sábado, 28 de agosto de 2021

Ávila y el Principio de Peter

Hay ocasiones en las que, inopinadamente, uno se encuentra con una clave universal, que sin embargo ha llegado a sus manos sin pretensiones, sin recomendaciones, sin grandes recomendaciones de crítica o público. Eso me pasó a mí, teniendo veintitantos, con el principio de Peter, que, una vez conocido, he podido comprobar que su enunciado se corresponde indefectiblemente con la realidad.

Dice el tal principio, formulado por Laurence J. Peter: “En una jerarquía, todo empleado tiende a ascender hasta alcanzar su nivel de incompetencia”. Es verdad que, como casi todo en este mundo, este principio parece tener un antecedente español: “Todos los empleados públicos deberían descender a su grado inmediato inferior, porque han sido ascendidos hasta volverse incompetentes”, que parece ser que dijo Ortega y Gasset allá por 1910, casi sesenta años antes.

Y si la incompetencia es universal, la competencia, el ámbito competencial, parece que eleva a grados insospechados esa incompetencia que alcanzan aquellos que ascienden por el tiempo transcurrido en una escala, u organización, y por méritos desconocidos, lo que es bastante habitual.

Quiero compartir con mis lectores, suponiendo que los tenga y al hilo del tema, una historia terrible de competencias e incompetencia. Una historia que intentaré trasladar tal como me fue contada por uno de los protagonistas y cuyas catastróficas consecuencias son del dominio público. La historia se refiere al reciente y catastrófico incendio sucedido en Ávila, y quién me lo contó es uno de los bomberos que intervino en la dantesca batalla contra el fuego. Así que, en seguimiento de Bertrand du Guesclin, ni quito, ni pongo veracidad, me limito a repetir.

De todas formas, sea la historia cierta, y por tal la tengo, o inexacta, tal como está contada supone una parábola sobre la competencia, la incompetencia  y la incompetencia de los competentes, y con ese ánimo la cuento, para enseñanza de aquellos que ocultan sus carencias personales en títulos, ámbitos, prebendas, nacionalismos, cargos u otras formas de justificar lo injustificable.

El origen del fuego de Ávila fue el incendio de un vehículo que circulaba por la N-502. Al parecer, y según me cuentan, dada la alarma, los primeros en llegar fueron unos bomberos rurales helitransportados de la Junta de Castilla La Mancha, que al comprobar que el fuego era de un vehículo consideraron que el siniestro no era de su competencia, si no de la competencia de los bomberos de la diputación, y abandonaron el lugar sin tomar ningún tipo de precaución.

Según me comentaba la persona que me lo contó, insisto, bombero que intervino en la extinción del incendio, los primeros bomberos que llegaron, aunque no fueran competentes para apagar el fuego, que, convendrán conmigo en que el fuego no le iba a pedir acreditación para apagarse, fueron altamente incompetentes al no esperar la llegada de los bomberos competentes, vigilando la evolución del siniestro, y refrescando las zonas adyacentes, cunetas, y campo, que si eran de su competencia, lo que hubiera evitado la propagación del fuego y que esta alcanzara los devastadores efectos y la dantesca proporción que alcanzó. Cuando por fin llegaron los bomberos de la diputación, y volvieron los bomberos rurales, porque el fuego se había extendido, ya estaba fuera de control y nada pudieron hacer por apagarlo hasta veintiuna mil hectáreas más tarde.

Insisto, lo cuento como me lo contaron, y como me lo contaron me parece interesante compartirlo porque, desgraciadamente, refleja una forma de actuar que se repite incesantemente en lo público, en lo privado, en lo político y en lo social, en la empresa y en las instituciones, y más allá de verdades, incompetencias y responsabilidades –estamos en España, responsable el último- lo que me gustaría denunciar es el exceso de Pilatos, de “lavamanistas”, que, desde posiciones de responsabilidad, utilizan su puesto de privilegio para escaquearse de labores que estén en límites de competencia, o, lo que es peor, que esconden su incompetencia para tomar decisiones y responsabilidades en competencias administrativas sin reparar en los daños que su dejación  pueda llegar a provocar.

Sin duda la dedocracia al uso y el ascenso por constancia, son dos grandes lacras en una sociedad con una capacidad de mediocrizarse que se adivina inabarcable. Pero, incluso en ese panorama, un hecho como el que se narra debería de tener consecuencias y responsables, o irresponsables, escríbase como mejor acomode, que asumieran las consecuencias del desatino.

domingo, 22 de agosto de 2021

Tercera de las cartas a Don Quijote

 Mi señor Don Alonso: largos años han transcurrido desde que os dirigí mis últimas letras dándoos cuenta de la invasión que estábamos sufriendo. La situación no ha mejorado, antes bien, se ha hecho insostenible.

Sin caballeros que, como vos, sean capaces de ver la maldad que ocultan tras su apariencia benéfica, que sean capaces de captar la falacia que sus hordas defensoras ocultan con palabras de bondad y de progreso, los ejércitos de gigantes se van apoderando de nuestros campos, de nuestros momentos, de nuestra vista que ya no es capaz de imaginar un paisaje sin que sus aviesos brazos, sus monstruosos ojos, que se iluminan con maldad en las noches, asomen a ellos.

Parecía que rendida Castilla a que sus anchuras fueran limitadas por la visión de tales huestes, que sometidas las montañas y valles de tantas tierras de belleza incomparable a la humillación de verse erizadas por sus siluetas, nada quedaba que pudieran mancillar tales engendros, pero estábamos equivocados. Estábamos lamentablemente equivocados.

Sí, mi señor Don Alonso, es tal el horror que lo descubierto me produce, tales los espantos que mi imaginación hilvana a partir de lo visto que, sumido en la desesperanza, os envío estas letras que no tiene otro alcance que mi lamento, ni otra esperanza que invocar a vuestro espíritu justiciero, sabiendo de antemano, que ni vos, ni vuestro fiel Sancho, estáis a estas alturas en disposición de hacer carga alguna contra estos malandrines.

Pero me extiendo, divago, me voy por los cerros de Úbeda, seguramente, a estas alturas, ya tomados por los ogros gigantes, sin explicaros la causa de mis cuitas.

Hallándome ayer en las costas de Galicia, en un bonito pueblo habitado desde los remotos tiempos de los bárbaros, que se encuentra junto a la desembocadura del caudaloso río Miño, y al extender mi vista hacia el brumoso horizonte que cierran aguas y cielo, esta se encontró atrapada, horrorizada, limitada, por la silueta inconfundible de tres polifemos de ojo rojo, brillante, que agitaban sus tres brazos al aire, amenazando la inmensidad casi infinita del océano.

¿Os imagináis, por ventura, a los barcos, que ahora no tenía mayor inconveniente que las tormentas, ni mayor obstáculo que el temido Mar de los Sargazos, inmovilizados, al pairo, porque estas criaturas del Averno le roben el aire imprescindible para sus velas, como ahora roban el espacio de las aves y los insectos?

No mi señor Don Quijote, tal vez no sea los gigantes el mayor mal que tenemos, tal vez, como bien apuntaría Sancho, no son más que molinos que afean y ofenden a la vista, que convierten tierras de labor en tierras de explotación, en eriales sin vida.

Los gigantes, sean ogros o molinos, mi señor, que a estas alturas hasta esa discusión me parece vana, no son más que las pruebas evidentes de la proliferación de los truhanes y malandrines que sentados en estancias suntuosas, manejan los hilos que les permiten decidir que familias pueden sustraerse de los rigores del clima, cocinar o moverse, en virtud de sus dineros, y fomentan la pobreza y las desigualdades amparados por gobernantes tan miserables como ellos.

No voy a entrar a explicaros las complejidades de este mundo nuestro, que os resultaría tan extraño y lleno de fantasmas y ladrones que  no daríais hecho a galopar en Rocinante, en la persecución de entuertos que “desfacer”, ni de injusticias que remediar, ya que tal grado hemos alcanzado, que el mismo mundo parece un entuerto, que la justicia defiende la injusticia, y que sean Brocabruno, Aldán o Ferracutus quienes lo gobiernan.

Tampoco os enumeraré los ingenios de los que se valen para someter a los hombres libres y derrotar a los caballeros que ingenuamente pretendan hacerles frente, aunque ninguno de estos males se daría si no fueran los mismos hombres los que en su debilidad, en su incapacidad para desenmascararlos, les entregan su vida a cambio de unas promesas que casi nunca se ven cumplidas.

En fin, mi señor Don Alonso, que se os echa en falta, a vos y a unos cuantos caballeros que dotados de una visión menos educada, fueran capaces de identificar a los truhanes y malandrines y tras desigual batalla ponerlos a buen recaudo, a ellos, a los gigantes y a otros seres malignos y mágicos que colaboran con ellos.

Pondré, como veces anteriores, esta carta al albur de que el viento y el azar la hagan llegar a vuestras manos, y con la esperanza de que caiga en la manos que caiga, estas sean las de un caballero dispuesto a entrar en liza en defensa de una doncella que engloba a todas las doncellas, que en el mundo hayan habitado, la libertad.

Quedad con Dios y que Él nos proteja de todos nuestros males. En A Guarda a día veintidós del mes de agosto del año del de Señor de dos mil y veintiuno.

viernes, 13 de agosto de 2021

Cartas sin franqueo (XLI)- El cartelito

Me comentabas sobre el tema del cartel que han prohibido, no sé si prohibido o retirado, en Toledo. Un cartel de la cantante Zahara que parecía querer figurar la imagen de una virgen católica. Ya no es la primera vez, y supongo que no será la última, en la que se utiliza este tipo de estética para hacer creaciones que encuentran una respuesta airada por parte de las posiciones más tradicionalistas del catolicismo.

Y yo, a fuer de ser sincero, no tengo claro, en este tema, donde está la razón. Ni lo tengo claro, ni creo que nunca lo llegue a tener, por propia experiencia vital. Dejé el catolicismo, como ya te comenté alguna vez, cuando tenía catorce años por un tema de acoso por parte de un profesor, sacerdote y tutor de mi curso, pero precisamente por eso intento que mis sentimientos personales no dicten mis actos y eso me condiciona a la hora de evaluar estas situaciones. Sí tengo claro que cuando alguien se mete con algo que para mí es querido me molesta, pero hasta ahí llego. El tema es muy complejo, y afecta demasiado a demasiada gente. Y yo, repito, me considero incapaz de otra cosa que no sea una llamada de atención sobre mi propia contradicción, no por su valor como vivencia personal, si no como llamada al respeto mutuo, que parece ser la última preocupación de las partes en litigio.

Se supone que el ejercicio de la libertad, esa que emana de los derechos ajenos y no de los auto-otorgados, comporta anteponer la libertad ajena a la propia a la hora de encontrar los límites de la convivencia, no de la reclamación en su nombre de la posibilidad de ofender a otros.  Si alguna cosa sí tengo clara es que cada vez que alguien reclama para sí un derecho, lo hace en detrimento de otro ajeno, y esa práctica es contraria al sentido ético de libertad. Eso y que mientras se invoquen libertades propias contrapuestas no podrá existir la libertad,

Yo no sé, no tengo argumentos ni convicciones que me posicionen, si la libertad religiosa debe de estar antes o después de la libertad de expresión, eso lo debería de decidir alguien con una ética impecable, y yo no conozco a nadie así. Por lo mismo considero que se tome la postura que se tome en este tema nadie tiene la razón, y si la razón parte de la utilización de la imaginería ajena con ánimo revanchista, no parece que tenga un buen discurso. Los que estáis cargados de razones, y de razón, en un sentido u otro, sabréis lo que os dicta en lo más íntimo vuestra conciencia, yo sé lo que me dice la mía, y la mía me dice que yo nunca utilizaría el ataque a convicciones ajenas para reforzar las propias. Tiquismiquis que es uno.

Pero no nos quedemos en esta mera mención. Partamos de que la ofensa es algo tan subjetivo como quiera el ofendido. Sigamos porque hay un claro sentimiento anti-católico en un parte de la sociedad, enmascarado en un planteamiento laico, que acaba adivinándose laicista. No olvidemos que una imagen es una representación idealizada, concebida por un autor, sobre un personaje o un tema, y que no es, en ningún momento, el personaje mismo, ni necesariamente lo simboliza o representa más allá de lo que ciertos sentimientos populares le confieran. Convengamos en que esos sentimientos populares son tan respetables, en el sentido estricto del término, como cualquier otro sentimiento de cualquier índole que pueda producirse. Acordemos que quién crea este tipo de carteles, representaciones, actos, sabe desde el primer momento cual va a ser la reacción de ciertos estamentos, y por tanto la busca. Por el mismo motivo podemos acordar que esos mismos estamentos saben que se les está provocando y entran al conflicto, luego son parte activa del entramado. Resumiendo, en toda esta historia no hay ni un solo inocente, ni uno, en ninguno de los dos bandos. Unos porque buscan imponer su criterio sobre personas cuyas creencias y convicciones no son negociables, y los otros porque en su intransigencia intentan apropiarse de unos símbolos que al cabo del tiempo son más culturales que religiosos. Los unos soberbios e intolerantes, los otros cerriles e intransigentes.

Hace mucho tiempo que comprendí, en mi propia experiencia, que no puedo identificar a una institución con sus miembros, que no puedo juzgar a un colectivo por el peor de sus integrantes, que, a nada que se libere uno de pulsiones, hay buenos y malos en todos los grupos sociales, tengan el fin que tengan, y que una historia larga permite una mayor enumeración de errores, pero eso no significa una mayor maldad intrínseca. Hasta los malos tienen sus ratos buenos, hasta los buenos tienen sus ratos malos.

Por eso, porque me negué a identificar a toda la iglesia católica con un acosador, porque me negué a considerar que la actuación de unos cuantos, por mucho daño que hubieran hecho, invalidaba la trayectoria de una institución secular que había amparado y promovido el arte, que había generado las virtudes, y los defectos, sociales en las que se basa nuestra civilización, porque me negué a asumir que el comportamiento y mensaje de los poderosos de la iglesia fueran su mensaje, y sí lo era el de los miles de hombres y mujeres de a pie que, con mayor o menor fortuna, con más o menos acierto, ayudaban, daban amparo y confortaban a todo el que estuviera en necesidad, más numerosos, pero más desconocidos, ha sido por lo que nunca me he consentido ser anticatólico, y, por ende, anti nada.

Sigue habiendo quién considera que los mensajes de prelados y príncipes eclesiales, son el verdadero fondo de la iglesia, la creencia rígida de varios millones de personas que practican esa fe. Lo dudo. Simplemente son personajes que intentan marcar un rumbo temporal de una institución secular en cuya historia difícilmente acabarán figurando. Pero tampoco se crean los laicistas que en su pretendida erradicación social de la tradición, mucha, inevitablemente,  de origen religioso van a tener más éxito. Al menos por la vía de la imposición y la provocación.  Y mientras tanto solo queda soportar, con cierto estoicismo, los enfrentamientos, los sistemáticos enfrentamientos, buscados con ahínco por ambos lados.


sábado, 24 de julio de 2021

Cartas sin franqueo (XL)- Los infiernos

El infierno sólo existirá en tanto en cuanto haya gente que desee su existencia, y gente que viva para provocar el infierno ajeno. Solo la tolerancia tiene la capacidad de sofocar las llamas de cualquier infierno.

En nuestro error, en nuestra obsesión por juzgar, en nuestra intolerancia, llenamos el infierno de personas que han cometido nuestros pecados, no los suyos, porque los juzgamos desde nuestros valores, no desde los suyos, y esto sucede porque tendemos a considerarnos mejores, depositarios de virtudes y valores imponibles a los demás, y porque juzgar y condenar es más fácil e inmediato que tolerar y educar. Si estamos tan convencidos de nuestros valores, como para juzgar a los demás por nuestro rasero, lo lógico sería que nos esforzáramos en transmitirlos y convencer a los demás de su bonanza, pero nos pueden la prisa, la intolerancia, la soberbia, e intentamos imponernos, imponerlos, mediante la obligación y la represión, y en ese mismo acto los condenamos, y nos condenamos, porque el infierno siempre será de ida y vuelta, de rencor por rencor, de condena por condena.

El afán de revancha, la intransigencia con lo ajeno, son las razones que siguen alimentando las llamas de todos los infiernos del mundo, de los religiosos, de los económicos, de los éticos, de los políticos, sobre todo, en la actualidad, de los políticos. Aquí por la dictadura franquista, en Cuba por la dictadura castrista, en Rusia por las barbaridades soviéticas, en Alemania por las barbaridades nazis... y vuelta a empezar, y vuelta a mantener el infierno vivo para que ardan otros, que antes o después lo mantendrán vivo para que ardan de nuevo los primeros, y el infierno seguirá ardiendo y garantizándose su futuro porque siempre habrá alguien que considere justo y necesario que siga existiendo. Pero del infierno podremos decir cualquier cosa, menos que sea justo.

Ningún sistema represivo, a lo largo de la historia, ha logrado imponer sus criterios más allá de su tiempo de preponderancia, al final del cual pasa de represivo a reprimido y completa un recorrido de péndulo que volverá a repetirse.

 Lo curioso de este sistema viciado, vicioso, victimante, es que las víctimas pretenden pasar a ser verdugos antes de ofrecer el cese del movimiento pendular, sin darse cuenta de que ese es un funcionamiento perverso e imposible. El vencedor siempre puede mostrarse generoso, inútilmente generoso, porque solo las víctimas tienen una generosidad creíble y la capacidad de frenar el movimiento oscilante.

Recuerdo aquel conocido chiste que empezaba preguntándose ¿por qué los políticos invierten más en cáceles que en escuelas? Porque las cárceles acabarán visitándolas y las escuelas nunca más. Es sangrantemente revelador. Es toda una declaración humorística de una verdad universal. La represión siempre es más productiva a corto plazo, y más previsible, que la educación.

Me pregunto, cuando leo que hay que ser intolerante con los intolerantes, frase muy mona, muy redonda, y muy aplaudida en redes y ciertos foros, ¿Se dan cuenta los que la pronuncian que se declaran derrotados? ¿Se dan cuenta de que están comprando el mensaje de los que dicen combatir? Con los intolerantes hay que ser intransigentes, implacables, impermeables, inagotables, inasequibles, pero jamás intolerantes. La tolerancia es una virtud, una actitud, que pertenece al pensamiento y el pensamiento es libre, incluso el mal pensamiento, principalmente el mal pensamiento, que nos permite tomar conciencia de nuestra imperfección y sobreponernos a ella. Otra cosa es que pasemos a los hechos, que intentemos hacer realidad los pensamientos, los malos pensamientos, porque ahí sí que hay que ser todas las cosas que he dicho, e incluso alguna más.

El infierno, en definitiva, y así lo reflejo en algunos poemas de juventud, es la tierra, es la vida que vivimos, y lo es por elección nuestra. Y cuando el combustible tradicional de ese infierno empieza a fallar, porque hasta las ideas más perversas acaban fallando y agotándose, se inventa una nueva, en nuestros tiempos el combustible son las ideologías, y con ellas se alimenta el fuego de los infiernos, de los del odio, del frentismo, de la sinrazón. La ideologías, como antes las religiones, como antes el estatus, como antes las fronteras, son los señuelos que ponen a nuestra disposición el rigor descalificatorio, discriminatorio, deshumanizante, para crear los infiernos, casi siempre en plural, casi siempre en binario, Ya el problema es elegir cuál de los dos infiernos, de los muchos infiernos, estás dispuesto a homologar. Yo ninguno. Tal vez por eso prefiero las realidades, aunque sean en forma de cuento, a los cuentos, aunque sean en forma de realidad. Yo no creo, en general en la inocencia, y si hay ideologías de por medio no es que no crea en ella, es que la descarto.

Estas redes de nuestras miserias están plagadas de aprendices de Torquemada -en realidad de aprendices de George Jeffreys, Lord de Justicia de la corona Británica, que provocó más muertos durante el limitado ejercicio de sus funciones que la Inquisición española en toda su historia, aunque la propaganda diga otras cosas- individuos que se dedican a predicar, desde su justa ira, justa solo para ellos, esa sinrazón propia de los fanáticos, los infiernos para todos aquellos ajenos a su verdad. Y al tiempo que abren las puertas de esos infiernos, van entornando las de los propios que, antes o después, su intolerancia abrirá de par en par, para que otros los arrojen a ellos. Porque, al final, la intolerancia es el acceso seguro al infierno ajeno,  un infierno que, más tarde o más pronto, acabará siendo nuestro propio infierno.

Existe el infierno, y como existe, nosotros nos encargamos de ello, existen los demonios, el demonio de la intolerancia, el demonio del odio, el demonio de la soberbia, todos los demonios de nuestros propios fracasos, el demonio de nuestra propia incapacidad para apagar todos los infiernos que tanto provecho provocan a los que se lucran de alimentarlos.

sábado, 17 de julio de 2021

Cartas sin franqueo (XXXIX)- El sesgo

“Maldigo la poesía concebida como un lujo cultural por los neutrales, que lavándose las  manos se desentienden y evaden, maldigo la poesía de quién no toma partido hasta mancharse”  Celaya dixit.

La pertenencia, en realidad el sesgo, es lo que hace que haya una parte dogmática de la sociedad que opina que los neutrales son todos aquellos que no se colocan en su posición intolerante, narcisista ideológicamente hablando, autocomplaciente, porque desde su atril dogmático-docente son absolutamente incapaces de asumir que haya mundo, ni razón, fuera de su mundo y de su razón, porque son absolutamente refractarios a la libertad de pensar fuera de las estructuras predeterminadas del pensamiento afín.

Y confunden la no alineación con la neutralidad. Y confunden la razón con su razón. Y confunden, porque no son capaces de cuestionar sus propias convicciones, paso inicial del librepensamiento, el dogma con la verdad, lo que los incapacita para intentar encontrar el resquicio de la razón ajena. Y confunden la neutralidad, o la equidistancia, culpable con la náusea que produce el dogmatismo. Y confunden la neutralidad  con el absoluto rechazo a las mentiras inamovibles que sustentan las ideologías.

“El centro, es aquel punto desde el que ningún experto puede equivocarse”. No lo digo yo, es una de las máximas del simbolismo y del libre pensamiento, y, desde luego, las ideologías no están en el centro, están sesgadas, tan sesgadas como las miradas de los que viven bajo las convicciones de sus razones.

Predican los sesgados, que el odio es patrimonio de los del sesgo contrario, y argumentan que los únicos odios reconocibles son los que se han producido sobre los regímenes de ideología contraria, y en esa ideología, como si todos fuéramos tontos, meten sin mesura ni empacho a todos aquellos que no pertenecen su forma sesgada de ver el mundo.

Así, unos consideran que todo lo que esté a la izquierda de la social democracia, en los casos más radicales incluyen a la social democracia misma, es extrema izquierda, los “social-comunistas”, mientras que los otros consideran que todos los que están a la derecha son “fascistas”. Tampoco es que argumenten mucho para demostrarlo. Tampoco es que les preocupe mucho argumentarlo, ni siquiera se plantean si hay argumentos. Tampoco es que cuando lo intentan pasen mucho más allá del panfleto o el eslogan proporcionado por los grandes pensadores de su sesgo. Y esa es una forma de detectarlos. Si en vez de proponer disponen, si en vez de exponer predican, si solo ven virtudes en lo propio y maldades en lo ajeno, no cabe duda, estamos ante los dogmáticos.

Lo habitual es argumentar sobre la perversidad ajena, usando como argumento irrebatible de su maldad intrínseca los muertos históricos, olvidándose de los propios, justificando los propios como si fueran muertos necesarios, muertos por su propia elección, por su culpa. Nadie muere por su culpa, ni siquiera los suicidas, en la mayor parte de las ocasiones. Y yo en temas de muerte soy muy simple. Si alguien mata a otro es un asesino, para empezar. Y a la hora de contar muertos trabajo en base 1, es decir, o hay cero muertos o hay muchos más muertos de los que yo soy capaz de tolerar.

Oí en una entrevista a un encumbrado “intelectual de izquierdas” como justificaba la superioridad moral de la izquierda, su progresía, con argumentos muy parecidos a los que en su momento oí usar a Blas Piñar para reclamar el inmovilismo de la extrema derecha, la convicción absoluta de la verdad propia. Porque la ceguera dogmática, la venda ideológica, el sesgo del pensamiento aupado en una columna de sabiduría y razón autoconcedidas, no permite más visión que la que el ideario marca como límite de lo permitido.

Yo no me desentiendo, ni evado, combato la mentira dogmática de las ideologías con todos los medios a mi alcance, y mi rechazo no es cultural, ni neutral, ni equidistante, ni tibio, es rabioso, es beligerante, y es extremadamente crítico con aquellos que se acunan en la autocomplacencia, mientras odian y siembran el odio, practican la intransigencia y miran hacia otro lado cuando las consecuencias de su sesgo se traducen en muertes, en muertos, de los que yo los considero corresponsables.

Las ideologías son un planteamiento plano del pensamiento, un planteamiento en un eje x-y, izquierda-derecha, que incapacita para transitar por el eje z del pensamiento libre, que incapacita para salirse de las dos dimensiones que niegan la tercera, porque no está descrita, ni siquiera prevista, por los que piensan por ellos.

Parafraseando a Celaya, desde la distancia técnica que nos separa: maldigo las ideologías concebidas como un arma de opresión contra los pueblos, maldigo a los que las defienden sin reparar en sus daños, ni reparar en sus duelos.

Lo triste, lo patético, lo irreparable, es comprobar como el mundo se mueve hacia un feudalismo tecnológico, hacia una opresión feroz en un ambiente falsamente libre, en el que las únicas preocupaciones de las ideologías son: su supervivencia por encima de valores y justicias, y el debate que determinará si la nueva aristocracia será económica o ideológica. Es triste ver día a día como las ideologías, y sus militantes, nos llevan de enfrentamiento en enfrentamiento, de mentira en mentira, de utopía en utopía, hacia un mundo distópico del que tardaremos mucho en poder salir, si es que llegamos a hacerlo. No sé si esa distopía se parecerá al 1984 de Orwell, o al Cuento de la Criada, pero ninguna de ellas me resulta admisible. Yo preferiría vivir en uno de los mundos ácratas, suavemente rurales, utópicos, que describe Ursula K. Leguin en sus novelas.

No quiero un mundo dominado por un estado administrado por un partido, no quiero vivir en un estado dominado por las grandes corporaciones, no quiero un mundo en el que unos cuantos determinan el grado de libertad, el grado de equidad, el grado de justicia que pueden tolerarse según las circunstancias y conveniencias de la élite gobernante. Quiero un mundo de ciudadanos, un mundo de libertad no administrada, de equidad homologable, de justicia asumida. Y eso no me lo permite, no me lo consiente, no me lo tolera ninguna ideología, cuerpos de moral impuesta y ajena a la libertad, a la igualdad y a la fraternidad, aunque las invoquen para vaciarlas de contenido.

Al final, amigo mío, el sesgo no es otra cosa que la incapacidad de ver los errores propios y las virtudes ajenas. O sea, la consecuencia inevitable de los dogmas. Y los dogmáticos son sus profetas.

lunes, 12 de julio de 2021

Un paso atrás

Hay momentos en los que es importante pararse y reflexionar, incluso, pararse, reflexionar y dar un paso atrás para tomar perspectiva, sin olvidar que en muchas ocasiones ese no es el orden correcto ya que para poder reflexionar, en el sentido real del término, es importante antes dar el paso atrás.

Y creo que este es uno de esos momentos. Por supuesto, los que viven en el fanatismo, en el inmovilismo de la convicción absoluta de sus ideas, en el dogmatismo más profundo e inaccesible, no tienen a su alcance la posibilidad de la reflexión, y ellos no lo saben, porque, desde cualquiera que sea su posición en el mentiroso eje de las ideologías, están perfectamente alineados con la demoledora frase de Blas Piñar, que por supuesto negarán con la absoluta convicción de que su  clarividencia es fruto de su superioridad, y no de su cerrilismo, “¿Cómo no vamos a ser inmovilistas, si ya hemos llegado?”

Unos, en un lado del eje, defenderán las fobias desde argumentos descalificantes, frentistas, socialmente inaceptables. Otros, desde el otro lado del eje, alimentaran esas fobias con sus discursos intolerantes, frentistas, ideologizantes. Unos y otros obviaran los problemas reales, renunciarán a posibles soluciones, siempre que la utilización del problema favorezca sus intereses. Porque ni para unos, ni para otros, la resolución del problema es lo importante, el que el problema exista, su denuncia, a favor o en contra, da lo mismo, es lo que alimenta su existencia.

Por eso, tal vez por alguna cosa más, los delitos de odio proliferan, crecen, se hacen más violentos y odiosos, mientras una sociedad perpleja asiste, tras cada uno de ellos, a los disparates que intentan ocultarlos y justificarlos y a la inútil, en realidad inútil para las víctimas y sus familias, inútil para lograr medidas prácticas que pongan fin al disparate, apropiación y etiqueta política del dolor ajeno. Las víctimas solo pertenecen a la muerte, y su memoria a aquellos cuya ausencia diaria les duele de forma cotidiana.

 Desgraciadamente, los delitos que se cargan políticamente tendrán difícil resolución mientras se usen para señalar, manipular y deslegitimar a otros. Siempre habrá algún descerebrado, muchos, algún tarado, que encontrará en esa carga política una excusa más, puede que la excusa final perfecta, para cargarse de razones y acometer un acto aborrecible. Los delitos siempre son delitos, los delitos sobre minorías, además de delitos son cobardes, y quienes los usan para su provecho o para justificar ciertas intolerancias son tan culpables como los delincuentes mismos, porque con su actitud alimentan el odio.

Para cualquier mermado social, psíquico, encontrar combustible para el odio en la ideología rival, es una fácil tentación, una irresistible llamada. Tengo la amarga sensación, y puedo estar equivocado, de que la politización de ciertos delitos dificulta las soluciones. Incluso, ya poniéndome largo, puedo llegar a pensar que ciertos espectros, hablo tanto de ubicaciones ideológicas como de presencias, están más interesados en el problema que en la solución.

Tengo claro que al fanático, “persona que defiende una creencia o una opinión con pasión exagerada y sin respetar las creencias y opiniones de los demás”, esto es, a la inmensa mayoría de militantes y seguidores ideológicos, pedirles razonamiento y mesura en sus manifestaciones, en sus actitudes, pedirles un paso atrás y reflexión en los delitos de odio que ellos mismos alimentan, es solo un recurso literario. Simplemente su mismo fanatismo los imposibilita para poder acometer tal tarea.

Pero, y esto si es responsabilidad de toda la sociedad, tal vez vaya llegando el momento de que la sociedad civil retome sus derechos, delegados en partidos e ideologías, y mal administrados, y reclame una verdadera democracia, una representación leal del pueblo que garantice que se acometan las acciones necesarias para acabar con tanto odio, con tanto frentismo, con tanta muerte inútil, con tanto futuro comprometido por intereses que nada tienen que ver con los intereses reales de los ciudadanos. Y me temo que no queda mucho tiempo.

Una reflexión, un paso atrás, que necesitan de representatividad real, de listas abiertas, de circunscripción única, de soluciones que cautericen las heridas sociales que los líderes ideológicos abren más cada día con sus discursos aberrantes, descalificantes, llenos de odio al contrario, o de populismo buenista y sin consistencia.

viernes, 25 de junio de 2021

Cartas sin franqueo (XXXV)- La magnanimidad

Tal como se ha puesto el panorama de actualidad en nuestro país, es difícil hablar de valores, de actitudes, de significados, sin que la política se entrometa en las palabras. Pero precisamente por eso, precisamente por esa incapacitación que lo público parece ejercer sobre lo cotidiano, es más necesario que nunca mantener las distancias y reflexionar intentando esquivar la contaminación.

Me hablabas ayer de la magnanimidad, en tu respuesta a mi carta sobre el perdón, que erróneamente llevaste al significado político, cuando yo hablaba de una experiencia personal, vital, íntima.

Al parecer, al igual que determinadas fuerzas son capaces de deformar el espacio y el tiempo, la insensatez política es capaz de deformar el significado de las palabras y, con ello, la realidad que estas describen. Por eso es tan importante, cuando se habla de virtudes, de valores, coger distancia y abstraerse del ruido con el que la cotidianeidad parece deformarlas.

La magnanimidad, tan de moda estos días, es una sublimación, un superlativo, de la generosidad. Por ser simplistas, la magnanimidad es la gran generosidad, lo que nos puede llevar  a preguntarnos si existe una generosidad tacaña, si toda generosidad es tacaña salvo que sea magnánima, o, si simplemente, hay quién necesita aplicarse superlativos para diferenciarse de los demás.

Curiosamente, la magnanimidad solo es aplicable sobre valores morales, éticos, nunca sobre valores crematísticos, y, también curiosamente, la magnanimidad casi siempre es una cualidad de personas de rango superior: reyes, gobernantes, altos cargos de lo público o lo eclesial. El pueblo, en global o tomados uno a uno sus miembros, puede ser generoso, piadoso, liberal (de liberalidad), pero no magnánimo. Le falta, al parecer, grandeza.

La magnanimidad siempre parece ir asociada al perdón. De hecho, nos costaría mucho aplicar el concepto de magnanimidad a nada que no sea una generosidad en el perdón. Y si esto es así, si la magnanimidad es una cualidad de quién concede el perdón, me remito a la carta anterior sobre ese tema, no puede existir el perdón si no hay arrepentimiento.

Pero, y ya que anteriormente hemos hecho mención de la física, recurramos a su forma habitual de trabajo, planteemos ejemplos que nos sirvan para sostener la prueba.

Dos vecinos están enfrentados, y uno de ellos decide rajar las ruedas del coche del otro, y además lo hace en presencia de otros vecinos, con luz y taquígrafos, que se suele decir. El vecino damnificado presenta la correspondiente denuncia y, mediante el testimonio de los vecinos presentes durante la agresión, el vecino agresor es condenado a reponer las ruedas, a una multa por sus actos y a las costas del juicio.

A partir de ahí, los hechos pueden desenvolverse de distinta forma:

1)      Los vecinos enemistados deciden ignorarse y se mantienen en la comunidad sin más enfrentamientos, ni alharacas. Lo que sería una convivencia más o menos tensa, pero normal

2)      El vecino agresor decide pedir disculpas por su actitud al vecino agredido, disculpas que son aceptadas por el agredido y reanudan una convivencia normal. Se podría decir que el vecino agredido tiene una actitud generosa.

3)      El vecino agresor, además de pedir perdón, solicita del agredido que, debido a su profundo arrepentimiento, y a una mala situación económica, le perdone el importe de las ruedas. El agredido, en un gesto de magnanimidad, accede.

4)      El vecino agresor no solo no pide perdón, si no que no pierde ocasión de decirle a toda la comunidad que, en cuanto tenga una oportunidad, volverá a pincharle las ruedas, que toda la culpa fue del agredido y que además no piensa pagarle las ruedas a las que ya fue condenado. El agredido, no solo no reclama el importe de las ruedas, si no que hace gestiones ante el juez para que le sea perdonada la multa, en aras a una mejor convivencia vecinal. Yo sé, a ciencia cierta, cómo calificaría al vecino agredido, pero me voy a permitir dejarte a ti la posibilidad de calificarlo según su actitud, convencido como estoy, de que el adjetivo que vas a usar no es muy distinto del que a mí se me viene a la mente.

El ejemplo planteado, además, toma otra dimensión, seguramente, si el vecino agredido no es un particular, si no la comunidad entera, y el magnánimo no es otro vecino, si no el presidente de la comunidad actuando en nombre de esta.

Y ahora, en aras de ese distanciamiento, casi imposible, de la realidad cotidiana, me toca decir eso tan conocido de: “el ejemplo utilizado en este artículo se debe a la imaginación del autor. Cualquier parecido con hechos o personas reales, es pura coincidencia”. Se magnánimo conmigo, y créelo. Ya sé que cuesta.