sábado, 24 de marzo de 2018

Cuncta fessa

Esta es la frase con la que Tácito, el historiador romano, resumía los hechos por los que la República romana había permitido a Octavio Augusto proclamar el Imperio con él a la cabeza. Esta es la frase con la que en muchos periodos de la historia se podría explicar cómo el populismo, las malas gestiones,  el liderazgo de los mediocres, la radicalización de las minorías, las excesivas presiones sobre la mayoría de la población que ve formarse una sociedad que no se corresponde con sus ideas, llevan a la renuncia voluntaria a los derechos por parte de las gentes y a otorgar el poder a formaciones políticas de tipo dictatorial. “Todos cansados”, todos hartos de que se nos convoque cada cuatro años para luego legislar y gobernar de espaldas a nuestras aspiraciones.
Todos cansados, hasta las narices, de minorías que imponen su criterio llevando hasta el ánimo popular una sensación de hastío y no pertenencia que les hace mirar con añoranza hacia sociedades más férreas, de criterios absolutistas. Porque una cosa es la evolución y otra la involución.
Todos cansados, desmoralizados y furiosos, viendo como en el tablero político se juegan partidas que a los que somos de a pie nos importan un ardite. Viendo como siempre hay excusas para recortar los derechos individuales, para abandonar a los débiles y a los necesitados, para aplastar a los que intentan denunciarlo, para marcar con mayor rigor la frontera entre potentados y necesitados, para enfrentar con cualquier excusa y evitar reivindicaciones que realmente sean necesarias.
Todos cansados, tristes, incrédulos, observando una pretendida oposición al poder que hace todo lo posible porque este se perpetúe. Que lejos de aportar posibles soluciones reivindica la creación de nuevos problemas. Que lejos de representar a la gente de la calle, sus cuitas, sus anhelos, sus aspiraciones, pretenden imponerle otros que ellos no desean.
Todos cansados, introspectivos, desesperanzados, observando entre la desidia, la ironía y el viejo germen de lo que nadie desea desear, como nos escamotean día a día la libertad, la justicia, la equidad, la fraternidad, el pasado, el presente y el futuro sin que encontremos los resortes para evitarlo. Los resortes para devolverles sus engaños, sus mentiras, sus palabras huecas o retorcidas y sumirlos en el pozo de la ignominia de donde nunca deberían de haber salido.
Cuncta fessa. Todo es cansancio. Todos cansados.
No hace falta un Tácito para entender lo que está pasando. No hace falta ser una gran analista para comprender como nos están llevando a unos contra otros, diviendiéndonos en facciones controlables, mediante ideologías, mediante banderas, mediante canciones, para que no podamos tener la fuerza imprescindible para plantarnos y decir basta. Basta¡, Baaastaaaa¡¡¡
Todos cansados, entregados. Entregados con fatalidad a lo que acontece. Entregados con ceguera a fanatismos alienantes. Entregados con furia unos contra otros. Entregados desde nuestra más incipiente educación a ser títeres incapaces de un pensamiento libre e independiente.
Fessa sum.  Fessi sumus.  Cuncta fessa. Hasta que alguien, dentro de no mucho, sea capaz de recoger todo ese cansancio, toda esa desazón y llevarla por un camino indeseable, indeseado, intolerable, pero libremente elegido por todos los abandonados, ignorados, resabiados, hartos, de este mundo.
Cuncta fessa, el que avisa no es traidor.

viernes, 23 de marzo de 2018

Garantismo versus impunidad


Si, ya lo sé, lo he dicho muchas veces, pero no me resisto a decirlo una vez más, una cosa es la Justicia y otra, desgraciadamente muy alejada, es la legalidad. Tan alejada que para evitar errores que perjudicaran vidas se inventó el “garantismo”, esa serie de normas que garantizan a un acusado la posibilidad de tener un juicio justo sean cuales sean su  delito y sus circunstancias.
Y a mí me parece impecable. Cuantos inocentes han pasado por la cárcel, o la ejecución, por arbitrariedades judiciales, o legales, cometidas con absoluta impunidad. Cuántas vidas de inocentes perdidas por falta de garantías de ningún tipo.
Pero, como todo, el exceso de garantismo es una lacra que posiblemente la sociedad no puede, no quiere y no debe de permitirse. Porque cuando las garantías al culpable se convierten en un agravio, o perjuicio flagrante, a la víctima algo no está funcionando como debiera.
Es justo, lógico, impecable, que un delincuente sea presunto en tanto en cuanto no haya una condena firme por parte del juez, no en vano la presunción de inocencia es uno de los derechos fundamentales del hombre. Pero aplicar la presunción de inocencia, que por otro lado nos es negada a la mayoría de los ciudadanos mediante artimañas como la presunción de veracidad concedida a determinados estamentos, a delitos cometidos de forma pública y flagrante, cuando no con exhibición, es caer en la parodia del derecho y, por extensión, en su descrédito, lo que es un perjuicio superior para la mayoría de los ciudadanos.
Entre estos delitos flagrantes, y que provocan el general cabreo del ciudadano de a pie, está el de la ocupación ilegal de viviendas e inmuebles por parte de ciertas mafias que se han especializado en su comisión, llegando, ya incluso, a la ocupación de viviendas habitadas y a la exigencia de compensación económica para su abandono. La lentitud judicial y el exceso de garantismo permiten una situación en la que la víctima no solo se ve despojada de sus derechos y sus bienes, sino que incluso pasa a ocupar la situación de sospechoso. En conclusión la víctima lo es por partida doble, ya que aparte de verse despojado de algo que es suyo sufre una absoluta indefensión que, inevitablemente, deriva en descredito del sistema.
Hay delitos, situaciones en las que el garantismo del delincuente debe de ser sustituido por las garantías de restitución inmediata a la víctima. Y cualquier otra situación no solo es una injusticia, es una afrenta.
Hay al menos otras dos situaciones legales que se han producido recientemente  y que los ciudadanos de a pié no podemos entender. Dos situaciones absolutamente dispares y, para los legos, absolutamente disparatadas.
La primera es la situación en Cataluña. A mí no me cabe en la cabeza, creo que no conozco a casi nadie, que a alguien que ha cometido un delito, que está en situación de prisión preventiva, o de fuga, y que dice clara y públicamente que tiene intención de seguirlo cometiendo, se le permita ejercer derechos que facilitan la reiteración, la persistencia. Que ponen en situación de idoneidad a la persona para que persevere en el daño causado. No me cabe en la cabeza. No entiendo que aparejada a la prisión preventiva, o a la de fuga con exhibición y recochineo, no haya una paralela suspensión de derechos políticos. Ya, ya sé, que habrá quién ahora se pondrá rojo de ira por mis palabras, pero ¿Qué dirían si un señor de los imputados por corrupción, por poner un ejemplo, se presentara en una lista con el planteamiento de que pensaba llevárselo crudo? No quiero ni pensarlo. Titulares, redes sociales, informativos de toda índole y formato clamando por el fuego celestial. Para mí, insisto, para mí, no hay diferencia. Ni explicación plausible a lo que está sucediendo.
Y no olvidemos el episodio de PPR (prisión permanente revisable). Creo que la distancia entre el pensamiento de la calle y la actitud de los políticos se ha revelado con una claridad que bordea la brutalidad. No es un problema ético, que también, no es un problema moral, que podría serlo, es un problema lógico y los argumentos esgrimidos de toda índole, excepto en el sentido de contestar un planteamiento básico, no son más que palabras huecas para el ciudadano de a pie.
Convengamos todos, y creo que no hará falta un gran esfuerzo, en pensar que la parte coercitiva de una pena de prisión es una forma de apartar a un delincuente de la sociedad para intentar su rehabilitación social, que ha de producirse durante su internamiento. Una vez convenido surge la pregunta que evidencia un fracaso del planteamiento básico, ¿Qué hacemos con los reincidentes sistemáticos? ¿Qué hacemos con los que no se rehabilitan? ¿Qué hacemos con los enfermos incapaces de controlar sus impulsos? Y, sobre todo, ¿Cómo le explicamos a las víctimas indefensas de los delincuentes irrehabilitables, que es que moralmente, éticamente, no se puede retener a alguien que ha cumplido una condena aunque se sepa que su libertad supone una reiteración inevitable del delito? ¿Le explicamos que ha tenido mala suerte? ¿O que su sufrimiento, cuando no muerte, es por una sociedad espiritualmente superior?
Es inevitable pensar, yo lo pienso desde luego, que los comportamientos excepcionales requieren de medidas excepcionales. Que las conductas insociales graves, la violencia, la muerte, necesitan unas garantías especiales para las víctimas antes que para los delincuentes. Que abandonar a la víctima para defender al infractor puede ser estéticamente impecable, pero éticamente no se sostiene.
Y es que cuando el garantismo se instala como un problema en vez de como una solución, cuando los legisladores están más pendientes de sus gestos que de las consecuencias reales de los mismos, cuando se legisla olvidando a la víctima y pensando solo en el delincuente, cuando se dice representar a los ciudadanos y se da la espalda a sus demandas, algo ha dejado de funcionar en la sociedad.
El garantismo debe de ser un derecho irrenunciable, pero el primer garantismo es aquel que pone por delante evitar las víctimas, evitar los daños, aquel que garantiza la restitución inmediata a la víctima de sus bienes, aquel que primero piensa en el que ha sufrido y luego en el que ha causado el daño.  Lo demás, lo que no está en esto, puede ser garantismo, no lo dudo, pero a mí se me parece más a la impunidad, y yo no lo quiero.

sábado, 17 de marzo de 2018

Huérfanos, silenciados, ¿ciudadanos?


Si fuera un adicto de las conjuras pensaría que hay una en marcha para que los ciudadanos abjuremos de la democracia como sistema político deseable. Es más, una vez dicho en voz alta, una vez implantado a nivel comunicación en mis neuronas, es posible que esté empezando a sospecharlo.
Por más que miro a mi alrededor, en todo el mundo civilizado, veo cada vez menos ejemplos de una aplicación real de las esencias de la democracia. Incluso la utilización del término para encubrir totalitarismos es una constante que descorazona. Son países, son actitudes, son instituciones y reivindicaciones los que parecen empeñados en vaciar de sentido la palabra, en secuestrar su significado, en hacer antipático su planteamiento.
Se supone que la democracia, se supone y se debe de tener claro, es el sistema por el que el pueblo, así, de forma universal, sin restricciones de ningún tipo salvo la edad, se gobierna a sí mismo mediante representantes elegidos libremente. El sistema por el que los ciudadanos son capaces de tener voto y ceder su voz a aquellos que eligen para que lleven hasta las asambleas de representantes constituidas su voz y su sentimiento. Se supone, pero cada vez está menos claro que esto funcione como debiera.
Esta forma de representación se llama democracia parlamentaria, pero no es la única posible. También existe la democracia asamblearia, una democracia en la que los votantes son convocados a pronunciarse sobre cualquier tema sin representantes intermedios, sin cesiones, sin concesiones a consideraciones de tipo ideológico. Tal vez esta sea la verdadera democracia aunque tenga el problema de una cierta inoperatividad porque cada decisión ha de ser discutida y votada con los problemas de infraestructura a los que puede dar lugar. También  existe una forma de aplicar un sistema mixto, un sistema en el que el voto ciudadano no esté secuestrado para todas las cuestiones durante el periodo de validez de una legislatura sin que tenga canales para mostrar su disconformidad con las decisiones tomadas, teóricamente en su nombre, por un representante que no les representa.
Es verdad que la democracia es un sistema complicado que exige de una madurez ciudadana que, tendiendo la vista alrededor, parece entre escasa e inexistente. Que produce vencedores y vencidos y presupone la generosidad del vencedor representando al vencido y el acatamiento sin rencores ni revanchas del vencido que confía en el vencedor. ¿Les suena?, a mí tampoco.
Cuando, y hablo ahora de España, la forma, torticera y desilusionante, de aplicar el voto conlleva la degradación del ciudadano a mero objeto votante, sin que exista una representatividad directa, sin que exista un compromiso adquirido por el votado respecto a los que lo votaron, sin que exista ninguna opción de reclamar a los elegidos por parte de sus electores, porque ni hay correlación, ni hay voluntad, ni hay complicidad, la democracia se convierte, se ha convertido de hecho, en un término técnico sin ningún prestigio real en la calle.
La introducción de las ideologías en el juego democrático, de los partidos que las representan, a ellas y no a los ciudadanos, como única opción de representatividad, solo hace aún más espeso, más artero, taimado y desilusionante el sistema. El ciudadano es manejado, es utilizado, es olvidado en los tejemanejes institucionales sin que nadie pretenda tener en cuenta su opinión, sus sentimientos o su voluntad. El sistema electoral español está especialmente diseñado para eliminar cualquier tipo de representatividad real, para cercenar de raíz cualquier posibilidad de reclamar a los prepotentes, teóricos, representantes del pueblo cualquier responsabilidad por sus actos o exigirles la representación real de la voluntad popular.
Mientras unos se dedican a decirle a los ciudadanos lo que tienen que pensar para poder ser personas de bien, otros se dedican a buscar el mayor beneficio de ciertas élites próximas. Mientras unos trabajan por una uniformidad moral según sus particulares criterios, otros promueven una deformidad moral en la que nadie pueda sentirse capaz de demandar rigor de ningún tipo. Mientras unos dicen actuar por el bien de la humanidad y su futuro, los otros dicen exactamente lo mismo. Eso sí, todos, sin excepción, pretenden decirle a los ciudadanos que deben de hacer, de pensar, de votar y ninguno, absolutamente ninguno, está interesado en escuchar lo que realmente piensan los votantes, los pretenciosamente llamados ciudadanos.
Esta insostenible falacia representativa conlleva el desprestigio, la sospecha, la denigración irremediable del concepto de democracia. Y tal vez no sea inocente.
El ciudadano, en realidad, y dados los recortes de sus derechos y el secuestro de su voz, el votante o contribuyente según las necesidades del momento del sistema, no tiene ya más capacidad, respecto a su entorno, que elegir cada cuatro años entre unas siglas herméticas y monocordes, seguidas de unos nombres, en su mayor parte desconocidos, que saldrán elegidos según unos complicados procesos matemáticos y unos repartos ininteligibles de representantes según la utilidad política de una ley electoral donde lo único que no se contempla es el derecho del ciudadano a elegir a quién tiene que representarlo y el acceso al nombre y apellidos de aquella persona a la que debe de dirigirse para atender sus problemas o necesidades, ya que los elegidos votarán según su ideología de forma unánime y sin preocuparse ni por un momento de aquellos que los votaron o sus verdaderas opiniones.
Llevo años clamando por las listas abiertas, por la circunscripción electoral única. Voy a empezar a clamar, en el desierto, ya lo sé, por la necesidad de incluir el referéndum para ciertos temas en los que la ideología no es un parámetro válido para secuestrar la voluntad ciudadana, suponiendo que la los ciudadanos no sea ya una especie extinta.
La bochornosa, la alienante, la repugnante escena de la votación en el parlamento sobre las enmiendas a la PPR (Prisión Permanente Revisable), en la que diferentes facciones de teóricos representantes de la población de este país  hicieron una demostración patética de lo poco, lo nada, que les importa la verdadera voluntad popular utilizando, haciendo escarnio, de hechos absolutamente aberrantes y luctuosos para su propio beneficio electoral, para su propio enaltecimiento moral, para su propia justificación, injustificable, salarial, me lleva a pensar que los ciudadanos, pocos o muchos, que aún quedamos en este país tenemos una absoluta orfandad de representación pública.
Votamos y callamos. Pagamos para que no nos representen y callamos. Nos llaman populistas, fascistas, vengativos, o cualquier otra cosa, y callamos. Nos despojan de los derechos más básicos y callamos. Legislan contra nuestros intereses, contra nuestra voluntad, y callamos. Y callamos. Y callamos. Y callamos, y ya no esperamos nada.
Huérfanos, frustrados, amargados y callados.

miércoles, 14 de marzo de 2018

La desmemoria histórica


Hay temas a los que es difícil acercarse con ecuanimidad, y mucho más que esa ecuanimidad te sea reconocida por alguien. Y lo es, fundamentalmente, porque en el mundo en el que nos desenvolvemos se ha sustituido la ecuanimidad por la equidistancia. Es mucho más sencillo colocarse de perfil y no darle la razón a nadie, y así de paso no tener que definirse. El problema es que la equidistancia es, en primer lugar, cobarde, pero, sobre todo, profundamente injusta.
Si, además de todo, el tema es de los que se tratan habitualmente con una visceralidad digna de mejor fin, entonces ya sabes, cuando tecleas las primeras letras, que nadie va reconocer el esfuerzo de dejar las tripas fuera, alejadas de los dedos.
Y viene toda esta introducción a que paseando el otro día por un pueblo castellano, de los de carámbano en la nariz y sopa castellana para combatir el frío, vi en  la torre de una iglesia, ya desacralizada, una lista de nombres tachados groseramente, con pintura, pero en la que aún se podían leer parte de los nombres, algún apellido, total o parcialmente, como si quién hubiera perpetrado el acto de desmemoria quisiera ensañarse haciendo que esta fuera, con ánimo de afrenta a los muertos y a los vivos que pudieran sentirse  señalados, un permanente recuerdo al hecho de borrarlos. A nadie le gusta que se intente borrar la memoria de un familiar, ni aunque sea un asesino. A nadie le apetece que sus apellidos sean tratados con ignominia o saña, ni aunque los haya llevado alguien que pueda merecerlo.
La aplicación torticera y partidista que algunas personas, y algunos colectivos, están haciendo de la ley de memoria histórica se parece más a un revanchismo ideológico o a un deseo de perpetuarla para ganar a base de actos de odio una guerra que ya se perdió hace muchos años y ya nunca podrá ganarse ni donde han de ganarse las guerras, ni en ningún otro lugar porque la única victoria posible es el olvido de las barbaries.
Parece ser que los que no participaron en aquella contienda fratricida y terrible quieren volver a librar las batallas desde unas trincheras ideológicas que solo entienden de parte, pasando por encima de los muertos que fueron e incluso de los vivos que quisieran que finalmente se haga la paz. No podemos hacer de una guerra devastadora moral y económicamente que duró tres años una permanente sombra en nuestras  vidas y la referencia constante para descalificar a cualquiera que piense diferente. No hay sociedad que lo resista.
Nunca he logrado creer que fuera una guerra de buenos contra malos. No lo creí cuando me lo intentaron enseñar, en el colegio, algunos de los que la habían vivido y no lo creo ahora cuando algunos que no la vivieron intentan obligarme a pensarlo.
Ni todos los que estuvieron en el bando golpista eran unos fascistas asesinos ávidos de sangre, ni todos los del bando republicano eran unos inocentes represaliados. Como en el dicho, en todas partes cuecen habas. Lo primero que debería de lograr la ley de memoria histórica es que no haya ni un solo muerto olvidado. En ninguna cuneta, en ninguna pared de ninguna iglesia, en ningún monumento o calle, y, en lo posible que todos los muertos tengan la historia que les corresponde, no por ideología, si no por hechos que es la única memoria que debería de interesarnos.
A mí me encantaría encontrarme en cada pueblo, en cada lugar, una placa, un monumento en el que se relacionaran todos los muertos del lugar, sin importar bandos, ideologías, familias o posición social. Y al lado otra de los asesinos, de los que se dedicaron en ambos bandos a represaliar y matar a sus vecinos, también todos juntos, sin importar bandos o ideologías, con las barbaridades más destacadas en su haber para mayor escarnio y memoria. Cuando los inocentes estén juntos y los asesinos a un lado, posiblemente habremos erradicado esta inclinación a la memoria de parte que en realidad pretende ser una desmemoria, o una batalla más de una guerra que algunas partes, por interés, se niegan a dar por acabada.

lunes, 5 de marzo de 2018

El abandono social

Entre la vorágine de las grandes noticias nacionales e internacionales se cuelan, solo a veces, pequeñas reseñas escabrosas que nos deberían de dar el pulso del día a día, ese que la calle se toma de vez en cuando en las cuitas del vecino o del conocido.

Nuestra cabeza sigue desbocada las falcatruadas de los políticos de todo pelo en su carrera por conseguir un mundo peor sin percatarnos, la mayoría de las veces, de que ese mundo peor ya lo están viviendo algunas personas a nuestro alrededor. Nuestros jóvenes sometidos a una degradación del mercado laboral agravada por las políticas económicas y las tendencias mundiales viven en un permanente sobresalto sobre su futuro sin que nadie les explique, con una cierta solvencia que en esta cuestión, y hasta que se resuelvan ciertos conflictos entre la decencia y el interés, cualquier tiempo pasado fue mejor. ¡qué digo¡, mucho mejor. Leí hace años un relato en el que trabajar costaba dinero en una sociedad del ocio que buscaba desesperadamente en que utilizar un tiempo que se le hacía excesivamente largo. Y no estamos tan lejos.

Pero no solo nuestros jóvenes son víctimas de los tiempos que corren y los gobiernos que dicen gobernar, y gobiernan para ellos, sus representados y sus intereses, no. Casi todos los colectivos que adolecen de debilidad y son incapaces de organizarse, casi todos los colectivos que no son ideológicamente rentables, o saben ejercer una presión social imprescindible para significarse, son abandonados de forma inmisericorde.

Y entre todos esos colectivos el peor tratado, el más abandonado, el que menos atención recibe porque es tan visible que se hace invisible, es el de nuestros mayores. Sus necesidades no mueven votos, ni páginas de los periódicos salvo que protagonicen una noticia macabra, ni son capaces de saltar al mundo de la presión que no dominan, cuando tienen aún la vitalidad y recursos necesarios para intentarlo, que no son muchas veces.

Saltaba hace unos días la noticia de una mujer de 83 años que mataba a su hijo, discapacitado, ciego y sordomudo, e intentaba luego suicidarse ella. Es difícil leer la noticia sin conmoverse. ¿Qué tremenda soledad, qué desesperación, qué infinito amor pudieron llevar a esa mujer a lo que hizo? Según sus declaraciones no quería que sus otros hijos tuvieran que soportar la carga que ella había llevado durante sesenta y cuatro años. No quería que su hijo discapacitado sufriera una falta de cuidados que solo ella se sentía capaz de darle.

No quiero imaginarme el dolor que esos otros hijos, ni siquiera el sentimiento interno de no haber logrado que su madre sintiera su calor, su cercanía, su compromiso. Los hijos, la sociedad entera, estamos tan ocupados con nuestras vidas que a veces nos falta el tiempo imprescindible para demostrarle nuestro amor a los que nos rodean, ese amor a veces oculto tras la prisa, o la mala contestación o el enfado del que realmente los destinatarios somos nosotros mismos aunque lo paguemos con ellos. Estamos tan absortos en nuestra vida, en nuestra prisa, en nuestro ir y venir de ocupaciones irrenunciables que nos faltan esos cinco minutos de amor hacia quienes nos necesitan.

Nuestro mayores sufren en muchos casos solos, con soledad económica, qué duda cabe, pero también con soledad emocional. Acostumbramos, justamente, a demandar del gobierno, de los políticos en general, una mayor justicia social, en dinero y en prestaciones, que evite esa soledad rayana en la miseria que la deficiencia de las pensiones y la racanería de los presupuestos hace evidente para quienes nos preocupamos de mirar hacia ellos. Pero existe también la miseria emocional de los que los rodeamos, de las familias cercanas en parentesco pero alejadas en presencia, de los amigos que se van volviendo escasos y perdiendo presencia por carencias físicas o lejanías ciudadanas.

Y la soledad se va haciendo más densa, y la soledad con problemas se va haciendo más absorbente, y la soledad con dificultades económicas se va haciendo un muro insalvable que se va comiendo las energías y el raciocinio de los que padecen esas soledades.

Ahora los pensionistas salen a reivindicar un más que justo, un solidario e imprescindible, empujón a las pensiones que en el momento actual más parecen una dádiva dada mirando al vacío que un derecho adquirido por personas que han trabajado para poder tener derecho a él. Pensiones miserables y contrarias a toda justicia social, que encima pagan impuestos, que contrastan, debería ser vergonzosamente pero no lo es, con los sueldos vitalicios, las prebendas sociales y los beneficios de toda índole de los que se surten los políticos de turno.

Pero, como se dice en el campo, el agua del cielo no quita riego. Bien está enmendar toda esa injusticia, toda esa debacle administrativa, toda esa insolidaridad social que esta sociedad mantiene respecto a sus mayores, pero ¿qué tal si empezamos por evitar la soledad? ¿el abandono? ¿el desapego? Intentemos mirar a nuestros mayores con la mitad de la ternura que empleamos en mirar a nuestros niños o a nuestras mascotas y habremos conseguido, casi como por ensalmo, colaborar a hacer este mundo un poco mejor, un poco más justo, un mundo más digno en el que vivir y envejecer. Y está en nuestra mano, en la de todos y en la cada uno.

jueves, 22 de febrero de 2018

El equilibrio y la educación


Tengo la permanente sensación de que el universo es un sistema caótico que busca el equilibrio de la inexistencia, se alcance esta por la máxima expansión o por la máxima contracción. Y esa misma convicción, ese mismo objetivo final, lo tengo para cada una de las cuestiones cotidianas con las que me enfrento. Aquello de que todo lo que es arriba es abajo, todo lo que es dentro es fuera, guía siempre mi forma de observar el mundo. Todo tiende al equilibrio, todo tiende a la placidez de la quietud, pero todo está sujeto a fuerzas exteriores que pueden alterar o retrasar ese equilibrio deseado.
No, aunque parezca otra cosa, no estoy hablando de física, ni de matemáticas, ni de cosmología, ni de ninguna otra ciencia que estudie el universo, no al menos a nivel universal, estoy hablando del día a día, o, por ser más exactos, del lustro a lustro. Estoy hablando de nuestra sociedad y su evolución en busca de unos derechos y una justicia que se ve alterada por su propia búsqueda.
Leía, con la preocupación lógica, las noticias que hablan de un repunte del machismo más soez y peligroso, el de las mujeres consentido por los hombres, entre nuestros adolescentes. Y leía, con el desasosiego habitual, las noticias sobre las últimas actuaciones del feminismo radical más intransigente, el que hace que la actitud de ciertas mujeres parezca contraria a la existencia, salvo la consentida, de los hombres. Aunque parezca otra cosa, para mí, las dos caras de un único problema.
Basta con observar con atención para darse cuenta de que lejos de acercarnos a la igualdad real entre hombres y mujeres esa igualdad da la impresión de estar cada vez más lejos. Una sociedad más interesada en la prisa de obtener resultados que en la permanencia de estos, más volcada en la represión que en la formación, más pendiente del linchamiento de los culpables que de la comprensión del problema que los permitió, no parece que pueda obtener un equilibrio real.
La proliferación de horrores sexuales mediáticos, su inopinado brote cual si de setas en tiempo húmedo se tratara, hace que en determinados momentos algunos nos podamos plantear cuantas vindicaciones espúreas se cuelan en la marea del horror y el linchamiento. Eso y la criminalización de los culpables más allá de su culpa. Me horroriza esa ferocidad insaciable que extiende el juicio sobre la persona a su obra buscando el exterminio absoluto de la persona y del personaje. ¿Cuántos de nuestros antiguos sabios y referentes soportarían esta criba inclemente? ¿Qué sería de nosotros si por cuestiones morales, éticas, por sus actos o tendencias, se hubiera destruido su obra?
La igualdad plena de los hombres y las mujeres en todos los ámbitos es un objetivo incuestionable. Para algunos que hemos vivido en esta generación, una convicción sin matices. Pero por esa misma convicción ciertas actitudes me parecen intolerables, tan intolerables como intolerantes son.
Se suele asemejar la evolución social a un movimiento pendular. Es ciertamente una percepción bastante acertada y, siguiendo ese mismo concepto, el movimiento pendular tiende inevitablemente a la inmovilidad, es decir al equilibrio del objetivo conseguido. Pero para alcanzar ese equilibrio solo hay dos posibilidades, dejar que el rozamiento, la educación, la evolución, vayan frenando su movimiento o intentar aplicar una fuerza negativa que lo frene considerablemente. Qué duda cabe de que el método más rápido es el segundo. El más rápido y el más inseguro, como demuestra la experiencia que estamos viviendo. Se ha creado un ambiente hostil que pretende erradicar el machismo por la vía de la represión. Se ha considerado que toda acción encaminada a alcanzar un objetivo justo es justificables, aquello de que el fin justifica los medios. Se ha legislado con signo, la discriminación positiva, la violencia de género, sin atender a las garantías mínimas del proceso. Se ha justificado  el nacimiento de movimientos intolerantes siempre que fueran del signo adecuado, como si eso pudiera existir, el signo adecuado. Se ha puesto tanto énfasis y tan erróneo en el presente que el futuro nos ha pasado al lado aumentando la amplitud del movimiento pendular de signo contrario. Estábamos tan ocupados en reprimir el presente que nos hemos olvidado que la mejor aportación de los hombres, así en plural sin género, es preparar el futuro, y nosotros hemos contribuido a empeorarlo. Este progresismo victoriano, pacato, castrante y frustrante, nunca podrá ser la referencia para alcanzar un objetivo justo. Nunca podrá encabezar una reivindicación asumible. Nunca alcanzará a representar a aquellos que buscamos la estabilidad del péndulo. Fundamentalmente porque es más de lo mismo pero de signo contrario y eso no frena al péndulo, lo acelera, lo amplía.
No puedo, mientras escribo esto, olvidar un relato de Booth Tarkington que leí a principios de los setenta y que se titulaba “Las Veladas Feministas de la Atlántida”, donde analizaba en clave de fantasía el problema de la reivindicación llevada a extremos irracionales. Como no puedo evitar pensar que habría sido de obras como “Lolita” o “Muerte en Venecia”, o de sus autores, si en su época se hubiera llevado a cabo la dictadura moral que ciertos colectivos intentan en la actualidad ejercer sobre la sociedad en general. 
Parece que nadie se da cuenta del daño que ciertas medidas y actitudes está causando en la sociedad. La ridiculez del llamado lenguaje inclusivo mueve en la sociedad general a la chanza y a lograr el objetivo contrario al que pretende fuera de los círculos comprometidos que lo promueven. La discriminación positiva mueve a la radicalización de aquellos que por convicción o por padecimiento directo no ven la parte positiva de ninguna discriminación. La aplicación sin fisuras, que conlleva a injusticias, por pocas que sean, de la legislación sobre violencia de género aboca a una contestación cada vez mayor a su aplicación sin que parezca que logra alcanzar sus objetivos.
La ley, por si misma, no alcanza nunca la justicia. La ley que se decanta a priori hacia un lado, ni lo pretende. La única herramienta que puede pretender el equilibrio, la igualdad sin fisuras y convencida, es la formación en valores, esa que hace que el individuo actúe por convicción y no por represión, pero eso lleva tiempo, esfuerzo, generosidad, compromiso. En este tema y en todos.

martes, 13 de febrero de 2018

Los derechos, la razón y la lógica

Uno de los grandes problemas de esta sociedad en la que estamos inmersos es la facilidad con la que se reclaman los derechos, y esa facilidad, esa permisividad en la reclamación de los derechos propios, suele llevar aparejada una falta de sensibilidad preocupante hacia los derechos ajenos. Y me preocupa, sobre todas las actitudes, esa reclamación áspera, violenta que se vale del insulto, cuando no de la agresión, para desacreditar al que pone en duda el derecho reclamado, o simplemente contrapone otro hecho que le sea más propicio como agravio justificante aunque nada tenga que ver con el derecho reclamado pero si sirva para desvirtuar la alegación del oponente
Pero lo peor es que esto no sucede solamente a nivel de individuos, si no que se han puesto en marcha colectivos militantes de derechos minoritarios cuyos usos, y abusos, parecen llevar aparejada más en su intención la erradicación de los derechos ajenos antes que la consecución y armonización de los derechos propios.
Las redes sociales son un ejemplo claro de cómo las ideologías de parte recurren a cualquier actitud, incluso las más miserables, para reivindicar “su derecho” sin reparar o sin importarles que existan otros derechos, en muchos casos de mayor rango, que quedan absolutamente rebasados.
Se podría abrir el debate sobre el rango de los derechos, pero me temo que el principal problema es que dado el cariz de los defensores de “sus derechos” y la capacidad de diálogo que habitualmente exhiben nada sería capaz de convencerlos de los derechos ajenos que pudieran contravenir su absoluta razón.
Y para no averiguar si fue antes el huevo o la gallina, los políticos hacen últimamente demostración palmaria de sectarismo, populismo y desvergüenza, reclamando, creando, anteponiendo derechos sin ningún rigor, posibilidad de defensa en cualquier tipo de foro que no les sea propio o viabilidad.
Por no hablar, que hay que hablar e indignarse, del permanente ataque al lenguaje que nos es común y cuya degradación por sus intereses y manejos me parece indecente. Indecente e interesado porque gracias a ellos, y a nosotros que les reímos la gracia, ya no nos va quedando ni la palabra.
Lo cierto es que desmontar todas estas falacias es sencillo. En realidad es sencillo desde la razón, que es lo que no están dispuestos a utilizar los consideran que la tienen. Basta con aplicar la lógica binaria a cualquier derecho que se quiera, o se considere con derecho a, ejercer. La lógica binaria, y los diagramas de flujo que son su representación gráfica, es una herramienta que utilizamos los programadores para llegar a un resultado partiendo de los datos. Solo admite las respuestas si y no a cada pregunta, y si en alguna puede haber lugar a matices es porque nos hemos saltado preguntas intermedias. Me permito adjuntar uno básico, no exhaustivo, y en el que la única licencia que me he permitido es considerar de mayor rango la legislación internacional que la local y lo he hecho solo por clarificar su lectura, ya que me hubiera bastado preguntar en un bucle numérico por legislación de rango correspondiente, sin especificar, y cerrar el bucle de legislaciones con una pregunta de si hay más rangos.

Como ya he dicho, para aquellos que consideran que el único uso posible de la razón es tenerla molestarse en comprobar lo que les es obvio no es una posibilidad.

Recuerdo con nostalgia aquel maravilloso programa de TVE que se llamaba el Monstruo de Sanchezstein y que obligaba a los niños a descomponer sus órdenes complejas en órdenes simples si querían alcanzar alguno de los regalos que el monstruo podía llegar a tener a su alcance. Pero enseñar a pensar a los niños, y que decir de los adultos, enseñarlos a razonar y enfrentarse a lo correcto, no es una de las prioridades de la enseñanza en esta sociedad. No lo es en los centros de enseñanza ni lo es en las familias. Es más fácil, más asequible, el abuso, la discriminación ¿positiva? y el insulto como medios para obligar a los demás a respetar el derecho de aquellos que siempre tienen razón y lo único que pretenden es educarnos a los demás. Eso o promover a las más mínima oportunidad una ley que convierta a los no conversos en delincuentes. Para que formar pudiendo prohibir, para que educar pudiendo adoctrinar.