domingo, 11 de septiembre de 2022

Cartas sin franqueo (LXXVII)- Las etiquetas, los de las

El debate, en todo caso, es falaz. Pretender a estas alturas defender un sistema cuyas principales características son la mentira, la corrupción y la división, son ganas de no enfrentar una realidad que se puede contrastar a nivel mundial. Por más que te empecines en hablar con palabras grandilocuentes de las virtudes del sistema: libertad, democracia, derechos humanos, solidaridad, yo solo veo un totum revolutum con dos campos diferenciados en sus discursos, pero idénticos en sus transcursos.

El mismo discurso niega, con sus propias palabras, lo que pretende afirmar. No, este sistema, basado en la explotación de una mayoría por parte de una minoría, que en unos casos se representa por una posición económica, y en otros casos por un posicionamiento ideológico, no son más que las dos balanzas de un desequilibrio en el que la preponderancia local, parcial y/o temporal, de una opción sobre la otra no obedece a otra causa que a la necesidad del sistema de incidir más en un terreno que en el otro para su propia supervivencia.

Los discursos, sean sentidos o pensados, no son más que palabras, puede que en algún caso, incluso esas palabras obedezcan a intenciones sinceras, pero la realidad es evidente, el mundo, la humanidad, está cada vez más fraccionada, es cada vez más intolerante, menos libre, tiene  menos derechos, o, lo que viene a ser lo mismo, sus derechos son los mismos, pero su posibilidad de ejercerlos, excepto nominalmente, está severamente mermada.

Los extremismos, los nacionalismos, los populismos, que al fin y a la postre engloban todo, son la demostración palmaria de ese recorte sistemático y severo de los derechos, porque no hay nada más contrario a un libertario, a la libertad, que un activista dispuesto a imponer su verdad por el camino que sea. Y si no hay libertad, no hay nada. No puede haber justicia sin libertad, no puede haber igualdad sin libertad, no puede haber conciencia sin libertad, no puede haber conocimiento sin libertad, no puede, en definitiva, haber libertad sin libertad.

Si, ya se, tu argumento, como el de tantos otros afiliados a las parcialidades que el sistema nos proporciona: ideológicas, religiosas, económicas, territoriales, educativas o vecinales, es que vivimos en democracia y libertad. Pues no te diría yo que sí, es más, te digo que no, que rotundamente no.

¿Vivimos en democracia? ¿En serio? Bueno, votamos cada cuatro años, y se acabó la democracia. Nuestros poderes no son independientes, nuestra posibilidad de elegir representantes es inexistente, nuestra capacidad de pedir responsabilidades nula, nuestra posibilidad de revelarnos, o de mostrar nuestra disconformidad, un chiste, nuestras leyes son ideológico-adoctrinantes, o recaudatorias en su mayor proporción, nuestra capacidad de expresar libremente nuestras opiniones irrisoria en la civilización de la comunicación, nuestra posibilidad de privacidad ante un sistema decidido a intervenir nuestra vida, imposible. Si esto es democracia, que vengan nuestros antepasados helenos y lo vean. No es, ni siquiera, una democracia formal, ni esta, ni otras, un poquito más disimuladas, ni las democracias totalitarias que tanto se estilan, y tanto gustan a ciertos populismos militantes.

Y si lo de la democracia es un chiste malo, para llorar, lo de la libertad ya roza la tomadura de pelo. La roza, pero de lleno.

A lo peor es que yo tengo un concepto excesivo de la Libertad, o a lo peor es que el sistema le llama libertad a su capacidad de mirar hacia otro lado cuando le interesa, pero reservándose la posibilidad de mirar fijamente cuando le convenga. No, no somos libres colectivamente, que no tengo muy claro en qué consiste esa tal libertad colectiva, ni lo somos, faltaría más, individualmente. Libertad se llama al margen concedido por el sistema para que pueda actuar según las reglas y límites que el poder establezca. Pues vaya mierda de libertad, cualquier troglodita, cualquier aborigen tribal, cualquier siervo medieval, cualquier ciudadano de siglos pasados, estaba más cerca de la libertad que nosotros. Y lo peor es que el sistema nos ha convertido en garantes de nuestra propia falta de libertad.

Ya, no te lo crees. Hagamos la prueba del algodón, esa que nunca miente.

Sal a la calle, o a las redes, o a tu portal, o a una comida familiar, e intenta exponer con rigor una posición dialogante pero contraria a la de tu interlocutor. En libertad, en la de verdad, tu interlocutor rebatirá tus argumentos con otros de similar entidad, y en los mismos términos de interés y respeto.

En el mundo real, ese que empieza cada día a las 00:00 y acaba a las 23:59, el primer argumento de tu oponente es ponerte una etiqueta frentista que invalide de raíz cualquier argumento que puedas aportar. Si hablas con un nacionalista serás un nacional-fascista, si hablas con un ateo un elemento ultra-ortodoxo, si con alguien de derechas un comunista, si es de izquierdas un fascista, si es feminista un machista y si es machista un femi-nazi. Y en el mismo día has sido ultra-religioso, de derechas, de izquierdas, ateo de mierda, homófobo, homosexual, un imbécil, un listo y un peligroso revolucionario. No importa lo que digas, no importa cómo lo digas, no importa que lo razones, o que simplemente estés sugiriendo que hay otras formas de pensar, si no es la de ellos es peligrosa, dañina, intolerable. Pues eso, que vivimos en libertad, en una libertad prestada por unos administradores auto nombrados imbuidos de verdades superiores.

Y basta con las etiquetas, ese práctica más encaminada a desprestigiar, ningunear, insultar, que a identificar con rigor, y que sin duda son uno de los grandes inventos del sistema, de un sistema donde, se refiera a lo que se refiera, solo existen dos bandos, los del mío, o los del otro, para comprender la falacia de afirmar que somos libres.

Somos permanentemente presuntos culpables fiscales, presuntos infractores de leyes municipales, estatales o comunitarias, pensadas para atajar tus permanentes deseos, presuntos, pero ciertos salvo que demuestres lo contrario, de hacer daño; presuntos terroristas cuando iniciamos un viaje, presuntos asesinos si nos ponemos en carretera, presuntos irresponsables si llevamos un volante, presuntos defraudadores cuando obligados por la ley presentamos nuestra contribución a la comunidad, presuntos insolidarios si montamos una empresa, presuntos absentistas si trabajamos en ella, y así hasta la náusea. O sea, que somos libres, en esto sí, de elegir la presunción de nuestra culpabilidad, esa que las mismas instituciones gubernamentales persiguen con saña y el abuso propio de quién se ha valido de tu aportación de solidaridad obligatoria para hacerse con todos los recursos que le permitan aplastar a quién no tiene ninguna posibilidad de defenderse de los abusos del sistema.

Sí, qué duda cabe, somos la máxima expresión de la libertad de los que deciden no reconocer ninguna libertad ajena, ninguna libertad que no considere como propia. Y ya que de etiquetas se trata, voy a permitirme imprimir dos destinadas a los que defienden que nuestra vida transcurre en una libertad tutelada (¿Y eso que es?), en una democracia posible. Doy a elegir, o inocente (simple, crédulo), o cómplice, no hay más.


sábado, 3 de septiembre de 2022

CARTAS SIN FRANQUEO (LXXVI)- EL SALARIO MÍNIMO INTERPROFESIONAL

 Me comentabas, indignado, la postura de la CEOE ante el intento de subida del salario mínimo interprofesional, y tu simpatía hacia las declaraciones de Yolanda Díaz, pero, como bien te dije, ni la CEOE representa a la mayoría de los empresarios españoles, solamente a una minoría privilegiada de grandes empresas, ni lo de Yolanda Díaz va más allá de una postura populista que la ayuda en sus ambiciones políticas. Ni el uno, ni la otra, ni los sindicatos, ni las organizaciones patronales, ni , por supuesto, y como de costumbre, el gobierno, incluida la oposición, dicen la verdad completa, o ponen sobre la mesa todos los datos para que aquellos que quieran opinar con fundamento entiendan el mecanismo y las consecuencias.

Imagen procedente de Pixabay

Partamos de que el salario mínimo interprofesional me parece miserable, incapaz de proporcionar una vida digna al trabajador en una sociedad cuyos sobrecostes de explotación en los servicios más básicos lastran cualquier tipo de justicia social que pueda intentarse, y que esta situación no parece interesarle, salvo como munición ideológica, a ninguna de las fuerzas políticas que dicen representarnos.

El salario mínimo interprofesional debería de salir de un cálculo práctico de los costes de vida reales de un trabajador no cualificado. Y esto supone, vivienda en alquiler, gastos de energía, agua, alimentos y educación. Esto es, garantizar las necesidades básicas vitales de un trabajador. Y tal como está la vida, tal como está la especulación de las grandes corporaciones y las necesidades recaudatorias de los gobiernos, empeñados en una carrera por incrementar sus ingresos, los salarios mínimos de los que oigo hablar difícilmente cubren otra cosa que las deudas generadas el mes anterior, y no todas.

La señora Díaz, en su papel populista, mentiroso, clama contra los empresarios por insolidarios. Así, en general, sin que se le caigan los anillos, ni se preocupe por otra cosa que por los aplausos de sus correligionarios. ¿De qué empresarios habla la señora Díaz? ¿Del 97,23% de las empresas españolas que tienen entre 0 y 8 empleados, o del 0,83% que son en su mayoría las grandes corporaciones y multinacionales? Pues parece ser que no lo distingue, o que no lo quiere distinguir. Al menos sus palabras, las consecuencias de las mismas, no parecen distinguir entre empresas que dan miles de millones de euros de beneficios, y empresas que tienen que fraccionar y aplazar sus impuestos para poder seguir adelante, porque la presión recaudatoria, y los incrementos de los costes de producción, dados por el incremento de beneficios de las grandes empresas, se comen sus ingresos. Claro que, empresarios son, según la señora Díaz, unos y otros, los que pelean por sobrevivir, y los que pelean por quedarse con la mayor porción de pastel posible, amparados por los políticos. Todos insolidarios, todos sospechosos de explotación y avaricia. Y se queda tan ricamente.

Porque lo que tampoco explica la señora Díaz, ni al representante de la CEOE le importa un ardite porque no afecta a sus representados, son las consecuencias que sobre el pequeño empresario y sobre el consumo básico tiene el incremento del  salario mínimo interprofesional tal como pretende aplicarse. Porque el único gran beneficiado de la subida del salario mínimo, tal como está concebida, es el gobierno, y los perjudicados, los trabajadores, los pequeños empresarios y los consumidores. Veamos.

En toda empresa, pequeña y muy pequeña, la productividad genera los recursos para hacer frente a los pagos, salarios, costes de producción, gastos generales, impuestos y gastos extraordinarios. Por tanto, y como es evidente, la empresa ha de ajustar sus ingresos a los costes presupuestados, de tal forma que el incremento de cualquier partida de coste supone una subida semejante de la facturación, y por tanto repercute, inevitablemente en el consumidor, o, si no puede plasmar este incremento, lo que sufrirá será la viabilidad de la empresa. Son habas contadas.

Y eso nos lleva a otra cuestión populista, otra cuestión de la que nadie habla, el gobierno nos cuela, como quién no quiere la cosa, un incremento de recaudación de paso que se  cuelga una pírrica, pírrica para el trabajador, medalla social. Porque el costo de un trabajador, para la empresa, en el tramo básico, es del 45% del neto que este percibe a final de mes. Y esto traducido a números, a euros, supone unas cantidades muy golosas para el gobierno, que se permite hablar de la insolidaridad empresarial. Un ejemplo:

Si subimos 25 € mensuales a un trabajador, cantidad irrisoria, y que no soluciona ningún problema real, hemos incrementado la recaudación en 11,25 euros, que multiplicado por 12 meses supone 135 euros anuales por trabajador, que aplicado sobre los 3,000,000 de perceptores del salario mínimo (20% del total) que habría a mes de julio nos daría la bonita cifra de 405,000,000 de euros extras de recaudación, que se lleva el solidario gobierno a costa de los resultados (sean positivos o negativos) de las empresas, sin contar lo que se que se lleve de la subida al trabajador y sin decir ni mu. Supongo que para asesores, dietas y otras menudencias imprevistas.

Y digo, yo, ya que de decir se trata, ¿por qué el gobierno no regula un tramo básico, en el que los costes fiscales sean fijos, y no porcentuales, de tal manera que el empresario pueda incrementar en una cantidad real la percepción del trabajador, sin que aumenten otros costes, y por tanto pueda beneficiar directamente al perceptor? ¿O lo importante es hablar de solidaridad mientras se le exige a otro que lo sea? Si, ya se, la solidaridad bien entendida empieza por uno mismo, y más si ese mismo es el gobierno de turno.


Curiosamente, y para la mayoría de los trabajadores, lo que cobran a final de mes, lo que reciben en su cuenta bancaria, es lo que ganan, sin contar retenciones, aportaciones y otras menudencias, hasta el 45% mencionado más lo que les retienen a ellos, que se queda el gobierno como administrador único y auto nombrado de la solidaridad obligatoria. Muchos trabajadores, la mayoría, tienden a pensar, y voy a citar textualmente las palabras que cierto día me dijo un trabajador: “Ya me dijo mi padre, tú con ganarte tu sueldo, y un poquito más, ya cumples de sobra”. Claro, porque las retenciones, los gastos de materiales, los gastos generales, y cualquier otro importe que genere la actividad, deben de salir del bolsillo del empresario. O, en román paladino, las obligaciones son de los empresarios, y el dinero, ya lo dijo alguien del gobierno: “el dinero no es de nadie”, o sea de ellos, y por tanto se lo quedan.

Esta filosofía estatalista de los impuestos, que solo es buena para el sistema, me recuerda a una canción del mítico grupo “Desde Santurce a Bilbao Blues Band” que allá por los sesenta cantaba “A Beneficio de los Huérfanos”, una sátira que relataba una fiesta, sus lujos, sus excesos, dada por La Marquesa, (que en este caso es la señora Díaz), “tan caritativa, y siempre tan cristiana” a beneficio de los huérfanos y los pobres de la capital. Ahí lo quedo, y adjunto letra.

“ Las tarjetas de canto dorado
anunciaban
la marquesa iba a dar una fiesta
de gala,
y tan caritativa,
y siempre tan cristiana
la iba a dar…

A beneficio de los huérfanos,
los huérfanos,
y de los pobres de la capital,
los huérfanos, los huérfanos
y de los pobres de la capital.

El señor embajador, hablaba con la marquesa
y engullía con presteza, sandwichs de jamón de York.
Y la de Floro Mayor, hijastra de una exprincesa,
husmeaba las bandejas detrás de un whiskey on the rocks,
pero las husmeaba...

A beneficio de los huérfanos,
los huérfanos,
y de los pobres de la capital,
los huérfanos, los huérfanos
y de los pobres de la capital.

Y la de Floro Menor, de antepasados gloriosos,
flirteaba sin reposo en ausencia de su esposo
con un joven parecido a Rodolfo Valentino
Con un algo de cretino y un mucho de gigoló.
Pero flirteaba…

A beneficio de los huérfanos,
los huérfanos,
y de los pobres de la capital,
los huérfanos, los huérfanos
y de los pobres de la capital.

El duque don Baldomero
vomitaba con esmero
encima de un camarero
las huevas del esturión.

Y el conde de estropajera
de una forma harto grosera
pellizcó a una camarera
sin ninguna precaución.
Pero la pellizcó…

A beneficio de los huérfanos,
los huérfanos,
y de los pobres de la capital,
los huérfanos, los huérfanos
y de los pobres de la capital.

A las 10 de la mañana
los huerfanos trabajaban.
Y los pobres mendigaban.
Los invitados... roncaban!
Pero roncaban…

A beneficio de los huérfanos,
los huérfanos,
y de los pobres de la capital,
los huérfanos, los huérfanos
y de los pobres de la capital...”

sábado, 16 de julio de 2022

Cartas sin franqueo (LXVIII)-Acerca de la razón

 Me intentabas explicar, el otro día, lo importante que es tener razón, y solo se me ocurrió preguntarte ¿Para qué? Y ahí se quedó nuestra conversación, porque a ti, mi pregunta, te provocó un silencio reflexivo, y a mí tres cuartos de lo mismo. Y, tal como era inevitable, me volví para casa intentando resolver una cuestión que yo mismo había planteado. No nos llamemos a engaño, mi pregunta pretendió ser un recurso dialéctico, pero resultó ser una cuestión fundamental.

Al final resulta que esto de tener razón es más complicado de lo que inicialmente parece, porque no es lo mismo tener razón como fin, en un debate, por ejemplo, en el que la razón es el  fin último, que tener tazón como principio, como forma de acercarte a la verdad.

En el primer caso lo importante es la habilidad dialéctica del razonante, o, incluso, tal como describía Schopenhauer en “El Arte de Tener Razón”, la falta de escrúpulos para destruir los argumentos del rival mediante cualquier medio, incluido el ataque personal, y sin embargo en el segundo lo que se busca es la satisfacción de acercarse a la Razón, aunque, habitualmente, se acabe reclamando la Razón misma.

Y es en este segundo supuesto, el más habitual en las mesas familiares, en las barras de los bares, en las tertulias varias, en los juzgados y en las arenas políticas, donde tener la razón, te la des tú, o te la den otros, es el principio, y donde gestionar esa razón es una forma habitual de perder la razón, porque considerar que esa razón inicial es suficiente para que todo aquello que derive, o sea consecuencia, o tenga como punto de partida, esa asunción de la razón, también es razonable, es de una osadía, soberbia, estupidez, monumentales. O sea, y coloquialmente, donde la cagamos más a menudo.

La razón, así, con minúscula, no es más que una visión parcial de la Razón, una visión que satisface al que cree tenerla y que, habitualmente, jamás es reconocida por el resto de las razones. ¿Te parece lioso? Recurramos a los clásicos, a los mitos, que con tanta exactitud reflejan nuestros arquetipos y nuestras miserias. El episodio de Troya es perfecto. ¿No tenía derecho Helena a enamorarse de Paris, y no tenía, por tanto, razón al fugarse con él por amor? ¿No tenía razón Menelao, al montar en cólera cuando pensó que su esposa había sido raptada por Paris? ¿No tenía razón Agamenón al asistir a su hermano en su intento de recuperar a su esposa? ¿No tenían sus propias razones Ulises, Aquiles, Héctor, y tantos más, para desempeñar el papel correspondiente en una guerra propiciada por las diosas, más que por los dioses? Todos tenían sus razones, razones, casi todas, contradictorias, antagónicas, pero reconocibles. Bueno, todos no, a mi me cuesta reconocer ninguna razón, salvo el capricho y la soberbia en Paris, pero estoy convencido de que él también tendría argumentos para defender su postura.

Pero en todos ellos, el detentar una parte de la razón, su pequeña razón no es más que un principio, un principio sobre el que desarrollar las actitudes, sobre el que tomar determinaciones, que acaban en una guerra larga y cruenta, y en la que mueren muchos de ellos, cargados de razón. No hay nada más difícil, más complicado, que gestionar la razón, porque tendemos a pensar que esa razón nos concede carta blanca para aplicar cualquier método, para reivindicar cualquier consecuencia, para emprender cualquier acción encaminada a reclamar esa pequeña razón que ni es una Razón última, ni tiene por qué ser  reconocida por otros.

¿Cómo se debe de actuar, tras percibir una razón por nuestra parte? ¿De forma reivindicativa? ¿Vengativa? ¿Intransigente? ¿Condescendiente? ¿Soberbia? ¿Generosa? ¿Cuál de ellas es la actitud correcta? En este sentido los ámbitos reglados tienen la ventaja de que el reconocimiento de la razón lleva implícitas la consecuencia y el desarrollo de esa razón. En el ámbito judicial, la razón lleva aparejadas sus consecuencias, las condenas. En la política, en la que se supone que se accede a la razón por representación de una mayoría, supuesto cada vez más cuestionable,  la razón se aplica en función, al menos teóricamente, de un programa electoral, y todo lo que ese contrato no verbal recoge, tendrá su cobertura en la razón mayoritaria concedida.

¿Y en la vida cotidiana? En la vida cotidiana la razón, habitualmente auto concedida, alimentada por un entorno favorable, e intolerante con cualquier crítica o cuestionamiento, suele adolecer de sordera, psicológica, física e, incluso, ética. Y esta sordera es el primer síntoma, el primer paso, para entrar en la pérdida de cualquier razón que nos pudiera asistir de principio, porque conlleva la ignorancia, el desprecio, la falta de reconocimiento de las posibles razones ajenas, que tiene como consecuencia una actitud desmesurada de reivindicación que no tienen por qué compartir los demás, y que suele desembocar en una guerra de egos de consecuencias imprevisibles.

Y la pérdida de razón es la consecuencia más dramática de tener razón, y empecinarse en reivindicarla y en exigir el reconocimiento ajeno, pero no la única, porque esa pérdida de razón, acompañada habitualmente de una pérdida de razonamiento, suele llevar a exigir de los demás una postura que puede llegar a provocar una ruptura ética. “O conmigo, o contra mí” parecen exigir muchos instalados en una Razón que nunca ha sido otra cosa que una de las razones parciales de un conflicto, o de un pleito, y todos aquellos que tengan un interés real en los contendientes, y un criterio ético suficiente para no ceder a chantajes emocionales, acabarán siendo, al menos momentáneamente, cuestionados en su afecto, en su amistad.

Me sucedió, la primera vez, en la separación de mi hermana, donde había razones para intentar mantener una actitud constructiva en medio de una guerra destructiva, a pesar de las presiones, de los vínculos afectivos, y aunque fracasé, sobre todo porque la edad no me había dado recursos para gestionar mis razones correctamente, aprendí algo que sÍ me permitió gestionar conflictos entre allegados posteriores, minimizando los daños. Nunca intervenir en una discusión ajena, y, cuanto más cercanos los enfrentados, mayor distancia y menor implicación. Es fundamental guardarte, en lo más profundo, los reproches y reconocimientos, de ambas partes, que puedas sentir, y no hacer uso de ellos salvo que la presión de alguna de las partes llegue a la violencia, o al odio.

Esa actitud te va permitir estar disponible para ambas partes si hay posibilidad de un acercamiento, evitará que ninguna de ambas  te reivindique como un trofeo en su necesidad de acumular razones, y te evitará tener que cantar las verdades del barquero a quién intente afiliarte a su bando, y, sobre todo, evitarás ser el chivo expiatorio de ambos bandos si algún día se reconcilian.

Y ¿Dónde queda la Razón? ¿Dónde queda la Verdad? Pues en el lugar que cualquier prudente sabe que quedan, en el Olimpo de lo inalcanzable, de lo inaccesible.

Tal vez te parezca que mis palabras reivindican la pasividad ante la razón. Pero, tú que me conoces, sabes que hay pocas personas que sean tan reivindicativas como yo. No, lo que quiero exponerte es que disfrutes de la paz espiritual que produce el haber alcanzado, por el método del cuestionamiento personal, de la verdad desnuda ante el espejo, la convicción de tener una razón defendible, y a partir de ahí, y en el lado más humano, elegir el ámbito y el alcance adecuado para tú reivindicación, teniendo a tú alrededor, y escuchando, a personas capaces de quererte lo suficiente para cuestionarte cada vez que tus actos, tus reivindicaciones, tus planteamientos excedan la razón conseguida.

Y seguro que lo vas a hacer, excederte, excederme, excedernos, por mucha razón que tengas, o que creamos tener.

domingo, 10 de julio de 2022

Los Vendehumos

Habremos de convenir en que para que se pueda vender algo, tiene que tener mercado, es decir, clientes dispuestos a comprarlo. También se considera habitual que el que compra una mercancía, suele favorecerse de alguna forma con la compra. Son leyes de mercado, verdades incuestionable del mundo comercial, pero que, como todo en esta vida, tienen una excepción que confirma la regla, un producto que nadie parece apreciar, hasta tal punto que hay que cambiar su nombre, sus beneficios, sus características para que pase de no ser considerado a ser uno de los productos estrella a nivel mundial: el humo.

¿Se puede vender el humo? Pues yo hubiera jurado que no, pero también lo hubiera jurado de las brisas del mediterráneo, o del sol de España, y sin embargo ahí los tienen, llenando estanterías en las tiendas de turistas. Convengamos, hay una diferencia sustancial en el engaño, el sol o la brisa se venden etiquetados correctamente, y todos sabemos, hasta los que lo compran, que dentro del envase ni hay más sol que el que permite la posible transparencia del envase, ni más brisa que la que pueda entrar en el momento de abrirse, o cerrarse, y solo pertenece al entorno en el que tal operación se efectúe.

Sin embrago, el humo no se vende como humo, no se compra como humo, no suele estar envasado y es imposible encontrarlo en tiendas de turistas, o cualquier otro tipo de establecimientos dedicados a la venta. ¿Dónde se puede adquirir entonces? ¿Cuánto cuesta? ¿Se vende al peso o por unidades? Permítanme que  los introduzca en el mágico mundo de los “vendehúmos”, que podríamos definir, por ir entrando en harina de aquellos a los que me refiero, como la rama ideológica de los charlatanes de feria.  

Aunque, de primeras, pueda parecer que estoy hablando de una profesión moderna, en el Derecho Romano existe el término “venditio fumi”, como acepción de “promesas falsas para obtener el favor de un funcionario público”, y de ahí lo debió de tomar Sebastián de Covarrubias, lexicólogo español  del siglo XVI, capellán de Felipe II, que en su obra “Emblemas Morales: Iconografía y doctrina de la Contrarreforma”, define a los vendedores de humo  en los siguientes términos: “Se dice de los que con artificio dan a entender ser privados  de los príncipes y señores, y venden favor a los negociantes y pretendientes, siendo mentira y humo cuanto ofrecen”.

Ha pasado el tiempo, el mundo ha evolucionado, y a los vendehúmos clásicos, los que intentan medrar alegando contactos y conocimientos que no poseen, y que no están en posición de ofrecer, -El pequeño Nicolás, el comisario Villarejo, ciertos comisionistas…-, se ha unido una nueva especialidad de vendehúmos, los que solicitan el voto ofreciendo, o anunciando, unos logros que solo pueden conseguirse en el papel, o con la ruina del país.

Estos, los vendehúmos de mitin y prensa, solo ofrecen lo que saben que sus compradores van a aceptar ciegamente, sin cuestionarse la viabilidad u oportunidad del humo que va a cegar sus ojos, y solo piden a cambio un papelito depositado en una caja en una ceremonia llamada votación, en la que no creen salvo cuando ganan. Su beneficio se produce a partir de entonces, y el humo que venden a partir de ese momento, solo está encaminado a la persistencia de la ceguera.

Aunque mi reflexión está basada en España, no sería justo omitir los nombres de los mayores vendehumos del planeta, al fin y al cabo, la calidad del humo a vender depende mucho de la calidad del vendedor, y los vendehúmos patrios no pasan de una mediocridad desazonante. Desazonante porque parece mentira que alguien siga comprando, incluso con entusiasmo, un humo que apenas oculta lo evidente, que apenas tapa las carencias éticas, intelectuales, comerciales de los vendedores.

Boris Jhonson y el Brexit, Putin y la operación desnazificadora de Ucrania, Trump y la democracia americana, Maduro y el socialismo bolivariano, Bolsonaro y el negacionismo, Xin Jimping y el neo comunismo, Kim Jong-un y el socialismo hereditario, y más, muchos más, consumados artífices de ventas que pretenden cambiar el mundo a costa de sus habitantes.

En España somos más modestos, en España ni siquiera pretendemos cambiar España, y el humo que compramos no taparía las vergüenzas de Pulgarcito, no ocultaría ni un trozo de hielo en un vaso de agua, pero nuestros compradores son tan devotos, tan entregados, que compran el humo y lo almacenan en su cabeza por una vida entera. No hay realidad que no puedan tapar con su humo y, sobre todo, con su voluntad de que el humo lo permita, y permita hacerlo responsable, al humo, por supuesto, de lo que en realidad no es más que cerrar los ojos, con fuerza, con saña, ante cualquier disparate de su vendehúmos particular.

Porque, eso sí, cuando nos decidimos somos muy de vendehúmos de cabecera. A partir de ese momento solo le compraremos humo a ese vendedor concreto, y jamás pondremos en duda que el único vendehúmos verdadero es el que se lo vende a los demás.

-          El salario mínimo, insuficiente, mal gestionado y lesivo para el futuro. Humo

-          El tope ibérico, ineficaz, enriquecedor para las eléctricas, demoledor para las economías domésticas y empresariales. Humo

-          La ley de Igualdad LGTBI. Lesiva para algunos colectivos implicados, incapaz de solucionar problemas, generadora de rencores. Humo

-          La subvención a los combustibles, inútil, enriquecedora para las químicas, enriquecedora para los colectivos ajenos transfronterizos, miserable, inadecuada. Humo.

-          La ayuda a las Pymes en apuros por la coyuntura económica, invisible, inalcanzable, inexistente. Humo

-          Las subvenciones, imprescindibles cuando lo son, descontroladas, que minan el mercado laboral y, debido a ese descontrol, lo debilitan. Humo

-          La ayuda a los afectados canarios por el volcán, invisibles, inalcanzables, inexistentes. Humo.

-          La ley de memoria histórica, pactada con un partido no demócrata, cuya ideología hizo de la muerte y el sufrimiento de los españoles, incluidos los de su tierra, su razón de existir, y que acoge y ensalza a todos aquellos que lo perpetraron, convirtiéndolo en juez y garante de los modos democráticos de los que los sufrieron. Humo.

-          Subir los impuestos a ciertas grandes empresas sin haber creado antes un marco de transparencia tarifaria, una normativa de aplicación de costes, un control sobre el enriquecimiento desmesurado y lesivo, para que al cabo de dos meses esa subida esté repercutida en las facturas de los consumidores. Humo.

-          La reforma sanitaria prometida para afrontar catástrofes y pandemias. Ni humo. Ni siquiera.

Y así podríamos seguir enumerando todas las medidas populistas, humo de mala calidad, que intentan ponerse en marcha sin la gestión mínima imprescindible, sin el adelgazamiento de la burocracia que las tramite, sin la dotación mínima imprescindible para ponerlas en marcha más allá del papel, sin la base jurídica imprescindible para garantizar su eficacia, solo a golpe de presión de los acontecimientos, solo en un agobio de necesidad de votos, solo para paliar los resultados de las últimas encuestas, de las postreras elecciones.

Hablar de un gobierno social, cuando se promueve la ruina de la clase media por la ineficacia en la gestión, cuando la brecha social se ha incrementado en varios puntos por esa misma ineficacia, cuando el número de hogares en necesidad, en riesgo de exclusión social, crece a cada medida supuestamente encaminada a la protección de los más desfavorecidos, es hablar del humo, como hablar de humo es enumerar medidas necesarias y pensar que por nombrarlas se resuelven.

Pues nada, aprovechando el día, me voy a dar un paseo por el rastro, a ver si encuentro un vendehúmos que tenga un humo de calidad, espeso, sofocante, que produzca lagrimeo e irritación pulmonar, y empiezo a esparcirlo entre los “comprahumos” que tengo más cerca. A lo mejor con un humo de verdad, con sus efectos negativos tan evidentes, deciden despejar su cabeza.  Entre humos anda el juego.

sábado, 2 de julio de 2022

CARTAS SIN FRANQUEO (LXVI)- EL PACIFISMO

Como te he dicho muchas veces, de Podemos me separan los métodos, el afán evangelizador y la rigidez dogmática, pero no muchas de sus reivindicaciones, que considero que, como en todo partido populista, beben directamente de lo que la gente quiere, de lo que cada uno queremos para lograr una sociedad mejor.

Siempre me he considerado un pacifista, seguramente radical cuando rondaba los veinte años, hasta estar dispuesto a ser objetor de conciencia en tiempos en lo que eso suponía la cárcel o el exilio. Finalmente, para mi tristeza y la desgracia de una convivencia difícil con los mandos durante mi servicio militar, las circunstancias de la vida me llevaron a aceptar la incorporación, traumática, rebelde, a filas. De esa rebeldía hay varios episodios, unos más chuscos y otros más graves, que hablan de mi posición y mi compromiso con el pacifismo, incluso mis poemas más desesperadamente contrarios a la violencia fueron escritos en la Capitanía General de Valladolid. Participé en una pequeña conjura para rebelarnos si nos sacaban a la calle para reprimir manifestaciones, cuando el secuestro de Villaescusa;  y mi capitán de destino, de nombre Jaime Milans del Bosch, me prohibió presentarme al examen para cabo, por “falta de espíritu militar”. Tal cual, y no puedo negar que tenía bastante razón, y un mucho de antipatía mutua. Pero si entonces llegué siendo radical, lo vivido en ese periodo,  y la reflexión serena y pausada sobre la vida, y lo que acontece, que la vida misma me ha proporcionado, han hecho que ahora deba de considerarme un pacifista pragmático.

No, no te preocupes, no intento contarte mis batallitas de la mili, hoy no toca, pero sí responder a tu pregunta sobre lo que opino de la OTAN, la cumbre, y esa guerra sobre la que me sigo negando a hablar.

En un mundo ideal, ese que no existe, el planteamiento inevitable es que las armas solo sirven para matar, por muchas frases "aseaditas", monas, que hagamos con el sustantivo; y en un mundo en el que haya armas antes, o después, estas serán usadas con una razón, o con otra, o incluso sin ella. Lo dice la historia, lo dice la actualidad y lo corroboran las leyes de los Estados Unidos de Norteamérica, las matanzas que periódicamente se perpetran en su territorio. En un mundo ideal, que desde luego no es este, todo debería de arreglarse con la razón, eso que, entre países del mundo, se llama diplomacia. Claro que, en un mundo ideal, ese que no tenemos, ni siquiera existirían los países, al menos no con fronteras, con ejércitos y nacionalismos. Pero ese mundo ideal, ese que cada vez parece más inasequible, es una utopía, que, en contra de lo que interesadamente se piensa, no es una imposibilidad, si no que debiera de ser un objetivo, pero que en ningún caso puede considerarse una realidad.

Y, no sé si me has entendido, como este mundo no es el ideal, el día a día exige de medidas, de acciones pragmáticas, en defensa de la mejor vía que se nos ocurra para tener alguna posibilidad de lograr que algún día lo sea.

A mí, personalmente, la OTAN me parece una organización nefasta, que encarna métodos y valores que rechazo, pero, echando una mirada a nuestro alrededor, me parece el menor de los males, o, dicho cínicamente, nuestro error propio para evitar que otros nos impongan el suyo.

Claro que a mí me apetecería vivir en un mundo ideal, y que creo que un mundo mejor que este es posible. Claro que sigo pensando que la paz debería de ser un anhelo irrenunciable, porque solo en paz se puede alcanzar la libertad, solo en paz se puede acceder a la justicia, solo en paz se puede garantizar la vida, cuya pérdida es la única irreversible y que supone la pérdida de todo lo demás. Claro, pero ese deseo irrenunciable no me puede llevar a que mis deseos de paz sean utilizados por otros, que no los comparten, para imponerme sus valores, sus sistemas, sus visiones de un mundo aún menos ideal que este en el que vivo.

No, no me gusta la OTAN, no me gusta lo que encarna, no me gustan sus métodos y sus objetivos, pero es lo único que se interpone entre nuestro sistema, ese que pretendemos que sea democrático aunque nuestro día a día, nuestras leyes y nuestros gobernantes se empeñen en que no lo sea, frente al cesarismo de la Federación Rusa, o el neo-comunismo chino, que son aún menos democráticos, más totalitarios, que nuestro mundo no ideal.

Así que, pragmatismo mediante, aunque no me guste la OTAN, a pesar de mi rechazo, mi ser pensante me obliga a recapacitar y darme cuenta de que, en el mundo que tenemos, aquel que no se defiende acaba absorbido, ninguneado, si no masacrado y desaparecido étnicamente, y, lo queramos o no, nuestra principal excusa para existir, nuestro principal objetivo como parte del reino animal de este planeta, es transmitir los genes que nos fueron transmitidos y evitar la extinción como individuo y como linaje.

Así que mi yo animal, que no bestia, me hace considerar la defensa de mi vida, de mi forma de vida, como un objetivo irrenunciable, porque solo estando vivo puedo alcanzar mi objetivo como ser humano: mejorar mi vida y la de mis semejantes, lograr un mundo que roce lo ideal. Solo desde la vida, y desde un sistema que me permita tener una esperanza de evolución hacia el mundo que anhelo, puedo trabajar por ese mundo en paz, en libertad, en armonía. Ese mundo, esa forma de vida, esa sociedad, que estando tan lejos de la nuestra- nuestros valores, nuestros derechos son más nominales que reales-, la tenemos mucho más cerca que otras zonas menos afortunadas del mundo, sometidas a criterios de ideologías, o de personas, o de religiones, sin posibilidad de elegir, aunque sea limitadamente, un cambio en ese criterio, en su imposición.

“OTAN no, bases fuera” gritábamos hace treinta años cuando el famoso referéndum, pero la pertenencia a la OTAN hizo que el ejército español, que venía de ser protagonista en una dictadura, algunos de cuyos mandos aún profesaban la fe franquista, se modernizara y olvidara veleidades políticas. Y a la larga, que la sociedad española pudiera evolucionar, mejor o peor, en una dirección que se parecía a la que entonces deseábamos. “OTAN no, bases fuera” sigo gritando hoy, pero eso cuando el mundo, el mío, y, sobre todo, el que considero peor que el mío, me ofrezcan una garantía de que no necesito a la OTAN, ni las bases militares, para hacer realidad un mundo que acoja los valores en los que creo, la libertad a la que tengo derecho. “OTAN no, bases fuera” a ser posible mañana mismo, en un mundo en paz y sin fronteras.

La Muerte y El Olvido (Valladolid, 25 de enero de 1977, Capitanía General de la VII Región Militar)

La Muerte y El Olvido




Decae el fuego en el hogar
Y la sensación opresora del invierno
Invade con paso grave y postrero
A los hombres que se aprietan junto a un fuego,
Y aunque ya no sienten ni se inmutan,
En su mente no cabe mas que un ruego:

Pasar,
Olvidar que han vivido,
Si a la imagen continua
De la sangre vertida
Y los cuerpos retorcidos
Se le puede llamar vida.

Transitar,
Aunque después no haya nada.
No escapar más de las llamas,
No ver más los despojos,
Ni la tierra abierta,
Ni los cuerpos rotos.

Y aunque va el alba despuntando
La luz no ilumina ya unas tierras
Donde todos los surcos son trincheras,
Donde todos los hombres son mendigos,
Son de luto todos los vestidos
Por los hijos, por los padres, los amigos.

Morir,
Con el ansia de la muerte
Que tiene quien ha vivido
Siendo experto en el peligro,
Siendo un vivo ganador
Sobre otros vivos que murieron.

Olvidar,
Dejar atrás la memoria
De este inmenso desatino,
De este horrendo bacanal
Donde es la sangre el vino
Y la muerte el mejor mal.

sábado, 18 de junio de 2022

CARTAS SIN FRANQUEO (LXIV)- LA DESVERGÜENZA

¿Es la desvergüenza la falta de vergüenza, o es algo más? Ya sabes que, en estas discusiones semánticas que nos asaltan, lo primero que hago es recurrir al criterio de la RAE, que en este caso dice: “Falta de vergüenza y de respeto”. Ahí le duele. En la desvergüenza es componente fundamental el respeto, la falta de respeto, claro. Porque, si hubiera un mínimo respeto, un mínimo aprecio a la inteligencia ajena, al prójimo en general, la vergüenza sería inevitable, pero el descaro, el desahogo, la prepotencia, la desfachatez, la sensación de impunidad con la que muchos personajes públicos, sobre todo de la política, de la economía, de las variedades -¿a que suena antiguo?-  y del deporte, se mueven por el mundo, hacen que la desvergüenza sea una actitud habitual en sus desempeños, en sus declaraciones, en sus maneras y en sus desplantes. O sea, la actitud de los sinvergüenzas.

Pero, aunque la teoría siempre preserva al escritor del fondo de sus palabras, aunque el decir aquello que los que más ruido hacen quieren oír, siempre favorece la acogida y valoración de lo dicho, me voy a enfangar un poco más y voy a bajar a la arena de señalar a los desvergonzados mayores del reino, y del mundo, con sus nombres y apellidos. Por supuesto, y dado el clima de desvergüenza general que parece presidir el mundo, y este país, sí son todos los que están, pero no están todos los que son, porque para esto último necesitaría un libro. Eso sí, la desvergüenza no admite medidas ni comparaciones, por lo que el orden de aparición no presupone una escala de perfección en la actitud, ni ningún tipo de categoría o clasificación. Es más, no hay orden ni concierto en su relación. Todos ellos son desvergonzados contumaces y suelen hacer profesión de fe de sus desvergüenzas, y reclamarlas como si de un orgullo se trataran.

No quiero evitar la tentación de poner en cabeza de esta lista de personajes nefandos al Sr. Galán, don Ignacio, Presidente y Consejero Delegado de Iberdrola, que desde su desahogo económico, desde su poltrona sostenida por políticos y familiares de políticos de todo signo, se permite el lujo de llamar tontos a los consumidores que tienen dificultades en pagar al mes un recibo de la luz cuyo montante apenas llega a una décima parte de lo que él gana en un día. Y no contento con llamarnos tontos, nos presenta la palmaria demostración de que lo somos anunciando unos dividendos de más de cuatro mil millones de euros (>4.000.000.000€), sacados de los bolsillos de todos esos españoles, entre otros, que apenas logran llegar a final de mes. Hay que convenir que con la aquiescencia de los gobiernos, todos, de los legisladores, todos, y de los votantes que siguen votando a quienes lo han permitido, lo permiten y lo permitirán. Sin duda no es el único que hace fortuna a costa de las necesidades ajenas, pero sí el más locuaz, y el único que se ha permitido llamar tontos, en púbico, a sus explotados.

Sería injusto, dadas las intolerables consecuencias de su desvergüenza, tardar ni un segundo más en señalar al causante directo de miles de muertos, propios y ajenos, sin contar el hambre, la desubicación,  y la necesidad de millones de habitantes del planeta, cuya contumaz mentira, que nadie con un mínimo de vergüenza asume, apenas da para intentar disimular sus ansias imperiales: Vladimir Putin, a quién la historia reserva una plaza destacada al lado de los grandes asesinos de la humanidad. Claro que, si esto fuera algún tipo de galardón, este sería compartido; compartido por su aristocrática élite, compartido por sus ministros, generales y conmilitones, con Labrov al frente, compartido por todos esos anónimos, y no tan anónimos, voluntaristas que tiran de ética comparativa, o de similitud ideológica, para justificar lo injustificable, compartidos por los gobernantes afines que no lo condenan de forma tajante. Y compartido, no lo olvidemos, por todos aquellos que ordenan una, basta con una, muerte ajena para sus propios fines.

Y, sin salir de las noticias del día, no dejemos en el olvido a doña Mónica Oltra, flagelo de los imputados, apóstol de la diatriba política, azote de la sociedad heteropatriarcal, que en una pingareta léxica, hay que ver cuánto juego les da a algunos el fascismo, ha decidido que lo que es válido para los demás, no lo es para ella. Lo suyo es una “persecución política”, lo de los oponentes, no. Lo suyo, lo de su marido, no tiene nada que ver con ella, lo de los maridos de sus  oponentes, pongamos a la señora Cospedal, por ejemplo, era palmario que necesitaban de la complicidad de sus esposas. Y así sucesivamente. Claro que esta desvergüenza retransmitida, con luz y taquígrafos, no me parece muy distinta de la del señor Rato, de la del señor Echenique, de la del señor Iglesias, don Pablo, el moderno, de la señora Aguirre, de la señora Cisneros, de la señora Montero, y de todos aquellos cargos que pillados en un renuncio contrario a su palabras, buscan las mil escusas para no tener el comportamiento ético que le exigen a sus contarios, la dimisión inmediata y sin excusas. Y no olvidemos que, también en este supuesto, son solidarios de desvergüenza todos aquellos que teniendo la posibilidad de tomar medidas inmediatas, se ponen de perfil, y aquellos que por afinidad ideológica los disculpan, o incluso jalean.

Y ya que de políticos hablamos, no nos olvidemos de nuestro ínclito señor Sánchez, el mayor seguidor de las verdades marxistas de la historia, de don Groucho de hecho, de don Carlos de dicho, rey de la hemeroteca cambiante, polifacético personaje que puede tener una ética diferente como persona, otra como candidato y aún otra más como presidente. Su desvergüenza a la hora de mentir y no justificar las mentiras con un discurso que puede significar cualquier cosa, es democráticamente demoledora, es institucionalmente arrasadora. Y, una vez más, no nos olvidemos de su corte de sinvergüenzas aplaudidores, de su cla de militantes cómplices de sus hechos y de sus desvergüenzas. Podríamos destacar nombres, Carmen Calvo, María Jesús Montero, el señor Ábalos, el señor Illa, especiales protagonistas en el sostenimiento de la desvergüenza nacional. Nombro a estos en concreto, porque son los que más ahínco han puesto en la mentira continua, en el capotazo a la razón y a la verdad, pero mi omisión no exime a los no nombrados.

Y guardo sitio especial para el malhadado, el desvergonzado mayor de este gobierno, el capitán de uno de los mayores disparates de esta legislatura, que, lejos de presentar su dimisión inmediata, aún ahonda la herida con sus declaraciones, mentiras y correrías. Si, hablo de nuestro ínclito ministro de exteriores, hablo del sostenedor de una política exterior suicida, agravada por la situación internacional, hablo de don José Manuel Albares Bueno. Algo bueno tenía que tener, aunque solo fuera el segundo apellido.

No sería justo olvidar, en esta relación, a algunos personajes, algunos aun en activo, otros, afortunadamente, en el retiro de la historia de la desvergüenza. Este artículo carecería de rigor si en él no se menciona al señor Solbes (autor de la mentira que nos llevó a agravar un rescate y años de penuria que aún arrastramos), al señor Tezanos, inventor de la estadística ideológica, al señor Ruiz Gallardón, ministro responsable de encarecer la justicia para que no esté al alcance de todos, al señor Pere Navarro, recaudador mayor del Reino “por nuestro bien”, al señor Zapatero, principal valedor del forofismo y la radicalidad que hoy vivimos.

Tampoco olvidemos, siguiendo la actualidad, la desvergüenza de aquellos que aprovechan la relevancia obtenida con profesiones socialmente irrelevantes, pero altamente lucrativas, para exhibir ante los que no tienen acceso a ello, sus coches de lujo, sus mansiones, sus dilapidaciones, o como se come un chuletón bañado en oro. Su propio exhibicionismo habla de su carencia de valores, de su falta de vergüenza, de su nula conciencia. Por no hablar, que hablamos, hablamos, de todos aquellos que hacen de la venta de su intimidad, de su participación en exhibiciones de mal gusto y en programas deformantes y alienantes, su forma de vida. Todos ellos deberían de estar encuadrados en alguna profesión de contrastada antigüedad y nombre claro y conciso, sobre la que se discute su legalidad.

Y acabo, aunque esta carta pudiera parecer tan inacabable como la ristra de sellos que habría que poner para franquearla, como la desvergüenza que parece presidir tantas actitudes públicas y notorias. Acabo, con una mención especial al populismo, a los populismos radicales que mienten a sabiendas y se aprovechan de la credibilidad de muchos para medrar y hacer el  mundo peor. Acabo mencionando a Trump, a Bolsonaro, a Maduro, a Ortega, a Le Pen, a López Obrador, a Orbán, a Lukashenko, a Kadírov, y a todos esos líderes de la mentira y la tergiversación que parecen asomarse, cada vez más, a los puestos de poder que les permitan hacer un mundo más inhabitable, más insoportable, más devergonzado.

sábado, 11 de junio de 2022

CARTAS SIN FRANQUEO (LXIII) -LA SENSATEZ

 

Ha resultado cierto, y no me duelen prendas reconocerlo, que tu predicción sobre la intervención en el conflicto abierto con Argelia, en el sentido de que nuestros socios europeos iban a ser decisivos, ha resultado cierta, aunque no es menos veraz que esta intervención me recuerda mucho a aquellos episodios con mi madre en los que, tras haber hecho alguna trastada, o simplemente haberte salido del guión de niño bueno y obediente, mi madre, con una sonrisa escalofriante, ríase usted de la risa del Joker, decía aquello de:” aprovecha, aprovecha, que luego ya llegaremos a casa”.

Es verdad que, tras la admonición, una madre jamás amenaza, seguías haciendo aquello mismo que había provocado la intervención materna, orgullo obliga, pero en tu íntimo ser, tras tu sonrisa de yo hago lo que me da la gana, el frío del futuro se había adueñado de tus entrañas, y desgranabas, como en una letanía, la posible lista de penas que te aguardaban en el interior, tras la puerta de la celda, aquel mismo lugar que en otras ocasiones habías llamado hogar: “pescozón, zapatilla, bofetada”. Que duro y largo se hacía el camino. Que duro se hacía disimular ante los demás la zozobra, que se incrementaba según menguaba la distancia hasta casa. Cuantas alternativas de orgullosa, e imposible, rebelión se te pasaban por la cabeza. Cuanta suficiencia aparentabas para encubrir el ineludible destino que te aguardaba, cada vez más cerca, más cerca, a la vuelta de la esquina, traspasado el portón del portal, mientras la llave entraba en la cerradura. “Pasa, pasa”, aquel tono. Aquella mueca.

El episodio de Argelia no se ha acabado. Tras el respaldo de la UE, en la sonrisa de suficiencia de nuestro ministro de interioridades socialistas exteriores, me reconozco en los episodios con mi madre, vendrán las consecuencias: más pateras, el gas más caro, el peor trato posible en los temas bilaterales, pero eso, por supuesto, ya sucederá cuando lleguemos a casa, mientras tanto, sostenella y no enmendalla, aunque se caiga el mundo.

No sé, ni lo voy saber, ni lo vamos a saber en tanto en cuanto sea posible que lo ignoremos, si este episodio chusco, de vodevil o de opereta, de nuestra, mal llamada, inteligencia exterior, está relacionado con el no menos irrisorio de la intervención exterior de teléfonos de nuestros gobernantes, pero, como bien recoge el acervo popular en su sección de dichos y sentencias: “Si non e vero…”; o en esa aún más demoledora e indenfendible: “Cuando el río suena…”; así, inconclusas, que resultan aún más dañinas.

Yo, por no abandonar el hilo de los recuerdos infantiles, ni el de la cultura popular, tengo en la cabeza aquella, me cuesta llamarle juego, me cuesta definirla como trastada, provocación gansa en la que incurríamos cuando algún empleado municipal, en el desempeño de sus funciones, entonces habituales, casi diarias, armado de llave de paso en “T”, y un par de metros de manguera, procedía al riego refrescante de las calles, o al riego imprescindible de parques y jardines; provocación espontanea, sobre todo los días de calor, que se iniciaba con una cantinela, impensable si no era en grupo: “La manga riega, que aquí no llega”, coreábamos mientras, ante la aparente indiferencia del regante, nos íbamos acercando. Muchas veces el regante no estaba para bromas, e ignoraba a los gansos como quién ignora a las moscas, pero otras veces, que tampoco el regante estaba para bromas, te soltaba un manguerazo que te dejaba para tender al sol. Hoy en día, en el que este juego es impensable porque no puede trasladarse a ordenador o consola, el niño acudiría a sus padres para que le montaran una bronca al de la manguera, en aquel entonces, mi entonces infantil, lo sensato era buscar un lugar en el que el clima eliminara las encharcadas pruebas de lo sucedido, así te ahorrabas el pescozón, o el castigo, que era inevitable que te cayera si el episodio llegaba a oídos de tus progenitores. Alguno conozco que prefirió contar que se había caído al estanque, antes que narrar la humillante verdad del manguerazo frontal.

Claro que acabo de mencionar la sensatez, esa cualidad humana por la que, en cada circunstancia, se hace lo más conveniente. No lo mejor, no lo que más apetece, no lo que solicitan los afines, no lo que parece obligado por las circunstancias, simplemente lo que puede crear menos inconvenientes. Pero, convengamos, la sensatez es una cualidad en desuso, una rara avis en la vida cotidiana, y una especie extinta en el panorama político. El populismo imperante, que exige, para mantenerse, imponer una sinrazón, que promueve la necesidad de exaltar a los afines y zaherir a los que no lo son, se complementa con el frentismo, el exabrupto, la salida de pata de banco, la ocurrencia zafia y grosera, el insulto evidente y cómplice, pero con la sensatez no.

Con la sensatez casan la prudencia, la inteligencia, la fraternidad, el afán de servicio, y tantas otras cualidades que ni están, ni se las espera. Me gustaría pensar que, al igual que las golondrinas de Becquer, la sensatez volverá de los escaños sus nidos a colgar, pero estoy más en lo de Rubén Darío, y parafrasearlo diciendo aquello de:”Sensatez, divino tesoro, te vas para no volver”. Ya veremos.