lunes, 1 de junio de 2015

La pitada española

España es diferente. Si, ya se, esto es una frase de promoción comercial del país creada por el franquismo, pero que desgraciadamente refleja, retrata, plasma con asombrosa fidelidad una realidad ancestral que parece que últimamente está exacerbada.
Yo veo con cierta perplejidad añorante, y supongo que cualquier español con sentido crítico, como en los países del mundo más allá de nuestras fronteras la gente se pelea con la misma bandera. Es verdad que puede crear una cierta confusión a la hora de darse mamporros o tiros, pero todo sea por el bien del país. En España no.
Para que en este país nuestro podamos pegarnos lo primero es hacernos con una bandera, un himno y si es menester hasta con una historia nueva. Una vez convenientemente equipados el siguiente paso es reivindicar lo nuestro y considerar intolerable lo de los otros, aunque sea lo legal. Es conveniente que quede claro que no hay razón posible más que la nuestra y que los otros, los fachas, los rojos, los españoles, los vascos, los catalanes, los monárquicos o los republicanos, no son más que unos usurpadores de nuestra razón que no puede por más que ser la razón última de todos.
Estoy harto, hasta los mismísimos, de que ciertos personajillos vengan a recontarme la historia. Estoy harto, hasta los mismísimos de revisiones históricas desde la ética actual. Estoy harto, hasta los mismísimos, de que haya personas que se ofenden por ver una manifestación una bandera ilegal mientras ellos lucen con orgullo no disimulado otra tan ilegal como la que les ofende. Estoy harto, hasta los mismísimos, de escuchar tras unas elecciones como el fin último de las mismas es denigrar y “dejar fuera de la instituciones” a los representantes de la mitad de los votantes. Estoy harto, hasta los mismísimos, de que me mientan, de que me etiqueten, de que me escamoteen el pensamiento positivo y me ninguneen por no pertenecer a ninguna razón última y definitiva.
Lo aviso, estoy en un tris de hacerme una bandera, componer un himno y lanzarme a la calle convertido en un nacionalista patrio renunciando a mi proverbial nacionalismo galáctico. No hay nada más español que la falta de respeto hacia los demás y la falta de educación.

Por cierto, y al hilo, nunca había visto una manifestación tan profundamente española como la pitada al himno del otro día. Yo que ellos me lo haría mirar.

sábado, 23 de mayo de 2015

Reflexionando que es gerundio

De repente los ojos como platos. Todo es oscuridad y silencio a mí alrededor, pero una sensación indefinible de angustia me atenaza y ha producido mi desvelo. Definitivamente no es el síndrome de la almohada contable, no hay ninguna procacidad financiera a la vista. No, tampoco me he peleado con nadie y lo que habría tenido que decir y no he dicho perturba mi sueño.
Miro la hora. Las doce y dos minutos. Hora de fantasmas y apariciones.  ¿Hora de fantasmas?, ¡Claro¡, ya se lo que me pasa, el fantasma de la jornada de reflexión que ha venido puntualmente a remover mi conciencia ciudadana por no haber decidido, aún, a quien voy a votar.
“Bueno, ya por la mañana lo decido, tampoco es tan difícil”, me digo retomando postura de oreja en la almohada firmemente decidido a retornar a los brazos de Morfeo. Nada, el sueño no acude, las ovejas circulan incesantemente ante mis ojos pero llevan banderitas de partidos y tienen caras de candidatos. Es más, en vez de “beeee”, dicen: “votameeee”.
Así no hay quien duerma, las doce y cuarto y ni consigo conciliar el sueño ni reflexiono con lucidez. Al fin me levanto, enciendo la luz de mi despacho y me pongo a reflexionar, con firmeza, con dedicación, con esfuerzo. Por no ponerme escatológico no doy el símil evidente del estreñimiento, en este caso intelectual. Que duro es esto de sentirte ciudadano.
Empiezo por organizar el acopio de información para la toma de decisión. Descarto los partidos residuales y cuyos mensajes iniciales me llevan a estados emocionales impropios, de la risa a la indignación, y a los que quedan los coloco por riguroso orden alfabético. Últimas declaraciones de los líderes y candidatos.
Pasada esta primera roda de información ya tengo una primera reflexión madura. No puedo votar a ninguno porque, según me explican claramente los otros, si los voto estaré colaborando a crear una ciudad inhabitable, una comunidad inhumana y aun país insufrible. Del futuro ya ni hablamos.
Esto es imposible. Alguno habrá que sea mejor, digo yo. En la segunda ronda de reflexiones me voy a los mensajes positivos e intento olvidarme de las descalificaciones. Cuando finalizo tengo que hacer una segunda lectura porque no encuentro apenas nada sobre lo que se comprometen a hacer, solo lo que van a deshacer. Triste camino. En todo caso lo poco que puedo deducir de lo poco que me queda es que todos y cada uno están contra la corrupción, van a solucionar el paro y proporcionarme el estado de bienestar que siempre hemos soñado. Los que lo han desmontado me prometen que lo van a volver a montar y los que no han tenido oportunidad de desmontarlo lo mismo. Eso sí, ninguno me explica cuánto cuesta lo que me prometen, de donde va a salir y cuáles son las consecuencias a medio y largo plazo de las decisiones tomadas. Aire. A estas alturas de la reflexión sufro de gases.
Vale, por aquí no voy a ningún lado. Solo palabras, promesas, algunas tan imposibles que rayan en lo soez. Está claro que prometer, descalificar y mentir, son verbos irregulares. Al menos se conjugan irregular y temerariamente, con absoluto desprecio hacia la inteligencia y capacidad de ¿reflexión? de quien los está escuchando. Me viene a la memoria una frase no por procaz menos verídica: “Prometer hasta meter y después de haber metido nada de lo prometido”. Lo dicho, procaz pero veraz. Antigua pero en plena vigencia.
A estas alturas, ya las siete de la mañana, me inclino por una tercera ronda de reflexión. Hechos. Ya el simple enunciado me pone los pelos de punta. En este caso me asalta un símil culinario que me desarbola y deja inerme. La honradez de las personas depende del pan que tengan y la cantidad de salsa que le pongan delante. ¿Cínico? Puede ser, que no digo yo que no, pero realista. Todos aquellos partidos que han dispuesto de pan han mojado con fruición y sin recato. El título del cuento solo varía en el número de ladrones que acompañaban a Alí Babá. ¿Y los que no? Yo he apuntado a la condición humana, no a la política. Pon una buena fuente de salsa y se llenará de barquitos. Que puede que haya alguno a régimen de conciencia, o ahíto ya de comida, o enfermo del estómago económico, claro, puede, pero son los menos, si es que son.
En fin, esto lleva mal camino. Los ojos se me cierran pero solo son breves segundos. El fantasma de la jornada de reflexión me atormenta, me acosa, me impide conciliar un sueño inocente y reparador, el sueño del ciudadano probo y cumplidor con sus obligaciones. Y el caso es que no veo salida. No sé cómo tomar una decisión madura y responsable basada en unos parámetros aceptables, realistas. Espero que no me pase como en las últimas, varias, elecciones. Voto por sorteo o voto en blanco.

En fin las nueve de la mañana y aquí sigo, reflexionando que es gerundio, en busca de un participio.

sábado, 16 de mayo de 2015

Nada nuevo

Hay momentos, situaciones, formas, en las que el negocio sobrepasa la ética, lo razonable. Es evidente que el fin último de todo negocio es obtener beneficio, el mayor beneficio posible apuntaría seguramente mucha gente, pero todo beneficio ha de tener unas limitaciones que si la ética particular del empresario no asume han de encontrarse reflejadas en el terreno de la legalidad. Nada nuevo.
Existe una búsqueda continua y sistemática de los caminos que aumenten la cifra de facturación y reduzcan las inversiones y gastos con el fin de obtener la mayor rentabilidad posible a la hora de presentar el mágico documento llamado balance final del ejercicio. Eso sí, en ese balance final no se especifican, ni ahí ni en muchas ocasiones en ningún otro lugar, de que métodos se ha valido el gestor para obtener las cifras presentadas. Nada nuevo.
Dentro de los negocios hay algunos que por su cercanía con el ciudadano tienen una mayor incidencia en el bienestar diario del mismo y por tanto sus prácticas son especialmente sensibles y el cuidado legal que en las mismas deberían de poner los gobiernos debería de ser exquisito, rayano en la perfección. Nada nuevo.
Pero es precisamente en estos negocios, en estas máquinas de generar dinero, en muchos casos de origen público, donde menor es el rigor legislativo, donde mayor es la permisividad legal, donde mayor es la indefensión del ciudadano ante unas prácticas rayanas en la agresión y que no solo se permiten, sino que incluso intentan justificarse. Nada nuevo.
Veo con espanto que cualquier ciudadano puede verse privado de agua, de luz o del gas necesario para la calefacción ante un conflicto de pago. Si la compañía suministradora se equivoca en su facturación o por un defecto en su servicio se produce un abuso sobre el ciudadano este no tiene ningún camino válido para la inmediata restitución de su razón. No. Primero tiene que pagar el servicio en conflicto, si es que puede, y luego reclamar y ya se verá, o estará abocado a un inmediato corte en el servicio y la inclusión en unas vergonzosas listas de pretendidos morosos que no son nada más que otra demostración de fuerza, y una práctica permitida de chantaje,  respecto al ciudadano y su indefensión más absoluta. Nada nuevo.
Pero de todos estos negocios hay uno que está alcanzando la perfección en sus sistemas de generación de beneficio que ya sobrepasan no solo la ética más elemental, sino el sentido común. Uno que está logrando financiar su propia reducción de plantilla a base de gravar sus servicios más elementales y conseguir que el cliente de a pie renuncie a ellos y por tanto vayan sumiéndose en el olvido. Y esto si es nuevo.
Hablo de los bancos que tras su inmoral, aunque legal, actuación en el tema inmobiliario, en el sensible tema de los embargos y su inmenso beneficio en el mismo, han  ideado una nueva forma de financiar su propia reducción de plantilla ante el silencio oficial, el silencio de los afectados que jamás protestan por unas prácticas, no sé si dudosas o directamente intolerables, ante las que se ven sobrepasados, maltratados, maniatados, y ante las cuales lo único que saben hacer es gritarle al de la ventanilla, al fin y al cabo otra víctima más del mismo sistema. Nada nuevo.
Me han pedido uno cincuenta euros por imprimir un extracto de movimientos de mi cuenta en una ventanilla, me han pedido dos euros por ingresar en efectivo en una cuenta que no es la mía, me han pedido uno cincuenta por reflejar un concepto en un ingreso si no era cliente, me han pedido un euro por ingresar en una oficina diferente de la mía, me han intentado impedir acceder a mi propio dinero porque mi tarjeta estaba temporalmente bloqueada, me han intentado cobrar cuota por una tarjeta que luego hacen imprescindible para el manejo diario de mi cuenta, me han… tomado el pelo en todos y cada uno de los bancos que he visitado últimamente y he tenido que tragar y pagar, sin ningún tipo de justificante o documento de soporte de lo pagado, si no quería enfrentarme a consecuencias más desagradables. Ya nada nuevo.

En definitiva, ante las grandes empresas  me veo impotente, abandonado por la razón, por la ley y por aquellos a los que supuestamente pago con impuestos su labor para evitar este tipo de situaciones, y que parecen cobrar más de ellos que de mi dada la defensa a ultranza de sus derechos y abandono sistemático de los míos. Desgraciadamente, nada nuevo.

jueves, 14 de mayo de 2015

Carta Peregrina

Mira, papá, el camino enseña muchas cosas a quien lo hace dispuesto a aprender. Casi cada día, cada paso, es una enseñanza, una posibilidad de sacar provecho de la experiencia, pero la primera de las enseñanzas que debes de obtener si quieres aprovechar tu andadura es que también la vida es un camino en el que debes de aprender a cada segundo, a cada instante.
La mente se despeja especialmente cuando el camino es tendido y llano porque la automatización de los pasos y la carencia de un esfuerzo específico, más allá de la dificultad del siguiente paso, permite a la mente ensoñarse, asomarse a los problemas que el camino vital ha aparcado momentáneamente, con una cierta perspectiva, con una liberadora distancia. No por andar, no por avanzar en otra dirección o camino, los problemas desaparecen, se esfuman hartos de esperarte. No. Ahí siguen, acechando tu regreso para volver a presentarse  y hacerse una vez más cargo de tu rumbo e intentar dirigirte hacia un puerto que no es el que tú inicialmente deseas aunque a veces sea inevitable.
Cuantas vueltas estoy dando, papá, solo para decirte lo que tú y yo ya  sabemos pero que no es fácil de asumir.
Nosotros, todos, estamos inermes sumidos en un flujo de acontecimientos que no siempre dominamos y que intenta dominarnos. Y dentro de ese flujo, de ese discurrir perseverante, en ese día a día que no podemos prever ni elegir, no somos más que un cascarón itinerante y casi desarbolado con un capitán voluntarioso que cree mantener un rumbo y aspira a un puerto que espera que no sea el definitivo.
Es difícil asumir el dolor, la enfermedad, la desgracia. Es difícil, pero no existe ningún mar plano. No existe la balsa más que para los barcos de juguete. El resto de las aguas se encrespa y pasa, por momentos, del simple rizo a la mar más brava, de la dificultad de avanzar el pie para el siguiente paso a la dificultad de afianzar el apoyo en un terreno complicado.
Yo no puedo saber, papá, cual es el objetivo de que tú estés enfermo, como no puedo saber, ni entender, ni asumir, que exista un plan que pase por tu sufrimiento y el de los que te rodean. Las fuerzas ciegas no tienen plan y no pueden sacar provecho del dolor. Y si las fuerzas no son ciegas mi limitada capacidad se niega a entender que el dolor sea una necesidad, un medio complicado y objetivo, de conseguir algún fin que ahora se me escapa.
Vivimos en un permanente claroscuro, en una felicidad trufada de ignorancia, de ansiedad, de penuria y de dolor, físico, y moral además, que si se justifica con un plan último e incomprensible es difícil de asumir, pero que si no existe ese plan es una burla de dimensiones cósmicas.
¿Qué increíble dicha eterna es accesible gracias a que durante días, meses, años, tú vayas perdiendo tu memoria y te sumas paso a paso en una infancia inversa que nos lastima a todos, que nos deja lacerados por tu sufrimiento y temerosos de nuestro futuro?
¿Qué ventaja evolutiva buena para el universo se puede inferir de debatirse ante la muerte enfermo e indefenso?, ¿Qué crecimiento trascendente se produce cada vez que un pobre e insignificante individuo muere por hambre, por violencia, por enfermedad, por simple y llana vejez?
Sí, es verdad,  la dicha se aprecia más cuando se ha sufrido, pero tal vez ésa dicha, aun apreciándola menos, no necesitaría de momentos de exaltación si fuera continua y serena, como ha de serlo la eternidad.

Bueno, papá, no sigo. En realidad y dadas las circunstancias esta carta no debería de decir nada más que qué he pensado en ti mientras caminaba, o, dado que aunque la leyeras dudo que la entendieras, que se trataba de reflexionar sobre que no he dejado de pensar en ti mientras caminaba. Ni en ti, ni en mamá, ni en mi hermana, mi mujer o mis hijos, ni en nadie de los que me rodean e importan, porque el camino no es el olvido, no es la huida, el camino es, como siempre, intentar comprender que es la vida, por qué es la vida.

domingo, 26 de abril de 2015

El Punto Sobre la I de Madrid

Hay frases, dichos, verdades inalterables, que se instalan en la sociedad y cuando intentas discutirlas te enfrentas al descrédito de los creyentes y al anatema de discutidor de axiomas. Y si en algún campo proliferan estas verdades inalterables, indiscutibles y falsas es en el campo de la gastronomía, donde ser experto de bolsillo (cuanto más caro indiscutiblemente mejor) es un valor en alza.
Pero no pretendía yo meterme una vez más con los pobres expertos de bolsillo, que con pagar lo que pagan, y por lo que lo pagan, ya tiene bastante, sino que mi intención al empezar a juntar letras es mostrar mi hartazgo con respecto a una de estas inalterables e insufribles frases con la que me enfrento cada vez que pretendo hablar sobre pescado.
Dicen y no paran: “Madrid es el mejor puerto de España para comer pescado”. Que dolor¡¡¡, que poco dominio del lenguaje, de la verdad, de los mercados nacionales y de cómo ver cuando un pescado es bueno, esto es fresco y, como se dice ahora, salvaje, aunque con este término yo siempre me imagino a Angel Cristo con una silla y un látigo encerrado en una jaula con unas lubinas feroces, o lo que sea que merece el calificativo de salvaje.
Vaya por delante que todos sabemos que Madrid no es un puerto, como que no tiene playa (vaya, vaya). Así que si traducimos la frasecita debería de quedar algo así, que es lo que defienden los recitadores, cómo : “En Madrid se come el mejor pescado de España”. Que dolor¡¡¡, que poco dominio de la verdad, de los mercados nacionales y de cómo comprobar la calidad del pescado. Bastaría un paseo por los distintos mercados de Madrid y un mínimo de conocimiento para comprobar que no hay forma de sostener esta afirmación y para aseverar que solo en muy contados establecimientos y a precios poco populares encontramos el pescado del que pretendidamente hablamos. Esto es con el ojo abultado y brillante, la escama transparente y la agalla roja, sangrante.  Mejor no hablar  de los que parece que han muerto con depresión.
Así que revisando la frasecita una vez más debería de decir: “En Madrid los que pueden pagarlo comen el mejor pescado de España”. Que dolor¡¡¡, que poco dominio de la verdad y de los mercados nacionales. Un buen paseo por los mercados de las ciudades y pueblos que tienen flota pesquera propia, sobre todo si es de bajura, bastaría para comprobar como el pescado que exhiben es de apenas hace un rato y en algunos casos hasta se mueve. Ese pescado casi vivo, de costa, que dada la configuración de la costa española no abunda. Nuestra plataforma atlántica es casi inexistente, el Mediterráneo es un mar esquilmado y del Cantábrico y sus problemas con los pescadores franceses y sus técnicas sobreexplotación mejor que hablen los pescadores españoles.
O sea que si le damos otra vueltecita podríamos llegar a una nueva versión de la frase en cuestión: “En Madrid el que puede pagarlo y sabe buscarlo puede comer el mejor pescado de España”. Que dolor¡¡¡, que poco dominio de la verdad. Esto seguramente es cierto si hablamos de la pesca de altura, de esa pesca realizada en caladeros lejanos y que es tratada en el mismo momento de ser pescada para su posterior traslado a las lonjas que la comercializan. En este tipo de pescado la frescura es un valor de conservación y su distribución es igual para todos los mercados nacionales, pero si hablamos de la pesca de bajura, sea pez o marisco, de esa que hace un pescador en su barca costeando, o poco más, y que varía según la zona costera y la temporada, de esa que degustamos en los bares de la población de donde ha salido la barca, y no en todos, de esa que nuestra memoria guarda como una experiencia rayana en lo místico, esa no se separa de la costa para su consumo idóneo más que unos pocos kilómetros, porque ni admite conservación ni hay la cantidad suficiente para que pueda comercializarse con la ventaja económica mínima bastante para las grandes tramas de distribución.
Ya no es Madrid. Es cualquier ciudad. Yo no voy a Valencia a comprar langostino de Sanlúcar, ni a Sevilla a comprar gamba de Garrucha, ni a La Coruña a pedir langostino de Vinaroz o salmonete. Y no es un problema económico o de capacidad indagativa o negociadora. No. Es un problema de lógica. Basta con seguir la cadena productiva y ver quien tiene la oportunidad de comer el mejor pescado. Sigamos la cadena:
¾     El pescador. Es el primero que tiene el pescado en sus manos y tiene la oportunidad de seleccionar aquel que mejor le acomode, y en el momento.
¾     El negocio local. Que en muchos casos tiene acuerdos con los pescadores y compra antes de lonja lo mejor del día. Cuando no dispone de barco propio o familiar.
¾     El lugareño o visitante o residente que puede comparar en la lonja o en el mercado local el pescado que ha entrado en el día
¾     Los negocios de restauración de prestigio de cualquier lugar, que compran en lonja y tienen acuerdos puntuales para suministro.
¾     Las pescaderías de alta calidad de cualquier lugar que eligen las primeras pagando un precio mayor por un producto mejor
¾     Los habitantes de grandes ciudades que tiene acceso a una comercialización más inmediata
¾     El resto de personas.

Simplemente es una secuencia lógica de la cadena de comercialización, y una conclusión basada en la observación y el placer de ponerla en práctica.

Así que finalmente, y por rematar, la frase de marras debería de quedar, termino arriba, aseveración abajo, de la forma siguiente: “En Madrid, si se sabe buscar y se puede pagar, es posible encontrar el mejos pescado de España que no se haya consumido en su lugar de origen”. Si, ya se, y en Barcelona, y en Sevilla y en Valencia y en …

sábado, 25 de abril de 2015

En el camino I

No puedo declararme un experto, vaya por delante. No puedo, pero si hacer algunas reflexiones que las seis etapas recorridas que configuran ya de por si, y a la espera de las siguientes, una experiencia inolvidable y sin ninguna duda enriquecedora han dejado en mi cuerpo, en mi mente y en mi espíritu.
Hay muchos caminos en un solo recorrido. En realidad en ese recorrido hay tantos recorridos como caminantes porque el ritmo, la motivación, el enfoque que cada caminante le da es diferente. Tan diferente que estoy usando a propósito el término caminante y no el de peregrino que sería lo habitual. Y lo hago aposta porque lo primero que uno aprende es que hay caminantes y hay peregrinos, y no son los mismos.
Para cada persona, para cada caminante, para cada peregrino, existe un primer camino, el físico, ese trazado que recorre campos, pueblos y ciudades y que esta exquisitamente señalizado, aunque algunos en su propio beneficio imitan las señalizaciones oficiales a riesgo de confundir al caminante. Este camino físico, es una prueba de una dureza mayor de la que inicialmente uno espera, grandes cuestas, tramos de difícil discurrir, lluvia, calor… hacen que el caminante pase por pruebas que solo la voluntad, la determinación, la ilusión, permiten acometer y sobrepasar. Raro es el que no acaba sufriendo, literal, dolorosamente, de los pies. Las ampollas son compañeras habituales, e incomodas, e indeseadas, y lacerantes, del caminante que busca cada mañana, cada etapa, cada paso, la mejor forma posible de luchar con ellas. Raro es también el que no sufre los primeros días los dolores que la mochila provoca en los hombros, los dolores en las piernas…
Pero el camino físico no es más que la propuesta inicial, el camino evidente, diría que lo único común para todos, pero ni siquiera eso sería cierto ya que dentro del camino algunos se aferran a la propuesta más purista y exigente, mientras que otros eligen acortar tramos, usar transportes en algunos momentos o mandar sus bultos por sistemas que tanto particulares como empresas han diseñado como posibilidades que faciliten alguna mejora para aquellos cuyo grado de compromiso, de desafío, o posibilidad física es menor.
¿Existen entonces más caminos? Si, sin duda. Permítaseme intentar enumerar aquellos que yo he percibido. El turístico, el comercial, el simbólico, el espiritual, el interior, el social, el de los personajes  y el monumental.
Cada uno de estos caminos merece una reflexión. Cada uno se configura con experiencias y percepciones que solo se pueden encontrar desde dentro del mismo camino. Y cada uno de estos caminos solo es perceptible individualmente y seguramente algunos caminantes no habrán reparado en alguno de ellos y yo,  solo aprendiz, no habré reparado en alguno más que otros si han encontrado, al igual que para algunos caminantes seguramente no se diferencia el turístico del monumental o el interior del espiritual, aunque para mi tengan recorridos y percepciones diferentes.
Valga como primera reflexión esta ya escrita, pero no quiero cerrarla sin hacer un comentario sobre un camino de los enumerados que de momento no tengo intención de volver a comentar y que recoge la parte más negativa de la experiencia: el camino comercial.
Me parece vergonzoso, deleznable, que ciertos comerciantes aprovechen el paso del camino por la puerta de sus establecimientos para cobrar a los peregrinos precios que harían sonrojar a un comerciante de la Gran Vía madrileña, o de la Rambla barcelonesa o, incluso, de Puerto Banús. A nadie se le escapa que esos precios son especiales “del Peregrino”, ya que a los del pueblo jamás podrán cobrarle hasta 3 euros por una lata de refresco, en muchos sitios 2, cuando los precios “normales” están entre 1 y y 1.50. Es una vergüenza, como lo es que algunos avispados pongan señalizaciones imitando a las del camino para llevar al peregrino a desviarse y pasar por su negocio, muchas veces dando un rodeo que el caminante, ya castigado, maldice una vez comprendido el engaño. Y es más vergonzoso, y dañino, si tenemos en cuenta que el camino es un escaparate para una mayoría de extranjeros que tienen en él su primera experiencia con el país. Señores comerciantes un peregrino, que luego duerme en albergues equipados con literas y paga entre 5 y 15 euros por noche según sus posibilidades y necesidades, no se merece que se le expolie con precios abusivos cuando necesita beber o comer, ni que se haga una tarifa especial peregrino que quizás deberían vigilar las autoridades pertinentes. ¿No había obligación de tener una lista de precios sellada? En todo caso el peregrino no puede ir equipado de bolígrafo para ir rellenando hojas de reclamaciones. Comerciantes y autoridades, háganselo mirar, por el bién del peregrino.

Ultreia.

miércoles, 1 de abril de 2015

El Abismo

Te quedas fijo, mirándome desde la distancia que tu niñez nos marca. Te quedas fijo, mirándome y me llamas José Luís, o Ángel, o Julio, o papá. Me llamas y yo te corrijo, no papá, soy tu hijo y entonces me vuelves a mirar fijamente, con esa media sonrisa tuya asomando bajo tu eterno bigote que tu decidido rejuvenecer ha hecho desaparecer de tu labio, con esa expresión tan tuya que significa "estás de coña" y preguntas:

- Entonces ¿tú quien eres?

- Soy tu hijo, papá- y me sigues mirando fijamente a través de la ventana verde gris que el tiempo usa para unir tu tiempo interior con el que los demás, incapaces de rejuvenecer contigo, incapaces de seguirte, nos armamos y te creemos enfermo

- Que tontería. ¿Como vas a ser mi hijo si eres más viejo que yo?

Y no te ríes porque nunca te has reido, porque en toda mi vida no recuerdo una carcajada tuya, algo que sea más que tu sonrisa entre socarrona y divertida, pero en el aire queda que no he conseguido engañarte. Que esta realidad mía tan coherente y universal no ha conseguido conmover a esa realidad tuya tan tuya y palpable, tan evidente que no necesita de ninguna prueba, que no adolece de ninguna fisura ni duda. 

Y ahí estamos, tu rejuveneciendo cada día que pasa y yo cada día que pasa más viejo, marcando una distancia que crece y que se nos va, a ambos de las manos. Un abismo que se va haciendo insondable.