sábado, 21 de marzo de 2015

Cincuenta sombras, una penumbra

A veces hacen falta cincuenta sombras para poner de manifiesto una penumbra. Cincuenta sombras o más.
Al señor Grey me lo presentó mi amiga Ana hace un par de veranos. Me dejó el libro y me pidió que lo leyera porque había escandalizado, e incluso excitado, a algunas mujeres de sus círculos. Y yo, lector impenitente que no había oído hablar del librito en cuestión, me puse con ahínco a la tarea solicitada. Y sin con ahínco comencé acabé con hastío, o con necesidad urgente de rematar una tarea que se me estaba haciendo cuesta arriba.
Los primeros capítulos me parecieron una típica fotonovela de los años 60 solo que los textos no se escribían en “bocadillos”, ni había fotogramas. Según avanzaba en la lectura aquello se convirtió en una manual de erotismo avanzado para  “monja alférez” para devenir finalmente en un panfleto de elogio al maltratador triunfante al que todo le está permitido porque es rico, guapo y tiene helicóptero. El mismo comportamiento por parte de un señor humilde, con coche de segunda mano y deudas acabaría seguramente con una orden de alejamiento o un asesinato, sin contar con el linchamiento público, por mucho contrato de sumisión que hubiera firmado la víctima.
Pero ya al cabo del tiempo y viendo el fenómeno social que la acompaña, inevitablemente uno reflexiona y saca conclusiones, y las conclusiones no son nada positivas, ni para la novela, ni para los individuos que la aclaman, sean del género que sean, ni para la sociedad que acoge el éxito.
De la novela no se puede hacer una crítica literaria ya que la literatura está ausente, como máximo podemos reseñar esa ausencia. Como erótica, no sé, a mí me produce una cierta hilaridad trufada de vergüenza ajena, la misma que me produce la pornografía barata de gestos desmesurados, gritos histéricos y situaciones imposibles, improbables, irreales. Basta comparar con novelas que si son eróticas y que están disponibles en cualquier librería. Y respecto a su supuesto sado-masoquismo, y dado que yo no soy un experto, cogí la ouija, convoqué al Marqués de Sade, y a las primeras de cambio se me murió en un ataque de risa.
Respecto a los individuos la cosa es más delicada, pero tengo la impresión que las 50 sombras de las que el titulo habla son a causa de una sexualidad insatisfecha, de una sexualidad en muchos casos renunciada por inacción y reprimida por falta de comunicación, por convenciones sociales y por una formación sexual inadecuada. La respetabilidad de la mujer madre, la honorabilidad del padre de familia que no pueden permitirse abandonarse a sus instintos y ni a los de su pareja a la hora de encontrarse íntimamente.
Y claro, parte de la culpa de este comportamiento viene de una sociedad pacata, con reminiscencias victorianas, incapaz de asimilar, ni por parte de los hombres ni por parte de las mujeres, una sexualidad que busca ya más el placer que la reproducción, que vira en su objetivo final sin atreverse a afrontar clara, limpia, sinceramente el nuevo rol de la pareja y poner los medios formativos y psicológicos que los individuos requieren para su adaptación.
Habrá quién lea un llamamiento al famoso “libertinaje, a la promiscuidad, al final de la familia. Pues no. El fin primordial de las parejas sigue siendo el reproductivo y en ese rol la estabilidad es fundamental, pero ese fin que en otros tiempos era abundante, es ahora restringido y el sexo se acaba convirtiendo en una necesidad, en una represión y en el negocio de los más listos, y posiblemente inútiles y dañinos.

Yo espero que ninguna mujer de mi familia encuentre un Grey en su camino, ni rico, ni pobre. En realidad deseo que ninguna mujer de ninguna familia encuentre un Grey en su camino, y si lo encuentra, masoquistas aparte, lo ponga en manos de las autoridades, porque eso significará que se respeta tanto como yo pretendo respetarla. Y a la hora de practicar el sexo, el sexo consentido y placentero, que no haya ni una sola sombra en su placer ni en el de su pareja.

miércoles, 25 de febrero de 2015

Gustavito

Ayer vi a Gustavito. Hacía un montón de años que no sabía de él. Desde aquellos años en que la pandilla se reunía en la plaza de la música del Retiro para jugar a las chapas o a alguno de aquellos juegos de tecnología punta del momento como el escondite, el balón prisionero, el fútbol , el dólar o el “tula”. En uno de los barridos que las cámaras hicieron por las bancadas del congreso lo vi. Sentado en un escaño, con su gesto característico.

Gustavito era famoso entre nosotros por tres cosas: su habilidad para cambiar cromos, su capacidad para hablar mucho de nada en concreto y, sobre todo, por ese gesto suyo, tan característico, que ponía cuando alguien lo insultaba o le reprochaba algo al tiempo que soltaba su consabida respuesta “y tú más”.

La verdad es que los niños siempre hemos sido crueles y nos lo pasábamos genial metiéndonos con él simplemente por ver el gestito y corear su respuesta, tras lo que estallábamos en carcajadas para mayor coraje del susodicho. Con el tiempo Gustavito entendió que nos reíamos de su respuesta e introdujo una mayor diversidad de contestaciones: unas veces decía “y tú más” y otras “pues anda que tú” y sus plurales respectivos.

Alguien pensará que Gustavito era tonto. No. Gustavito me recuerda a un sucedido que me contaba una amiga de Tomelloso.

Parece ser que un niño con alguna carencia intelectual asistía regularmente a clase para mayor desesperación de la profesora que estaba convencida de que debería asistir a algún centro especial. Llegado un momento la profesora convocó a los padres del chaval para exponerles sus percepciones. Los padres, preocupados, decidieron llevar el tema al terreno médico y el muchacho se hizo diversas pruebas, concluidas las cuales la madre se presentó ante la profesora para comunicarle el dictamen del psicólogo: “Que ha dicho el doctor que tonto, tonto, lo que se dice tonto, no es. Que “p’a” maestro vale”

Pues eso. Gustavito tonto, tonto, lo que se dice tonto no debe de ser, que para político ha valido y su entrenamiento para el “y tú más” y el “anda que tú” es seguramente incomparable y eso es un valor en alza en la política española actual.

Pero, en fin, yo no me había puesto a escribir para contar de Gustavito y su historia, si no sobre el debate del estado de la nación y no sé porque se me ha ido la cabeza a mi viejo conocido.
Aunque ya llegado a estas alturas quisiera al menos pronunciarme sobre mi percepción de quién ha sido el ganador del debate. No sé quién ha ganado el debate, pero si se quien lo ha perdido. Todos los españoles.

domingo, 8 de febrero de 2015

Cabizbundo y meditabajo

Cabizbundo y meditabajo, sin duda, triste y confuso, así es como estoy. Y no lo estoy por mí mismo, por mi vida personal, laboral o familiar. Lo estoy porque estoy inmerso en una sociedad triste y confusa, cabreada y confundida, literalmente, desarmada y desesperanzada porque no entiende nada de lo que sucede a su alrededor y se aferra a palabras que cree que son ideas y a ideas que no son más que palabras. A líderes de trapo y a una amenaza de poder omnívoro que no da la cara.
Oigo hablar de ideologías y no doy crédito a lo que escucho. Oigo hablar de ideologías asociadas a siglas de partidos y no quepo en mí del susto, del desconcierto, del hastío. ¿De que ideologías se puede hablar cuando se intentan asociar a un grupo de señores cuyo único objetivo es alcanzar la cuota de poder máxima de la que sean capaces y seguir en el juego desde una posición privilegiada y de espaldas a quienes los han votado?  ¿Eso son ideologías? ¿O son simplemente ideas y no precisamente edificantes.
Si hago un leve recorrido por los diferentes partidos y sus propuestas tengo dos alternativas: no creerme nada y acabar con una depresión de caballo, o creer en lo que dicen y acabar con una depresión de caballo. O resumiendo todo es una cuestión de fe y una depresión de caballo.
El PP es la estabilidad, la continuidad, el triunfo sobre la crisis, los valores de siempre. Pero lo que no dicen es que el PP es la corrupción, el amiguismo, la renuncia a los derechos colectivos, la legislación de espaldas a los ciudadanos, la aristocracia moderna y mediocre. El PP actúa como una secuela avergonzada del franquismo y por tanto con complejos, ideas y renuncias emanadas de la historia reciente
El PSOE es el progresismo, la recuperación de los valores, la izquierda. Pero lo que no dicen es que el PSOE es la corrupción, la legislación contra el PP sin importar los medios ni las consecuencias, la renuncia a cualquier propuesta equilibrada porque lo que importa es ser los otros, no nosotros. El PSOE actúa como una secuela del antifranquismo en el adquirió su preponderancia y es reo de contradicción permanente, tanto externa como interna, y de sus propias palabras. Adolece de políticos de barra de bar incapaces de ser estado porque trabajan para para contentar a unos y cabrear a otros que antes que para gobernar a todos.
IU es el pueblo, dice. Pero IU es la corrupción, es la manipulación, es la atomización y es el estado férreo que todo lo controla y borra al individuo en aras de la masa. Es la secuela revanchista del franquismo que quiere recuperar tiempos pasados que según ellos fueron mejores, aunque a mí no me lo parecen. Son aquellos que hablan de honradez pero la ignoran cuando tienen la sartén por el mango, son aquellos que hablan del poder del pueblo siempre que ellos sean el `pueblo. Son la contradicción entre la prédica y la acción.
De los demás partidos no puedo hablar porque no han tenido la cuota de poder suficiente para pringarse, pero no me creo nada. Estos no son, aparentemente, secuelas del franquismo, pero todo lo que ofrecen son palabras, palabras sin soluciones concretas a los problemas concretos, ideologías que han fracasado ya varias veces, utopías no sustentadas en ningún compromiso plasmado, no sustentadas en posibilidades reales en un mundo real, no explicadas para poder ser racionalmente convincentes.
Pero nadie me habla de cómo enfrentarme a un sistema alienante, a un sistema montado para bórrame como individuo, para cercenar mis derechos individuales y recortar mis derechos colectivos. Montado para sustentar a una capa administrativa incompetente y contraria a mis necesidades. Montado para que pierda mis fuerzas, mi ilusión en un combate inútil contra inútiles oponentes. Montado para ocultar la realidad y dividir a la sociedad en banderas que no representan lo que dicen ni a los que las eligen.
Así que un montón de años después de su final sigo viviendo al hilo del franquismo. Sigo debatiendo, siendo legislado, insultado o recriminado en función de lo que hizo un señor que a estas alturas no debería ser más que una página de la historia reciente de este país. Sin rencor, sin pudor y sin influencia alguna en nuestras vidas cotidianas.

Pues eso, estamos en tiempo pre electoral y me hablan de ideologías y yo me encuentro cabizbundo y meditabajo, triste y confundido. 

lunes, 2 de febrero de 2015

Para Gustos, Colores

Dicen por ahí que nada es verdad ni es mentira, que todo depende del color del cristal con que se mira. Y debe de ser verdad, porque gente hay, desgraciadamente mucha, que es monocromática hasta el suicidio. O dicho de otro modo que solo mira en una dirección por lo que con frecuencia se ve atropellada por los que circulan en la dirección que no miran.
Tal vez al final todo sea que yo padezco de una desviación multicromática no habitual, o un defecto óptico que me obliga a mirar en todas las direcciones posibles e intentar por todos los medios, infructuosamente, que se me lleven por delante.
No sé si es la edad, la experiencia o simple debilidad mental, pero soy incapaz de asumir las consignas, los mensajes, las proclamas de los líderes de opinión que de forma sistemática y machacona llegan hasta mí por gentileza de los diferentes medios de comunicación.
Se me plantea un problema inicial, el de la veracidad. Desde que por razones educativas tuve que viajar cuatro veces al día en el metro, y dado que no existían los móviles, ni siquiera los walkman (para aquellos demasiado jóvenes, dura enfermedad, los casetes portátiles), no había mejor entretenimiento en los trayectos que escuchar las conversaciones ajenas, aprendí que todo el que cuenta algo lo cuenta porque lleva razón. Ergo en el metro solo viajan los que tienen razón o todo el mundo cree tener razón, o existen tantas razones como colores en los cristales con que lo miran.
Así que puestos en esta tesitura me pareció que era estadísticamente improbable la identidad viajero del metro = persona con razón, por lo que, y con una pizca de autoexamen, comprobé que las historias solo las cuenta el que cree, o necesita, o espera firmemente convencido, tener esa razón sin la que todo relato tendría el feo cariz de una confesión.
Pues, tal como decía, será por esto, o no, pero he comprobado que ciertas posturas me generan, desconfianza es un término excesivo, incredulidad no es la palabra, prevención. Eso es, las declaraciones de los líderes de opinión me producen prevención en casi todos los casos, y digo casi todos porque cuando lo que oigo es un mitin de lo que sufro es de bochorno, de vergüenza ajena.
Así que puestos a examinar mi razón, la del color que sea que parece ser variable, he llegado a la conclusión de que me cuesta creer a aquel que me ofrece todo lo que yo quiero, porque yo quiero tantas cosas que dudo que haya dinero para pagarlas y si no hace falta dinero, cosa que me parecería realmente apreciable, no tengo nada clara la sistemática que me proponen para pasar de esta forma inmoral de civilización a la nueva sin dejar un reguero de cadáveres por el camino o sin encontrarme a un mesías  que me arruine aún más la vida. Claro que por otra parte tampoco me creo nada de aquellos iluminados del apocalipsis que solo ven la paja en el ojo ajeno y jamás llegan a ver el ojo, sobre todo porque empiezo a dudar de si la paja estará en el ojo que ven o estará en el propio, o, incluso, en los dos.
Con desesperanza he comprobado que eliminados los anteriores nada me queda por decir de los demás, entre otras cosas porque no me quedan demás con los que poder estar de acuerdo.

Definitivamente, al fin lo he comprendido, mi color es el negro. Seguramente debido a una inexistencia de fotorrecepción, o de audiocomprensión.

domingo, 25 de enero de 2015

Volveremos a empezar (si nos dejan)

Nos hemos convertido en una sociedad mediocre. Acobardada, servil y mediocre. Y no me estoy refiriendo a la sociedad española exclusivamente aunque sea la que tengo más presente, me estoy refiriendo a la sociedad occidental en general que está culminando un camino de varios siglos en los que, salvo hechos puntuales, se ha ido refugiando en un adocenamiento inducido por la cesión del individuo hacia las instituciones.
El individuo, armado de sus números  (de cuenta, de identificación, de acceso a la sanidad, de matrícula laboral, de teléfono,…) se va diluyendo en medio de unas estructuras de poder inicialmente diseñadas para resolver los problemas comunes y que con el tiempo se han ido convirtiendo en voraces organismos fuera del control ciudadano en el mejor de los casos cuando no en causa directa de los mayores problemas del mismo.
Es inconcebible que convivamos con normas y leyes dictadas en nuestro favor (póngase el tono ironía activo) que todos sabemos puramente recaudatorias y coercitivas y no seamos capaces de obligar a sus promotores a retirarlas avergonzados de forma fulminante. No, no solo no las retiran y nos piden perdón, si no que con la cabeza alta y la soberbia de quién se considera por encima de sus administrados nos enumeran una lista infinita de pretendidas ventajas para nosotros.
Las leyes, las normas, ya no son un instrumento de defensa de la razón y la convivencia, ahora, aquí, para casi todos, las leyes y las normas son un instrumento administrativo para despojar al ciudadano indefenso ante la aplastante maquinaria de unos organismos administrativos centrados en la explotación inmisericorde del bolsillo privado. Más allá de la justicia o la razón, más allá de la equidad o idoneidad de la aplicación de las normas, la administración persigue al ciudadano hasta límites intolerables, moralmente reprobables, bordeando la ley hasta su aplicación fraudulenta e interesada.
Así que el ciudadano asiste entre el pasmo y su incapacidad de una reacción acorde a su indignación a su continuo despojo, a su permanente indefensión, al pisoteo sistemático de sus derechos individuales desde las diferentes administraciones -¿Por qué tener un expoliador si podemos tener varios y que se escuden unos en otros?- o desde grandes corporaciones protegidas por las leyes que les permiten actuar de forma lesiva e injusta sin otro derecho que el de la coacción de suspender un servicio básico ante cualquier posibilidad de resarcirse o rebelarse que el ciudadano de a pié pueda tomar.
Es intolerable la situación, el descaro, pero se toleran. Son intolerables las formas, los fondos y las explicaciones, pero se toleran y se mira hacia otro lado. Son intolerables los personajes que medran al amparo de estas normas, de estas leyes, y que añaden a la vejación de su aplicación la insultante, muchas veces, actitud personal de inquisidor, la altiva confrontación de quien se cree con una superioridad e impunidad que insulta, que veja, que condena a quien le paga aún antes, sin ni siquiera haberlo escuchado.
Es un fraude de ley la presunción de veracidad que permite gravar y/o condenar a un ciudadano sin otra prueba que la denuncia de otro ciudadano al que se le concede tal privilegio por motivos de mayor facilidad condenatoria. Es un fraude de ley que reconocida la presunción de inocencia en la constitución el ciudadano tenga que demostrarla ante cualquier conflicto con la administración o funcionario o personal asimilado y no estos su culpabilidad. Baste su palabra
Es fraude de ley utilizar los plazos y recursos de la administración para dejar indefenso, sin capacidad de reacción al ciudadano, pero tanto la administración central, como las administraciones autonómicas, como los ayuntamientos lo hacen sistemáticamente sin que nadie parezca dispuesto a intervenir o capaz de ponerles coto.
Es fraude de ley, pero su aplicación es permanente, que las leyes y normas se utilicen con un fin diferente de aquel para el que fueron aprobadas.
Es fraude ciudadano que alguien pueda ser condenado por lo mismo que otro sea absuelto, baste cambiar de juez, de ayuntamiento o de comunidad autónoma.
Es fraude de ley que una ley no tenga otro objetivo que despojar a un ciudadano de una parte o la totalidad de los bienes sin pararse en su justa aplicación moral ni en las consecuencias  económicas o laborales para el condenado.
Pero a todo esto asistimos y nos callamos. Todo esto lo sufrimos y los seguimos votando con unos criterios que solo pueden entender los forofos, los partidarios, los que están dispuestos a pasar por lo que sea para que no ganen los otros, tan descarados, tan sinvergüenzas, tan dañinos como estos o más, pero con una etiqueta diferente. Y es tal el hartazgo, la desinformación, que cuando queremos salirnos del follón creado solo vemos la opción de los mesías de la palabra hueca, del populismo sin soluciones, del mesianismo del ciudadano uniforme y plano tan contrario a la libertad y a las libertades.
Y es que en apenas dos siglos el habitante de los países occidentales en general ha sufrido una imparable mutación de ciudadano en contribuyente y  de contribuyente en paganini. Tan imparable e indeseada mutación amenaza con no dejar las cosas así y convertir al paganini actual en un aborregado esclavo de un gran hermano, insospechado por su origen para Orwell en unos casos y exacto en otros, que ya claramente asoma las orejas.

Balad, balad hermanos, con las papeletas en las manos.
Elegid, elegid con esmero quién os quitará el dinero.
Bailad, bailad los triunfos de los que os van a despojar.

Y después de cuatro años, volveremos, volveremos a empezar. (Si nos dejan).

viernes, 16 de enero de 2015

Ver para creer

Acabo de escuchar en las noticias, con gran alivio, que por fin se penaliza la zoofilia. Por fin podré dormir con tranquilidad sabiendo que el alma inmortal de tantos pecadores se salva gracias a la intrépida, lúcida, histórica iniciativa legislativa del gobierno.

Había oído, con gran consternación e incredulidad por mi parte, que la sociedad reclamaba por la regeneración democrática, por una educación eficaz, por una sanidad universal o incluso por dislates tales como el paro o la economía. Afortunadamente el gobierno con una preclaridad que lo dignifica y enaltece, y seguramente confiado en la ya definitiva recuperación económica, ha decidido incidir en la salvación de las almas eternas y olvidarse de las miserias temporales de los cuerpos.

Bueno, eso y darle una alegría a ese incansable, noble, esforzado y también preclaro, grupo de presión que tanto pelea por los animales, y tanto se olvida de las personas y la realidad, como es el grupo de defensa de los animales.

Claro, se me ocurre ahora, reflexionando, en el coste que tendrá la nueva ley en reformas necesarias en los juzgados. Porque, pensándolo con calma, para acusar a alguien tendrá que haber una pillada in fraganti o una denuncia del animal en cuestión. Y si es por denuncia el denunciante tendrá que declarar y harán falta en las salas del juzgado perchas, corrales, cercados, jaulas, ramas, estanques y comederos adaptados a los distintos tipos de alimentación. Y traductores, harán falta cientos de intérpretes del reino animal que ilustren a los jueces y fiscales sobre el contenido exacto de las declaraciones.

Ah¡, ya veo, tonto de mí. Es una medida con un trasfondo económico claro.

La de cientos de puestos de trabajo que se van a crear. Academias para los abogados que se especialicen en rebuzno normalizado o en cacareo de gallina sureña. La de cientos de psicólogos periciales expertos en psicología aplicada al pato o la vaca que puedan aclarar a la judicatura la perniciosa influencia del nuevo delito en la vida del pobre bicho… Ver para creer.

sábado, 10 de enero de 2015

Yo también

Es difícil, por no decir imposible, sustraerse a comentar, sustraerse a lamentar, evitar condenar con rabia y frustración, todo lo sucedido en Francia como con rabia y frustración hemos lamentado durante años lo sucedió en España, en Inglaterra y en tantos lugares en los que la muerte llega por la incapacidad brutal de entender la convivencia entre los seres humanos.
He oído ya voces, con toda seguridad bienintencionadas, reclamando la cuota de responsabilidad de esta civilización en tan lamentables historias. No es el momento. El momento es de condena para dejar claro que la muerte no es una solución, no es un bien negociable, no es un error recuperable. Las víctimas no son corresponsables de ninguna decisión que las pueda hacer culpables y por tanto son víctimas inocentes. Inocentes de la pretendida reivindicación por la que son asesinados e inocentes de la cobardía y barbarie de quienes no son capaces de luchar directamente contra el origen de sus ofensas, sean estas raciales, religiosas, económicas, políticas o una amalgama indeseable de todas juntas.
Es cierto que todas las historias tienen dos caras, en realidad tantas caras como protagonistas y posiciones, y que es conveniente analizar todas ellas como si fueran la propia para poder llegar a una duda razonable sobre cuál de ellas es la posición más asumible. Es cierto. Pero también lo es, y en esto sí que no tengo duda ninguna, es que, hoy por hoy, la muerte no tiene vuelta atrás y por tanto la posición del que muere queda indefensa frente al que mata y es por ello que el que mata debe perder de forma inmediata, de forma rotunda, de forma inequívoca toda posibilidad de defender la suya.
Lo único que lamento en este colectivo lamento es el hecho de que todos los días no nos levantemos con la comprensible indignación, con la justa indignación, con la furiosa determinación de anular a todos aquellos que a lo largo y ancho de este mundo matan a diario amparándose en una razón. No me importa que la razón se llame justicia, que se llame religión, frontera, petróleo o poder. Todo el que mata es un asesino y el que no lo condena, aunque nos conformemos con llamarle cómplice  (o llamarnos), también lo es.

Yo también soy Charlie Hebdo y miembro de una tribu perseguida y pertenezco a una etnia masacrada, y a un género maltratado y a una tendencia sexual incómoda y a un grupo político prohibido y… yo también fuera de mi país, e incluso dentro, puedo ser una víctima. Todos los que defendemos un ideario, todos los que pretendemos tener conciencia y posicionarnos podemos ser, somos potencialmente, una víctima.