jueves, 28 de abril de 2016

De la convivencia y el respeto

Paseaba el otro día por el centro de Madrid y me encontré, imagen ya habitual,  con un hombre tumbado, todo su largo, frente al escaparate de un comercio y con un vaso de plástico delante. Y me indigné. Me indigné porque el individuo allí tumbado tenía las mismas características textiles y raciales, asumo que me llamen racista y me importa un pito, que la mayoría de los que me abruman en los semáforos intentando obligarme a permitirles que limpien unos cristales que me da la gana de llevarlos como los llevo, esos mismos que se comportan de diferente forma si el conductor es hombre o mujer porque si es mujer intentan intimidar, rebasan el nivel de la grosería e incluso de lo permisible. Si, esos mismos que en grupos numerosos recorren las calles arrasando con bolsos y bolsillos y recurren a la violencia verbal, a la amenaza, si son descubiertos. Los mismos, esos mismos, que ciertos vehículos reparten por Madrid, y estoy seguro que por muchas otras ciudades de este país, para ocupar las plazas a las que han sido asignadas por el cabecilla de turno que horas más tarde hará la recogida de sus compinches y las recaudaciones obtenidas.
Esos mismos que con sus maneras, con sus desmanes, con su absoluta falta de respeto a la convivencia, hacen las calles de nuestras ciudades más inseguras, más sucias, más antipáticas e inhabitables. Esos mismos que han encontrado en nuestro país, en su enfermiza dejación, en la permanente manipulación de los hechos para arrimar el ascua a la sardina que conviene, en su tibieza respecto a la propia estima, en su miedo permanente a ser políticamente incorrectos, en su búsqueda permanente de la excelencia ajena sin reparar en la propia, el paraíso para sus desmanes, la tierra prometida de la permisividad y la tolerancia mal entendida, mal vivida, mal aplicada, mal asumida.
Lo he dicho al principio, habrá, dado que estoy señalando directamente a una etnia concreta, quién piense que este es un comentario racista. Para que no existan dudas, lo es, y lo es porque también es étnico, racista, el fenómeno de las mafias. Porque, aunque sea políticamente correcto, aunque haya intelectuales de salón que amparan el mal gusto, el mal trato de la convivencia, la culpabilidad interesada, la modernidad del todo vale cueste lo que cueste, yo me niego a creer que la felicidad de un verdadero necesitado pase por tirarse en medio de una acera. Porque dudo que la justicia social de una sociedad pase por permitir que ciertas mafias campen a sus anchas en perjuicio de sus ciudadanos. Porque, definitivamente, no me creo que para ser moderno, progresista, haya que tolerar ciertos comportamientos  o simplemente callarse para evitar que los observadores de insulto fácil e intelectualidad dudosa te llamen fascista. Antes muerto que señalado. Antes callado, sumiso, políticamente correcto, que permitir que alguien pueda acusarte de fascista en un ejercicio de fascismo intelectual intolerable.
Ya está bien. Ya está bien de modernos que vienen a decirnos lo que tenemos que pensar, lo que debemos de aborrecer, lo que ellos, iluminados por la verdad máxima, han conseguido comprender para conseguir convertirse en apóstoles de la nueva verdad absoluta que  a lo largo de tanto siglos nadie había conseguido atisbar.
Y me vienen a la mente, como último ejemplo de esta intelectualidad moral y aviesa, las palabras de esa diputada catalana que ha declarado que “follar en el metro no es pecado”. No señora, posiblemente follar en el metro no sea pecado, por más que sus mismas palabras denuncian su única intención en el comentario.
No sé a ciencia cierta si “follar en el metro” es pecado, es más, ni me importa. Si me importara le preguntaría a una autoridad religiosa ya que el pecado, el concepto de pecado, es un concepto puramente religioso y usted no me parece una autoridad en el tema. Es más, siendo consecuente, no sé si “follar en el metro”, por seguir respetando sus palabras, es delito, o falta, porque tampoco me importa. Ni me importa, ni me escandaliza por motivo moral alguno, el que alguien quiera follar en el metro, en la playa, o, ya puestos, en el portal de mi casa si tienen acceso a él. No, pero el que no me escandalice, el que no me haga clamar contra el pecado ni me lleve a crear una cruzada contra la perversión de la sociedad, no hace que deje de pensar que “follar en el metro” o en cualquier lugar sin intimidad, tumbarse en la acera, o hacer otro tipo de exhibiciones públicas, es un ejercicio de mal gusto, de falta de respeto a los demás.
Porque, al parecer, la modernidad, el progresismo, la fineza intelectual y moral, la nueva verdad revelada, pasa porque una parte de la sociedad, la moralmente perfecta, la progresista, la moderna, se dedique a provocar y a faltarle al respeto a otra parte de la sociedad que sin saberlo necesitaba ser salvada por los nuevos mesías de la verdad revelada.
La convivencia es un ejercicio de respeto. La convivencia pasa por respetar lo ajeno aunque no creamos en ello. La convivencia pasa por educarse uno mismo antes de pensar en educar a los demás. Pero esto, que también tiene que ver con la tolerancia, necesita de unos valores éticos, morales, intelectuales, que claramente no están al alcance de ciertos redentores de pacotilla que se sienten capacitados para salvar al mundo de los errores, cuando lo que realmente necesita el mundo es salvarse de ellos.

Por dejarlo claro: “follar en el metro”, tirarse en medio de una acera para hacer exhibición de miseria, dedicarse a provocar por hacerse unas risas o considerarse mejor que los demás, no es pecado, posiblemente no es delito, ni falta, es solo una ordinariez, una exaltación del mal gusto y, sobre todo, sobre todo, una falta de respeto. Y donde no hay respeto no hay posibilidad de convivencia.

sábado, 2 de abril de 2016

Si yo tuviera veinticinco años

Cuando se tiene cierta edad, y el término cierta siempre se refiere a pila de años, y se echa la vista atrás es cuando se puede apreciar la evolución de la personalidad, la maduración de ciertas ideas y un poso de conocimiento, lo de sabiduría me parece un exceso, que te permite intuir la diferencia entre tus actos presentes y los que llevarías a cabo si a día de hoy tuvieras, pongamos, veinticinco años, año arriba, año abajo.
Si en este momento tuviera veinticinco años yo sería, casi con total seguridad, votante de Podemos. Lo tengo claro. Hoy no. Ya estoy oyendo el discurso de los que no esperan a las razones ajenas, seguramente porque carecen de razones propias: “Es que con la edad la gente se va volviendo más carca”. Bueno, no dudo que ellos sí, yo no.
Con veinticinco años yo me consideraba anarquista, vehemente, convencido, sin fisuras. Con algunos más hoy me considero ácrata, vehemente, convencido, sin fisuras, y con mucho miedo de lo que el término significa para otros. Y ahí radica la diferencia. Con veinticinco años a mí me daba igual lo que pensaran otros que pensaba yo, a día de hoy a mí me preocupa mucho lo que piensan otros que dicen pensar lo mismo que pienso yo.
Con veinticinco años yo estaba al lado, o un paso por delante, de cualquiera que quisiera cambiar el mundo, sin importarme ni los medios, ni las formas, ni las consecuencias. Con veinticinco años tenía toda la vida por delante para equivocarme y corregir mis errores, de visualizar ante una vida tan larga como sería el mundo conmigo en él, no podía ser de otra manera, y por tanto valoraba la urgencia de cambiarlo para poder disfrutar de mi sueño. Con veinticinco años las tradiciones eran cosa de los viejos, la historia una materia de estudio y España una cosa de la que hablaba Franco y nos obligaba a la fuerza. A día de hoy tengo hijos y sé que tengo que trabajar, que aportar mi granito de arena para que el mundo vaya derivando hacia el mundo que yo sueño, o, como es el caso, para evitar que el mundo vaya ciegamente encaminado hacia las peores fantasías de la ciencia ficción de los años dorados del género: Un Mundo Feliz, Gran Hermano, La Fuga de Logan… A día de hoy sopeso las tradiciones, incluso aquellas que tienen  un carácter o fondo que no comparto, analizo y valoro la historia como parte de lo que soy y España es un trozo de mundo agradable, y con considerables ventajas sobre muchos otros, en el que vivo y con el que parcialmente me identifico.
Por eso con veinticinco años yo habría votado a Podemos, o habría sido jacobino si la época hubiera coincidido, sin importarme los medios, las formas, las consecuencias, convencido de que era el camino inmediato y feliz para un cambio que ordenara el mundo. Por eso hoy en día no puedo votar a Podemos, porque no tiene una ideología formal y que pueda reconocer y actúa como una amalgama de activistas donde cada uno cree que puede imponer a la sociedad sus credos, porque hace de la provocación una forma de actuación, porque, como todos los radicales, religiosos, anti religiosos, políticos o anti políticos, consideran que destruir todo lo existente es el camino para crear un mundo más justo y más feliz. Que todo lo pasado es pernicioso o en todo caso borrable.
Porque con veinticinco años no hay nada por encima de los valores, pero con cierta edad uno ya ha visto lo que se hace con los valores, lo que la política acaba haciendo con los valores y como los dictadores se envuelven en la bandera de la libertad, y como los demagogos se camuflan como activistas sociales, y como los ávidos de poder usan las necesidades de la sociedad para su propio medraje, y entonces importan las formas, los medios, las consecuencias. Por eso yo con veinticinco años habría votado a Podemos, pero con cierta edad, con la que tengo ahora, solo comparto con ellos los valores pero no la política, o sea, las formas, los medios, las consecuencias.
Permítaseme una reflexión de ser humano con una cierta edad, con un compromiso con la igualdad, la libertad y la fraternidad, una pregunta, o preguntas, que no tiene otro fin que el de invitar a que reflexionen conmigo
¿Podemos, que ironía, borrar de nuestra memoria como sociedad, como país, todo lo que nos ha llevado a ser quiénes y cómo somos? ¿Podemos, seguimos con la ironía, edificar una nueva sociedad sin memoria? ¿Podemos superar a la naturaleza que nos ha llevado a ser mamíferos sin olvidar que antes fuimos otras cosas? ¿Podemos, a estas alturas de la vida, consentir que alguien nos obligue a pensar como no pensamos? ¿A dejar de sentir lo que sentimos? ¿A que nos prohíban lo que no nos da la gana que sea prohibido porque ellos lo rechazan? ¿Realmente podemos? ¿Debemos?
Bueno, la soberbia también es una característica de los veinticinco años, año arriba, año abajo, edad en la que la experiencia es algo que dicen tener otros y la usan para evitar que los de veinticinco años, año arriba año abajo, puedan reclamar la razón que indudablemente creen tener.
Habrá quién leyendo esto piense “quien tuviera veinticinco años”. Yo no, primero porque es una quimera, segundo porque ya los tuve y estuvieron bien y tercero, y fundamental, porque ahora tengo, disfruto y paladeo, una cierta pila de años.
Claro que siendo sincero, totalmente sincero, si yo tuviera veinticinco años sería votante de Podemos, pero ahora, con cierta edad, con la pila de años que tengo, no me siento capaz de votar a Podemos, ni al PSOE, ni al PP, ni a Ciudadanos, IU, o cualquier marea o compromiso que me salga al paso, porque ya la experiencia me dice que ninguno de ellos garantiza el cien por cien lo que yo creo que necesita la sociedad. Porque creo que son organizaciones al servicio, o al servicio del ansia, del poder. Porque creo que la disciplina de voto, que feo verbo disciplinar, es inversamente proporcional a la libertad, porque las estructuras rígidas y monocordes que son los partidos son inversamente proporcionales a las ansias democráticas de la sociedad.

Tal vez si hubiera listas abiertas… Tal vez. O si yo tuviera veinticinco años.

jueves, 24 de marzo de 2016

Mañana más

Entiendo que cuando se da un mensaje público este tiene que ser sencillo y rotundo, pero lo que no entiendo es que la sociedad que lo recibe no se pare a reflexionar sobre todo lo que esos mensajes tienen detrás. Lo que no entiendo es esa especie de fe ciega que el hombre de la calle, me niego a llamarle ciudadano que implica una conciencia e implicación que no demuestra a día de hoy, parece poner en los líderes, y me da igual que sean mediáticos, políticos o sociales, que sistemáticamente le demuestran su incapacidad, su escasez de bagaje moral e incluso su desprecio por sus derechos, traicionándolos en cada ocasión que se presenta.
Una vez más, otra vez más y las que te rondaré morena, los muertos, el terror, los crespones negros, las condolencias redactadas con rigor, elegancia y un toque de sentimiento. Empiezo a pensar que las tienen guardadas a falta de poner el nombre de la ciudad y el país. Y los asesinos preocupadísimos por la fina literatura que destilan los escritos porque los lleva al arrepentimiento súbito, incondicional, irremisible.
Tras los últimos comunicados tan firmes, tan elegantes, tan llenos de indignación, los activistas esparcidos por el mundo han salido a la calle a entregarse dándose golpes de pecho y pidiendo perdón por el daño causado. ¡¡¡Que inmensa parodia!!! Que magnífico espectáculo si no fuera porque la sangre vertida es de verdad y no puede volver a introducirse en los cuerpos que la han derramado y que vuelvan a la vida. A la vida, de momento, no se vuelve. Los muertos lo son para siempre.
Y ahora, para solaz de los beneficiados, para júbilo de los asesinos, para decepción, otra más, de los que intentamos atisbar entre los velos que nos ponen para ofuscar nuestra razón y estorbar nuestra vista, vienen las condolencias, vienen los discursos, vienen una vez más, y otra, y otra, las palabras grandilocuentes, vacías, los discursos encendidos para incendiar, los discursos enardecidos para pedir calma, los discursos arrebatados para reclamar la inocencia de todos.
¿De todos? ¿Es que en esta historia hay inocentes?
No son inocentes los asesinos porque no puede haber ninguna razón en una personalidad moralmente bien formada para matar a otro ser humano, para arrebatarle el único bien que no puede ser devuelto. No son inocentes aquellos que con sus prédicas, con su torticera visión de dios y la religión, envían a otros, siempre a otros, a que maten y a que mueran prometiendo lo que no pueden garantizar. No son inocentes los que con su permisividad, con su falsa tolerancia y su rancio progresismo han permitido que esos ideólogos de la muerte tengan un lugar en el que adoctrinar y engañar a esos pobres asesinos. No son inocentes los que más preocupados de la propia poltrona y el favorecimiento de amigos, seguidores y correligionarios se dedican a gobernar para los poderosos creando una falsa alternativa de izquierdas y derechas con la que engañar a los gobernados. No son inocentes, en realidad son los verdaderos culpables, aquellos que amparados en el anonimato y el dinero dirigen al mundo con mano firme y consciente, avariciosa y funesta, hacia una hecatombe ética, bélica, económica y ecológica.
Pero claro, contarle esto a una sociedad pacata y amedrentada, decadente y pusilánime como es la occidental, una sociedad que cree que los derechos son algo que se adquiere por el simple hecho de pedirlos y que no se pueden negar, a una sociedad tan cobarde que consiente en cambiar esos derechos por seguridad, confort y ceguera, contarle esto es tan efectivo, o incluso menos, que leerles las condolencias a los asesinos.
 Y mañana más. Mañana más muertos, más asesinos, más guerras, más condenas, más intolerancia, más progresismo de salón, más arrebatadas proclamas, más despotismo ilustrado y sobretodo, sobretodo, más riqueza para los que viven de ello, para los que se amparan al fondo de un tablero donde mueren los peones, se queman los alfiles y caballos por unas migajas de poder, compadrean las torres y ocultos, entre todos, al amparo del sacrificio de todos, los reyes y las reinas, los soberanos no coronados del poder mundial, no saben ya cómo gastar lo que atesoran, aunque sigan queriendo atesorar.

Mañana más.

domingo, 20 de marzo de 2016

Los canteros, los refugiados y el ojo de la aguja.

Hay momentos en que todo se conjuga para que la cabeza piense en un volumen perceptible por la consciencia, y en esos momentos influyen también las circunstancias.
Estaba ayer oyendo, en la catedral de Almería, la misa de Santa Teresa de Haydn y entre la magnificencia del recinto, las luces y la música me puse a pensar en consciente. A visualizar entre los altos arcos los encofrados trabajosamente montados, las roldanas subiendo las piedras, el esfuerzo de hombres y útiles desplegado para hacer avanzar la obra… y la sangre, la sangre de obreros que inevitablemente y dado lo rústico de las herramientas y lo ambicioso de la obra se habrá derramado inevitablemente.
No hay obra humana que avance sin sangre, sea sangre roja, de venas, de cuerpos, o sea sangre gris de pensamientos, de ideas o ideales. Parece como si el avance de los humanos se cobrara en muerte, en sangres, la idea de la evolución, como si necesitara su ofrenda, su combustible, para mantener en marcha la extraña maquinaria que nos hace avanzar. Y es un combustible caro, aunque muchos lo utilicen para el propio beneficio en el sentido más ridículo y dañino del término, para el enriquecimiento más allá de la capacidad de gasto o disfrute.
Las guerras, esas herramientas que los poderosos usan para enriquecerse aún más, que usan para marcar nuevos territorios a los que explotar o afirmar los que ya tenían, para desalojar a las poblaciones que estorban o, simplemente, para jugar con el miedo de la gente y cambiar paz por derechos, son la plaga que el hombre a día de hoy ni se ha planteado erradicar.
Sufro, como cualquiera, con las imágenes que diariamente me sirven los programas de noticias de refugiados, de erradicados de la guerra que asola su país. Sufro no tanto por los muertos que me enseñan, y que son solo los que saben que más pueden conmoverme, si no por los vivos que todavía sufren sin esperanza alguna, sin capacidad de avanzar, sin posibilidad de retroceder, sin atisbo de solución, sin esperanza real de que su vida sea otra cosa que un estorbo para los acomodados, un incordio para los acogedores, un cebo para los cazadores de noticias, un sufrimiento para los que les rodean y una frustración para ellos.
Lo dije hace tiempo, lo repito: que inmensa miseria, que inconcebible sufrimiento o que mentira, puede obligar a una persona, no digamos a una familia, a desplazarse enfrentando toda clase de calamidades, de peligros, de desprecios y humillaciones, a una tierra en la que no les esperan más que calamidades, peligros, desprecios y humillaciones.
Me duelen los políticos que ponen trabas al amparo de esa riada de desesperados que llaman con su sangre, con su vida, a nuestras puertas, porque cometen un delito de lesa humanidad. Pero no me duelen menos aquellos que consideran, en realidad que proclaman porque es lo que suponen que queremos oír, que la solución es abrir de par en par las puertas sin preguntarse de donde va a salir el pan, el trabajo digno, el acogimiento espontaneo. ¿Cómo esperan que una sociedad castigada en sus propios refugiados, sin trabajo, sin recursos más que para malvivir, con una profunda crisis de valores inducida por sus propios políticos, por su propia formación, por sus propios rencores internos, pueda integrar a gentes aún más castigadas que ellos? ¿Cómo se puede pretender, así en general, a nivel masa humana, que el que ve pasar hambre a su familia esté dispuesto a compartir lo que no tiene con otro que tiene más hambre y viene a pedirle?¿En qué cabeza cabe? Recuerdo una anécdota que contaba mi abuela sobre la posguerra. Estaba comiendo un huevo frito y mi prima Estrella le dijo: “Tía Chelo, tú eres mi tía”. A lo que mi abuela, con hambre de monda de patata y cola de cartilla de racionamiento, le respondió: “Sí, pero tengo poco”
Porque el problema no es acogerlos, no es rechazarlos. Porque el problema no es dar, no es negar. El problema es tener. El problema es que no están donde deben, no están donde quieren, no están en el lugar al que pertenecen. Y no lo están porque no los dejan, no lo están porque son víctimas de intereses de los que los demás, en otra medida, también somos víctimas. Porque nosotros, en otro plano, de una forma menos cruenta, no somos menos ajenos a nuestro propio destino e intereses que ellos.
Hay que solucionar ya el problema de los refugiados, pero no con un planteamiento de salón. Hay que solucionar el problema de los refugiados pero no más, ni menos, que el de todos los parias del mundo. Hay que solucionar ya la tremenda injusticia, la inmensa inmoralidad que supone que haya personas en el mundo que ganan en un día el PIB de un país pobre. Hay que solucionar que el trabajo sea una mercancía, que la vivienda sea un lujo, que comer, que formarse, no pasar frío o tener agua corriente sea motivo de enriquecimiento para unos pocos. Si esto se soluciona empezará a no haber refugiados, empezará a escasear la gente dispuesta a morir para matar a otros, empezaremos a no tener la necesidad de defender lo propio de aquellos que ya poseen lo suyo.
Ya, claro que esto es una utopía. Claro, pero haciendo caso de una de las frases más oídas en el mayo del 68 -para los que no sepan de lo que hablo consultar mayo del 68 en la Wikipedia- “seamos realistas, pidamos lo imposible”, porque solo pidiendo lo imposible se puede mejorar lo posible, porque solo persiguiendo la perfección se puede alcanzar la belleza, porque solo persiguiendo la paz se puede alcanzar la convivencia.
Es un axioma que olvidamos con frecuencia, una verdad de Perogrullo, ama al prójimo como a ti mismo, o, por si alguien no lo pilla, para ayudar a los demás es conveniente tener la casa propia en orden, al menos adecentada, y la nuestra, hoy por hoy, como sociedad, como país, no está para recibir muchas visitas. O sea, lo que le decía mi abuela a mi prima: “Si, pero tengo poco”. Y el que tenga mucho ya sabe, lo del ojo de la aguja, y si puede ser de canto.

domingo, 13 de marzo de 2016

La Guerra del Humo

Siempre se ha dicho que por el humo se sabe dónde está el fuego, pero, como la realidad es terca, esto no es siempre cierto y a veces el humo no hace otra cosa que enmascarar la realidad hurtándola a nuestros ojos acostumbrados a la mirada franca y directa.
Es táctica consabida y habitual el realizar maniobras de distracción que oculten el verdadero fin del movimiento realizado. Y no, no estoy haciendo un ejercicio militar, ni retórico estético, lo que estoy intentando es introducir al lector en los entresijos de una guerra administrativa que, a pesar de su importancia e impacto para muchas familias, está pasando prácticamente puntillas por la prensa y el conocimiento de los ciudadanos.
La guerra del humo. La guerra inmisericorde y sin prisioneros que la administración, por medio del organismo autónomo ad hoc, y parece ser que autocrático y de métodos autoritarios –por no calificarlos, que los califico, de despóticos-, ha emprendido contra el colectivo de estanqueros en nuestro país.
Este colectivo, más de trece mil concesionarios,  se siente directamente agredido por un organismo diseñado para regular el mercado, el monopolio, del tabaco y que en los últimos tiempos se ha vuelto una pesadilla para estas empresas de ámbito familiar que han tenido la desgracia de fundar sus esperanzas de supervivencia en un sector que hasta este momento era estable. Ya se sabe que en España había dos formas de asegurarse el futuro, ser funcionario o poner un estanco.
Yo siempre había creído que en la legalidad, ya sabemos que la justicia es otra cosa, el principio de la proporcionalidad entre la causa y la sanción impuesta era inamovible. En lo que nunca había caído es en que este principio de proporcionalidad no explicaba la proporción y proporcional es todo aquello que se obtiene de multiplicar cualquier cantidad por cualquier razón. ¿Es proporcional una multa de 120.000 € para sancionar un contrato de 600 € anuales? ¿Es proporcional una multa de 12.000 para sancionar el costo de un mechero que se regale a un cliente? Y sin embargo esto es lo que les está sucediendo a los estanqueros. Esto y que como el mencionado organismo autónomo es juez y parte, en sus estatutos está que una de sus fuentes de financiación son las sanciones, aquellos que las reciben se sienten inermes e indefensos ante sus proporcionadas e inamovibles decisiones.
Claro que esto con ser grave no es lo más grave de todo, lo más grave es que existe la sospecha, creo que la fundada sospecha, de que estas sanciones no son más que el humo en los ojos para un fin no confesado.
La UE ha comunicado que en el 2017 el estado español tiene que liberalizar el mercado del tabaco. Acabar con el monopolio que actualmente existe. Normal. Lo de todos los sectores. Pero lo que no tienen otros sectores, y si tiene este, es un colectivo con licencias en vigor, con concesiones firmadas, con contratos válidos, durante veinticinco años y en función de los cuales han realizado unas inversiones y planificación de su vida por las que ahora habrían de ser indemnizados. Indemnizados por el estado que regulaba a cambio de parte y licencia la actividad.
Así que, según parece, las desmesuradas, las proporcionalmente desproporcionadas sanciones no tendrían otro fin que el de obligar a muchos de estos comerciantes a renunciar a su licencia y, a cambio de no arruinarse en el empeño, renunciar a la previsible indemnización a la que la rescisión unilateral del contrato les haría acreedores. Ya se sabe que la legalidad, la justicia es otra cosa, no solo es imprevisible, es además cara, por no decir inalcanzable para ciertas economías

Lo dicho, la guerra del humo. En nuestra administración no se da puntada sin hilo, no se habla a humo de pajas, si no a humo de tabaco, y los estanqueros si de algo saben es de esto.

miércoles, 9 de marzo de 2016

Los mirones invitan a tabaco

Después de todo este tiempo, me refiero al tiempo transcurrido desde las elecciones, tengo claras dos cosas, bueno, claras no, medianamente claras: la primera es que los supuestos líderes, en realidad caras visibles porque líderes son los que ejercen un liderazgo, de los partidos han decidido usar a los españoles como justificación y garantía de sus enconos, frustraciones y ambiciones personales, eso sí todo envuelto en un envoltorio patético-ideologizante que les permita gritar mucho en esas convenciones para convencidos que ahora llamamos mítines y a poder ser cuando haya una cámara cerca.
Estoy harto, hasta los mismísimos votos, de que todos digan que han entendido el mensaje de las urnas cuando lo que quieren  decir es que les vale el recuento para poder decir que las urnas han dicho lo que les conviene. Estoy harto, hasta las urnas, de que los voceros se dediquen a explicarme lo que tengo que pensar y lleguen a conclusiones por mí como si fuera tonto, que no dudo que lo sea, pero en todo caso menos que ellos.
La segunda es que, como decía un primo mío, “o son tontos o comieron flores de pequeños”. Uno, viendo los ejercicios retóricos comunes, los desesperados esfuerzos por decir que están dispuestos al diálogo en tanto ponen unas condiciones imposibles para los demás para poder decir que son los otros los que no quieren dialogar.
¿Nos toman por tontos? ¿Somos tan tontos que realmente nos lo creemos? ¿Tenía yo razón y estamos asistiendo a la estrategia de los dos grandes partidos por llegar a unas nuevas elecciones y quitarse de en medio a los partidos emergentes? ¿Sobrevivirá ciudadanos a unas nuevas elecciones? ¿Sobrevivirá Pedro Sánchez?
En todas estas preguntas a mí me da la impresión de que los principales damnificados por unas nuevas elecciones serían, por este orden y salvo espectáculos por venir, Pedro Sánchez, Ciudadanos y el PSOE. Ciudadanos porque se desangraría por la izquierda y por la derecha y el PSOE porque podría desangrarse por la izquierda. De Pedro Sánchez me temo que ya se encargan los suyos propios.
¿Y si aprendieran a jugar al ajedrez? Si aprendieran a jugar al ajedrez, el panorama sería diferente. Veamos: El PP, con blancas por ser el más votado, abriría avanzando peón y buscando una defensa fuerte de sus posiciones dada la debilidad que su falta de mayoría aconseja la prudencia, y el PSOE haría una partida agresiva buscando ofrecer unas tablas en el momento en que consiguiera que las blancas cedieran algunas piezas, incluso buscando alguna torre y amenazando al rey.
Traducido. ¿Qué hubiera pasado si Pedro Sánchez le hubiera hecho a Rajoy una oferta similar a la que él recibió por parte de Pablo Iglesias? ¿Si hubiera propuesto para el PSOE las carteras sociales y fiscales? Pues que posiblemente se habría formado un gobierno que diera continuidad a la recuperación pero introduciendo ciertas políticas socialmente necesarias. O sea, viendo los resultados de las elecciones, lo que parecen haber dicho los españoles. Por lo menos los que yo escucho. Y además Pedro Sánchez se hubiera consolidado en su partido como el líder capaz de quitar la iniciativa al PP y sacar una victoria de una evidente derrota.

¿Y Ciudadanos y Podemos?, pues como se dice en las partidas: “Los mirones callan e invitan a tabaco”. Llegados al momento del final de la partida los participantes pueden invitar a copas a alguno de los espectadores, o a todos. Incluso pueden, durante las copas, comentar las variantes tácticas que ellos hubieran introducido. Ya se sabe que el mejor jugador siempre es el que no juega.

domingo, 21 de febrero de 2016

Fiscales, testigos y chivatos

A veces, casi siempre, después de leer o escuchar una noticia, una pretendida noticia, me quedo con la sensación de que tengo claro lo que me han contado, pero  me cuesta mucho más, a veces no lo logro, saber qué es lo que me han querido contar realmente, o, en la mayoría de los casos, cual es la noticia real. Eso que saldría en un soporte de información de esos que ya no quedan, porque lo que me han servido en realidad, lo que ha llegado finalmente a mí, es la opinión de un señor que interpreta lo sucedido según sus inclinaciones políticas, religiosas o morales.
Nadie parece pensar que se puede servir una noticia sin más, los hechos concretos y no interpretados. Es como si en un plato me sirvieran comida digerida porque pensaran que soy incapaz de digerirla por mí mismo. En el restauante me levantaría indignado, asqueado, y con la firme intención de no volver nunca más y de difundir el hecho a los cuatro vientos para evitarle el mal trago a cualquier otro incauto que acudiera al tal local.
Pero este comportamiento que, seguramente nadie me lo discutirá, no toleraríamos en algunos ámbitos es nuestra experiencia cotidiana en el mundo de las noticias. El linchamiento mediático justificado en aras de la información, concepto ya retorcido e inexistente, en aras de una libertad de expresión que llevada a los límites actuales ni es libertad, es abuso, ni es expresión, si no mueca feroz, mueca de rabia, gesto de revancha, social, política o religiosa, no augura la posibilidad de una ecuánime puesta en valor de los hechos acontecidos y de los implicados. Si además la crónica pertenece al ámbito judicial yo paso del pasmo al escándalo.
Y es que parece ser que una vez emitida la opinión, una vez prejuzgada la persona por algún entorno o individuo con acceso a los medios de comunicación, en realidad, en su inmensa mayoría, medios de opinión y de presión, la justicia no es sino el instrumento de los mismos para confirmar lo que ya ha sido juzgado. Y si la legalidad, que la justicia es otra cosa, opina lo mismo será bendecida, y si opina lo contrario es que ha sido manipulada, intervenida, mancillada, por la parte contraria, sea esta el gobierno, la oposición, la banca, la iglesia o el “sursuncorda”, personaje muy socorrido para mencionar hasta lo inmencionable.
Porque, y aquí no albergo ni la más mínima duda,  un linchamiento es una injusticia, aunque los linchadores sean los ofendidos y el linchado culpable sin resquicios. Un linchamiento siempre será una venganza, un desahogo, una actitud que hace a los verdugos culpables y al reo un poco más inocente, una acción inmoral que priva de equidad a los oficiantes y de defensa al culpable. Una vergüenza moral para todos los que participan, que, habitualmente, como pretendidos superiores morales, devienen en simples sinvergüenzas por mor de su participación en el reprobable acto.
Pero el colmo del linchamiento, el colmo de la información opinada e  interesada es subvertir el lenguaje para conseguir un efecto más aplastante, y esto, principalmente esta manipulación del lenguaje, es la que me ha llevado a este comentario.
Veía el otro día, plácidamente sentado en mi sofá mientras comía, la información que la televisión de turno me servía sobre el juicio del caso Noos. Comentaba con Isabel, como otras veces, la vergüenza ajena que el coro de enajenados vociferantes me produce, ociosos, o profesionales, que de todo habrá, que se dedican a insultar, a gritar, a poner en escena la entrada de los actores principales –me gustaría también atisbar al corifeo, pero ese seguro que tiene despacho y más ocupaciones-. Comentábamos también la prevención que el encausamiento de la infanta me ocasiona porque estoy convencido de que en exactamente las mismas circunstancias si no fuera infanta no estaría encausada, o en el caso de cualquier otra persona no mediática, o no preeminente, su encausamiento supondría toda una corriente de apoyos personales y descalificaciones ajenas de los mismos que consideran legal  la situación de esta señora solo por pertenecer a la familia que pertenece.
Discurrió la noticia por los  medios habituales y aún tardé un rato en darme cuenta de que, en realidad, no había asistido a una noticia si no a un juicio encubierto, a un prejuicio en el que ya estaba claro quiénes eran los culpables, y solo quedaba por saber a qué pena final serían condenados, y eso me disgustó. Me disgustó hasta tal punto que reparé en que entremezclados entre los actores las ratas abandonaban el barco. Unos pretendidos semi héroes, denominados como “arrepentidos”, se quitaban de en medio a cambio de abundar en la condena de los demás. Unos personajes que alcanzaban la consideración de no culpables a cambio de, método inquisitorial habitual, acusar a los demás. Ver como ciertos protagonistas abandonaban el banquillo de los acusados, o se limpiaban parcialmente las manos con el jabón de la culpa ajena, me produjo un ataque de asco, y la palabra arrepentidos un rechazo absoluto.
Arrepentido es aquel que cometiendo un delito se arrepiente, confiesa y se pone a disposición de la justicia. Arrepentido es aquel que cometido un delito y por mor de su conciencia está dispuesto a asumir su culpabilidad y compensar a los perjudicados por el daño infringido. Arrepentido es aquel que cumpliendo la pena por su falta se arrepiente del mal causado, sin componendas ni compensaciones previas.
Lo otro, lo que nos servía la noticia, era toda una suerte de acusadores con los términos cambiados, dignificados por una actitud moralmente sospechosa.
Según nuestro lenguaje en un juicio existen dos tipos de acusadores: los fiscales y los testigos. Unos son profesionales, los otros son ocasionales, pero en ningún tratado de justicia, en ningún apartado de la legalidad vigente, se contempla a los delatores -soplones, acusicas, chivatos, que les llamábamos en el colegio-, cómo personajes que intervengan en una causa legal. Y para mí los “arrepentidos”, los acusados dispuestos a cambiar su sitio por el de testigos a cambio de un beneficio, no son ni moralmente asumibles ni tienen ningún viso de veracidad, ya que su testimonio carece de equidad al ser parte interesada, y además en sí mismos.
Si además de fiscales, testigos y delatores le sumamos a los cotillas, correveidiles y chismosos profesionales que dan su juicio antes del juicio aprovechándose de un acceso privilegiado a los medios de comunicación, ¿de qué justicia estamos hablando? ¿Qué justicia podemos esperar?
No dudo de que el testimonio que den esos señores “arrepentidos sea cierto”, no dudo de que los acusados sean culpables, no dudo de que la sentencia final sea legal. Dudo de la justicia del proceso, dudo de que los juicios sean prejuzgados mediáticamente. Dudo de que el lenguaje pueda encubrir la cobardía de un comportamiento éticamente reprobable.

Yo creería a pies juntillas a un señor que dijera: “yo voy a testificar por mi conciencia y no quiero ni admito ningún tipo de beneficio porque soy culpable”. Lo otro, lo que yo vi en la noticia fue un “sálvese quien pueda”, fue a las ratas abandonando el barco, a los que se habían enriquecido haciendo una función pública y habían tragado con su parte hasta ser descubiertos legando su culpa a mayor perjuicio de otros. O sea  a chivatos.