viernes, 1 de noviembre de 2019

El punto 38


Trabajó conmigo hace tiempo una persona que cuando comentábamos las películas vistas durante el fin de semana, tenía su propio criterio para evaluarlas. Si empezabas a valorar la fotografía, las técnicas… zanjaba rápidamente la crítica/comentario con un rotundo: “Una mierda de película, vamos”, porque para él solo existía una forma de ver el cine.
Con el paso del tiempo parte de mi familia se ha dedicado, se dedica, a la producción audiovisual, y esa circunstancia me ha llevado a tener una idea más clara de que hay muchas formas de ver una película, como las hay de leer, de observar una pintura o de enfrentarse a cualquier tipo de creación ajena.
Ante el cine, en concreto, hay gente que da mayor importancia a como se hace, otros a qué se hace y otros a qué se cuenta. Yo soy de estos últimos, a mí me interesa lo que me cuentan por encima de cómo lo cuentan, y por eso pongo especial atención a la historia, al desarrollo de los personajes o las circunstancias ambientales que los rodean y los pueden determinar.
Y a todo esto, que me enrollo, he visto “Mientras dure la guerra”, de Amenabar. Ya había escrito sobre Amenabar y sus innecesarias declaraciones sobre la España actual y la herencia de Franco, antes de haberla visto, pero no esperaba que la necesidad de que la historia diera un resultado ideológico determinado llevara a retorcer unos sucesos y a unos personajes, hasta volverlos irreconocibles.
Puedo pasar por un Franco que quiere ser hierático y resulta casi tonto, pero tonto de babarse, por falta de expresividad. Puedo pasar por un Unamuno incapaz de enfrentarse a la situación y que, a ratos, es un pelele en manos del halago fascista. Pero no puedo pasar, porque es falso, por un Millán Astray de guiñol.
El Millán Astray que nos presentan es un tipo plano, un fanático sin más calado intelectual que gritar “Viva la muerte”, grito que al parecer provino de alguno de los espectadores y no del mismo general. A veces la necesidad dramática aconseja tomarse ciertas libertades. A veces la necesidad ideológica invita a fabular de forma paralela a la realidad. A veces las exigencias de éxito son permisivas con miradas a universos paralelos a la realidad que se dice contar, eso que se llama dramatización. Millán Astray era un personaje con una larga trayectoria militar e intelectual, porque, pese a quién pese, ser fascista, como ser comunista, socialista o liberal, no presupone una capacidad intelectual, o una falta de capacidad intelectual, inherente a la ideología practicada. Un hombre instruido, viajado, miembro de una familia en la que convivían personas de diferentes ideologías, y que eligió una forma de ver la vida.
Tampoco Unamuno es ese personaje atormentado por una permanente contradicción ideológica. Unamuno es un librepensador que denuncia sistemáticamente los abusos del poder, lo detente quién lo detente, y se enfrenta a ello desde una tribuna pública. No es un héroe, ni un cobarde físico como sutilmente desliza la película en la escena de la policía fascista, es un hombre público que intenta usar su prestigio para poner coto a los desmanes que se cometen a su alrededor sin que le importe quién los comete, ni en nombre de que pretendido ideal los comete. Un hombre para el que un abuso es un abuso sin posibilidad de apellidos. Un intelectual que usa su única arma, sus palabras, para denunciar las tropelías que llegan a su conocimiento. Tampoco dijo lo de vencer es convencer con el enfoque que lo presenta la película, pero es una frase tan rotunda, tan real, que no importa en qué contexto se utilice
Tampoco es cierto que Unamuno fuera sacado a duras penas del acto, de hecho, según cuentan los que de esto saben, desde allí se fue a su café tranquilamente y luego a su casa. Sin escolta, sin que su integridad física estuviera en peligro.
Es muy habitual, es cotidiano, que aquellos que profesan una ideología, y uso el verbo profesar con toda su carga, presupongan que todo el que no comparte la totalidad de sus actos y pensamientos sea, automáticamente, de la ideología contraria, y Unamuno padeció eso, y su culpa última fue intentar valerse de esos vaivenes para hacer oír con mayor rotundidad su voz, tal vez pensando, craso error, que si la crítica provenía de alguien cercano podría ser escuchada: Ni los socialistas lo escucharon, ni los fascistas tampoco, simplemente lo convirtieron en su enemigo. Enemigo de todos, amigo de la Verdad, que casi siempre es intolerable para los buscadores de la razón como propiedad incuestionable.
Oigo a mi alrededor, si Unamuno levantara la cabeza, denigrar el régimen franquista como autor de barbaridades contra los españoles, reo de sangre y sufrimiento, pero los mismos que denuncian esto callan y otorgan ante las barbaridades cometidas en tiempos de la república, sangre y sufrimiento de españoles que no siempre eran contrarios a ese régimen. Parece ser que unos lo hacían desde la legalidad de unas elecciones que muchos denuncian como fraudulentas y los otros desde la ilegalidad de un golpe de estado. A mí, como a Unamuno, y perdón por la pedantería de la equiparación,  y como a muchos otros españoles, las barbaridades me parecen barbaridades, los muertos muertos, y la sangre, la de todos, roja e innecesariamente derramada. No se dice, y si se dice es que eres un facha, que la deriva de la República tampoco era especialmente positiva, que muchos datos apuntaban hacia una dictadura socialista de consecuencias fácilmente previsibles. No lo sé, yo no vivía entonces, pero si el pasado franquista me parece deleznable, que me parece, tampoco ese que apuntaba la república me parece un pasado deseable, ni habría sido un pasado inocente.
Ni mis palabras pretenden justificar nada, ni se adhieren a ningún discurso histórico, ni pertenecen a ningún sesgo ideológico. Mis palabras solo reflejan el hartazgo de no poder creer a nadie, de la verdad a medias, de la postverdad y de la manipulación interesada de nuestra historia, que es, íntegramente, nuestra, de todos, y que sucedió como sucedió, no como pueda interesar a unos y otros que sucediera.
Hemos suplantado la verdad por “tener razón”. Lo importante es tener razón y que mucha gente en la redes sociales nos dé un “me gusta”, cuantos más mejor, a nuestros comentarios. Cuanto más epatantes más populares, cuanto más dañinos más apreciados. Siento no estar a la moda
Daba Schopenhauer un tratado sobre cómo lograr tener razón sin que importara la razón última, sin que importara la verdad. Schopenhauer no conoció la redes sociales, pero sí que en su tratado hizo una perfecta disección de cómo se manejan en ellas ciertos personajes, y digo personajes porque suelen ocultar su identidad tras perfiles ficticios o corporativos. Un tratado, en 38 puntos, de cómo pasar por encima de la verdad y del adversario, ya, en algún momento, enemigo.
En el tratado dice el punto 38: “Cuando se advierte que el adversario es superior y se tienen las de perder, se procede ofensiva, grosera y ultrajantemente". Como serán intelectualmente algunos de los que escriben en esos ámbitos, que usan directamente el punto 38. Si no dices lo que quieren oír te llaman “facha”, o “rojo de mierda”, en una actitud, la de ellos sí, la de ambos, inequívocamente fascista. Viva el punto 38.

domingo, 20 de octubre de 2019

¿Existe el problema catalán?


Supongo que no queda nada por decir sobre Cataluña, salvo la última palabra, esa que todos invocan pero nadie pronuncia. En este sentido se puede creer que es casi un problema místico, el conocimiento está en esa palabra que abre el universo, pero que no está al alcance de los humanos
Tal vez el que estuvo más cerca de la verdad sobre la relación de Cataluña con el resto de España fuera Ortega cuando dijo aquello de que el problema catalán no tiene más solución que la de aprender a sobrellevarlo.
Hay quién piensa que el problema tiene una solución político-ídeológica, de dialogo, yo creo que no. Yo creo simplemente que el problema no tiene ninguna solución definitiva, porque hay una parte que no la quiere, ni siquiera la invocada independencia.
Aunque sea la izquierda, esa izquierda tan estética y tan poco izquierda que nos gastamos por estos lares, la que de alguna manera intenta acaparar y justificar el movimiento catalán, aunque sea su tibieza provocada por sus propias contradicciones la que lo alimenta más, y eso que la derecha lo alimenta mucho, este es un movimiento de derechas, de derecha radical, un movimiento de raíz económica generado por una oligarquía que siempre ha pretendido sacar partido de su manejo de los que desprecia, el pueblo llano y los inmigrantes.
Mucha gente ignora la historia, ya se preocupa el sistema educativo de que así sea, y por tanto ignora que la deslealtad  y el desapego de Cataluña hacia España son, no solo proverbiales, históricos.
Empezamos por desconocer el origen y evolución de los símbolos básicos de la identidad catalana y acabamos por desconocer y tergiversar todo lo referente a Cataluña.  Y de ese desconocimiento, de esa huida de la historia para sumirse en la leyenda y sus deformaciones convenientes, ya se encarga una enseñanza deformada y maniquea de la historia con la absoluta permisividad del estado.
¿Cuántos catalanes desconocen que el nombre de su bandera, senyera, proviene de “El senyal real del Rei d'Aragón”? Y hablamos de Aragón, porque existieron los reinos de Aragón, Valencia y Mallorca, paro nunca el de Cataluña, salvo por un breve periodo que tuvo un rey francés y que acabó con una vuelta de Cataluña a España del mismo pelaje que había sido la ida a Francia, por el caminito de la traición.
A Francia la aventura catalana le costó prácticamente sus sueños de expansión en el Mediterraneo, y a España, entre otras cosas, El Rosellón y La Cerdaña, y un terrible debilitamiento en su posición en Portugal y en los Paises Bajos.
Tal vez si Pau Clarís pudiera leer la historia y las consecuencias de lo que hizo, tal vez digo sin mucha convicción, se hubiera pensado sus actos, porque las consecuencias económicas y políticas para Cataluña fueron evidentes, y el desgaste para las dos potencias que se la disputaban aún mayor, incluso nefasta.
Esa es una constante. Cataluña pierde y pierde España, pero el problema persiste porque la ambición de los que lo utilizan es desmesurada, infinita.
Nada importa, porque no importa nada, que en el XIX con el romanticismo y el nacimiento de los nacionalismos, que tantos millones de muertos le han costado a Europa, el movimiento catalán adopte unas señas acordes con su entorno, ni que en el XX se revista de unos tintes ideológicos que para nada son su fundamento, lo único que importa es que la oligarquía dominante en el territorio alcance nuevos objetivos, y que sean los demás, de una forma u otra, con un señuelo u otro, los que aporten la acción, la sangre si es necesaria.
Y así llegamos hasta aquí. Hablando de un problema ficticio, de unas  posibilidades ficticias, con unos argumentos ficticios y por tanto intentando unas soluciones ficticias. El problema catalán no  es la independencia, el problema catalán no es la historia, el problema catalán no es España, el problema catalán es la ambición desmesurada de su oligarquía, y esa no tiene otra solución que, como bien apuntaba Ortega, sobrellevarla. Que trabajar en tiempos de paz para no permitir la recluta de inocentes, que trabajar en tiempos de enfrentamiento por no caer en el engaño, que empezar a trabajar cuando acaba un episodio preparando el siguiente, que llegará. Se haga lo que se haga.
Lo que es difícil de digerir en este momento, son las actitudes soberbias del gobierno en funciones, y las beligerantes de la oposición. ¿Dónde está el pacto de estado? ¿Dónde está la defensa de los ciudadanos que se ven atrapados y secuestrados por los activistas? ¿Dónde están los límites de la integridad y la resistencia de los funcionarios de los distintos cuerpos de seguridad? ¿Dónde están los despachos de los ministros que dirigen por teléfono sin pasar el miedo y el trabajo de los que están a pié de calle? ¿Dónde está el límite de lo tolerable? ¿Dónde el límite del dontancredismo?
¿Dónde están los oligarcas catalanes, esas familias de 16 apellidos catalanes, que alientan, planifican y dan soporte a este disparate?  Estén donde estén su ambición es la razón última de esta sinrazón, y ellos son el verdadero problema, y los últimos culpables.

sábado, 19 de octubre de 2019

Un mundo franquista


Dice Amenabar que la España actual es la que ideó Franco. Yo no tenía suficiente confianza con el dictador para saber qué es lo que ideó para España, pero Amenabar, el celebrado director, tampoco.
Dicen algunos historiadores que su película adolece de bastantes inexactitudes, me temo que su discurso tampoco se ajusta excesivamente a la realidad. Eso sí, le garantiza el aplauso de un colectivo que, al menos parcialmente, considera que el ser populares, y estar ligados al mundo del arte, les permite opinar sobre cualquier tema, especialmente el político, con una fundamentación intelectual que no siempre se acomoda a la realidad. Saber actuar, o dirigir, o escribir, o pintar o cualquier otra actividad artística no permite suponer una espacial habilidad para interpretar la historia, ni da carta blanca para analizar una sociedad instalado en una verdad última.
Como bien decía al principio, yo no sé qué idea tenía Franco sobre la España que pretendía dejar “atada y bien atada” para el futuro, ni siquiera sé si su frase no era algo más que una frase para la posteridad. No sé si lo sabrán sus descendientes, dada su fama de hermético, pero lo que si tengo claro es que no creo que Amenabar disponga de información privilegiada sobre el tema.
Así que hay que suponer que lo que deslizó en su comentario no es otra cosa que un análisis personal, tal vez entornal (de entorno), sobre la situación política actual del país. Y si es así, que casi seguro que lo es, me voy a permitir discrepar de la forma de expresarlo y, fundamentalmente, del fondo interpretable de su declaración.
Establezcamos las bases de la discrepancia: el origen de la información. Yo viví el franquismo, a él se lo han contado. Yo conviví con sus hechos, sus maneras y sus consecuencias durante 22 años, a él se lo han contado. Yo viví las cargas bestiales de los “grises” en la universidad, a él se las han contado. Yo comenté, como tantos otros, que los obreros y los estudiantes volaban, ya que cualquier disparo al aire acababa con un muerto por arma de fuego, a él se lo han contado. Así que cuando hablo del franquismo, sin ninguna autoridad conocida ni pretendida sobre el tema, hablo de lo que he vivido, a él se lo han contado.
Y una vez establecida la base de la discrepancia ya estoy en condiciones de decir que dudo mucho que la España actual fuera la que Franco había soñado, ideado, diseñado. Dudo que Franco, en realidad en mi interior se agita una soberbia seguridad, preparara una España en la que hubiera elecciones, separatismo consentido, comunismo, socialismo y tantas otras cosas a las que él era refractario. Dudo que él ideara una monarquía parlamentaria con un parlamento con diferentes ideologías. Dudo, con una duda profunda y sentida, que Franco viera con ningún tipo de agrado o complicidad la España que hoy vivimos. Es más, estoy convencido de que fusilaría sin esperar al amanecer a todos los miembros de las cortes que permitieron la transición.
Otra cosa diferente es que se sonriera, lo de reír, al menos en público, parece que le era ajeno, viendo la trampa político-oligárquica en la que nos hemos metido, en este maremágnum de mediocres ideológicos, de justicia incapaz, de libertad formal, de partidocracia castrante, de garantismo lesivo, de sueños, al fin y la postre, rotos.
Porque si tengo claro que esta no puede ser la España que ideó Franco, también tengo muy claro, más claro aún que lo anterior, que esta no es la España que soñamos durante la transición, la España que alborozados saludamos con las primeras elecciones, la que abrazamos convencidos cuando votamos la Constitución.
Desgraciadamente, de alguna manera que no soy capaz de discernir ahora mismo, nosotros mismos hemos sido cómplices de nuestra propia frustración. De alguna manera vimos como escalaban los mediocres valiéndose de unas escalas ideológicas que no sustentaban ninguna base de compromiso, de afán de servir, de interés que no fuera personal, y los hemos legitimado.
También hemos asistido, unos de una forma distante, otros de una forma interesada, a la utilización sistemática y pertinaz de los fantasmas del pasado para intereses presentes. Hasta la saciedad, hasta el vómito, hasta la insensibilidad.
Supongo que lo que quería decir Amenabar, aunque no tengo más base para pensarlo que la que él tiene para opinar sobre lo que quería Franco, es que la España actual está muy distante de lo que muchos españoles quisiéramos, de lo que muchos españoles habíamos esperado, y que el fantasma del dictador se pasea de un lado para otro, según conveniencia, con una sonrisa soto bigote que diría: “¿No queríais caldo? Pues ahí tenéis dos tazas”.
Y es que Franco ya vale para todo, y franquista acaba pareciendo todo. Tanto que estoy convencido de que, aunque aún no lo han dicho, Trump, Salvini, Bolsonaro y Boris Jhonson, entre otros,  son franquistas, de la Europa y el Mundo que ideó Franco, franquistas de toda la vida.

sábado, 12 de octubre de 2019

La bipolaridad del centro


Hay momentos en los que hacer un análisis es buscarse una depresión, by de face, que dicen los modernos. Entre otros motivos, porque los análisis tienen un cierto cariz de momento en una trayectoria, mientras que si lo que hacemos es un balance da la impresión de que se está cerrando un ciclo y estamos recogiendo lo acontecido, aunque vaya a haber un ciclo posterior.
A mí, al ponerme a pensar en las próximas elecciones, me cuadra más la palabra balance que la de análisis. Algo en el ambiente me quiere decir que nada va a ser exactamente igual después de celebradas, que los votantes, hartos ya de estar hartos, van a tomar algunas decisiones dolorosas para las necesidades del país, y otras que simplemente anticipan cambios hace unos meses impensables.
Hay sones de música funeraria en el ambiente. Mientras algunos líderes se frotan las manos y afilan los cuchillos para dar los últimos tajos a la competencia no deseada en su espectro político, otros empiezan a vislumbrar la necesidad de buscar un lugar de retiro. Posiblemente de esta contienda perfectamente buscada, orquestada y preparada con antelación, salgan un par de dolientes terminales directos, y, por supuesto, como siempre, la democracia de nuestro país seriamente lastimada.
El bipartidismo, esa lacra de la transición que arrastramos y que lastra nuestras ansias democráticas va ser la gran triunfadora de las elecciones. Era difícil equivocarse tanto y lo han logrado los llamados a regenerar la vida pública española. Era difícil mostrar la incapacidad para sustraerse a la atracción del poder y anteponer las ansias personales sobre las necesidades estratégicas del país.
Se equivocó, y no solo una vez, Pablo Iglesias y sus ansias de sentirse parte del sistema que denuncia. Eso sí, parte poderosa y dirigente. Se equivocó porque estaba tan ciego intentando conseguir lo que quería que no tuvo ni ojos, ni reflejos, para ver la trampa que le estaban tendiendo y cayó en ella sin pestañear. Y no una, dos veces.
El partido de Pedro Sánchez, ese que usa las siglas del PSOE, lo fue llevando por el camino de unas negociaciones en las que le iba mostrado una zanahoria de plástico, y ni siquiera necesitó que el cebo fuera realmente creíble. La consecuencia final es que Pablo Iglesias y su formación son los pardillos perfectos para justificar unas nuevas elecciones y ser mostrados como los villanos necesarios que lo han hecho inevitable. Ahora basta con agitar el fantasma de la abstención y el fantasma del voto útil, y tenemos la mesa del Sr. Sánchez perfectamente abastecida con parte de los votantes de Podemos entregados a la situación retratada.
Y encima, por si fueran pocos, parió la abuela, que dice el dicho, y le sale la competencia directa de su espacio, de su ya escaso espacio, con la irrupción de Errejón que viene con la lección aprendida en cabeza ajena, y una disposición a servir que, mientras no sea servil, le aportará votos y apoyos. El tiempo nos hablará de su recorrido, el mismo tiempo que en su transcurso nos hablará de la perdurabilidad del proyecto Podemos o de su pervivencia como fuerza residual.
Pero con ser lo de Podemos la crónica de un declive anunciado, puede que no sea la defenestración más evidente, ni la más perjudicial para los votantes, ni la de mayor rango de estupidez por ensimismamiento. Lo de Rivera y los suyos es de libro de los records, de manual de como cargarse un proyecto a conciencia, de juzgado de guardia, vamos.
Desde que UCD fue defenestrado por el empuje del PSOE de Felipe González, España lleva buscando un proyecto de centro que pueda reflejar las inquietudes de todos esos votantes no militantes que buscan un equilibrio en el gobierno, en la forma de gobernar, de legislar y de entender la sociedad real, que los dos partidos predominantes olvidan con rigor, casi con rabia. Y todos ellos se han estrellado en lo mismo, en priorizar la consecución de unos números que le permitan formar un gobierno sobre la utilidad de usar los que tenga para intervenir de forma decisiva en la toma de decisiones de gobiernos ajenos.
En una sociedad polarizada en izquierda y derecha, con una historia reciente tan sangrienta y frentista, la moderación de una formación de centro capaz de ser al tiempo árbitro, filtro y equilibrio entre posiciones distantes es una labor que una gran cantidad de votantes no ideologizados, o simplemente en posición de simpatizantes no conversos, echa en falta.
Desgraciadamente los proyectos de centro se han dado de dos en dos y se han declarado mutuamente incompatibles desde el primer momento. Sucedió con el CDS de Adolfo Suarez y el PRD de Miquel Roca. Este último muerto en las urnas en la primera convocatoria a la que concurrió. Y también ha sucedido recientemente con el UPYD de Rosa Díez y Ciudadanos de Albert Rivera, con los resultados, los desgraciados resultados que todos conocemos.
Parece ser que la ambición de los dirigentes de Ciudadanos les ha hecho perder el norte, versión más difundida, o, y yo estoy convencido, son tan malos estrategas que siempre toman la postura correcta cuando ya no es válida.
La cerrazón política a pactar con el PSOE en una aparente estrategia de suplantar al PP ha llevado a muchos de los votantes de esa opción política, y a no pocos dirigentes, a abandonar ese barco y buscar nuevas opciones y a identificar a Ciudadanos como uno de los mayores responsables de la repetición de elecciones.
El mayor valor de un partido de centro debe de ser su capacidad de pactar con ambos espectros políticos sin renunciar a sus convicciones, es más, aprovechar esa capacidad y su necesaria participación para arañar logros. Y esa es su gran baza, esa debe de ser su gran aportación a la sociedad.
Ahora el señor Rivera llega a acuerdos con lo que queda de UPYD, unos años tarde, y se declara dispuesto a llegar a acuerdos con la lista más votada, una convocatoria tarde. Una convocatoria tarde porque puede que en estas elecciones la mayoría de sus votantes les de la espalda en busca de una solución a la inestabilidad política y no vea otra salida que la vuelta mayoritaria al bipartidismo.
Tal vez alguien debería haberle explicado, a los estrategas de Ciudadanos, que los “votantes de toda la vida” no cambian su voto ni aunque su país les vaya en ello. Cuestión de fidelidad ciega que nada tiene que ver con las razones.
Supongo que toca esperar, a partir del día siguiente a las elecciones, por los nuevos proyectos de centro. A poder ser dos y que no lleguen a ningún acuerdo.

domingo, 22 de septiembre de 2019

El enroque


Cuando en el lenguaje de la calle alguien habla de enrocarse, se suele referir a encastillarse, a empecinarse en una idea o acto sin aportar pruebas, soluciones o facilitar ningún tipo de salida a una situación.

La palabra proviene de una jugada del ajedrez, de tipo defensivo casi siempre, en la que se rodea al rey de piezas con el fin de facilitar su defensa. En esa posición la torre en un flanco, el borde del tablero en otros dos y los peones en el frente cortan el acceso a la pieza maestra por parte de las piezas contrarias.

Es habitual, en ajedrez, enrocarse ante el ataque del jugador contrario. Es habitual, en la vida real, enrocarse ante la falta de argumentos o soluciones aceptadas, cuando alguien quiere salirse con la suya por narices, en realidad se suele mencionar otra parte más pendiente del cuerpo masculino. Pero ¿alguien se imagina un escenario, sea ajedrecístico o cotidiano, en el que todas las partes estén enrocadas?

Pués por muy improbable que parezca esa es la situación que llevamos viviendo en España desde hace ya unos años. El permanente enroque de todos los partidos políticos que juegan a sus propios intereses con los votos de todos los ciudadanos. Unos para lograr mejores resultados electorales, otros para desbaratar competencia en su espectro político y otros, que ven su ocaso cercano, para intentar el vuelo del ave Fénix. Todos tienen intereses prioritarios que nada tienen que ver con los intereses del país, al que dicen servir, o de los ciudadanos, a los que dicen representar. Eso, sí, puntualmente cobran por su enroque como si estuvieran haciendo el trabajo para el que han sido elegidos, pero sin hacerlo y sin intención de que pueda hacerse.

El lamentable espectáculo de enroque multilateral, multidisciplinar, multiestúpido, debería de llamarnos la atención lo suficiente como para hacerles llegar a los enrocados líderes, que concepto tan desaprovechado el de líder, una preocupante, para ellos, preocupación popular por su actitud y su desprecio hacia los votantes. Total, ya saben que, hagan lo que hagan, algunos los votarán porque son los suyos, otros los votarán porque a alguien hay que votar, y otros votaran a los otros, que al fin y a la postre son como de casa.

Se enroca Rivera, y lleva a su partido a unas elecciones que pueden castigarlo, que pueden castigar a su partido por no lograr hacer un papel determinante en la resolución de una situación que tenía que haberlo fortalecido, ofrecer una investidura y una cierta estabilidad a cambio de unas reglas perfectamente pactadas y atadas. ¿Qué no se fía de Pedro Sánchez? Ni yo, ni de él tampoco. El problema en su enroque es que ha intentado la solución cuando al otro ya no le convenía. Su enroque no muestra más que la incapacidad de un político más ambicioso que inteligente, más preocupado por lo que él quiere que por lo que el país necesita.

Se enroca Pablo Iglesias, desesperadamente dada su deriva hacia la irrelevancia, en obtener un puesto protagonista, suyo o de su formación, en el cartelón de anuncio de la legislatura y va siempre a remolque de la estrategia de fagocitación que ha diseñado el PSOE. Si hubiera estado más atento a la jugada, y menos a los focos, habría visto la oportunidad de jugar un papel de gobierno complementario sin quemarse en el ejecutivo real. Ya es tarde. Tezanos augura una preponderancia suficiente para el PSOE que cree no necesitar a Podemos.

Se enroca Casado obsesionado por recuperar los votos de Vox, de Ciudadanos, y del centro. Difícil cóctel. Como atraer a votantes de Vox y del centro con los mismos argumentos y dando un paso considerable hacia la derecha. Afortunadamente su enroque lo defienden los enroques ajenos, más débiles y evidentes. Su enroque es un tanto pasivo, de cazador al acecho.

Se enrocan los nacionalistas, en realidad casi todos separatistas, de izquierdas y de derechas, exigiendo en cuotas el desmembramiento del estado, cuando no, en el caso de los catalanes, su disolución inmediata, la conculcación de la separación de poderes y la entrega de las llaves de la República para su sueño bananaero.

Se enroca Vox en sus opiniones altisonantes, frentistas, epatantes, aunque a veces coincidan con la realidad, pero es que la esencia de Vox es la de ser un partido enrocado. No le queda otra.

Pero sin duda, entre todos los enroques, brilla con luz propia el enroque del presidente del gobierno en funciones, su gobierno mariachi y el partido de su propiedad. Su actitud, sus silencios, que yo creo que son para evitar que se le escape la carcajada, y su absoluta falta de argumentos y de voluntad negociadora, rayan lo chulesco, pero lo rayan por la parte de dentro. Su absoluta inacción en su obligación de promover soluciones, su permanente reparto de culpas ajenas e inocencias propias, su cinismo y su falta de moral democrática lo hacen ser, para mí, uno de los personajes más oscuros de la mal llamada democracia española. Ególatra y narciso parece considerar que sacar algunos votos más que otros lo hace, casi por derecho divino, el candidato único e irremplazable a presidente del futuro gobierno. El dueño del balón, como ya lo denominé en un artículo anterior, no tendrá inconveniente alguno en llevar al país a sucesivas elecciones, y a la ruina si es necesario, hasta que le den la razón y la mayoría absoluta. Se ha creído su libro y los ciudadanos somos los rehenes necesarios para imponer su razón de estado, de estado satisfecho, aclaro.

Y ante tanto enroque a mí me gustaría jugar un jaque pastor que acabara con este disparate, pero dada mi impericia ajedrecística, y mi irrelevancia política, gracias a dios, me tendré que conformar yo también y volver, una vez más, otra vez, a enrocarme y votar en blanco. Porque está claro que votar en blanco es votar sin esperanza, sin razón, no confundir con la sinrazón de los políticos, y sin otra espectativa que la de que el sistema se revuelva y expulse a tanto empecinado mediocre, a tanto bufón de la corte y a tanto tonto útil necesario para completar listas que agreden la representatividad de los ciudadanos. Porque votar en blanco es votar con los ojos cerrados, tan apretados que la luz no solo no entre, que no salga. Porque votar en blanco es votar rechinando los dientes y con los nudillos blancos de tanto apretar los puños. Porque votar en blanco es pura desesperanza, desesperación, frustración, rabia.

Y así seguiremos, ellos con sus listas y sus enroques, otros votando porque esto es mejor que aquello otro, y algunos absteniéndonos, votando nulo o en blanco para demostrar que si aquello no nos gustaba, esto tampoco. Lo malo es que en una partida en la que todos los jugadores se enrocan siempre acaba en tablas, como en una partida de parchís en la que todas las fichas de todos los colores estén formando barrera. Vaya mierda de partida, con perdón.

viernes, 20 de septiembre de 2019

El día del alzheimer 2019


Dicen que hoy es el día del alzheimer, que es como decir que hoy es el día de las enfermedades degenerativas mentales, que es como decir que hoy es el día de recordar a los muertos en vida, a los enfermos y a los pacientes.
No soy muy partidario de los días de, y no soy muy partidario porque me parecen una forma de decir que los que podrían hacer algo más por solucionar un problema consideran que de momento no requiere sus auténticos esfuerzos. Una forma plástica de aliviar las malas conciencias.
La enfermedad es más eficaz y no entiende de días. La enfermedad trabaja todos los días del año y avanza inclemente sobre la vida de los enfermos y de los cuidadores sin dar tregua ni esperanza.
Todo lo que envuelve a la demencia se convierte en un tiempo dentro del tiempo, en un tempo de lasitud, de abandono, de cansancio mental, de desesperanza, de tristeza, de agotamiento físico, de lateralidad social que va carcomiendo las mentes y los cuerpos. Todo es lentitud: del tiempo al pasar, de la vida al decaer, de la administración al dar soluciones.
Tal vez las dos primeras lentitudes son inevitables a día de hoy, pero la tercera solo demuestra la ineficacia de una maquinaria compuesta por personas que funcionan como engranajes, la falta de alma de un entramado burocrático que en muchas ocasiones aporta las soluciones cuando el enfermo ya no las necesita. Eso que se llama a toro pasado.
Enfrentarse a un caso de demencia, de alzheimer si se quiere, es enfrentarse a una hipoteca vital, moral, económica y social. Y nadie está preparado para eso. Nadie está preparado a renunciar a una parte importante de su vida a cambio de ir despidiéndote de un ser querido poco a poco, temiendo cada día que el anterior haya sido el último en el que te ha reconocido, el último de su consciencia, el último en el que podías reconocer al que cuidas por algo más que por su deteriorados rasgos físicos. Enfrentarse a un caso de demencia convierte al que lo hace en un enfermo más. Enfermo de desesperanza, enfermo de despedida, enfermo de empezar desear la muerte ajena como única salida, enfermo moralmente por desearlo.
Está bien esto del día de… aunque me temo que no sirve, en la práctica, para nada.
Los enfermos de alzheimer no mejoran en el día del alzheimer, los cuidadores no descansan  en el día del alzheimer, las administraciones no resuelven más ayudas ni crean otras nuevas en el día del alzheimer, los investigadores no avanzan más ni tienen más fondos en el día del alzheimer. Eso sí, se habla más del alzheimer en el día del alzheimer, y si las palabras fueran obras tal vez estaríamos en otra situación.
Este moderno concepto de la visibilidad me produce un sentimiento entre la ternura de la buena voluntad y la indignación de la indiferencia que supone. Pero me temo que la verdadera, la única, visibilidad de esta enfermedad se da cuando la enfermedad se manifiesta, en ese momento para el que nadie se ha preparado, para el que todo lo oído no sirve de nada porque los sentimientos no se entrenan. Entonces viene la estupefacción, la negación, en muchos casos, que puede agravar el devenir de los pacientes y de los enfermos, la necesidad de unos apoyos que no llegarán hasta mucho más tarde.
No sé, no está a mi alcance saberlo, si se podrá hacer algo más científicamente. Es difícil poder mejorar el comportamiento heroico de las familias, la mayoría, enfrentadas a un futuro sin esperanza. Es lamentable la burocrática, lenta e insensible respuesta de las distintas administraciones a las que hay que enfrentarse, incluso la respuesta distante de algunos funcionarios sin la empatía imprescindible para tratar con casos de necesaria humanidad.
Bueno, celebremos el día del alzheimer como medio para lograr que al menos un día al año la gente se sienta conmovida por un drama que afecta a miles de enfermos, a millones de pacientes y piense, los que piensen, si se podrá hacer algo más. Me temo que, desgraciadamente, los que podrían resolver algo tienen otras prioridades, incluso el día del alzheimer, y no pueden distraerse de esas superiores obligaciones.
Mientras tanto al resto, a los que lo hemos pasado, a los que hoy empiezan a sufrirlo, a los que a partir de mañana lo padecerán, siempre nos quedará la esperanza de poder celebrar en un futuro cercano el “Día de la Erradicación de las Demencias”
Ah¡, para los que aún no lo saben, el alzheimer solo es una forma de demencia, ni siquiera la más habitual, pero eso no nos lo explican y tiene consecuencias. Porque hay familiares que abominan de la palabra, de la denominación, y se crean una falsa esperanza cuando pueden rechazar el nombre del doctor asociado a la enfermedad de su allegado. Porque hay personas que asocian el nombre, alzheimer, a una suerte de lacra que pueden negar en el caso de que la demencia diagnosticada sea de cualquier otra región cerebral.
Recuerdo a mi madre, ingresada en el hospital, ya con cuidados paliativos, con que furia me llamó a capítulo  porque yo le había a dicho al médico que mi padre padecía alzheimer en un grado muy avanzado. “Te prohíbo que vuelvas a decir que tu padre tiene alzheimer. Tu padre no tiene eso”. Si mamá, era verdad, papá sufría una demencia frontoparietal en grado IV, pero para ti era importante, era determinante, que no se llamara alzheimer, que no tuviera día, ni desesperanza.
Conmemoremos el día del alzheimer, aunque lo suframos todo el año, aunque lo olvidemos el resto del año. Señal de que, afortunadamente, aún podemos.

Muertos sin dueño


Escucho, y veo, las noticias y no tengo ojos para todo el llanto que mi interior acumula. La contumacia de los políticos, la contumacia de las políticas que de ellos emanan, en el tema de la violencia doméstica, mal llamada violencia de género, llamada por intereses ideológicos violencia machista, es propia de aquellos a los que les importa más imponer su razón que buscar una solución. Tómese contumaz en su primera acepción del diccionario: “Que se mantiene firme en su comportamiento, actitud, ideas o intenciones, a pesar de castigos, advertencias o consejos.”, o en la tercera: “Que se mantiene sin cambios y comporta daños”.
En 2004 se promulgó la ley de violencia de género. Una ley obsesionada por una visión punitiva del problema, una ley que 15 años después ha mostrado no solo su absoluta ineficacia, si no su incapacidad para enfocar correctamente un problema que año tras año se muestra más inclemente y preocupante. Aunque este desenfoque de la tragedia no es solo legal, es social, es educativo y por tanto es político.
Entre una izquierda radical que pretende apropiarse de las víctimas, y una derecha radical que pretende negar la existencia característica de la mayor parte de los casos, el ciudadano asiste espantado al diario recital de muertes inmediatas y de lacras futuras que el problema va vertiendo inclemente sobre la conciencia de las personas, mal llamadas, de bien. Esos mismos que pasados los siete días de carnaza informativa no volverán a acordarse de que existen personas en riesgo de muerte física, y de muerte psicológica colateralmente, hasta la próxima desgracia. Concentraciones, manifestaciones, eslóganes y apropiamientos interesados. Dolor temporal de los más cercanos, dolor infinito en los que han perdido a alguien querido y condolencias oficiales. Y se acabó.
¿Y la formación? Si uno observa con atención las documentaciones de los centros educativos observa que casi invariablemente hay un apartado de igualdad de género, unos cursos, charlas, iniciativas sobre igualdad. Desde las guarderías a los institutos. Todos hablan de igualdad, pero parece que lo único que hacen es eso, hablar, charlar, divagar, porque vistos los resultados reales no parecen particularmente instructivos. A lo mejor, a lo peor, es que la formación que adolece de un sesgo ideológico no es eficaz ni cuando tiene razón, porque el machismo crece entre los jóvenes y las jóvenes, entre los jóvenes y las jóvenas en lenguaje estúpido inclusivo, por si alguien no me había entendido, y eso demuestra hasta qué punto la contumacia de los responsables educativos elude la búsqueda de soluciones reales para promover las medidas populistas e ineficaces.
De nada sirve hablar si no se vive. De nada sirve educar si no se práctica la enseñanza. De nada sirve preocuparse puntualmente, momentáneamente, públicamente, si no hay un seguimiento eficaz y unas medidas preventivas que realmente busquen soluciones.
La violencia doméstica es una lacra social. No es moderna, no es patrimonio de un grupo ideológico o de un movimiento activista, la violencia doméstica solo demuestra una falta de empatía social del maltratador, y, en muchos casos, de la víctima y de sus entornos.
¿Sirve de algo una ley que condenaría a un culpable que la mayor parte de las veces se suicida? Creo que no. ¿Sirve de algo una ley de protección que no dispone de los medios imprescindibles para cumplirse? Me temo que no ¿Puede la sociedad garantizar protección a todas las personas en riesgo de convertirse en víctimas? No, con absoluta certeza no.
¿Y cuál es la solución? ¿Qué solución existe cuando, en algunos casos, es la misma víctima la que se pone en riesgo de serlo? ¿Gritar? ¿Señalar culpables? ¿Las pancartas y consignas? Tampoco. No existe una solución mágica y a corto plazo, que es lo único que les interesa a los activistas y a los políticos. No existe una solución mágica e inmediata. No existiría ni aunque hubiera un solo sexo sobre la tierra, porque, aunque se reivindique como de género, o machista, esta violencia nace del sentido de posesión, nace de la convivencia, y la suele ejercer el que se siente más fuerte, generalmente el macho, para asentar su dominio en una manada familiar, porque no sabe otra forma de hacer valer su predominio, su liderazgo, su propiedad.
Claro que así explicado se desmonta todo el entramado de posesión ideológica de las víctimas, y eso no interesa, pero tal vez, con esfuerzo, con tiempo, se podría atajar la sangría, aunque eso privara de armas arrojadizas a los que están más interesados en el clamor popular del momento que en la erradicación de la lacra. Al fin y al cabo a los clamores ciegos siempre se les pueden buscar réditos.
Pero esas soluciones convivenciales, que enseñan el respeto hacia el otro, sea del sexo que sea el otro, que explican que todos somos libres y por tanto no somos propiedad de nadie, que promueven la igualdad y el mutuo reconocimiento, no están entre las prioridades de los poderes que secuencialmente ocupan el poder. Porque un sistema educativo que promueva esos valores exige de un sentido ciudadano que puede llevar al libre pensamiento, y los librepensadores son un mal a erradicar por los políticos y los poderes que los sostienen porque no son manejables.
Este, por más que escuchando lo parezca, no es un problema ideológico. Las víctimas no son de izquierdas ni de derechas, los muertos no tienen ideología ni deberían de ser propiedad de unos gritones. Los muertos, por el momento y mientras la ciencia no demuestre lo contrario, son lo más definitivo que existe en nuestro mundo, y una vez muertos les importa un ardite todo lo que los vivos enreden a su cuenta, en su nombre, usurpando esa paz que ya nadie puede quitarles.
Lo único que debería de importar es evitar más muertos, más víctimas de traumas colaterales, más propietarios del dolor ajeno, más diletantes inmorales que pretenden arrogarse la representación de aquellos que ya no tienen representación posible. Lo único que importa es desmontar un sistema de valores en el que lo único que nos mueve es la propiedad, la preponderancia, y en el que los medios no importan. Y si no reflexione ¿El acoso es un problema diferente del que hemos tratado, o simplemente es un estadio diferente del mismo problema? ¿El acoso no es una forma de violencia en un ámbito cerrado, como lo es el doméstico, el de pareja, el familiar? ¿Existe la violencia doméstica sin episodios previos de acoso familiar? Para mí no, pero en el ámbito doméstico existe una presencia de género rentable, que en el caso de acoso no siempre es aprovechable. En la violencia doméstica hay uno que mata y en el acoso puede haber alguno que se suicide, pero tanto en uno como en otro funciona la ley de la manada, el líder sin valores que usa cualquier medio para imponer su liderazgo, su insano liderazgo.
Todos somos maltratadores en potencia, en esencia. Todos, eliminada nuestra capa de civilización, tendemos a defender, con cualquier medio a nuestro alcance, nuestra posición en la manada. Todos podemos llegar a situaciones donde perdamos el control. El que esa pérdida de control se produzca antes o nunca, solo dependerá de nuestra capacidad, de nuestras capacidades, para entender nuestros procesos, asumirlos y educarlos. Lo demás para las próximas elecciones, lo demás para los de las pancartas y los gritos, lo demás para políticos y radicales.