologías previas, lenguaje oficial, en las estadísticas, son residencias de caridad, de las Hermanitas de los Pobres, de las Misioneras de la Madre Teresa de Calcuta y de algunas otras órdenes y ONGs, pero que tienen una caracterítica común, la pobreza de sus residentes y la falta de medios y recursos humanos para todo aquello que no sea lo cotidiano.

Algunas, como una de las más vilipendiadas en redes, son además residencias para monjas mayores. Las hay también que acogen, en planta aparte, a enfermos de VIH sin recursos. Otras combinan su actividad de caridad con la de residencia de estudiantes que les permite captar algunos fondos para mantener su actividad. Ninguna nada en la abundancia de las privadas, ni están pensadas como negocio del que sacar un beneficio, y todas ellas solicitan ayuda, medios, desinfecciones, posibilidades para aislar a los enfermos, en definitiva, soluciones que parece que en los mejores casos tardan en llegar, si es que llegan.

Creo que en esta historia se combinan varios dramas humanos:

1.      El abandono específico sobre el abandono general de una población que debería de estar mimada por su imposibilidad de defenderse por sí misma, ni siquiera en un día a día normal. La ignorancia culposa por parte de las instituciones oficiales de unos colectivos que por sus características deberían de ser objeto preferente de sus atenciones.
2.      La tardanza en, incluso la falta de, la reacción necesaria para corregir la situación y poner los medios necesarios para atajar el agravamiento del gravísimo problema.
3.      El abandono institucional de sus primeros responsables. ¿Dónde estaban los responsables de las iglesias y sus recursos, que a todos nos consta que tienen? ¿Dónde estaban los que viven en los oropeles y los palacios eclesiales, que tendrían que haber dado el paso y proporcionar recursos a estas instituciones que están bajo su tutela, cuando no aportar su propia presencia en los lugares más necesitados, dando ejemplo de lo que predican?
4.      La miseria moral que exhiben los profesionales del linchamiento mediático y sectario, que han sacado su lado más repugnante aprovechando la situación de desvalimiento de estas comunidades.

Pues eso, que las penas con pan son menos, y  que a perro flaco todo son pulgas. No hay peor agravante para una pandemia, en esta sociedad, que ser pobre o preocuparse de los pobres. Pero para ver que esto era así tampoco hacía falta una pandemia, bastaba con una gripe, o con una visita a cualquiera de estos establecimientos de caridad un día cualquiera de un año cualquiera. La miseria es lo que tiene, se oculta, pero solo deja de verse para quien se niega a mirarla.

lunes, 23 de marzo de 2020

Bulos y sistemas


Son muchas las noticias que vienen y van. El tiempo libre fomenta la intervención de personas en las redes sociales que difunden, a veces simplemente y a veces con contribuciones propias, una avalancha de noticias ciertas y de noticias falsas que acaban, tanto unas como otras, convirtiéndose en bulos. Tal vez las más deplorables, a mí me lo parecen, son aquellas malintencionadas que intentan desprestigiar a personas o entidades, y las que usan un claro cariz ideológico para sacar rédito político de una situación  de emergencia como la que vivimos.
Las falsedades del entorno de Podemos contra Amancio Ortega, que no son precisamente novedosas, los continuos comentarios sobre el desmantelamiento de la sanidad pública del PP, la ineficacia del Servicio Andaluz de Salud, heredado de los tiempos del PSOE, y, tal vez la más grave, el linchamiento de la empresa Diseños NT causada por un defecto de comunicación que utilizó la palabra incautación donde tenía que haber hablado de recogida, son claros ejemplos de esta fiebre del uso ideológico, iba a decir partidista pero no me consta, de la utilización de las redes para fines poco constructivos. Pero tal vez una de las noticias más difundidas en las redes, y que no se ajusta a una información veraz, ni a un análisis desinteresado, sea la que achaca a la incompetencia del gobierno el desabastecimiento de equipación y materiales de protección en los puntos más calientes de la crisis.
No sé, y si lo sé, o lo intuyo, no diré nada porque no toca, si la gestión del gobierno en este tema es la ideal o podría ser más eficaz, toda gestión siempre puede ser más eficaz, porque la eficacia de un sistema al 100% no existe, pero antes de contribuir a difundir rumores, antes de señalar culpables, hagamos un pequeño análisis de sistemas, porque de lo que hablamos es de la eficacia de un sistema. De un sistema que nada tiene que ver con una posible imprevisión anterior a su puesta en marcha con la declaración del estado de alarma.
Partamos de la estructura general del sistema de distribución que el gobierno ha pretendido poner en marcha para el reparto de materiales, tanto importados como fabricados en el país. El sistema se ha montado, de forma previsible, siguiendo las estructuras públicas, y por tanto se ha definido con tres elementos claros: un centro de decisión, un almacén central, y unos canales oficiales de distribución. El sistema, en principio, adolece de dos defectos graves, pero casi inevitables dada su estructura pública, es rígido y poco operativo. Es un sistema diseñado para controlar y decidir, en vez de para decidir y controlar, y eso supone pérdida de tiempo, o, lo que es lo mismo, de eficacia.
Del centro de control y decisión solo nos consta que lo componen políticos y, seguramente, funcionarios. Un equipo acostumbrado a los trámites burocráticos oficiales del reparto de impresos, material de oficina y mobiliario, con cliente único, la administración, el 99% de las veces. Un sistema que no necesita grandes estrategias, ni prima los plazos de entrega. No me consta que haya ningún experto en logística dirigiendo las operaciones, ni siquiera, si lo hay, que  tenga capacidad de decisión y dirección, o sea, poderes ejecutivos, y sin un experto todo el sistema toma decisiones que no siempre son operativas por falta experiencia, y comete errores ya superados en el mundo profesional de la logística. Y eso cuesta tiempo (eficacia) y agilidad para variar el sistema (incremento de eficacia).
La operativa idónea Para lograr la máxima eficacia habría sido incorporar temporalmente alguno de los equipos logísticos más prestigiosos del país, que los hay -el del grupo Inditex, el de El Corte Inglés, o alguno de los operadores de reparto urgente o venta por internet, por nombrar los más potentes- y los pondría al frente con plenos poderes. No olvidemos que lo importante en esta crisis son el tiempo y la eficacia. Pero tampoco debemos de olvidar que hablamos de lo público, y por tanto un valor siempre a tener en cuenta es el protagonismo, protagonismo que, entregando el control a un equipo profesional, solo sería tolerable por un personaje público de alto nivel, más preocupado de la gestión que de su gestión, y de perfiles de ese tipo en nuestra trama administrativo-política andamos más bien escasos.
Seguramente, no estoy en su piel, pero sé lo suficiente de sistemas ya que fue mi trabajo durante muchos años, la primera medida que habría tomado buscando la mayor eficacia, sería la de eliminar un almacén central. Un almacén central facilita el control, pero perjudica gravemente la eficiencia, porque provoca redundancia (falta de eficacia), varios pasos más en la cadena de control, y los controles suponen tiempo (eficacia) y casi siempre coste. Vamos a intentar poner un ejemplo básico de dos desarrollos de un sistema de distribución: con y sin almacén central.
Con almacén central:
1.       La mercancía se cuenta y se embala en origen de producción (eficacia(0))
2.       Se envía al Almacén de referencia (coste(+) y eficacia(-))
3.       Se recepciona y almacena (eficacia(-))
4.       Se prepara orden de envío.
5.       Se traslada a muelle y se carga (eficacia(-))
6.       Se envía a destino final. (coste(+) y eficacia(-))
7.       Se recepciona y distribuye.

Sin almacén central:
1.       La mercancía se cuenta y se embala en origen de producción. (eficacia(0))
2.       Se recepciona la orden de envío.
3.       Se envía a destino final. (coste(+) y eficacia(0))
4.       Se recepciona y distribuye.
El sistema sin almacén central penaliza el control, aunque no necesariamente si los medios de los que se dispone son los adecuados, pero agiliza la respuesta final ahorrando los punto 3, 4 y 5, que suponen kilómetros (coste(+)) y tiempo (eficacia(-)). En el caso más favorable se pierde el tiempo de transportar hasta el almacén central(coste y eficacia), descargar (eficacia), almacenar (eficacia) y cargar (eficacia), eso sin contar con los ratios de pérdidas que siempre supone la manipulación de la mercancía, ratios que cualquier sistema eficiente tiene en cuenta por anticipado. En el caso más desfavorable, la mercancía vuelve a un punto más próximo al lugar de origen que el almacén central, a los valores del caso anterior hay que sumarle más transporte innecesario (coste y eficacia), el que resulta de calcular la diferencia de kilómetros entre origen y destino y el kilometraje resultante de origen-almacén más almacén-destino.
Basta con comprobar, tirando de historia, que los sistemas más ineficaces de distribución son aquéllos que han sido intervenidos por los estados. Y prefiero no poner ejemplos porque, aparte de estar en la mente de todos, podrían interpretarse en clave ideológica y eso sería, parcialmente, una falsedad.
Por si a alguien le caben dudas, las declaraciones del presidente del gobierno en su comparecencia del sábado, reiterada el domingo, nos dan una idea sobre la eficacia del sistema: “En las próximas horas se empezarán a entregar…”. No vale, en una emergencia no se puede anunciar que en las próximas horas se entregarán, el único mensaje válido es se han entregado y se están entregando, porque el mensaje primero supone inmovilización y falta de eficacia. Porque “se van a entregar” equivale a tenemos pero estamos decidiendo, mientras la necesidad acucia.
Pero analicemos, sin profundizar en exceso porque no se trata de desarrollar un programa logístico puntero, si no de esbozar problemas y soluciones, cada uno de los puntos del sistema.
A-     Centro de decisiones. Puede funcionar de dos maneras distintas:
A.1- Las decisiones se toman personalmente pedido a pedido. En este caso las decisiones tienen que ser elaboradas casi de forma consecutiva según las existencias en almacén y se tomarán en función de las necesidades en el momento de la elaboración, que al tener una demora en ejecución, seguramente acabarán yendo a remolque de los acontecimientos, siempre tarde.  
A.2-  Se establecen unos parámetros de distribución con mínima intervención (de emergencia) sobre las decisiones que elabore la gestión de los parámetros. En este caso las notas de entrega se elaboran en el mismo lugar de la producción, o de la importación, sin necesidad de otra intervención que la confirmación. Yo establecería tres parámetros de decisión básicos: cercanía, lejanía y emergencia, para decidir las cuotas. Siempre reservando una cantidad en cada partida producida para decisiones especiales del último momento, que si no se dan incrementarían las partidas calculadas. Cercanía analizaría los centros en necesidad de recursos con menor desplazamiento desde el punto de origen, lo que se llama un área de influencia. Lejanía analizaría los centros en necesidad que no tienen ningún punto de origen cercano y que nos sean asignados por facilidad de comunicación. Emergencia establecería un ratio de prioridad en el servicio que ajusta a los anteriores. Luego dividiría la producción en sesiones (pueden ser horas, palés o cualquier otra cuota de producción) y asignaría a inicio de jornada los destino según se cumplieran las sesiones para evitar hasta el más mínimo minuto de demora en la salida de la mercancía. Evidentemente este sistema además ayuda a la producción y agiliza considerablemente la distribución, aunque penaliza el control.
B-      Almacén central. Tengo cierta experiencia en gestión pública de almacenes y no es ciertamente positiva. Tanto los almacenes administrativos que he conocido, como los militares, adolecen de una considerable falta de rigor en sus movimientos y en su control, ya que no se tienen en cuenta los ratios de pérdidas (coste), ni tiempos o restos muertos (coste y eficacia), porque todo lo absorbe el presupuesto. Todo ello presupone un funcionamiento no óptimo desde el punto de vista de la eficiencia en la gestión que no es asumible en una crisis. Normalmente, supongo que se puede  variar en las actuales circunstancias, el protocolo de movimiento interno supone: conteo de recepción (control de lo recibido (integridad e idoneidad)), ubicación y conteo de salida (control de identidad entre material en documento y material en muelle). Y todos esos pasos suponen tiempo y pueden implicar merma de material manipulado (un envase que se rompe, un embalaje que pierde integridad, una mala manipulación, un descuido…)
C-      Canal de distribución. Supongo que todo está preparado para la distribución “oficial” mediante transporte del ejército y de las fuerzas de seguridad del estado. Me parece un transporte pesado, lento, lastrado burocráticamente, aunque muy seguro. Para una mayor agilidad, al menos en entregas menores y/o cercanas,  utilizaría los servicios de transporte de miles de autónomos acostumbrados a esos menesteres a diario que, sin duda, me proporcionarían una mayor flexibilidad y una mayor rapidez de actuación. No tienen que desplazarse en convoyes, lo que supone carga máxima y velocidad controlada, y permiten flexibilizar y agilizar las entregas, incluso cambiar de destino una vez en ruta sin las circunstancias lo aconsejan. Todo ello sin tener en cuenta que muchos de ellos, en este momento, tendrán que acogerse a ayudas que, de esta forma, serían en realidad servicios retribuidos.
En fin, que seguramente el sistema utilizado por el gobierno no es el idóneo para lo que estamos viviendo, pero el problema no es ideológico, al menos no totalmente, sino la consecuencia de la falta de experiencia y capacidad de gestión logística de nuestras instituciones públicas. Que a eso se le puede achacar más o menos cintura, más o menos inteligencia... nadie nos puede garantizar que en estas mismas circunstancias, otro gobernante, u otra composición del gobierno, nos aportara ni mayor inteligencia ni una cintura más ágil, aunque serían de agradecer.