sábado, 20 de diciembre de 2014

Feliz Navidad, o así.

Pues, como todos los años por estas fechas, me he puesto delante del papel, del electrónico que hay que cuidar los árboles, con la sana, con la navideña, intención de felicitarle las fiestas a todos los hombres de buena voluntad. Así sin más, con un poco de creatividad para que se sepa que pongo ganas y el esfuerzo es propio. Pero como tantas veces he pasado de la voluntad simple al embrollo mental y me he puesto exquisito.

He empezado por pensar que aunque todos los hombres tienen buena voluntad, unos para favorecer al mundo, otros para favorecer a sus más cercanos e incluso otros para favorecerse a sí mismos, no todas las buenas voluntades son homologables para mí.

Para empezar descarto a los del Estado Islámico, no porque no tengan buena voluntad, que la tendrán, sino porque no la comparto ni la entiendo, y porque con poco buena que sea la voluntad que ponen no quedamos en el mundo más de siete y porque no nos veamos los unos a los otros. También descarto de paso a los intolerantes, a los políticos en general, porque su voluntad es mi diario penar y no me da la gana, y a los empresarios de las grandes corporaciones que están cambiando el mundo para mal, químicos y banqueros a la cabeza. Y ya en plena vorágine “descartativa” descarto a unos cuantos vecinos, bastantes clientes del signo intransigente y alguna que otra persona que ha hecho que el año vivido haya sido más frustrante que positivo. De todo hay en la viña del señor, o del Señor, según la buena voluntad religiosa de cada cual.
Claro, puestos ya en este punto me he dicho: “pues para cuatro que quedan llamas por teléfono y chispún”, pero entonces he recordado la bíblica, la casi universal solicitud del perdón a los demás, y  especifico lo de los demás porque la mayoría nos tenemos perdonados aún antes de la culpa. Pero entonces recordé un episodio de mi bisabuela.
Tenía mi bisabuela una vecina con la que mantenía un permanente conflicto de gallinas, que no es una nueva expresión si no una cuestión de animales. El caso es que fue a confesarse y cuando le contó al cura de sus cuitas y rencores le dijo el cura que tenía que perdonar, a lo que mi bisabuela se negó en redondo y el cura le explicó que entonces no la podía absolver. Levantose del confesionario sin absolución de por medio y se fue a casa más indignada que arrepentida. Llegada a casa y dado su evidente enfado mi bisabuelo le preguntó:
-          ¿Qué te pasa Justiña?, ¿por qué ese enfado?
-          Nada, que he estado donde el cura y no me ha querido absolver
-          Pero mujer ¿que pecado has cometido que el cura no te perdona?
-          No que le he contado lo de Fulanita con las gallinas y me dijo que la tengo que perdonar, y no me da la gana.
-          Ay, Justa, Justa, mira nuestro Señor Jesucristo que lo insultaron, lo apalearon y lo crucificaron, y aun así los perdonó.
-          Si, si –contestó mi bisabuela- pero cuando le tocaron mucho las narices se fue al cielo y aquí nos quedamos todos.

Así que tirando de genes, o amparándome en ellos, he decidido que no me da la gana de perdonar a los que no tienen perdón, ni a los que les importa un pito que los perdone o no, ni a los que te piden perdón mientras están pensando cómo te la van a jugar. Es más, cada vez hay más gente que se siente molesta por ser felicitada, y con razón, por gentes que el resto del año ni siquiera te dan los buenos días. Mucha hipocresía y exceso de calendario, le llamaría yo a eso.

Así que en un ejercicio de honestidad personal, y tirando de sinceridad imperdonable, que las fiestas sean felices para aquellos a los que realmente quiero, para aquellos a los que realmente aprecio, para aquellos a los que querría si los conociera. Salud para los enfermos, consuelo para los que sufren y justicia para los que saben lo que es, y que cada uno reciba el doble de lo que da. Y a los demás que les den morcilla.

Y ya puestos, y como este deseo me resulta coherente, que lo sea para estas fiestas y para el resto de sus vidas  


jueves, 18 de diciembre de 2014

Que vivan las lentejas

Han pasado dos días y aún no doy crédito a la escenificación mediática de la gastronomía como arte elitista para entendidos y consiguiente defenestración de la cocina tradicional, de esa cocina con memoria y sentimientos que todos tenemos en nuestro olfato y en nuestro baúl de los recuerdos de sabores.
Los comentarios, la puesta en escena, los protagonistas, todo estaba, aparentemente, pesado y medido para que el concepto tradicional y popular de gastronomía quedara vencido por una alternativa de la cocina como arte que el pueblo llano no puede alcanzar ni técnica, ni económica, ni gustativamente.
Yo no me veo yendo a casa de unos amigos a cenar y que me pongan una “gargouillou” compuesta de un montón de vegetales, cada uno con una textura diferente. No, ni me veo yo preparándolo para recibir a nadie, ni a mi abuela haciendo semejante exhibición de tontería para que comiéramos cuando íbamos a verla.
A mí como plato vegetal emblemático me gusta la menestra, la de toda la vida, que es lo que es este plato pero elevado al nivel de innecesariamente inalcanzable para el común de los mortales, o sea, yo.
Insisto, a mí el “gargouillou” me conmueve lo que a la roca el paso del río. Está ahí y si algún día me lo encuentro lo probaré, y a lo mejor hasta me gusta, que no digo yo que no. Ahora por un plato de lentejas “ma-to”, por un plato de lentejas bien cocinadas, de esas que cuando llegas al portal del edificio secuestran tu olfato y su aroma, como en los tebeos, forma una estela olfativa que te conduce sin ninguna duda hasta el fogón en el que se cocinan, hago lo que me pidan
Pero con todo, esto no es más que un problema de apreciaciones, de conceptos, de gustos si se quiere. Aunque lo que es sin duda de un gusto pésimo, de un desprecio absoluto hacia lo que para muchos españolitos de a pie es el disfrute de nuestra gastronomía tradicional, popular, familiar, son los comentarios un tanto despectivos del jurado.
“Un plato de lentejas para pasar a la final, hay que estar muy convencidos”, dice uno de los miembros del jurado en un momento dado. “Te las has jugado con un plato de lentejas”, comenta como con asombro otro miembro del jurado al concursante. Como apuntando, sin red y sin medios.

Ya en la biblia Esaú vendió su primogenitura a Jacob por un plato de lentejas. Yo me declaró de los de Esaú y reniego con cierta rabia de la cocina elitista y experimental, no por ella misma, si no como medio de vulgarizar y desprestigiar nuestra cocina de toda la vida, de mi bisabuela, de mi abuela, de mi madre y de mi mujer y si hay que decirlo se dice: “que vivan las caenas”, digo las lentejas.

miércoles, 3 de diciembre de 2014

No hay inocentes, ni siquiera los culpables

Está muy extendida la costumbre de buscar culpables ante cualquier desaguisado público, o privado, da lo mismo. Pero tras lo ocurrido el domingo yo creo que lo complicado es buscar inocentes.
Vaya por delante mi vergüenza como simpatizante del Atlético de Madrid, mi vergüenza como gallego, y como español e incluso como ser humano, o, en casos como este, como pretendido ser humano.
Esta crónica no lo es de una muerte repetida si no de un fracaso global de la sociedad, de sus valores, de sus motivaciones, de su educación –de formación ya hablaremos-, de su capacidad de cuidar y proteger a aquellos que exprime inmisericordemente con la excusa de darle unas contraprestaciones que en este caso se descubren inexistentes.
Y ya que la tendencia es buscar culpables yo, por una vez, me voy a unir al ballet de dedos acusadores. Acuso a los políticos, no a los actuales, no, a todos aquellos cuya irresponsabilidad e intereses partidistas han permitido una sociedad inadaptada, inculta a pesar de la información disponible y radicalizada en sus posturas. Acuso a los clubes de futbol profesionales que en su búsqueda de títulos y preeminencias olvidan los valores deportivos. Acuso a los clubes no profesionales, incluso a aquellos de categorías inferiores, infantiles, alevines, juveniles, no importa la edad, cuyos directivos, jugadores, entrenadores y seguidores están más preocupados por la victoria que por la competición y no reparan en medios ni en formas para conseguirlas. Acuso a las peñas forofas, sectarias, a todas aquellas capaces de acoger a personas que se pronuncian de forma violenta e irracional respecto a los contrarios, e incluso a los propios, para mayor jolgorio y placer de los circundantes. Acuso a aquellos que promueven o difunden frases como: ”el futbol es un deporte de contacto”, o “de hombres”, o “esto son cosas del fútbol”, para justificar actitudes injustificablemente violentas en el transcurso de un partido. Acuso, y mucho, a aquellos actores, muy malos actores, que gritan, se retuercen y simulan lesiones inexistentes para exacerbar los ánimos de los propios y de los ajenos y sacar beneficio de una trampa flagrante. Acuso a las federaciones que lo permiten y a los “aficionados” que se lo ríen.
Acuso, en fin, a una sociedad mediocre, frustrada, cobardemente violenta, mal dirigida, ávida de logros sin importarle como conseguirlos, carente de los valores más elementales y sin interés en ellos.
Y como en este comentario no son inocentes ni siquiera los culpables, acuso a los bárbaros capaces de citarse a darse leña sea con la motivación que sea. Aunque permítaseme otorgar la medalla al mérito de la Estupidez Absoluta, a aquellos de entre ellos que hayan entrado en una pretendida madurez. Para aquellos que además tengan obligaciones familiares ya no me quedan distinciones, pero si mi desprecio más absoluto. No quiero pensar en la educación que pueden inculcar en sus hijos.

Ya sé que no es moralmente asequible, pero ¿y encerrarlos a cal y canto en un recinto amplio y con armas suficientes a su alcance? Me acuso de deseos impuros. Nos acuso. 

domingo, 23 de noviembre de 2014

Una Triste, Una Castrante, Una Interesada Indiferencia

Las cosas cambian y no precisamente para bien. Tampoco es cierto que cualquier tiempo pasado fuera mejor, no, pero tengo la sensación de que nuestra forma de entender  el mundo, eso que pomposamente llamamos civilización, está en un declive imparable.
Y no lo digo por los problemas económicos, que si, ni por los problemas éticos, que también, ni siquiera por los problemas bélicos, lo digo porque la constante intoxicación, el recorte de libertades y derechos, la manipulación política y la crisis de valores inducida por una educación interesada en formar borregos en vez de personas, hacen que sea previsible una caída al lado de la cual la del imperio romano no fue si no agacharse a coger una flor.
¿En qué foro internacional me he documentado? ¿De qué grandes expertos beben mis opiniones? De la calle, de la comparación del mundo que viví con el que vivo, de la percepción de un deterioro sordo, de un desánimo que va creando incomodidad, de un cabreo subyacente que antes o después tendrá que reventar por algún lado y, como siempre que revientan las cosas, que dios nos pille confesados.
Pero como el movimiento se demuestra andando voy a poner un ejemplo de lo que intento explicar. Si quien lee esto se toma un poco de molestia en verificar mi ejemplo comprobará que al mismo nivel popular, callejero, cotidiano hay muchos más.
Recuerdo que en tiempos de mi niñez, finales de los cincuenta, principios de los sesenta, mi abuela, y mucha otra gente humilde, tenía su pobre de cabecera, un señor que una vez al mes se pasaba por la puerta de su casa y recibía una dádiva, alguna vez en especie, las más monetaria, que nunca era excesiva. Mi abuela le preguntaba por sus asuntos, charlaban un par de minutos y este señor se despedía hasta el mes siguiente. Era un pobre reconocido, esto es con reconocimiento de pobreza e imposibilidad verificada de poder trabajar para ganarse la vida. Por aquél entonces no existían los beneficios sociales ni los sueldos de inserción y a los pobres se les llamaba así, pobres o mendigos y no “jomeles” por si se ofendían.
Corrían ya mis treinta años, o sea los ochenta del siglo pasado, cuando en una esquina de Serrano con Victor Andrés Belaunde de Madrid abría diariamente su despacho un mendigo, y lo nombraré a él por poner un ejemplo pero había muchos más, que se acercaba al coche con un cubito de playa, que si llovía se ponía en la cabeza, y me comentaba su necesidad de ropa o de pagar el alquiler de una habitación, o me invitaba a un café, que por supuesto pagaba yo, o me comentaba sus visones de posibles negocios lucrativos, y siempre, siempre, con una sonrisa, una frase ingeniosa o dándote unos panfletos en los que como enviado de la confederación de planetas analizaba “en profundidad” los males de la sociedad y pronosticaban la pronta e imprescindible intervención de la civilización extraterrestre en la que él sería reconocido como enlace y elegido.
Nunca vi que nadie sintiera la necesidad de subir las ventanillas, poner el cierre de seguridad ni ninguna otra acción evasiva con respecto a este buen hombre.
Una vez, estaban cercanas ya las navidades, me comentó que sería un buen negocio vender unos décimos de lotería mientras “paseaba por su esquina”, como él solía decir. A la semana siguiente le llevé un par de billetes y se los di para que los vendiera. Al cabo de unos días me entregó el dinero de los billetes y “mi parte” de los beneficios que yo recogí sin rechistar y que le di como aguinaldo al día siguiente porque sabía que él se sentiría orgulloso de haber hecho un negocio, y también lo suficientemente necesitado como para no rechazar “mi parte” devuelta no como renuncia a mi participación si no como donativo a su labor como “enviado”. Pocos meses después dejé de verlo y me lo encontré por casualidad en otra esquina diferente. Me contó que las cosas se estaban poniendo chungas, que había gente nueva muy rara y que su “trabajo” se estaba volviendo peligroso. Ya no volví a verlo.
Desde entonces a aquí raro es el semáforo en el que no te sientes asaltado, intimidado moralmente, y en ocasiones casi físicamente (peor si eres mujer), agredido por una ingente turba de pretendidos indigentes que, de malos modos en muchas ocasiones, pretenden coaccionarte para que compres algo inútil, te dejes hacer una limpieza innecesaria de cristales, pagues por escuchar un ruido generado por un instrumento musical, o simplemente dejes alguna moneda. No me llegaría el sueldo de un mes para recorrer Madrid durante un día si accediera a todas las pretensiones. No me llegaría toda mi capacidad moral de sufrimiento si pensara que todos ellos son verdaderos necesitados. No me llega toda la rabia del mundo cuando veo ciertas actitudes rayanas, cuando no ciertamente insertas, en el delito ante la absoluta pasividad de los agentes del “orden” ocupados en otros menesteres más lucrativos para los administradores.
Hace ya años paseando por Goya con mi familia, encerrado en mi cápsula de proximidad familiar, algo llamó mi atención. Una señora mayor sentada en un banco parecía pedir, como una pedigüeña más, y como a una pedigüeña más mi mirada la había borrado del paisaje al pasar, pero algo debió de llamar mi atención, no sé el que. Salí de mi capsula y me volví. Era, efectivamente, una pobre señora, bastante mayor, con carencias físicas y apenas un hilillo de voz, que pedía que alguien le parara un taxi. “Si yo llevo dinero, pero no me atrevo a salir del bordillo para pararlo”. Le paré un taxi y la ayudé a subir. Nunca me he sentido más miserable, más inhumano, más triste, suponiendo lo que nos espera.

Alguien debe de estar trabajando en nosotros para provocarnos una triste, una castrante, una interesada indiferencia hacia nuestros semejantes. Y con éxito.

domingo, 9 de noviembre de 2014

Gastronomie Fictión

Siempre me ha gustado la ciencia ficción. Desde que descubrí el género, y antes de que para mí tuviera nombre e identidad propia, los títulos de Julio Verne y H.G. Wells, las inolvidables series de Irwin Allen (Viaje al Fondo del Mar, El Túnel del Tiempo, Perdidos en el Espacio), y otras como Los Vengadores o The Thunderbirds, me permitían viajar por mundos y posibilidades que mi entorno me negaba. Viajar a la luna, pelear contra alienígenas desalmados, que no malvados,  descubrir un fondo del mar lleno de misterios… me entretenían, sí, mucho, y formaban mi espíritu para poder aceptar como posible todo lo que mi vida me deparara.
Después vino ese tiempo perdido para la infancia actual en el que uno empezaba a ser adolescente sin prisas, jugaba y buscaba una nueva etapa con cierta pereza, compatibilizaba las chapas y las chicas sin ningún tipo de complejo ni de necesidad de quemar el camino. En esa época descubrí que la ciencia ficción era un género, sospechoso, despreciado, que hacía que los demás te miraran raro, pero un género que contaba cosas que a mí me preocupaban y las contaba de tal forma que yo podía aportar mi propia visión, mi propio criterio e imaginación a lo que me estaban narrando porque aún no había sucedido. La publicación de las traducciones de Fantasy & Science Fiction por parte de Editorial Bruguera y revistas como Génesis y Nueva Dimensión nos permitieron a los lectores de aquellos años asomarnos a una literatura que apenas traspasaba el umbral de los quioscos.
Y vinieron después las novelas, Bradbury, Asimov, Heinlein, Farmer, Clarke, Vogt, Philip K. Dick…, tantos que sería imposible nombrarlos a todos abrieron de par en par unas puertas que los relatos y cuentos habían ya entreabierto, y empecé a pensar que siempre hay otra forma de contar la historia, las historias, las grandes, las pequeñas y las cotidianas y que no siempre los buenos son tan buenos, ni todo es lo que parece a simple vista. Siempre hay que mirar varias veces.
Llegaba ya el periodo de mi tardo adolescencia, se acercaba inexorablemente la edad del patito y todo parecía estar descubierto cuando empezaron a llegar las novelas de autores como Ballard, Ellison, Vonengurt, Silverberg, Aldiss, lo que se llamó la “New Thing”, y empezamos a entender que el espacio no solo estaba fuera, empezamos a buscar el espacio en nuestro interior y a comprender aquella máxima alquímica de que todo lo que es fuera es dentro, lo que es arriba es abajo.  Empezamos a asomarnos a las dimensiones, a los multiversos, un asomarse y no parar, una capacidad casi tan infinita como la existencia de imaginar y que lo imaginado fuera tan cierto como lo vivido.
Hace un par de meses me topé con un pequeño y extraño relato que me hizo sonreir, sonrisa no exenta de complicidad, de “esto ya lo he pensado yo alguna vez aunque no lo haya verbalizado”. El relato cuenta como una raza extraterrestre que quiere conquistar La Tierra no desembarca con sus naves, no somete a los pobres terrícolas a bombardeos masivos, ni se los comen, no. Los extraterrestres en un plan de largo alcance se hacen con la propiedad de las industrias químicas y van modificando con vertidos y emisiones el clima del planeta para acomodarlo a sus necesidades, van modificando el genoma de los humanos mediante la alimentación y los medicamentos de tal forma que consigan sobrevivir los individuos más resistentes convertidos en dócil ganado de trabajo. A que os suena…

Y claro, como siempre, mi cabeza se puso a inventar y darle vueltas a esto de las conspiraciones y mezclarlas con las obsesiones personales y me dije: Si yo quisiera hacerme con el control alimentario de un país, ¿Qué haría? Primero, prioritario, hacer que sus logros históricos se fueran perdiendo en el tiempo, naturalmente, como sin querer, en un proceso irreversible, crear una alternativa y sumir en el desinterés, y finalmente en el olvido, sus raíces. Comunicación y alternativas. Segundo: me haría con sus canales de distribución y comercialización y conseguiría que sus productores estuvieran mal pagados, lastrados con cuotas, industrializados sus productos más emblemáticos que perderían su carácter, y eso permitiría introducir los productos y productores que a mí me interesaran. En fin, una conspiración alimentaria en toda regla. ¿Qué os suena? Pues no lo entiendo. Esto es simplemente un comentario de “Gastronomie Fictión”. Sí. En francés. Me suena mejor.

miércoles, 8 de octubre de 2014

Del Arte de Preguntar

Hay momentos, desgraciadamente muchos, en los que el fragor de la opinión encubre, ensordece, anestesia, la necesidad de la reflexión que es la única fuente posible de una opinión justa, sincera, correctamente planteada.
Cuenta el “Diario de un Autoestopista Galáctico” que cierto planeta construyó un inmenso ordenador para que le diera la respuesta sobre el origen de la existencia. El ordenador, construido con gran profusión de medios humanos y económicos, tras varios siglos de cálculos emitió una respuesta, un número. Tras comprobar el resultado esa civilización está construyendo un ordenador aún mayor y más potente cuya misión será averiguar a qué pregunta concreta corresponde la respuesta.
Así que como yo no tengo los recursos económicos, ni la disponibilidad temporal, de una civilización he decidido en esto que nos ocupa últimamente con tanto afán, e incluso en algunos casos inquina, plantear solamente las preguntas y que cada uno encuentre sus respuestas, y su opinión.
No sé si el Ébola tristemente famoso ya está aquí, no sé si ha venido y nadie sabe cómo ha sido o si algunos si lo saben y se lo callan, no sé si en algún recóndito lugar del planeta –sótano blindado, agencia gubernamental, búnker estatal, laboratorio secreto- un grupo de locos ambiciosos, o simplemente locos, ha dado suelta a un miedo ancestral a la espera de vendernos por desesperación una cura que ya tienen o simplemente a la espera de otros fines que prefiero ignorar. No sé, repito por enésima vez, las circunstancias iniciales ni la evolución futura del problema, pero sí sé que ahora mismo la noticia de las noticias es la de la enfermera infectada en España, y la opinión, sea el medio escrito o hablado, es el origen de la infección.
Y es sobre este episodio concreto sobre el que me gustaría invitar a preguntarse, no a opinar, ni siquiera a reflexionar, que son las consecuencias de preguntarse e intentar responderse a uno mismo con absoluta sinceridad.
Si no se hubiera repatriado al enfermo y este hubiera muerto en el lugar en que contrajo la enfermedad, ¿No se hubiera criticado al gobierno por abandono de un ciudadano en necesidad?, ¿No se les habría acusado de inacción, falta de interés, o inutilidad de canales diplomáticos? Y su opinión actual, ¿No tendrá nada que ver con que fuera un sacerdote? Si perteneciera a una ONG no religiosa ¿no opinaría de otra forma?¿Sería su opinión la misma si el gobierno correspondiera, o en su caso fuera opuesto, a la tendencia ideológica que usted practica?
Y una última pregunta, una de pura humanidad. Retirados todos los pros y contras, retirada toda consideración política, social o religiosa, ateniéndonos únicamente a la ética, ¿Sería compatible con un sentimiento humanitario básico abandonar a un enfermo sin intentar poner los medios para curarle?

Y por favor, en un acto casi imposible de sinceridad personal, en un acto casi impensable de correcta utilización del espejo  de mirarse el alma, dígase a usted mismo las respuestas no desde el sillón de su casa, no desde el sillón del político que tomó la decisión, no desde el templo, o su ausencia, en que practica sus creencias, contésteme desde el entorno del enfermo, desde esa distancia en la que avanzar un paso o retrocederlo marca la diferencia entre poder ayudar a un necesitado o abandonarlo. La historia, creo yo, ya lo ha hecho.

sábado, 27 de septiembre de 2014

Adiós Gallardón, Adiós

Ha dimitido Gallardón. Yupi¡¡¡¡¡. Ha dimitido uno de los personajes más nefastos de la imberbe e inconsistente democracia española actual.
Es posible, casi seguramente, que haya caído por la imposibilidad de llevar adelante una nueva ley sobre la interrupción voluntaria del embarazo. De aborto no me gusta ni el sonido de la palabra. Es posible, casi seguramente, que este haya sido el detonante final, pero estoy convencido de que si la historia tiene la mala idea de recordarlo no será por este fracaso si no por los desgraciados logros conseguidos a lo largo de su carrera política.
Yo, personalmente, no lo recordaré por no sacar adelante una ley sobre un tema moral y ético que como tal jamás debió de convertirse en una ley. Claro que ese disparate no es achacable a usted, y ya es raro.
No, yo jamás lo recordaré por su fracaso, pero si lloraré amargamente por todo el daño llevado a cabo por tan soberbio y nefando personaje. Lo recordaré por su logro de gravar la aplicación de la ley y alejarla de aquellos más desfavorecidos, lo recordaré por su discurso altanero y demagógico, lo recordaré por sus faraónicas obras en Madrid sin reparar en el coste que suponía para los ciudadanos. Lo recordaré cada vez que pasee por Cibeles y recuerde lo que me costó que usted trasladara su imperial despacho a ese inapropiado lugar. Lo recordaré por ser el instaurador de la caza al contribuyente que conduce y promotor de todas las artimañas recaudatorias que una administración es capaz de poner en marcha, incluidas las que bordean por la parte de fuera a la ley. Y lo recordaré, con velas negras y ritual vudú si es preciso, por ser el responsable de destrozar el ambiente navideño de Madrid.
Lo recordaré con inquina y mala baba cada mes de diciembre de mi vida cuando pasee por las mortecinas e inapropiadas iluminaciones supervivientes de la capital. Lo recordaré cada cinco de enero cuando por la televisión vea esa especie de desfile de carnaval pobre con pretensiones en que convirtió con sus decisiones la entrañable cabalgata de los Reyes Magos.
Claro que también tendré sobrada oportunidad de recordarlo  cuando usando el túnel del tiempo, ese que circula bajo la M-30, me parezca que hace dos siglos que he entrado en él y vea con espanto que todavía estoy a la altura de Pirámides y circulo despendolado a la peligrosísima velocidad de 70 KM/h por un lugar con hasta cinco carriles.

En fin señor Gallardón, adiós, que le vaya bonito y que en su vida particular no le devuelvan el daño que usted deja hecho. Eso sí, debo de reconocérselo, va a ser usted difícil de olvidar.