sábado, 16 de octubre de 2021

Lo primero es no hacer daño

Existe una locución latina que pasa por ser la esencia del debate en la medicina, cuyo avance, debido al auge de la investigación, sin duda, pero también sin duda a la necesidad de negocio de los laboratorios, a veces parece anticiparse a las necesidades reales del paciente.

Aunque la profesión médica es, seguramente, una de las más antiguas del mundo, sea bajo el título de médico, chamán, alquimista, bruja o mago, la verdad es que solo el conocimiento exhaustivo del cuerpo, de su comportamiento, y la sistematización del uso de las sustancias curativas que ofrecía la naturaleza para la sanación de los diferentes males y heridas, nos ha puesto en un camino de intervención que preserva nuestra salud, e incluso se preocupa de su posible pérdida.

“Primum non nocere”, lo primero es no hacer daño. Tal es la máxima que una gran cantidad de médicos sostiene e introduce en un debate que intenta delimitar hasta qué punto está justificada la intervención de la medicina en la salud individual y colectiva. Tal vez este debate debería de plantearse a nivel de grandes instituciones nacionales y supranacionales, como la OMS o las agencias del medicamento, pero su prestigio es, a día de hoy, bastante limitado, y sus recomendaciones están siempre bajo la sospecha de favorecer a las industrias farmacéuticas. Su descarado perfil político y sus mismas fuentes de patrocinio las pone en una situación de veracidad comprometida.

Tres son, eran, las corrientes médicas que entraban en esta disputa, tres posiciones ante la alocución latina que marca la frontera de lo permisible, tres formas de interpretar hasta donde puede y debe de llegar la medicina en su relación con el paciente, y con sus tiempos. Tres, a las que conviene sumar una cuarta que, si bien era una apuesta de futuro la pandemia la ha puesto de rabiosa actualidad, e incluso de una quinta.

Todo arranca desde la convicción de que cualquier principio químico que se introduce en nuestro cuerpo de forma pautada y para reparar un daño, afecta a este de formas indeseadas, los famosos efectos secundarios, que no siempre son perceptibles, pero que casi siempre existen. Se aplica en este caso el concepto del mal menor, existe un daño, pero el beneficio resultante es mayor y mejora el estado general del paciente. Pero eso nos lleva al meollo de la cuestión, al punto en el que tenemos que establecer donde poner el límite en la busca de la salud, en algunos casos aún no perdida, ni siquiera comprometida.

La medicina tradicional solo intervenía cuando existían síntomas y un diagnóstico de certeza de una dolencia. Independientemente de su eficacia, o de la correcta aplicación del conocimiento por parte del médico, no se planteaba otra interacción con el paciente que el alivio, o cura, de la dolencia presente.

El avance de la ciencia médica, la profundización de sus conocimientos, nos llevó a una medicina que intentaba prevenir males que se presentaban, por historial familiar, por características genéticas, por hábitos vitales, como plausibles. La medicina preventiva intentaba preparar al futuro paciente sobre una base estadística que lo señalaba como probable doliente. El mal menor iba un poco más lejos que en la medicina tradicional, porque no había diagnóstico, ni síntoma, ni certeza, solo probabilidad.

Pero tampoco esto parecía contentar a la ciencia médica, que, espoleada por las potencias económicas, representadas por los laboratorios, y por los políticos, cuyos presupuestos sanitarios eran cada vez mayores, decidió erradicar la enfermedad, incluso cuando no hubiera certeza, ni siquiera probabilidad, simplemente posibilidad. Era la medicina anticipatoria, una medicina que no necesitaba la presencia de la enfermedad para intervenir, a la que le bastaba con el mero hecho de que la enfermedad existiera, intervencionista, muchas veces ineficaz y en ocasiones lesiva. El daño de los efectos secundarios, siempre difusos, siempre difíciles de concretar, siempre estadísticamente irrelevantes cuando se manifestaban, era fácilmente contrastable contra la erradicación evidente de enfermedades que habían causado millones de muertos en el pasado. Sin duda, las vacunas son el santo y seña de esta medicina, pero no lo son menos las pruebas de detección masivas, u otras intervenciones indiscriminadas, cuyos resultados, estadísticamente examinados con rigor, se muestran irrelevantes.

¿Existe algo más maravilloso que saber que hay una cantidad de enfermedades que en el pasado mataron a millones de personas que no nos van a afectar en nuestra vida, o cuya incidencia se va a ver minimizada? Sin duda el mal menor de sus posibles efectos indeseados es un pequeño precio a pagar por la constatación de que hay riesgos de salud que no correremos. Esos medicamentos de mundo feliz son probados, testados, analizados, perfeccionados, durante años antes de que le sean ofrecidos a una sociedad ávida de salud, ávida de vida. Y hacerse una prueba sin motivo, aunque se revele ineficaz en las estadísticas de evolución de la salud colectiva, tampoco hace otro daño que la pérdida de tiempo y la pequeña angustia a la espera del resultado.

Pero llegó la pandemia, el gran terror, en muchos casos inducido, interesado, magnificado por medios de comunicación ávidos de cifras y grandes titulares, magnificado por políticos necesitados de méritos que rentabilizar en futuras elecciones, por grandes empresas farmacéuticas ávidas de ventas y dividendos, y esa medicina anticipativa que tanto se ponía en cuestión en ciertos círculos médicos, que parecía conculcar el “primum non nocere” que presidía el debate, se vio superada, se vio ninguneada por una situación social que el tiempo dirá cuanto tenía de real, y cuanto de impostada.

La medicina especulativa, una medicina que anticipa la solución al conocimiento de la enfermedad, que utiliza como sujetos de experimentación a la misma población que dice proteger, que utiliza la presión social, informativa, política, psicológica, para imponer sus criterios expandiendo mensajes de terror, mensajes contradictorios emanados de su desconocimiento, mensajes que rozan el totalitarismo y la conculcación de la libertad individual con el argumento de un bien sanitario colectivo, parece haber llegado para quedarse. La técnica divulgativa ha sido un éxito, las consecuencias solo el tiempo las revelará. El paraíso médico, la amenaza de muerte para los propios y los cercanos, la propaganda feroz y terrorífica, parecen los nuevos motores sociales que determinan el devenir de la sociedad.

Una sociedad enferma de afán de salud, una sociedad manipulable en sus miedos saludables, una sociedad débil e incapaz de afrontar la muerte como parte de la vida, una sociedad más interesada en la longevidad que en la libertad, una sociedad sometida, será el resultado de lo acontecido. Será el resultado de una medicina especulativa que no necesitará  de ninguna enfermedad, bastará con su nombre, con una breve aparición en algún recóndito lugar, para provocar el ansia de un remedio, el afán de una cura, el derribo de los límites que el “primum non nocere” parecía preservar.

Tal vez, parafraseando a un querido y desaparecido amigo, haya que sustituir la vieja máxima por otra nueva: “mens sana in corpore insepulto”. Aunque, especulativamente hablando, ¿quién necesita “corpore”, origen de casi todos los sufrimientos? Y entraremos en la medicina sustitutiva. Una medicina capaz de sustituir la partes deterioradas, aunque para que esperar a que duela si puede anticiparse al dolor, capaz de corregir los defectos genéticos desde la misma concepción, aunque llegará el momento en que no haya que esperar tanto. El futuro, en parte ya el presente, parece ser de los cyborg, y la medicina sustitutiva se apresta a facilitarlo.

Claro que todo esto me deja en el aire una pregunta, una cuestión que parece ignorar una sociedad enamorada de sus logros, pero laxa en la forma en que se aplican ¿Será esta medicina sustitutiva una medicina social, o acabará siendo solo para privilegiados? ¿Será una medicina al alcance de los que la necesiten o solo para los que puedan pagarla? ¡Ah! que pensaban que estábamos hablando solo de medicina. No solo, no solo.

 

P.D.: Alguien pensará que me he olvidado de la medicina alternativa, pero es que, para mí, tiene dos defectos importantes: no me parece medicina y no la considero alternativa. Opinión que parecen compartir todos aquellos a los que la salud les falla gravemente. 

martes, 12 de octubre de 2021

Usar el tiempo ajeno

 Aunque este ansiado retorno a nuestras costumbres habituales, y lo digo así, cansado de lo de la vuelta a la normalidad, se muestra casi imparable, me temo que ciertas costumbres, algunas realmente espantosas, tienen pinta de quedarse entre nosotros. La más dañina, la más innoble, la cita previa.

La cita previa, tal como la entienden los bancos, los estamentos oficiales, la mayoría, e incluso algunos profesionales, es aquella artimaña por la que alguien que tiene la obligación de atenderme, dispone de mi tiempo como si fuera suyo y además considera que tengo que estar reconocido.

Me ha pasado ayer en un notario, aunque los notarios siempre han usado la cita previa como parte de su parafernalia laboral, y además estoy convencido que luego incluyen en la minuta mi tiempo, aunque la cobren ellos.

Como iba diciendo, el notario me citó a las nueve y media de la mañana, y, por eso de ser impuntualmente puntual, llegué a las nueve y veinticinco. Me identifiqué ante la recepcionista que, en un acto de sinceridad que no siempre existe, me dijo que la oficial encargada de rematar nuestro escrito había salido a tomar café.

¿En serio?  ¿Me dan cita dos semanas antes a una hora en la que la persona que a esa hora debe de recibirme toma café? ¿O es que esa persona, de nombre Olga, en un absoluto ejercicio de mala educación decide irse a tomar café a pesar de que sabe que a esa hora hay una persona citada? ¿O simplemente es que mi tiempo administrado por esa notaría, crece absolutamente de valor? Para ellos, claro. Mi dignidad me dice que, ante tamaña tropelía, mi respuesta debería de ser levantarme e irme, pero, en esta notaría, como en el banco, como en la cola del paro, o en cualquier otra cola de una institución pública o privada, saben que tu dignidad tiene el mismo valor, para ellos, que tu tiempo, y que, si te levantas y te vas, a ellos poco les puede afectar, pero tú tienes que volver a empezar para acabar pasando, de nuevo, por ese mismo proceso, más por todos los trámites anteriores. Eres reo de tu necesidad, y de su papel imprescindible. Así que te tragas tu dignidad, tu orgullo y tu cabreo, menú de difícil digestión, y acabas poniendo cara de aquí no pasa nada, no vayas a regalarle, además de tu tiempo, el espectáculo de tu inútil cabreo. Y, estoy convencido, ellos lo saben y les importa un ardite.

Bueno, por seguir en la historia de este notario de Almería, que podría haber sido de Teruel, Madrid o San Sebastián, o de cualquier punto, porque la libre, y liberal, disposición de nuestro tiempo no es patrimonio de ningún lugar concreto, como no lo es de una actividad profesional concreta, una vez que la oficial en cuestión nos recibió, asistimos a otros veinte minutos de repaso del escrito, corrigiendo, borrando o incorporando datos que ya figuraban en la documentación que habíamos aportado dos semanas antes. Al fin, una hora después de la que inicialmente se nos había citado para firmar unos papeles, dos folios, tres caras y media, fuimos pasados a una sala mayor, a la que también fue convocado el señor notario, para proceder a la firma. Y aquí sí que estuve a punto de explotar.

Al cabo de unos minutos, posiblemente diez, el notario se persona en el quicio de la puerta en la que estábamos, introduce un pie y, antes de llegar a introducir el otro, se gira requerido por alguien el pasillo, que le comenta algo “sottovoce”. Inopinadamente, sin saludar, sin un gesto de reconocimiento o disculpa, se gira y vuelve a introducirse en el despacho con alguien que acompañaba al murmurador del pasillo. Y pudo ser otro cuarto de hora, tranquilamente, el tiempo ajeno del que dispuso sin ningún tipo de consideración, sin el más  mínimo atisbo de educación.

Cualquiera puede entender que haya alguien que, por amistad, por urgencia, por contactos, por la vía española, que yo le llamo, te pisa el turno. Pero ¿la educación no entra entre las materias que un notario debe de aplicar en su trato con los clientes? ¿No sería más razonable, educado, saludar a las personas que están en la sala, y con cualquier excusa volver al despacho?

El caso es que algo más de hora y media después de la cita, y en un acto de cinco minutos, conseguimos estampar nuestra firma en un documento imprescindible, e imprescindiblemente pasado por notaría, para nuestros fines. No fue caro, en dinero, en tiempo y en humor impagable

Pero, por no quedarnos en las notarías, no olvidemos esos bancos, esas ventanillas de citas de organismos públicos, esos embudos públicos y privados en los que vemos como desaparece nuestro tiempo absorbido por una organización que ya nos considera reos de su falta de interés en la atención a nuestros problemas, que, queramos o no, tiene que pasar por sus manos.

¿Nuca ha entrado a una oficina de banco, diez o doce clientes en la cola, siete ventanillas de atención al público de las que solo una está operativa, con una persona que tarda más de veinte minutos en resolver su gestión?

¿Nunca ha ido a un organismo público para solicitar una cita, coge número y hay setenta por delante, y observa, con indignada resignación, como de todos los puestos de atención, menos de la mitad están operativos, y cuando llegan unos funcionarios se ponen a conversar con los que están, y a continuación los que estaban se van y se quedan, pero aún sin coger ritmo, los que han venido, que alguno aún se levanta y se pierde por los pasillos o mamparas que delimitan los oscuros e inaccesibles pasajes de la dependencia, sin que importe cuántos quedan atendiendo, cuántos esperan, ni durante cuánto tiempo?

Si alguien retribuyera los sistemáticos tiempos que pasamos esperando turnos, por imperativo legal, por pelotas, la mayoría de los ciudadanos de este país no tendríamos que trabajar, cobraríamos mucho más que el salario mínimo, y podríamos, sin la mala baba, sin la desesperación, sin el cabreo monumental que habitualmente nos acompaña, dedicarnos a hacer colas interminables para mayor provecho y placer de aquellos que viven de que las haya, y el tiempo nos sería devuelto, le sería devuelto a sus legítimos propietarios.

sábado, 9 de octubre de 2021

Cartas sin franqueo (XLIV)- El orgullo y la soberbia

 

Sigo pensando, tal como te dije el otro día, que esta costumbre nuestra, no sé si ajena porque no he vivido en otros países, de utilizar el lenguaje sin rigor ni interés, a veces el interés se pone en deformarlo, nos lleva a vivir un equívoco permanente. Por mucho que nos empeñemos, por mucho que muchos hayan decidido que, como Humpty Dumpty, el verdadero lenguaje lo crea el poder, por lo que para tener poder lo primero que hay que hacer es subvertir el lenguaje hasta que sea propio, el lenguaje de los que no tenemos poder, ni lo buscamos, no admite según qué equívocos. O, por decirlo de una forma rotunda y popular, con el lenguaje que es de todos, “lo que es, es”, y lo otro son guerras en las que los interesados buscan otras metas.

Denostabas, si no recuerdo mal, el orgullo como una actitud negativa que marcaba una personalidad perversa, y, como ya te dije, no estoy en absoluto de acuerdo. El orgullo que nace de la apreciación íntima de algo que nos satisface, nunca puede ser negativo.

Yo, que me enorgullezco de algunos logros en mi vida, de mi familia, de mis amigos, de algunas cosas que me rodean, y me enorgullezco tanto como comprendo cuántas cosas tengo por mejorar, pero con detalle, no en genérico, no veo ningún inconveniente, cuando me miro en el espejo de pesar almas, en reconocerme mis aciertos, en congratularme de ellos y aliviar con ese reconocimiento el profundo pesar por los errores, por las metas no conseguidas, por los daños inferidos, por las actitudes equivocadas.

Es frecuente comprobar que aquellos que denostan el orgullo ajeno lo hacen desde una falsa modestia que hiere la sensibilidad del espectador, desde una soberbia encubierta que retrata una personalidad tortuosa, una incapacidad de lograr un equilibrio veraz en el espejo. Y lo hacen, como creo que lo haces tú, aunque no adolezcas de un perfil de falsa modestia, confundiendo dos términos que, para mí, nunca pueden ser sinónimos: el orgullo y la soberbia.

El orgullo pasa por ser un reconocimiento íntimo de lo logrado, un reconocimiento que permite un asentamiento de la autoestima y que facilita la construcción de una personalidad con carácter. Nadie puede, al estilo de Dobby, el personaje de Harry Potter, formar un carácter franco, fuerte, desde el servilismo, desde la sumisión, aunque sea fingida o impostada.

El orgullo, como iba diciendo, es un reconocimiento íntimo, y se pervierte cuando se hace público, cuando se intenta proyectar sobre los demás, buscando un reconocimiento que, viniendo de fuera, pierde todo su carácter positivo y se transforma en soberbia, en esa soberbia insufrible, vana, vanidosa, que acompañada de falsa modestia nos pone ante las personalidades más potencialmente lesivas del catalogo humano.

¿Qué si estoy pensando en alguien? Seguro, y tú también. Supongo que todos nos hemos encontrado, casi seguro, con ese personaje que intenta, mediante gestos y palabras, explicar lo poco importante que es lo importantísimo que está compartiendo con nosotros, por nuestro propio bien, por supuesto. Todos conocemos, casi seguro, a ese personaje que se infla a ojos vistas antes de darnos un consejo que nadie le ha pedido, pero que él considera imprescindible para nuestras vidas. Todos habremos asistido, casi seguro, a ese episodio de vanidad mal reprimida que busca en el entorno la admiración por lo expuesto, y que no logra otra satisfacción que la apreciación ajena. Casi seguro, y no digo seguro porque posiblemente los sujetos en cuestión no serán capaces de reconocerlo en sí mismos, ni de reconocerlo acertadamente en los demás.

No, definitivamente, el orgullo y la soberbia no son sinónimos, ni siquiera pertenecen al mismo ámbito. El orgullo es algo que todos sentimos, que sienten incluso los serviles, incluso los sumisos, íntimamente en algún momento de nuestra vida, pero que solo los soberbios necesitan proyectar sobre los demás para recibir su aprobación, su aplauso, su admiración. Algo así como los que viven las redes sociales obsesionados por los símbolos de aprobación que su intervención provoque.

Y es que, al fin y a la postre, el único aplauso que podemos constatar como sincero, e incluso aun así nos podemos engañar, es el de nuestro propio reconocimiento, siempre que no caigamos en el silogismo de “El Clásico”, ese personaje orensano del que ya te he hablado algunas veces: “Yo leo a los clásicos y me placen, y luego leo lo que yo escribo y me place en igual forma. Eso es que escribo como los clásicos”.

Este imperdible, y real, personaje, adolecía de orgullo íntimo por su obra literaria, pero al compartir su orgullo con los demás, caía en la soberbia. En una entrañable, inocente, ridícula, soberbia que ni siquiera pretendía disimular con una falsa modestia.

Creo que es lícito sentirse orgulloso, lícito y necesario, y que en la soberbia falla, sobra, la comunicación. Y ni siquiera espero que estés de acuerdo.

sábado, 28 de agosto de 2021

Ávila y el Principio de Peter

Hay ocasiones en las que, inopinadamente, uno se encuentra con una clave universal, que sin embargo ha llegado a sus manos sin pretensiones, sin recomendaciones, sin grandes recomendaciones de crítica o público. Eso me pasó a mí, teniendo veintitantos, con el principio de Peter, que, una vez conocido, he podido comprobar que su enunciado se corresponde indefectiblemente con la realidad.

Dice el tal principio, formulado por Laurence J. Peter: “En una jerarquía, todo empleado tiende a ascender hasta alcanzar su nivel de incompetencia”. Es verdad que, como casi todo en este mundo, este principio parece tener un antecedente español: “Todos los empleados públicos deberían descender a su grado inmediato inferior, porque han sido ascendidos hasta volverse incompetentes”, que parece ser que dijo Ortega y Gasset allá por 1910, casi sesenta años antes.

Y si la incompetencia es universal, la competencia, el ámbito competencial, parece que eleva a grados insospechados esa incompetencia que alcanzan aquellos que ascienden por el tiempo transcurrido en una escala, u organización, y por méritos desconocidos, lo que es bastante habitual.

Quiero compartir con mis lectores, suponiendo que los tenga y al hilo del tema, una historia terrible de competencias e incompetencia. Una historia que intentaré trasladar tal como me fue contada por uno de los protagonistas y cuyas catastróficas consecuencias son del dominio público. La historia se refiere al reciente y catastrófico incendio sucedido en Ávila, y quién me lo contó es uno de los bomberos que intervino en la dantesca batalla contra el fuego. Así que, en seguimiento de Bertrand du Guesclin, ni quito, ni pongo veracidad, me limito a repetir.

De todas formas, sea la historia cierta, y por tal la tengo, o inexacta, tal como está contada supone una parábola sobre la competencia, la incompetencia  y la incompetencia de los competentes, y con ese ánimo la cuento, para enseñanza de aquellos que ocultan sus carencias personales en títulos, ámbitos, prebendas, nacionalismos, cargos u otras formas de justificar lo injustificable.

El origen del fuego de Ávila fue el incendio de un vehículo que circulaba por la N-502. Al parecer, y según me cuentan, dada la alarma, los primeros en llegar fueron unos bomberos rurales helitransportados de la Junta de Castilla La Mancha, que al comprobar que el fuego era de un vehículo consideraron que el siniestro no era de su competencia, si no de la competencia de los bomberos de la diputación, y abandonaron el lugar sin tomar ningún tipo de precaución.

Según me comentaba la persona que me lo contó, insisto, bombero que intervino en la extinción del incendio, los primeros bomberos que llegaron, aunque no fueran competentes para apagar el fuego, que, convendrán conmigo en que el fuego no le iba a pedir acreditación para apagarse, fueron altamente incompetentes al no esperar la llegada de los bomberos competentes, vigilando la evolución del siniestro, y refrescando las zonas adyacentes, cunetas, y campo, que si eran de su competencia, lo que hubiera evitado la propagación del fuego y que esta alcanzara los devastadores efectos y la dantesca proporción que alcanzó. Cuando por fin llegaron los bomberos de la diputación, y volvieron los bomberos rurales, porque el fuego se había extendido, ya estaba fuera de control y nada pudieron hacer por apagarlo hasta veintiuna mil hectáreas más tarde.

Insisto, lo cuento como me lo contaron, y como me lo contaron me parece interesante compartirlo porque, desgraciadamente, refleja una forma de actuar que se repite incesantemente en lo público, en lo privado, en lo político y en lo social, en la empresa y en las instituciones, y más allá de verdades, incompetencias y responsabilidades –estamos en España, responsable el último- lo que me gustaría denunciar es el exceso de Pilatos, de “lavamanistas”, que, desde posiciones de responsabilidad, utilizan su puesto de privilegio para escaquearse de labores que estén en límites de competencia, o, lo que es peor, que esconden su incompetencia para tomar decisiones y responsabilidades en competencias administrativas sin reparar en los daños que su dejación  pueda llegar a provocar.

Sin duda la dedocracia al uso y el ascenso por constancia, son dos grandes lacras en una sociedad con una capacidad de mediocrizarse que se adivina inabarcable. Pero, incluso en ese panorama, un hecho como el que se narra debería de tener consecuencias y responsables, o irresponsables, escríbase como mejor acomode, que asumieran las consecuencias del desatino.

domingo, 22 de agosto de 2021

Tercera de las cartas a Don Quijote

 Mi señor Don Alonso: largos años han transcurrido desde que os dirigí mis últimas letras dándoos cuenta de la invasión que estábamos sufriendo. La situación no ha mejorado, antes bien, se ha hecho insostenible.

Sin caballeros que, como vos, sean capaces de ver la maldad que ocultan tras su apariencia benéfica, que sean capaces de captar la falacia que sus hordas defensoras ocultan con palabras de bondad y de progreso, los ejércitos de gigantes se van apoderando de nuestros campos, de nuestros momentos, de nuestra vista que ya no es capaz de imaginar un paisaje sin que sus aviesos brazos, sus monstruosos ojos, que se iluminan con maldad en las noches, asomen a ellos.

Parecía que rendida Castilla a que sus anchuras fueran limitadas por la visión de tales huestes, que sometidas las montañas y valles de tantas tierras de belleza incomparable a la humillación de verse erizadas por sus siluetas, nada quedaba que pudieran mancillar tales engendros, pero estábamos equivocados. Estábamos lamentablemente equivocados.

Sí, mi señor Don Alonso, es tal el horror que lo descubierto me produce, tales los espantos que mi imaginación hilvana a partir de lo visto que, sumido en la desesperanza, os envío estas letras que no tiene otro alcance que mi lamento, ni otra esperanza que invocar a vuestro espíritu justiciero, sabiendo de antemano, que ni vos, ni vuestro fiel Sancho, estáis a estas alturas en disposición de hacer carga alguna contra estos malandrines.

Pero me extiendo, divago, me voy por los cerros de Úbeda, seguramente, a estas alturas, ya tomados por los ogros gigantes, sin explicaros la causa de mis cuitas.

Hallándome ayer en las costas de Galicia, en un bonito pueblo habitado desde los remotos tiempos de los bárbaros, que se encuentra junto a la desembocadura del caudaloso río Miño, y al extender mi vista hacia el brumoso horizonte que cierran aguas y cielo, esta se encontró atrapada, horrorizada, limitada, por la silueta inconfundible de tres polifemos de ojo rojo, brillante, que agitaban sus tres brazos al aire, amenazando la inmensidad casi infinita del océano.

¿Os imagináis, por ventura, a los barcos, que ahora no tenía mayor inconveniente que las tormentas, ni mayor obstáculo que el temido Mar de los Sargazos, inmovilizados, al pairo, porque estas criaturas del Averno le roben el aire imprescindible para sus velas, como ahora roban el espacio de las aves y los insectos?

No mi señor Don Quijote, tal vez no sea los gigantes el mayor mal que tenemos, tal vez, como bien apuntaría Sancho, no son más que molinos que afean y ofenden a la vista, que convierten tierras de labor en tierras de explotación, en eriales sin vida.

Los gigantes, sean ogros o molinos, mi señor, que a estas alturas hasta esa discusión me parece vana, no son más que las pruebas evidentes de la proliferación de los truhanes y malandrines que sentados en estancias suntuosas, manejan los hilos que les permiten decidir que familias pueden sustraerse de los rigores del clima, cocinar o moverse, en virtud de sus dineros, y fomentan la pobreza y las desigualdades amparados por gobernantes tan miserables como ellos.

No voy a entrar a explicaros las complejidades de este mundo nuestro, que os resultaría tan extraño y lleno de fantasmas y ladrones que  no daríais hecho a galopar en Rocinante, en la persecución de entuertos que “desfacer”, ni de injusticias que remediar, ya que tal grado hemos alcanzado, que el mismo mundo parece un entuerto, que la justicia defiende la injusticia, y que sean Brocabruno, Aldán o Ferracutus quienes lo gobiernan.

Tampoco os enumeraré los ingenios de los que se valen para someter a los hombres libres y derrotar a los caballeros que ingenuamente pretendan hacerles frente, aunque ninguno de estos males se daría si no fueran los mismos hombres los que en su debilidad, en su incapacidad para desenmascararlos, les entregan su vida a cambio de unas promesas que casi nunca se ven cumplidas.

En fin, mi señor Don Alonso, que se os echa en falta, a vos y a unos cuantos caballeros que dotados de una visión menos educada, fueran capaces de identificar a los truhanes y malandrines y tras desigual batalla ponerlos a buen recaudo, a ellos, a los gigantes y a otros seres malignos y mágicos que colaboran con ellos.

Pondré, como veces anteriores, esta carta al albur de que el viento y el azar la hagan llegar a vuestras manos, y con la esperanza de que caiga en la manos que caiga, estas sean las de un caballero dispuesto a entrar en liza en defensa de una doncella que engloba a todas las doncellas, que en el mundo hayan habitado, la libertad.

Quedad con Dios y que Él nos proteja de todos nuestros males. En A Guarda a día veintidós del mes de agosto del año del de Señor de dos mil y veintiuno.

viernes, 13 de agosto de 2021

Cartas sin franqueo (XLI)- El cartelito

Me comentabas sobre el tema del cartel que han prohibido, no sé si prohibido o retirado, en Toledo. Un cartel de la cantante Zahara que parecía querer figurar la imagen de una virgen católica. Ya no es la primera vez, y supongo que no será la última, en la que se utiliza este tipo de estética para hacer creaciones que encuentran una respuesta airada por parte de las posiciones más tradicionalistas del catolicismo.

Y yo, a fuer de ser sincero, no tengo claro, en este tema, donde está la razón. Ni lo tengo claro, ni creo que nunca lo llegue a tener, por propia experiencia vital. Dejé el catolicismo, como ya te comenté alguna vez, cuando tenía catorce años por un tema de acoso por parte de un profesor, sacerdote y tutor de mi curso, pero precisamente por eso intento que mis sentimientos personales no dicten mis actos y eso me condiciona a la hora de evaluar estas situaciones. Sí tengo claro que cuando alguien se mete con algo que para mí es querido me molesta, pero hasta ahí llego. El tema es muy complejo, y afecta demasiado a demasiada gente. Y yo, repito, me considero incapaz de otra cosa que no sea una llamada de atención sobre mi propia contradicción, no por su valor como vivencia personal, si no como llamada al respeto mutuo, que parece ser la última preocupación de las partes en litigio.

Se supone que el ejercicio de la libertad, esa que emana de los derechos ajenos y no de los auto-otorgados, comporta anteponer la libertad ajena a la propia a la hora de encontrar los límites de la convivencia, no de la reclamación en su nombre de la posibilidad de ofender a otros.  Si alguna cosa sí tengo clara es que cada vez que alguien reclama para sí un derecho, lo hace en detrimento de otro ajeno, y esa práctica es contraria al sentido ético de libertad. Eso y que mientras se invoquen libertades propias contrapuestas no podrá existir la libertad,

Yo no sé, no tengo argumentos ni convicciones que me posicionen, si la libertad religiosa debe de estar antes o después de la libertad de expresión, eso lo debería de decidir alguien con una ética impecable, y yo no conozco a nadie así. Por lo mismo considero que se tome la postura que se tome en este tema nadie tiene la razón, y si la razón parte de la utilización de la imaginería ajena con ánimo revanchista, no parece que tenga un buen discurso. Los que estáis cargados de razones, y de razón, en un sentido u otro, sabréis lo que os dicta en lo más íntimo vuestra conciencia, yo sé lo que me dice la mía, y la mía me dice que yo nunca utilizaría el ataque a convicciones ajenas para reforzar las propias. Tiquismiquis que es uno.

Pero no nos quedemos en esta mera mención. Partamos de que la ofensa es algo tan subjetivo como quiera el ofendido. Sigamos porque hay un claro sentimiento anti-católico en un parte de la sociedad, enmascarado en un planteamiento laico, que acaba adivinándose laicista. No olvidemos que una imagen es una representación idealizada, concebida por un autor, sobre un personaje o un tema, y que no es, en ningún momento, el personaje mismo, ni necesariamente lo simboliza o representa más allá de lo que ciertos sentimientos populares le confieran. Convengamos en que esos sentimientos populares son tan respetables, en el sentido estricto del término, como cualquier otro sentimiento de cualquier índole que pueda producirse. Acordemos que quién crea este tipo de carteles, representaciones, actos, sabe desde el primer momento cual va a ser la reacción de ciertos estamentos, y por tanto la busca. Por el mismo motivo podemos acordar que esos mismos estamentos saben que se les está provocando y entran al conflicto, luego son parte activa del entramado. Resumiendo, en toda esta historia no hay ni un solo inocente, ni uno, en ninguno de los dos bandos. Unos porque buscan imponer su criterio sobre personas cuyas creencias y convicciones no son negociables, y los otros porque en su intransigencia intentan apropiarse de unos símbolos que al cabo del tiempo son más culturales que religiosos. Los unos soberbios e intolerantes, los otros cerriles e intransigentes.

Hace mucho tiempo que comprendí, en mi propia experiencia, que no puedo identificar a una institución con sus miembros, que no puedo juzgar a un colectivo por el peor de sus integrantes, que, a nada que se libere uno de pulsiones, hay buenos y malos en todos los grupos sociales, tengan el fin que tengan, y que una historia larga permite una mayor enumeración de errores, pero eso no significa una mayor maldad intrínseca. Hasta los malos tienen sus ratos buenos, hasta los buenos tienen sus ratos malos.

Por eso, porque me negué a identificar a toda la iglesia católica con un acosador, porque me negué a considerar que la actuación de unos cuantos, por mucho daño que hubieran hecho, invalidaba la trayectoria de una institución secular que había amparado y promovido el arte, que había generado las virtudes, y los defectos, sociales en las que se basa nuestra civilización, porque me negué a asumir que el comportamiento y mensaje de los poderosos de la iglesia fueran su mensaje, y sí lo era el de los miles de hombres y mujeres de a pie que, con mayor o menor fortuna, con más o menos acierto, ayudaban, daban amparo y confortaban a todo el que estuviera en necesidad, más numerosos, pero más desconocidos, ha sido por lo que nunca me he consentido ser anticatólico, y, por ende, anti nada.

Sigue habiendo quién considera que los mensajes de prelados y príncipes eclesiales, son el verdadero fondo de la iglesia, la creencia rígida de varios millones de personas que practican esa fe. Lo dudo. Simplemente son personajes que intentan marcar un rumbo temporal de una institución secular en cuya historia difícilmente acabarán figurando. Pero tampoco se crean los laicistas que en su pretendida erradicación social de la tradición, mucha, inevitablemente,  de origen religioso van a tener más éxito. Al menos por la vía de la imposición y la provocación.  Y mientras tanto solo queda soportar, con cierto estoicismo, los enfrentamientos, los sistemáticos enfrentamientos, buscados con ahínco por ambos lados.


sábado, 24 de julio de 2021

Cartas sin franqueo (XL)- Los infiernos

El infierno sólo existirá en tanto en cuanto haya gente que desee su existencia, y gente que viva para provocar el infierno ajeno. Solo la tolerancia tiene la capacidad de sofocar las llamas de cualquier infierno.

En nuestro error, en nuestra obsesión por juzgar, en nuestra intolerancia, llenamos el infierno de personas que han cometido nuestros pecados, no los suyos, porque los juzgamos desde nuestros valores, no desde los suyos, y esto sucede porque tendemos a considerarnos mejores, depositarios de virtudes y valores imponibles a los demás, y porque juzgar y condenar es más fácil e inmediato que tolerar y educar. Si estamos tan convencidos de nuestros valores, como para juzgar a los demás por nuestro rasero, lo lógico sería que nos esforzáramos en transmitirlos y convencer a los demás de su bonanza, pero nos pueden la prisa, la intolerancia, la soberbia, e intentamos imponernos, imponerlos, mediante la obligación y la represión, y en ese mismo acto los condenamos, y nos condenamos, porque el infierno siempre será de ida y vuelta, de rencor por rencor, de condena por condena.

El afán de revancha, la intransigencia con lo ajeno, son las razones que siguen alimentando las llamas de todos los infiernos del mundo, de los religiosos, de los económicos, de los éticos, de los políticos, sobre todo, en la actualidad, de los políticos. Aquí por la dictadura franquista, en Cuba por la dictadura castrista, en Rusia por las barbaridades soviéticas, en Alemania por las barbaridades nazis... y vuelta a empezar, y vuelta a mantener el infierno vivo para que ardan otros, que antes o después lo mantendrán vivo para que ardan de nuevo los primeros, y el infierno seguirá ardiendo y garantizándose su futuro porque siempre habrá alguien que considere justo y necesario que siga existiendo. Pero del infierno podremos decir cualquier cosa, menos que sea justo.

Ningún sistema represivo, a lo largo de la historia, ha logrado imponer sus criterios más allá de su tiempo de preponderancia, al final del cual pasa de represivo a reprimido y completa un recorrido de péndulo que volverá a repetirse.

 Lo curioso de este sistema viciado, vicioso, victimante, es que las víctimas pretenden pasar a ser verdugos antes de ofrecer el cese del movimiento pendular, sin darse cuenta de que ese es un funcionamiento perverso e imposible. El vencedor siempre puede mostrarse generoso, inútilmente generoso, porque solo las víctimas tienen una generosidad creíble y la capacidad de frenar el movimiento oscilante.

Recuerdo aquel conocido chiste que empezaba preguntándose ¿por qué los políticos invierten más en cáceles que en escuelas? Porque las cárceles acabarán visitándolas y las escuelas nunca más. Es sangrantemente revelador. Es toda una declaración humorística de una verdad universal. La represión siempre es más productiva a corto plazo, y más previsible, que la educación.

Me pregunto, cuando leo que hay que ser intolerante con los intolerantes, frase muy mona, muy redonda, y muy aplaudida en redes y ciertos foros, ¿Se dan cuenta los que la pronuncian que se declaran derrotados? ¿Se dan cuenta de que están comprando el mensaje de los que dicen combatir? Con los intolerantes hay que ser intransigentes, implacables, impermeables, inagotables, inasequibles, pero jamás intolerantes. La tolerancia es una virtud, una actitud, que pertenece al pensamiento y el pensamiento es libre, incluso el mal pensamiento, principalmente el mal pensamiento, que nos permite tomar conciencia de nuestra imperfección y sobreponernos a ella. Otra cosa es que pasemos a los hechos, que intentemos hacer realidad los pensamientos, los malos pensamientos, porque ahí sí que hay que ser todas las cosas que he dicho, e incluso alguna más.

El infierno, en definitiva, y así lo reflejo en algunos poemas de juventud, es la tierra, es la vida que vivimos, y lo es por elección nuestra. Y cuando el combustible tradicional de ese infierno empieza a fallar, porque hasta las ideas más perversas acaban fallando y agotándose, se inventa una nueva, en nuestros tiempos el combustible son las ideologías, y con ellas se alimenta el fuego de los infiernos, de los del odio, del frentismo, de la sinrazón. La ideologías, como antes las religiones, como antes el estatus, como antes las fronteras, son los señuelos que ponen a nuestra disposición el rigor descalificatorio, discriminatorio, deshumanizante, para crear los infiernos, casi siempre en plural, casi siempre en binario, Ya el problema es elegir cuál de los dos infiernos, de los muchos infiernos, estás dispuesto a homologar. Yo ninguno. Tal vez por eso prefiero las realidades, aunque sean en forma de cuento, a los cuentos, aunque sean en forma de realidad. Yo no creo, en general en la inocencia, y si hay ideologías de por medio no es que no crea en ella, es que la descarto.

Estas redes de nuestras miserias están plagadas de aprendices de Torquemada -en realidad de aprendices de George Jeffreys, Lord de Justicia de la corona Británica, que provocó más muertos durante el limitado ejercicio de sus funciones que la Inquisición española en toda su historia, aunque la propaganda diga otras cosas- individuos que se dedican a predicar, desde su justa ira, justa solo para ellos, esa sinrazón propia de los fanáticos, los infiernos para todos aquellos ajenos a su verdad. Y al tiempo que abren las puertas de esos infiernos, van entornando las de los propios que, antes o después, su intolerancia abrirá de par en par, para que otros los arrojen a ellos. Porque, al final, la intolerancia es el acceso seguro al infierno ajeno,  un infierno que, más tarde o más pronto, acabará siendo nuestro propio infierno.

Existe el infierno, y como existe, nosotros nos encargamos de ello, existen los demonios, el demonio de la intolerancia, el demonio del odio, el demonio de la soberbia, todos los demonios de nuestros propios fracasos, el demonio de nuestra propia incapacidad para apagar todos los infiernos que tanto provecho provocan a los que se lucran de alimentarlos.