jueves, 11 de junio de 2015

¿Independientes o Incoherentes?

No sé si es bueno, o no, pero el desconcierto general preside estos días la actuación de los políticos elegidos y de los militantes de los partidos. Yo, como independiente recalcitrante, me regocijo, me asombro, me escandalizo, me indigno y me siento esperanzado según las situaciones que se van dando.
Lluvias pasadas traen estos lodos. El absoluto control que han ejercido las clases dominantes sobre lo que tiene que ser el posicionamiento de la opinión de las bases lleva, en una circunstancia como la actual, a la esquizofrenia. Todo era blanco hasta que el comité correspondiente decía que era negro y de forma unánime era ya negro para todos. Ni siquiera estaban permitidos los grises en ninguno de sus matices.
Estamos ahora, como consecuencia de ello, en que un militante aplaude a otro partido en una zona concreta porque pacta con los suyos y lo denigra como poco coherente porque en otra se niega a llegar a acuerdos o pacta con otra fuerza política. Aquí o todos o ninguno.
Pero eso no es lo que hemos elegido los votantes independientes, aquellos que no somos de una ideología de toda la vida, los que solo sabemos a dónde pertenecemos gracias a que los coherentes nos dicen generosamente a qué lado pertenecemos, siempre, casualmente, a los otros porque no estamos de acuerdo con ellos.
Todos o ninguno repito. Podemos es progresista y tiene que apoyar sin fisuras al PSOE. Ciudadanos es de derechas y tiene que alinearse indefectiblemente con el PP, bueno, o no y entonces tendrá que ser siempre un aliado fiel del PSOE, que parece haber ganado las elecciones diciéndole a cada cual lo que tiene que hacer. Siempre. En todas las zonas.
Que no, señores, que si eso es así sobran todos, que si quisiéramos que los partidos tradicionales conservaran las mayorías absolutas, la libertad de acción, los habríamos seguido votando y si no lo hemos hecho es para lograr que las mayorías relativas estén controladas, matizadas, intervenidas. Y eso es lo que muchos hemos votado. Porque somos esquizofrénicos, o simplemente independientes.
Porque si Podemos y el PSOE forman un frente común uno de los dos sobra, porque si Ciudadanos se inclina hacia un lado u otro injustificablemente también sobra. Lo lógico, lo normal, lo sano, es que en cada sitio gobierne, con el control externo y exhaustivo de los demás partidos, el que haya resultado más votado. Lo demás, cualquier otra componenda, no es más que eso, apaños con el único fin de pillar cacho o de desalojar a otros con mayor representación, y ciertos votantes volveremos a votar a la contra como hemos tenido que hacer tantos años. Y para votar a la contra con dos hay más que de sobra, sean los que sean. En realidad para eso sobran todos.
Tampoco en ese control vale todo. Oigo con cierto pasmo que hay alguna formación política que intenta inmiscuirse en la organización interna de los partidos con los que puede pactar, y eso no es tampoco. Cada quien es cada cual y la organización de cada partido es cuestión de sus órganos e injerir en ella es meterse en camisas de once varas.

Ya sé, ya sé. No existe razón más razonable que la de cada uno – en algunos casos la del partido- y todo el que opine de otra forma es que adolece de problemas mentales o de una diáfana incapacidad moral. Faltaría más.

sábado, 6 de junio de 2015

Conversaciones

Es complicado escucharte. Nuestros oídos, nuestras prisas, nuestro egoísmo no están preparados para desentrañar el mensaje que se oculta entre balbuceos de palabras intentadas, significados ocultos de palabras inteligibles y desvaríos de tiempo, edad y percepción que se intercalan en tus conversaciones.
Parece que la vida solo nos prepara para el mensaje directo, para la cabeza despejada, para atender y responder de forma contundente a un mensaje enunciado meridianamente. El simbolismo, la reinterpretación nos pone nerviosos y a la defensiva, y caemos en el riesgo de dejar pasar una idea clara envuelta en intentos fallidos.
Me contabas ayer con palabras de silabas temblorosas, movidas, con superlativos simplificadores y numerales que eran en realidad magnitudes – cien son muchos, tres varios- y situando la acción en un ayer de más de dos años, la caída de la banqueta que desencadenó la evolución definitiva de tu enfermedad. Y me la contabas a mí, tu hermano de hoy, tu hijo de ayer, como si fuera una tercera persona ausente entonces, e incluso ahora.
-Ya me dijo mi hermano mayor –yo- que no me suba, que me voy a caer y eso es muy peligroso.
Bueno, la frase fue mucho más larga e inconexa, pero lo que me llamó la atención es que me lo contaras a mí, que entonces era tu hijo, que fui el que te llamó la atención sobre el peligro, finalmente, desgraciadamente, consumado, trastocado en tu hermano mayor, que es lo que soy ahora, como si se lo contaras a una tercera persona, que es lo que debía de ser en ese momento, totalmente ajena a los hechos.
Aún recuerdo, y no puedo evitar emocionarme, condolerme, cuando sentados en la sala de urgencias del Hospital de la Princesa, escuché tu primera flagrante incoherencia. El cómo entonces con una consciencia amarga, con un miedo vergonzante e impropio, quise desesperadamente pensar que estabas bromeando. Hablábamos sobre tu edad.
-          A ver, papá, ¿Cuántos años tienes?
-          Ciento treinta y siete
-          Venga, en serio, ¿Cuántos años? – aún confiado y sonriente-
-          Ciento treinta y siete – ya serio y mirándome como si estuviera tonto-
-          Pero, papa, entonces – ya preocupado- ¿Cuántos tiene el tío Virgilio? – su hermano mayor-
-          Buff, ese tiene por lo menos trescientos diez –Sin ningún atisbo de sorna, sin ninguna concesión a la duda-
La rememoro y la tengo clavada porque es la última conversación coherente que recuerdo haber mantenido contigo, la primera que me hizo temer lo que días más tarde se convirtió en un proceso irreversible hacia el mundo de extrañas magnitudes que hoy habitas, hacia el mundo de pasado lejano, presente inconsistente y futuro incierto en el que desde entonces nos movemos, te mueves y nos mueves.

Pero aun así, aunque a veces mi cabeza se evade en medio de un torrente incontenible, incontinente, de palabras que pretenden fallidamente contar viejas memorias, mi oído permanece atento a cualquier significado interpretable, a cualquier frase coherente, a cualquier historia a girones que poder coser para alcanzar significado. Tú háblame, papá, aunque muchas veces no me digas nada.

viernes, 5 de junio de 2015

Por Ambos Lados

Por un lado ha pasado suficiente tiempo, ya dos semanas, y por otro aún hay que esperar bastante, casi cuatro años, para plantearse con cierta perspectiva el resultado electoral de la última convocatoria que hemos vivido en España.
Por un lado no ha cambiado nada, todos los partidos se consideran ganadores según el criterio que les conviene, pero por otro lado todo ha cambiado con la irrupción de nuevas fuerzas políticas (dos) y la desaparición prácticamente total de algunos partidos (dos).
Por un lado los ciudadanos han fragmentado su voto con la aparente intención de evitar la falta de control sobre el poder de la que hemos adolecido en los últimos tiempos en este país y que ha dado lugar a figuras nefastas como el Sr. Gallardón o el Sr. Zapatero, pero por otro lado la necesidad de los partidos de “pillar cacho” los lleva a buscar desesperadamente alianzas que reproduzcan en mosaico el monolito.
Por un lado, y por una vez, los ciudadanos han parecido votar en positivo y pluralidad a pesar de una ley electoral que les roba la posibilidad de elegir a las personas por las que realmente quieren ser representados en favor de ideologías fácilmente escamoteables, pero por otro lado, una vez más, los partidos han elegido el frentismo, el mensaje a la contra, de tal forma que la conclusión más escuchada, más machaconamente difundida, es la de defenestrar, expulsar de las instituciones dicen, a los representantes de más de la mitad de los votantes.
Por un lado los votantes han elegido probar nuevas vías que corrijan los errores cometidos de fondo, de forma, de prepotencia y autismo ciudadano, pero por otro los partidos están eligiendo reproducir fórmulas que ya han fracasado repetidamente y en distintos lugares, incluido este país nuestro.
Por un lado los ciudadanos han decidido que lo que fue en sus tiempos UCD, después el CDS e intentó ser UPyD, es decir un partido bisagra que evite la polarización de la política hacia un lado u otro del espectro pretendidamente ideológico, lo ocupen ahora los señores de Ciudadanos, y por otro han decidido entregar el testigo de una fuerza política instalada desde hace años en la demagogia, la acomodación y la corrupción (como todas), como era IU a una nueva fuerza política de izquierda más radical como es Podemos.
Lo que en ningún caso parecen haber votado los ciudadanos es el mercadeo, el intercambio de cromos, el frentismo, la división, la mentira, el escamoteo de sus deseos, el espectáculo del triunfo universal, la persecución, la vuelta a la tortilla, que siempre exige otra vuelta más, y otra, y otra.
Por un lado el fracaso una vez más de una ley electoral que no garantiza más que la creación de perversiones, de nichos, de mafias de poder, por otro el deseo de una ley que permita la elección directa de representantes y expresar las diferentes sensibilidades de cada votante que no tienen que corresponderse con las de ningún partido concreto.

Por un lado, como cada vez, como siempre, la voluntad de los ciudadanos de formar una sociedad libre y plural, harmoniosa en convivencia y comprometida con su futuro, por otro, como cada vez, como siempre, la voluntad de los partidos de conseguir el poder a costa de lo que sea y eliminar toda pluralidad que atente contra su predominio y el inmoral, el infecto, el desmoralizador medraje de sus mediocres cuadros.

lunes, 1 de junio de 2015

La pitada española

España es diferente. Si, ya se, esto es una frase de promoción comercial del país creada por el franquismo, pero que desgraciadamente refleja, retrata, plasma con asombrosa fidelidad una realidad ancestral que parece que últimamente está exacerbada.
Yo veo con cierta perplejidad añorante, y supongo que cualquier español con sentido crítico, como en los países del mundo más allá de nuestras fronteras la gente se pelea con la misma bandera. Es verdad que puede crear una cierta confusión a la hora de darse mamporros o tiros, pero todo sea por el bien del país. En España no.
Para que en este país nuestro podamos pegarnos lo primero es hacernos con una bandera, un himno y si es menester hasta con una historia nueva. Una vez convenientemente equipados el siguiente paso es reivindicar lo nuestro y considerar intolerable lo de los otros, aunque sea lo legal. Es conveniente que quede claro que no hay razón posible más que la nuestra y que los otros, los fachas, los rojos, los españoles, los vascos, los catalanes, los monárquicos o los republicanos, no son más que unos usurpadores de nuestra razón que no puede por más que ser la razón última de todos.
Estoy harto, hasta los mismísimos, de que ciertos personajillos vengan a recontarme la historia. Estoy harto, hasta los mismísimos de revisiones históricas desde la ética actual. Estoy harto, hasta los mismísimos, de que haya personas que se ofenden por ver una manifestación una bandera ilegal mientras ellos lucen con orgullo no disimulado otra tan ilegal como la que les ofende. Estoy harto, hasta los mismísimos, de escuchar tras unas elecciones como el fin último de las mismas es denigrar y “dejar fuera de la instituciones” a los representantes de la mitad de los votantes. Estoy harto, hasta los mismísimos, de que me mientan, de que me etiqueten, de que me escamoteen el pensamiento positivo y me ninguneen por no pertenecer a ninguna razón última y definitiva.
Lo aviso, estoy en un tris de hacerme una bandera, componer un himno y lanzarme a la calle convertido en un nacionalista patrio renunciando a mi proverbial nacionalismo galáctico. No hay nada más español que la falta de respeto hacia los demás y la falta de educación.

Por cierto, y al hilo, nunca había visto una manifestación tan profundamente española como la pitada al himno del otro día. Yo que ellos me lo haría mirar.

sábado, 23 de mayo de 2015

Reflexionando que es gerundio

De repente los ojos como platos. Todo es oscuridad y silencio a mí alrededor, pero una sensación indefinible de angustia me atenaza y ha producido mi desvelo. Definitivamente no es el síndrome de la almohada contable, no hay ninguna procacidad financiera a la vista. No, tampoco me he peleado con nadie y lo que habría tenido que decir y no he dicho perturba mi sueño.
Miro la hora. Las doce y dos minutos. Hora de fantasmas y apariciones.  ¿Hora de fantasmas?, ¡Claro¡, ya se lo que me pasa, el fantasma de la jornada de reflexión que ha venido puntualmente a remover mi conciencia ciudadana por no haber decidido, aún, a quien voy a votar.
“Bueno, ya por la mañana lo decido, tampoco es tan difícil”, me digo retomando postura de oreja en la almohada firmemente decidido a retornar a los brazos de Morfeo. Nada, el sueño no acude, las ovejas circulan incesantemente ante mis ojos pero llevan banderitas de partidos y tienen caras de candidatos. Es más, en vez de “beeee”, dicen: “votameeee”.
Así no hay quien duerma, las doce y cuarto y ni consigo conciliar el sueño ni reflexiono con lucidez. Al fin me levanto, enciendo la luz de mi despacho y me pongo a reflexionar, con firmeza, con dedicación, con esfuerzo. Por no ponerme escatológico no doy el símil evidente del estreñimiento, en este caso intelectual. Que duro es esto de sentirte ciudadano.
Empiezo por organizar el acopio de información para la toma de decisión. Descarto los partidos residuales y cuyos mensajes iniciales me llevan a estados emocionales impropios, de la risa a la indignación, y a los que quedan los coloco por riguroso orden alfabético. Últimas declaraciones de los líderes y candidatos.
Pasada esta primera roda de información ya tengo una primera reflexión madura. No puedo votar a ninguno porque, según me explican claramente los otros, si los voto estaré colaborando a crear una ciudad inhabitable, una comunidad inhumana y aun país insufrible. Del futuro ya ni hablamos.
Esto es imposible. Alguno habrá que sea mejor, digo yo. En la segunda ronda de reflexiones me voy a los mensajes positivos e intento olvidarme de las descalificaciones. Cuando finalizo tengo que hacer una segunda lectura porque no encuentro apenas nada sobre lo que se comprometen a hacer, solo lo que van a deshacer. Triste camino. En todo caso lo poco que puedo deducir de lo poco que me queda es que todos y cada uno están contra la corrupción, van a solucionar el paro y proporcionarme el estado de bienestar que siempre hemos soñado. Los que lo han desmontado me prometen que lo van a volver a montar y los que no han tenido oportunidad de desmontarlo lo mismo. Eso sí, ninguno me explica cuánto cuesta lo que me prometen, de donde va a salir y cuáles son las consecuencias a medio y largo plazo de las decisiones tomadas. Aire. A estas alturas de la reflexión sufro de gases.
Vale, por aquí no voy a ningún lado. Solo palabras, promesas, algunas tan imposibles que rayan en lo soez. Está claro que prometer, descalificar y mentir, son verbos irregulares. Al menos se conjugan irregular y temerariamente, con absoluto desprecio hacia la inteligencia y capacidad de ¿reflexión? de quien los está escuchando. Me viene a la memoria una frase no por procaz menos verídica: “Prometer hasta meter y después de haber metido nada de lo prometido”. Lo dicho, procaz pero veraz. Antigua pero en plena vigencia.
A estas alturas, ya las siete de la mañana, me inclino por una tercera ronda de reflexión. Hechos. Ya el simple enunciado me pone los pelos de punta. En este caso me asalta un símil culinario que me desarbola y deja inerme. La honradez de las personas depende del pan que tengan y la cantidad de salsa que le pongan delante. ¿Cínico? Puede ser, que no digo yo que no, pero realista. Todos aquellos partidos que han dispuesto de pan han mojado con fruición y sin recato. El título del cuento solo varía en el número de ladrones que acompañaban a Alí Babá. ¿Y los que no? Yo he apuntado a la condición humana, no a la política. Pon una buena fuente de salsa y se llenará de barquitos. Que puede que haya alguno a régimen de conciencia, o ahíto ya de comida, o enfermo del estómago económico, claro, puede, pero son los menos, si es que son.
En fin, esto lleva mal camino. Los ojos se me cierran pero solo son breves segundos. El fantasma de la jornada de reflexión me atormenta, me acosa, me impide conciliar un sueño inocente y reparador, el sueño del ciudadano probo y cumplidor con sus obligaciones. Y el caso es que no veo salida. No sé cómo tomar una decisión madura y responsable basada en unos parámetros aceptables, realistas. Espero que no me pase como en las últimas, varias, elecciones. Voto por sorteo o voto en blanco.

En fin las nueve de la mañana y aquí sigo, reflexionando que es gerundio, en busca de un participio.

sábado, 16 de mayo de 2015

Nada nuevo

Hay momentos, situaciones, formas, en las que el negocio sobrepasa la ética, lo razonable. Es evidente que el fin último de todo negocio es obtener beneficio, el mayor beneficio posible apuntaría seguramente mucha gente, pero todo beneficio ha de tener unas limitaciones que si la ética particular del empresario no asume han de encontrarse reflejadas en el terreno de la legalidad. Nada nuevo.
Existe una búsqueda continua y sistemática de los caminos que aumenten la cifra de facturación y reduzcan las inversiones y gastos con el fin de obtener la mayor rentabilidad posible a la hora de presentar el mágico documento llamado balance final del ejercicio. Eso sí, en ese balance final no se especifican, ni ahí ni en muchas ocasiones en ningún otro lugar, de que métodos se ha valido el gestor para obtener las cifras presentadas. Nada nuevo.
Dentro de los negocios hay algunos que por su cercanía con el ciudadano tienen una mayor incidencia en el bienestar diario del mismo y por tanto sus prácticas son especialmente sensibles y el cuidado legal que en las mismas deberían de poner los gobiernos debería de ser exquisito, rayano en la perfección. Nada nuevo.
Pero es precisamente en estos negocios, en estas máquinas de generar dinero, en muchos casos de origen público, donde menor es el rigor legislativo, donde mayor es la permisividad legal, donde mayor es la indefensión del ciudadano ante unas prácticas rayanas en la agresión y que no solo se permiten, sino que incluso intentan justificarse. Nada nuevo.
Veo con espanto que cualquier ciudadano puede verse privado de agua, de luz o del gas necesario para la calefacción ante un conflicto de pago. Si la compañía suministradora se equivoca en su facturación o por un defecto en su servicio se produce un abuso sobre el ciudadano este no tiene ningún camino válido para la inmediata restitución de su razón. No. Primero tiene que pagar el servicio en conflicto, si es que puede, y luego reclamar y ya se verá, o estará abocado a un inmediato corte en el servicio y la inclusión en unas vergonzosas listas de pretendidos morosos que no son nada más que otra demostración de fuerza, y una práctica permitida de chantaje,  respecto al ciudadano y su indefensión más absoluta. Nada nuevo.
Pero de todos estos negocios hay uno que está alcanzando la perfección en sus sistemas de generación de beneficio que ya sobrepasan no solo la ética más elemental, sino el sentido común. Uno que está logrando financiar su propia reducción de plantilla a base de gravar sus servicios más elementales y conseguir que el cliente de a pie renuncie a ellos y por tanto vayan sumiéndose en el olvido. Y esto si es nuevo.
Hablo de los bancos que tras su inmoral, aunque legal, actuación en el tema inmobiliario, en el sensible tema de los embargos y su inmenso beneficio en el mismo, han  ideado una nueva forma de financiar su propia reducción de plantilla ante el silencio oficial, el silencio de los afectados que jamás protestan por unas prácticas, no sé si dudosas o directamente intolerables, ante las que se ven sobrepasados, maltratados, maniatados, y ante las cuales lo único que saben hacer es gritarle al de la ventanilla, al fin y al cabo otra víctima más del mismo sistema. Nada nuevo.
Me han pedido uno cincuenta euros por imprimir un extracto de movimientos de mi cuenta en una ventanilla, me han pedido dos euros por ingresar en efectivo en una cuenta que no es la mía, me han pedido uno cincuenta por reflejar un concepto en un ingreso si no era cliente, me han pedido un euro por ingresar en una oficina diferente de la mía, me han intentado impedir acceder a mi propio dinero porque mi tarjeta estaba temporalmente bloqueada, me han intentado cobrar cuota por una tarjeta que luego hacen imprescindible para el manejo diario de mi cuenta, me han… tomado el pelo en todos y cada uno de los bancos que he visitado últimamente y he tenido que tragar y pagar, sin ningún tipo de justificante o documento de soporte de lo pagado, si no quería enfrentarme a consecuencias más desagradables. Ya nada nuevo.

En definitiva, ante las grandes empresas  me veo impotente, abandonado por la razón, por la ley y por aquellos a los que supuestamente pago con impuestos su labor para evitar este tipo de situaciones, y que parecen cobrar más de ellos que de mi dada la defensa a ultranza de sus derechos y abandono sistemático de los míos. Desgraciadamente, nada nuevo.

jueves, 14 de mayo de 2015

Carta Peregrina

Mira, papá, el camino enseña muchas cosas a quien lo hace dispuesto a aprender. Casi cada día, cada paso, es una enseñanza, una posibilidad de sacar provecho de la experiencia, pero la primera de las enseñanzas que debes de obtener si quieres aprovechar tu andadura es que también la vida es un camino en el que debes de aprender a cada segundo, a cada instante.
La mente se despeja especialmente cuando el camino es tendido y llano porque la automatización de los pasos y la carencia de un esfuerzo específico, más allá de la dificultad del siguiente paso, permite a la mente ensoñarse, asomarse a los problemas que el camino vital ha aparcado momentáneamente, con una cierta perspectiva, con una liberadora distancia. No por andar, no por avanzar en otra dirección o camino, los problemas desaparecen, se esfuman hartos de esperarte. No. Ahí siguen, acechando tu regreso para volver a presentarse  y hacerse una vez más cargo de tu rumbo e intentar dirigirte hacia un puerto que no es el que tú inicialmente deseas aunque a veces sea inevitable.
Cuantas vueltas estoy dando, papá, solo para decirte lo que tú y yo ya  sabemos pero que no es fácil de asumir.
Nosotros, todos, estamos inermes sumidos en un flujo de acontecimientos que no siempre dominamos y que intenta dominarnos. Y dentro de ese flujo, de ese discurrir perseverante, en ese día a día que no podemos prever ni elegir, no somos más que un cascarón itinerante y casi desarbolado con un capitán voluntarioso que cree mantener un rumbo y aspira a un puerto que espera que no sea el definitivo.
Es difícil asumir el dolor, la enfermedad, la desgracia. Es difícil, pero no existe ningún mar plano. No existe la balsa más que para los barcos de juguete. El resto de las aguas se encrespa y pasa, por momentos, del simple rizo a la mar más brava, de la dificultad de avanzar el pie para el siguiente paso a la dificultad de afianzar el apoyo en un terreno complicado.
Yo no puedo saber, papá, cual es el objetivo de que tú estés enfermo, como no puedo saber, ni entender, ni asumir, que exista un plan que pase por tu sufrimiento y el de los que te rodean. Las fuerzas ciegas no tienen plan y no pueden sacar provecho del dolor. Y si las fuerzas no son ciegas mi limitada capacidad se niega a entender que el dolor sea una necesidad, un medio complicado y objetivo, de conseguir algún fin que ahora se me escapa.
Vivimos en un permanente claroscuro, en una felicidad trufada de ignorancia, de ansiedad, de penuria y de dolor, físico, y moral además, que si se justifica con un plan último e incomprensible es difícil de asumir, pero que si no existe ese plan es una burla de dimensiones cósmicas.
¿Qué increíble dicha eterna es accesible gracias a que durante días, meses, años, tú vayas perdiendo tu memoria y te sumas paso a paso en una infancia inversa que nos lastima a todos, que nos deja lacerados por tu sufrimiento y temerosos de nuestro futuro?
¿Qué ventaja evolutiva buena para el universo se puede inferir de debatirse ante la muerte enfermo e indefenso?, ¿Qué crecimiento trascendente se produce cada vez que un pobre e insignificante individuo muere por hambre, por violencia, por enfermedad, por simple y llana vejez?
Sí, es verdad,  la dicha se aprecia más cuando se ha sufrido, pero tal vez ésa dicha, aun apreciándola menos, no necesitaría de momentos de exaltación si fuera continua y serena, como ha de serlo la eternidad.

Bueno, papá, no sigo. En realidad y dadas las circunstancias esta carta no debería de decir nada más que qué he pensado en ti mientras caminaba, o, dado que aunque la leyeras dudo que la entendieras, que se trataba de reflexionar sobre que no he dejado de pensar en ti mientras caminaba. Ni en ti, ni en mamá, ni en mi hermana, mi mujer o mis hijos, ni en nadie de los que me rodean e importan, porque el camino no es el olvido, no es la huida, el camino es, como siempre, intentar comprender que es la vida, por qué es la vida.